CAPÍTULO 19 #3
Una energía enorme, densa y pesada, flotaba por la habitación.
Evie apenas podía creer lo que estaba viendo.
Un hombre enorme, alto, con el cabello largo y rizado y una nariz prominente, mantenía su mano alzada hacia la vampiresa, que permanecía aplastada contra la pared, sujetándose el cuello como si una soga invisible la asfixiara.
—¿En serio pensabas que iba a dejar que atacaras a uno de los míos mientras yo estuviera aquí? —su voz grave y profunda resonó en la estancia—. ¿Cómo te atreves, mocosa?
El hombre caminaba con parsimonia, como si no le supusiera el menor esfuerzo mantener a la vampiresa suspendida en el aire.
Al llegar hasta Evie, le tendió la mano para ayudarla a levantarse y, con un movimiento protector, la colocó tras él.
Al verlo de cerca, lo reconoció al instante: era el mismo brujo que había ayudado a Athan a secuestrarla en casa de Drake.
Pero no le importaba; si estaba dispuesto a protegerla ahora, le daba igual que fuera el mismísimo Lucifer en persona.
Los ojos de la vampiresa comenzaron a sangrar, llorando lágrimas rojas mientras trataba ruidosamente de meter algo de aire en sus pulmones inmortales. El hombre seguía con su mano levantada, mirándola con una sonrisa cruel.
—¿Qué pasa, Alana? ¿Acaso te cuesta respirar? —El brujo ladeó la cabeza, observando a la chica con una sonrisa carente de toda piedad—. Lo siento, pero me temo que necesitas una lección. La próxima vez te lo pensarás dos veces antes de atacar a uno de los míos estando yo presente.
¿Los suyos? ¿A qué narices se refería? Por más que lo pensaba, Evie no encontraba respuesta.
¿Se refería a los humanos? Por extraño que pareciera, cada vez tomaba más en serio lo que su tío Robert le había confesado sobre quién era ella realmente.
¿Acaso ese hombre también pensaba que ella era una bruja?
Geo subía las escaleras cuando los latidos acelerados del corazón de la joven llegaron a sus oídos. Irrumpió en la habitación y se quedó paralizado ante la escena.
—¡Shiloan, detente! —rugió desde el umbral.
El brujo miró hacia la entrada y bajó la mano lentamente, liberándola de su agarre invisible. Alana cayó de rodillas, tosiendo y cogiendo aire en grandes bocanadas.
—¡Me ha atacado! El brujo me ha atacado, Geo, tú lo has visto —bramó ella, furiosa y apenas sin voz.
—No es cierto, ella me ha atacado primero. Yo… no sé cómo he logrado apartarla… si él no hubiese aparecido, me habría matado —Evie trató de defender a su salvador. Estando él de por medio se sentía extrañamente más segura.
—Todo es culpa suya, Geo. Todo es culpa de la zorra del nigromante. Si ella no estuviera aquí, ese hijo de puta no estaría torturando a Athan. Voy a devolvérsela a pedazos para cobrarme todo el daño que le está haciendo. ¡Y tú, brujo, será mejor que no te metas en esto!
—¿De verdad quieres intentarlo de nuevo? Vaya, realmente eres más estúpida de lo que pensaba, mocosa. —Shiloan dio un paso adelante, dispuesto a atacar de nuevo.
Pero sin dejarle decir una palabra más, Geo se abalanzó sobre Alana. La agarró del cuello y la lanzó sin miramientos hacia el pasillo. Luego apartó a Shiloan y colocó a Evie a su propia espalda para protegerla.
—Geo, sabes el respeto que tengo por Athan.
Sabes que lo considero un amigo, pero no dejaré que ataquéis a uno de los míos y quedarme mirando sin hacer nada.
La chica es de nuestra sangre, lo noté desde el primer momento en que puse mis ojos en ella.
Te lo advierto, Geovax: esta no es mi guerra y prometí mantenerme al margen, pero mantén a esta mocosa aspirante a vampiresa lejos de ella o tomaré cartas en el asunto.
—Yo mismo me encargaré de su protección a partir de ahora, te lo aseguro —gruñó Geo.
—Eso espero, amigo. Eso espero.
Antes de marcharse, el brujo se acercó a Evie, mirándola a los ojos con una expresión extraña. No podía apartar la vista de ella. Recordó entonces que no llevaba puesta su lentilla; todo el mundo allí se quedaba mirándola como si nunca hubieran visto a nadie con un ojo de cada color.
—Cuando veas a tu tío, dile que venga a verme, muchacha. Dile que el Arcano del aquelarre Dolovain quiere hablar con él.
De pronto, Shiloan se quedó mirándola fijamente, palideciendo.
—Oh, joder. Es increíble que la última superviviente del aquelarre Betancourt siga viva.
Eres el vivo reflejo de tu madre, y tienes los inconfundibles ojos de tu padre, pero…
lo que hay dentro de ti, muchacha, es algo tan antiguo, tan poderoso que la mayoría de los brujos darían su alma solo por soñar con ello.
Llevas en tu sangre un poder que todos creíamos extinto.
Aún está profundamente dormido en tu interior, pero si algún día decides despertarlo, búscame.
Se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
—¡Espera, espera, no te vayas! ¿Conoces a mi tío? ¿De verdad conociste a mis padres? Por favor, no me dejes aquí con ellos —sollozó, dispuesta a suplicarle a aquel hombre que la llevara con él.
