El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

Se vio a sí mismo de nuevo en el campo de batalla, a lomos de su caballo, siendo el mejor general que había comandado jamás el ejército de Aiónia.

Recordaba aquel fatídico atardecer como si hubiese sucedido la noche anterior.

Y por la forma en que los ojos negros de Evie se movían, supo que ella estaba viendo exactamente lo mismo. Estaba penetrando en su mente.

Por un minuto sintió un miedo primitivo. El imbatible guerrero inmortal, teniendo miedo de una chiquilla que navegaba por la profunda oscuridad de su alma.

Evie estaba aturdida. Se sintió mareada.

En cuanto su mano se posó sobre el pecho de aquel enorme vampiro para tratar de frenar su avance, algo se conectó entre ellos.

Sintió una extraña energía que fluía desde el cuerpo del monstruo hacia el de ella, penetrando por las yemas de sus dedos y llegando directamente a su cerebro.

Una serie de imágenes empezaron a estallar ante sus ojos, acompañadas de un sentimiento que casi le corta la respiración.

Vio al hombre a lomos de un caballo, cabalgando a toda velocidad a través de unas montañas de tierras baldías.

Trataba de llegar a cubierto antes de que el sol se pusiera por completo.

Apenas tenía tiempo; era demasiado tarde y él lo sabía.

Evie podía sentir lo que él sentía, podía ver lo que él veía.

Sabía que estaba huyendo de algo, ¿pero de qué?

De pronto, los últimos rayos de sol se ocultaron tras la roca y una sombra inmensa apareció frente a él, asustando a su caballo y obligándolo a frenar en seco.

Cuando la figura se hizo visible, Evie pudo reconocerlo perfectamente, al igual que lo hizo Geo.

Athan estaba frente a él, mirándolo con aquellos aterradores ojos amarillos inyectados en sangre.

Sin embargo, Geo sonrió descaradamente, demostrando que no le tenía ningún miedo.

Evie podía saborear su rabia, sus ganas viscerales de entrar en combate.

—Puedes huir, pero no puedes esconderte, guerrero —dijo Athan, con una sonrisa oscura y profunda.

—¿Y quién te dice que estaba huyendo, bastardo? He venido a matarte, sanguijuela. No pienso marcharme de esta maldita montaña hasta que lleve tu cabeza ensartada en una pica como tributo a mi rey —sentenció Geo, abalanzándose sobre él para comenzar una lucha encarnizada.

Lucharon durante tanto tiempo que Geo apenas podía sostener ya su espada.

El vampiro era tan rápido que le costaba esquivar sus ataques, pero Geo había logrado zafarse de la muerte en varias ocasiones gracias a su destreza inigualable como soldado.

Llevaba luchando desde que era apenas un niño y no pensaba dejarse vencer por aquel monstruo bebedor de sangre. Lo odiaba a muerte.

Pero él era un simple humano. Athan logró desarmarlo en un golpe afortunado, le arrebató su propia espada y se la clavó en el costado, con tanta fuerza, que acabó dejándolo anclado al suelo de tierra.

Ensartado por mi propia espada. Qué manera tan estúpida de morir , pensó Geo. Al menos esperaba que el jodido bastardo le arrancara la cabeza al instante y no lo convirtiera en un monstruo como él.

—Has luchado con honor, general. Y eso te ha salvado la vida —sentenció Athan, mirándolo desde arriba—. Tu ejército viene a por ti. Sigue entrenándote, guerrero. Volveremos a enfrentarnos en otra ocasión.

—He perdido. Mátame. Tienes que matarme.

Pero ya era tarde. El vampiro desapareció delante de sus narices como si se hubiera evaporado en la bruma.

El cielo nocturno quedó cubierto por una densa niebla y Geo pudo escuchar el sonido de los caballos a galope.

Era cierto. Su ejército venía a rescatarlo.

En apenas unos minutos lo rodearon. El primero en desmontar fue el hombre que comandaba el país entero.

Geo lo reconoció de inmediato: el mismísimo rey Laertes.

Era extraño que él hubiera salido de palacio en su busca, en lugar de mandar a sus guerreros.

—¿Dónde está, Geovax? ¿Lo has encontrado? ¡Dime dónde está! —exigió el rey, mirándolo con desprecio desde su posición.

—Mi señor, yo… no he podido —respondió Geo. Estaba tan exhausto que apenas podía hablar.

—¡Lo has dejado escapar, escoria inútil! ¡Tu única misión era encontrar a ese monstruo y matarlo, y has fallado!

—Mi rey, lo lograré la próxima vez. No pararé hasta acabar con él.

—¡Cállate! Eres un maldito cobarde. Para ti no habrá próxima vez. Has perdido, Geovax, y yo no acepto perdedores en mis filas.

A Evie se le heló la sangre al ver la escena.

Sin dudarlo siquiera, el rey Laertes desenfundó su espada y se la clavó profundamente en el costado a su mejor general.

Retorció el acero con saña, destrozándole las entrañas mientras lo miraba fijamente a los ojos, disfrutando de su dolor.

Luego, sacó la hoja manchada de sangre y se giró hacia los soldados.

—Replegaos. Volvemos al castillo. Dejad aquí a este perdedor, que muera como el cobarde que es.

