CAPÍTULO 19 #5
—¡Por Dios santo! ¿Qué estáis haciendo con ese pobre hombre?
¡¿A qué clase de torturas estáis sometiendo a ese infeliz?
! ¡¿No os basta con matar, que también tenéis que torturar?
! ¡Acabas de decir que no sois monstruos!
¡Sí lo sois, unos monstruos y unos malditos asesinos!
—gritó ella, perdiendo los nervios y golpeando el pecho de Geo con los puños, hasta que levantó la vista.
Sus ojos se habían vuelto amarillos y rojos, inyectados en ira pura, y sus colmillos asomaban amenazantes por su labio.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que nosotros somos los que torturamos? Ven aquí. Voy a mostrarte quiénes son los auténticos monstruos de una vez.
Geo la sujetó por el brazo y la arrastró hacia las profundidades del castillo a tal velocidad que, cuando llegaron a las frías mazmorras, Evie tuvo que apoyarse en la pared de piedra para estabilizarse.
Su enfado se evaporó en el preciso instante en que clavó los ojos en el ser que yacía encadenado en la celda blindada.
Se acercó a los barrotes a pasos lentos, sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos.
Allí, tirado en un rincón sobre un charco de su propia sangre, estaba Athan. Se veía tan demacrado que su piel parecía papel traslúcido. Mantenía la vista clavada en el suelo, susurrando delirios ininteligibles.
—Dios santo… —Las fuerzas la abandonaron y cayó de rodillas frente a la reja de hierro—. ¿Qué le ocurre? ¿Qué le está pasando? ¿Por qué lo tenéis así?
—Nosotros no. Tu brujo. Tu amado nigromante es el causante de todo esto.
—¿Drake? No… no puede ser… Yo misma los vi enfrentarse en su casa. Hace unas horas estaba fuerte, pudo ser capaz de vencer a Drake sin problemas. ¿Por qué está así ahora?
—¿Te das cuenta ahora de lo que es capaz de hacer vuestra maldita magia?
—¿Es por el amuleto? Es eso, ¿verdad? —De pronto, todas las piezas encajaron en su cabeza como un puzle—. Robert me contó algo sobre que ejercía un control mental y físico sobre Athan. Ese estúpido trozo de metal que Drake nunca se quita… siempre supe que había algo oscuro en esa cosa.
—Sí. Ese amuleto obliga a Athan a actuar en contra de su voluntad. Vamos, mujer, sonríe. Disfruta del espectáculo que ha montado tu novio, seguro que te parece de lo más divertido.
—¿Divertido? Es lo más horrible que he visto en mi vida. Nadie debería sufrir así. ¿Por qué no puede resistirse? ¡Ya lo ha hecho antes! ¿Por qué no llamas a ese brujo, a Shiloan? Él os ayudó en el apartamento. ¿Por qué no le llamas para que lo ayude de nuevo?
La desesperación en la voz de Evie hizo dudar a Geo por un instante. ¿Y si la chica realmente también sentía algo por su amigo?
—No puedo ayudarlo. Shiloan tampoco. Athan pudo resistirse mientras la sangre de Shiloan permanecía en su organismo, porque es la sangre de un nigromante poderoso. Pero ya no puede darle más o lo mataría. Sin esa sangre, vuelve a ser el esclavo del portador del amuleto.
¿Sangre de nigromante? Evie recordó la conversación con su tío. Robert le había asegurado que su padre lo era, que su madre también tenía una parte. Y que ella también lo era.
—Abre la celda. Quiero entrar —ordenó Evie, con un tono que delataba más miedo que firmeza.
—¿Estás loca? Incluso en su estado tan debilitado, te mataría en cuanto pusieras un pie dentro.
—Bueno, si me mata te quitarías un problema de encima, ¿no? Abre la puerta. Creo que puedo ayudarle. Entra conmigo si no te fías.
Definitivamente Geo no confiaba en ella, pero si había una mínima posibilidad de salvar a Athan, tenía que comprobarlo. Abrió la pesada puerta de hierro y entró siguiéndola muy de cerca, alertando a los guardias.
Athan gruñía como un tigre moribundo enjaulado. De pronto, alzó la vista y clavó sus ojos en ella. Su rostro, antes perfecto, ahora era una máscara cadavérica de venas oscuras. Sus ojos azul cielo eran ahora pozos amarillos blanquecinos, opacos y enfermizos.
—Si has venido a rematarme, esta es tu oportunidad, Evangeline.
Escuchar su nombre de esos labios secos y rotos le produjo un escalofrío.
Necesitaba que el verdadero Athan volviera.
El fuerte, el arrogante. El que la había besado con una pasión que nunca había sentido.
El que había visto salvar a Geo cuando sus propios hombres le habían abandonado.
Si Drake era el culpable de que él estuviera así, entonces ella también lo era por haber amado al monstruo equivocado.
Evie agarró una piedra afilada del suelo de la celda.
—No he venido a rematarte, Athan. He venido a ayudarte.
Notó de nuevo aquella poderosa energía fluyendo en su interior y, sin pensarlo dos veces, se hizo un corte profundo en la palma de la mano.
—¡¿Te has vuelto loca?! —siseó, tirando de las cadenas para alejarse de ella—. ¡Geo, maldita sea, sácala de aquí! ¡Sabes que no podré controlarme, la mataré!
—Athan, puedo ayudarte. Bebe, por favor, inténtalo.
Evie acercó su mano sangrante a la boca de Athan. Él trató de echarse hacia atrás, luchando contra sí mismo, pero en cuanto la primera gota de la sangre de Evie rozó sus labios, creyó enloquecer.