CAPÍTULO 20
Drake circulaba a toda velocidad; necesitaba llegar lo antes posible a Normandía.
Se sentía cada vez más débil. El maldito vampiro debía estar haciendo algo que interfiriera en él, a pesar de haber usado aquel hechizo que desvinculaba sus cuerpos de nuevo.
Aunque, por desgracia, no había logrado desvincularse por completo; no notaba su dolor físico, pero sabía que Athan estaba muy debilitado, casi moribundo.
Durante todo el camino había estado llamándolo mentalmente. Le había ordenado una y mil veces que regresara, que le trajera a Evie de nuevo, que matara a todos los que se interpusieran. Pero nada. El puto vampiro no aparecía por ningún lado.
En cuanto Drake detuvo la moto en la entrada de la mansión Andreatos, Helena salió corriendo por las puertas para recibirle.
Llevaba un buen rato inquieta, con un nudo en el estómago y un presentimiento oscuro y persistente, que le advertía que algo no iba bien.
Nada más ver a su nieto supo que sus peores temores eran ciertos.
Drake apenas logró detener el vehículo; antes siquiera de poder bajarse del todo, las piernas le fallaron por completo y se desplomó pesadamente sobre la grava, demasiado débil para amortiguar el golpe.
—¡¿Qué ha ocurrido, hijo?! ¡¿Qué te ocurre?! —gritó ella, corriendo desesperada hacia él.
—Se la ha llevado, yiayia . Athan se ha llevado a Evie —logró articular Drake, respirando con dificultad—. Y ahora el muy cabrón está haciendo algo para debilitarme. Está agonizando, lo noto. Ese hijo de puta se muere y quiere arrastrarme al infierno con él.
Helena se dejó caer de rodillas a su lado, aferrándolo con las manos temblorosas. Aquello no podía ser. Su nieto no.
—No, hijo, tú no —susurró, con la voz quebrada por el terror—. No se lo permitiré. ¡Otra vez no!
Helena apoyó ambas manos a cada lado del rostro de su nieto y comenzó a recitar un hechizo.
De pronto, Drake profirió un grito. A través de su vínculo debilitado, sintió el eco de un alarido desgarrador a cientos de kilómetros de distancia, justo un instante antes de que la consciencia de Athan se apagara en su celda.
Drake notó cómo una punzada brutal le atravesaba el cráneo de lado a lado.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de aguantar aquel tormento que lo arrasaba por dentro.
Al abrirlos, descubrió que la asfixia había desaparecido.
Ya no se sentía tan débil; incluso pudo ponerse de pie por sus propios medios.
—¿Qué… qué ha pasado, yiayia ? ¿Qué has hecho?
Helena jadeaba, visiblemente agotada.
—Me he valido de tu propia magia para desvincularte mentalmente de él.
Te estaba drenando, hijo. Empleaste demasiada fuerza para lograr dominarlo.
Debes ser más cuidadoso; esto es lo que acabó con tu padre.
No puedes dejar que te consuma de esta manera.
Debes esperar a que él se debilite completamente para retenerlo de nuevo, Drake.
Así no; si lo fuerzas, te debilitarás junto con él.
—Pero él se resistió, yiayia . No sé cómo lo ha logrado.
Vino con la ayuda de otro nigromante para exigirme el amuleto y obligarme a romper el hechizo.
Cuando me negué a entregárselo, me desafió y se llevó a Evie como rehén en mis propias narices para forzarme a ceder.
Y lo peor es que él cree que ella también es una bruja.
Helena apenas reaccionó ante lo que le estaba contando. Drake se quedó callado un segundo, observándola, atando cabos.
—Espera un momento. Es cierto, ¿verdad? Tú sabías que Evie es una bruja. Que su tío es un nigromante como nosotros. ¿Pero qué demonios pasa contigo? ¿Cuándo pensabas contármelo?
—Vamos, Drake, ¿en serio crees que la conociste por casualidad?
Es el destino, hijo. Vuestro destino era estar juntos; yo siempre lo supe.
Tan solo quería que encontraras a una bruja digna de darte el heredero que te mereces, un hijo digno de ser un Andreatos.
En cuanto llegó a mis oídos que la última descendiente de los Betancourt seguía con vida, enseguida lo supe: tu heredero sería el más poderoso de todos los nigromantes y brujos de la historia.
Este es tu destino, Drake. Ella siempre ha sido tu destino. Yo solo le he dado un empujoncito.
—¿Betancourt? Mira, abuela, ya estoy harto.
Harto de tanto secretismo, estoy harto de toda esta mierda.
Será mejor que me cuentes toda la verdad de una vez, porque estoy empezando a cabrearme de verdad.
Dime qué narices sabes sobre mi novia que yo no sepa, y dime cómo coño recuperarla, porque estoy seguro de que tú sabes exactamente cómo lograrlo.
Helena caminó por el jardín hasta un banco cercano en el que poder sentarse.
Le flaqueaban las piernas después de haber ayudado a Drake a desconectarse de Athan.
Aunque realmente le sorprendía haberlo logrado; el asqueroso chupasangres se había vuelto muy fuerte, y Drake había llegado muy débil.