Geo los vio alejarse. Vio cómo sus propios soldados, los hombres por los que había sangrado, a los que había entrenado y protegido durante años, le lanzaban una última mirada impasible.

Nadie dio un paso al frente. Ninguno de ellos tuvo piedad por el que hasta hace unas horas había sido su general.

Lo abandonaron como a un perro sarnoso. No pudo más que observarlos perderse en la lejanía mientras notaba cómo se ahogaba lentamente con su propia sangre. Había llegado su hora.

Pero la muerte no era lo que le aterraba. Un pánico visceral se apoderó de él en ese instante.

Vega. No podía dejar de pensar en su hermosa esposa.

Sabía exactamente lo que iba a ocurrir en cuanto aquel ejército de salvajes regresara al castillo sin él.

Para Laertes y sus hombres, Vega ya no era la respetada esposa del general; ahora sería la viuda de un cobarde perdedor.

No tendría protección. Sus propios soldados irrumpirían en su casa, la violarían entre todos y la asesinarían de la forma más brutal y humillante posible, usándola como botín de guerra.

Tenía que salvarla, pero estaba condenado a morir allí, la muerte se acercaba, podía sentirlo en cada poro de su piel, así que en aquel momento supo que ella tampoco tenía salvación.

Entonces, aquella sombra volvió a materializarse junto a él.

Geo volvió a fijar la vista en aquellos ojos demoníacos, que, para su sorpresa, ahora lo miraban con lo que parecía ser compasión.

Pero lo atribuyó a una alucinación antes de la muerte; un monstruo así no podía ser capaz de sentir compasión.

—Has luchado con honor, general —dijo Athan, arrodillándose a su lado, observando la herida mortal con auténtico desprecio hacia los humanos que se la habían infligido.

—Tu rey se equivoca. No mereces morir como un cobarde, y no voy a permitir que te traten de esa manera.

Ahora tú decides. Te doy la oportunidad de unirte a mí como uno de los míos y luchar a mi lado, o te daré la muerte rápida y digna que tu rey te ha negado.

No mereces morir aquí, abandonado por los tuyos y ahogado en el fango. Tú tienes la última palabra.

Al ver una sombra de duda en los ojos de Geo, decidió presionar un poco más.

—Vamos, general. Salva tu vida, no seas estúpido —añadió, extendiendo la mano hacia él.

—Mi… mi esposa… —fue lo único que logró salir de sus labios ensangrentados y temblorosos—. Tengo… que… salvarla.

Estaba dispuesto a convertirse en lo que más había odiado en su vida. Estaba dispuesto a ser el monstruo de las pesadillas humanas si eso le permitía llegar hasta ella a tiempo.

—Si te conviertes en uno de los míos, yo mismo me encargaré de salvar a tu esposa, general.

Te doy mi palabra —le prometió con solemnidad, sellando un pacto irrompible—.

Comanda mi ejército y te permitiré ejercer sobre esos bastardos la venganza que se merecen.

Solo te pondré una condición: el rey Laertes es mío.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, miró a Athan a los ojos y comprendió la mayor verdad de su existencia: su enemigo no era el demonio que le ofrecía la mano en la oscuridad.

Su verdadero enemigo acababa de marcharse cabalgando hacia su hogar, dejándolo morir tirado en el fango como si su lealtad no valiera nada.

¿Qué lealtad le debía a un rey que acababa de asesinarlo a traición? ¿Qué lealtad le debía a un ejército que le había dado la espalda para ir a masacrar a la mujer que amaba?

—De acuerdo… —respondió, entregando al fin su humanidad.

Athan se llevó la muñeca a la boca, rasgó su carne con los colmillos y le dio de beber de su propia sangre.

Aquel líquido quemaba como la lava fundida derramándose por su garganta, pero no le importó.

Solo deseaba salvar a su esposa, y si aquel demonio cumplía su palabra de protegerla, le seguiría hasta las mismísimas puertas del infierno y se dejaría matar mil veces antes de permitir que algo malo le pasara.

Evie se tambaleó y apartó la mano del pecho de Geo, volviendo al presente de golpe, respirando agitadamente como si acabara de despertar de una pesadilla.

—Teniendo en cuenta que los humanos me abandonaron para que muriera solo como un perro en aquellas montañas, que esos mismos humanos trataron de violar y asesinar a mi esposa, y sobre todo teniendo en cuenta que Athan cumplió su promesa y la salvó —habló con un tono tan profundo que parecía ahogarse en su propio dolor—, sí, pequeña humana.

Prefiero ser un monstruo de los míos antes que un monstruo de los tuyos.

Ella se quedó sin palabras. Todavía podía sentir el odio del rey humano apuñalando a Geo, y la compasión en la mirada de Athan antes de salvarlo. Tal vez él tenía razón. Tal vez los monstruos no estaban en el bando que ella pensaba.

—Y ahora será mejor que no vuelvas a usar tu mierda mágica para hurgar en mi cabeza. Te advierto que mis soldados no son tan comprensivos como yo, y la magia no es bienvenida aquí, bruja.

Un nuevo grito de Athan resonó por todo el castillo, sacando a Evie de su ensoñación.