Varios guardias vampiros entraron en la habitación en ese momento, pero Shiloan abandonó la estancia con total tranquilidad, paseando entre ellos como si aquel pelotón enfurecido le trajera sin cuidado.
—Mi general, lo siento, no hemos podido evitar que la señorita Alana entrara en el cuarto —balbuceó uno de los guardias de la puerta, pero Geo lo calló de inmediato.
—¡Largaos! ¡Fuera de aquí, todos! —rugió Geo—. Si alguno de vosotros vuelve a fallarme, no tendrá garganta para justificarse. Si alguno permite que alguien vuelva a acercarse a ella, exhalará su último aliento. Y eso también va por ti, Alana.
—No puedo creerlo, ¿cómo puedes defenderla? ¡Todo esto es por su culpa! —Alana dio un paso adelante desde el pasillo, mostrando los colmillos.
Evie se agarró a la espalda de Geo sin poder evitarlo. Al menos parecía que uno de esos monstruos estaba de su parte y no pensaba separarse de él por nada del mundo.
—No me desafíes, Alana. ¡Sal inmediatamente!
La chica soltó una mezcla entre un rugido y un grito rabioso, le lanzó una última mirada asesina a Evie y desapareció a tal velocidad que solo quedó una estela borrosa en el aire.
Geo se giró hacia ella, sujetándola con firmeza por los hombros.
—¿Te encuentras bien, muchacha? —le preguntó con voz calmada y dulce.
Asintió, alzando la vista hacia él. Era una mole de hombre, un gigante de piel bronceada y cabeza rapada, con el cabello negro como el azabache.
Sus ojos eran de un azul eléctrico intenso —nada que ver con aquel tono amarillo rojizo que tanto miedo le daba—, y la observaban con una expresión serena que contrastaba con su imponente presencia.
Era atractivo, sí, pero no despertaba en ella la misma intensidad que Athan.
¿Athan? De repente se sorprendió a sí misma preguntándose dónde diablos estaba y por qué no había sido él quien había acudido en su ayuda.
—¿Dónde está Athan?
—Él no está en condiciones ahora mismo de atenderte. Cualquier cosa que necesites, pídemela a mí. Yo me encargaré de ti a partir de ahora.
Se sintió rara al escuchar que él no iba a regresar. Por un momento, incluso creyó sentirse triste. Aquello era de locos. Entristecerse porque su secuestrador no venía a verla. Sin duda, tenía que ser un puñetero síndrome de Estocolmo. No le importaba aquel maldito monstruo. No podía importarle.
—¿Se encuentra bien? —La pregunta surgió de su boca antes de que pudiera frenarla.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso te importa lo que le pase?
—Bueno, teniendo en cuenta que es el único de vosotros que no intenta arrancarme la cabeza cada cinco minutos, sí, me importa.
—En ese caso deberías preguntarles a los tuyos por lo que le pasa, no a mí —escupió Geo, incapaz de ocultar su dolor. Se dirigió a la puerta. Necesitaba salir, necesitaba ir de nuevo a las mazmorras. Aquella chica le recordaba todo el sufrimiento que su amigo estaba padeciendo.
—¡Espera! —le gritó, sonando más desesperada de lo que deseaba—. Dime dónde está. ¿A qué te refieres con eso? ¿Por qué me estáis haciendo esto, joder? Yo no os he hecho nada.
Estaba harta de que todos la miraran con odio, de que la atacaran y la acusaran de cosas que no comprendía.
Sí, le importaba. Era de locos, pero necesitaba saber qué le había ocurrido a Athan.
En el fondo de su corazón sabía que, si él desaparecía, su cautiverio se convertiría en un verdadero infierno.
Geo se plantó frente a ella a tal velocidad que Evie apenas pudo seguir sus movimientos. La atravesó con una mirada tan fría que le caló hasta los huesos.
—Tú, mujer —siseó con asco—, representas todo lo que más odiamos en este mundo. Tú eres bruja. Y eres humana.
—Mira, lo primero: no soy una bruja, estoy harta de repetirlo.
Y lo segundo, ¡vaya! Qué irónico por vuestra parte, ¿no crees?
—contestó en tono sarcástico. Estaba harta de ser la débil frente a seres que podían aplastarla como a un insecto.
Si iba a morir, moriría peleando—. ¿Acaso no eras tú humano antes de convertirte en el monstruo que eres ahora?
—¿Monstruo? ¿Monstruo yo?
Geo avanzó a grandes zancadas hasta quedarse a apenas unos centímetros de su cara, mirándola desafiante. Evie levantó la mano instintivamente y la puso sobre el pecho de él para tratar de frenarlo.
En cuanto la cálida mano de ella tocó su pecho, Geo se paralizó.
Una corriente eléctrica invisible le recorrió entero, impidiéndole moverse.
Al bajar la vista, vio que los ojos de la chica estaban fijos en él, y se habían oscurecido totalmente.
Eran total y absolutamente negros. Se vio a sí mismo reflejado en esa oscuridad, cayendo en espiral hacia un remolino de recuerdos del pasado que permanecían enterrados en lo más profundo de su mente.
Las compuertas que retenían todo su dolor y sus recuerdos humanos acababan de reventar.