¿Cómo había podido conseguir resistir el poder del amuleto?
¿Tal vez el vampiro había encontrado algún brujo que lo ayudara de nuevo?
No, aquello no podía ser. Ningún brujo se atrevería a ayudar a un vampiro, ninguno se atrevería a ir en contra de los Andreatos, y en caso de que resultara ser así, ella se encargaría de destruir todo su aquelarre, tal como hicieron años atrás.
—Verás, hijo. Desgraciadamente, no es la primera vez que Athan se rebela.
Hace años trató de hacer lo mismo; intentó desvincularse del amuleto con la ayuda de un aquelarre que vivía aquí, en Francia: los Betancourt.
El líder, su arcano, era Bastian de Betancourt.
Él era un nigromante muy fuerte, mucho más que cualquier otro que yo haya conocido hasta ahora; por eso fue nombrado arcano de su aquelarre siendo muy joven.
Athan recurrió a él en busca de ayuda para romper el hechizo del amuleto, y él aceptó.
Fue capaz de ponerse en nuestra contra, en contra de los de su propia especie, para ayudar a esa maldita rata chupasangres.
Tu padre trató de obligarlo a regresar a su cautiverio, pero ellos le enseñaron a rebelarse contra nosotros y casi morimos todos en el intento.
—Espera un momento, abuela… Yo recuerdo eso —susurró Drake, mirándose las palmas de las manos como si, de repente, estuvieran manchadas de sangre, sintiendo cómo le faltaba el aire—.
Siempre creí que era una puta pesadilla.
Me llevaste a aquel callejón cuando era solo un niño.
Me dijiste que papá estaba débil, que necesitaba mi ayuda para canalizar energía…
Joder, abuela. Me hiciste ponerle las manos en el pecho a ese hombre mientras se moría; mis manos se mancharon con su sangre.
Me usaste para robarle la magia. ¡Yo maté a ese hombre!
—Baja la voz, Drake, y deja de decir tonterías —le reprendió Helena con una calma pasmosa, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie podía escucharlos—. Tú eras un niño, el trauma ha distorsionado tus recuerdos. Tú no mataste a nadie.
Drake retrocedió, negando con la cabeza, todavía temblando mientras intentaba encajar las piezas de aquel recuerdo.
Helena suspiró y acortó la distancia entre ellos para rodearle los hombros con las manos, fingiendo una tristeza que no le llegaba a los ojos.
—Los Betancourt fueron unos insensatos. Creyeron que podían dialogar con la bestia.
Intentaron romper el vínculo del amuleto para liberar al vampiro, pensando que les estaría agradecido.
Pero Athan no es humano, hijo; es un animal salvaje y sediento de sangre.
En cuanto sintió que el control de tu padre flaqueaba, enloqueció.
Se volvió contra ellos y los mató a todos. Los despedazó sin piedad.
Drake se quedó en silencio, asimilando la información.
—Pero yo le robé la magia a ese hombre. Yo lo recuerdo, yiayia . ¿Ese hombre era el padre de Evie? —dijo al fin.
—Tu padre y yo acudimos para intentar detener aquella carnicería, pero llegamos tarde.
Bastian se estaba desangrando; Athan le había desgarrado el cuello.
Tu padre estaba al borde del colapso por el esfuerzo de intentar someter a ese monstruo —dijo Helena acariciándole el rostro con una suavidad maternal—.
Solo te pedí que canalizaras el remanente de magia que aún le quedaba a Bastian antes de que se disipara.
No podíamos permitir que una energía tan pura se perdiera mientras tu padre luchaba por su vida.
No fuiste un asesino, Drake; fuiste nuestra salvación.
Si yo no te hubiera llevado, tu padre habría muerto aquella noche.
Nosotros también fuimos sus víctimas. Es un asesino sin piedad, Drake.
Una bestia incontrolable que odia a los brujos más que a nada.
Drake se pasó las manos por el pelo. La culpa que lo había asfixiado unos instantes antes se evaporó, dejando paso a una rabia ciega y ardiente.
—Ese puto chupasangres… —murmuró Drake, con la mandíbula tensa—. Él mató a la familia de Evie. Y ahora se la ha llevado.
—Exacto. Y si no llegas a tiempo, ese monstruo le lavará el cerebro.
Le mentirá, le dirá que fuimos nosotros para ponerla en tu contra.
Ya la has atado a ti con magia de sangre, Drake; ese vínculo es inquebrantable.
Ella te ama y su lugar está aquí, a tu lado, dándote el heredero que nuestra familia necesita.
No dejes que el asesino de sus padres te la arrebate.
La imagen de Evie en brazos de Athan inundó su mente, y unos celos venenosos terminaron de ahogar cualquier duda racional. Su abuela tenía razón. Ella era suya. Se amaban, maldita sea. No iba a dejar que un monstruo asesino le arrebatara a la mujer de su vida.
—Ese bastardo me las va a pagar —siseó Drake, con la mirada oscureciéndose por una furia letal—. Voy a hacer que Athan suplique por su muerte. Y voy a traer a Evie a casa.