CAPÍTULO 19 #2
Cerraron la celda a toda prisa. Geo pidió a todos que se marcharan; él se encargaría de vigilarlo. No quería a nadie más cerca, y menos después de la masacre que acababa de ocurrir.
Unos minutos después, Athan comenzó a gritar de nuevo.
Geo lo miraba desde el otro lado de los barrotes, sentado en el suelo, completamente derrotado.
Sentía cómo cada alarido de dolor de su amigo le arrancaba un pedazo del alma.
Se mantuvo allí, inamovible, hasta que perdió por completo la noción del tiempo.
—Mátame, Geo. Acaba con esto de una vez. Ese era el trato, me diste tu palabra de que lo harías si el nigromante volvía a dominarme —susurró Athan de repente, con una voz tan ronca y devastada que logró que Geo se estremeciera.
Llevaba tantas horas gritando que iba a matarlos a todos y que le entregaría la chica al brujo, que a Geo le costaba creer que su amigo tuviera, por fin, un segundo de lucidez.
Se asomó por los barrotes, pero tuvo que apartar la vista al instante.
Aquel hombre encadenado a la pared, un ser quebrado e indefenso, no era Athan; era un patético despojo.
Estaba más pálido de lo que cabía imaginar, con la piel acartonada y casi transparente.
Arrodillado sobre el charco de sangre, sus brazos permanecían estirados en cruz, tensos bajo el peso de las cadenas.
Durante un segundo, sus miradas se cruzaron.
Los iris de Athan, ahora de un amarillo apagado y carentes de vida, lo perforaron.
—¿Athan? —susurró.
—Tienes que matarme, hermano. Tienes que hacerlo, ahora que estás a tiempo —dijo Athan, con la garganta tan irritada que las palabras le salían apenas como un siseo áspero—.
El nigromante encontrará la forma de hacerme fuerte de nuevo, lo sé.
Si no lo haces, os mataré, Geo. Os mataré a todos.
Lo de antes solo ha sido el principio. Esa es su voluntad.
No deja de exigirme que le lleve a la chica y mate a todos los que se crucen en mi camino.
No podré resistirlo. Irá a peor y no podréis luchar contra mí.
—En ese caso tendremos que luchar, amigo, porque no pienso matarte por más que me lo pidas —sentenció, con una firmeza que ocultaba apenas su desesperación—.
Encontraremos la forma de romper el maldito hechizo.
Podríamos devolverle a la chica y así tal vez permanezca distraído un tiempo mientras encontramos a alguien que pueda sustituir a Shiloan.
—¡No! —gritó Athan, tensando las cadenas con las pocas fuerzas que le quedaban—.
Eso nunca, Geo. Nunca permitas que vuelva a acercarse a ella.
Prefiero morir antes que dejar que él se la lleve.
Protégela con tu vida, Geovax. Te lo ordeno como tu rey.
—Su voz se ahogó de repente, al tiempo que escupía una bocanada de sangre—. Te lo pido como tu amigo.
Se debilitaba a pasos agigantados. Con suerte, la muerte estaba más cerca de lo que creía; si moría pronto, encontraría al fin la libertad con la que llevaba soñando siglos.
—¿Tanto te importa lo que pase con esa humana, Athan? ¿Tanto como para velar por ella incluso en tus peores momentos? Dime la verdad, amigo. ¿Sientes algo por la mujer del nigromante?
—¡Ella no es su mujer! —Por un instante, Athan recuperó fuerzas de la nada y se puso en pie, haciendo sonar las cadenas—. ¡Ella no le pertenece! ¡¿Me oyes?!
Athan estaba totalmente fuera de sí, y por un segundo Geo temió que estuviera a punto de reclamarla como suya. Aquello sería terrible. Athan no podía haber desarrollado una obsesión tan visceral por la mujer de su peor enemigo. Cualquiera menos ella.
—Es lo último que te pido, Geo —continuó, arrastrando cada palabra con un esfuerzo visible—.
Dejo su seguridad a tu cargo, debes encargarte de que nada malo le pase.
Él vendrá, estoy seguro. No parará hasta encontrarla.
Sin mí, tendréis alguna posibilidad de vencerle.
Si se te presenta la oportunidad, no lo dudes: mata al nigromante y no mires atrás.
—No pienso matarlo y ver cómo tú mueres ante mis ojos junto con él. Tú mismo tendrás la oportunidad de hacerlo, hermano. Encontraré la forma de liberarte de ese amuleto, aunque tenga que poner este puto mundo patas arriba.
—Prométeme que no dejarás que nada malo le pase, hermano. Prométeme que la defenderás con tu vida. Júramelo por Vega.
Un escalofrío helado recorrió la espalda de Geo al escuchar el nombre de su difunta esposa.
Athan sabía perfectamente a lo que recurría al nombrarla.
Sabía que él preferiría morir de la peor de las maneras antes de romper un juramento hecho sobre el nombre de la única mujer a la que había amado.
Por desgracia, aquella petición respondía a la duda que le carcomía: por mucho que Athan se empeñara en negarlo, la chica se había abierto paso en su corazón.
—Si es tan importante para ti, lo haré, hermano. Te lo juro en nombre de mi amada Vega. Defenderé a esa chica hasta la muerte, por siempre. —Geo llevó el puño derecho a su corazón y se dio un golpe en un gesto de respeto militar para sellar su promesa.
Después de aquel juramento, el asqueroso nigromante tendría que arrancarle la piel a tiras antes de volver a llevarse a la chica.
Athan puso los ojos en blanco, y a Geo se le encogió el corazón temiendo lo peor: el nigromante estaba atacando de nuevo.
Los ojos de su amigo volvieron a ser de aquel amarillo blancuzco, vacíos de toda emoción.
Lo miraba con odio, con rabia, y comenzó a despotricar en su contra, amenazando con matarlos a todos si no le entregaban a la chica para devolvérsela a su amo.
Aquellas palabras se le clavaron a Geo en el fondo del alma. Su hermano, un guerrero legendario, llamando «amo» a su peor enemigo.
Su momento de lucidez había desaparecido; de nuevo era solo una marioneta. Athan se desplomó, sumido en la inconsciencia, y Geo soltó un suspiro de alivio, al menos así tendría unos minutos de paz. Encargó a los guardias su vigilancia y subió las escaleras en dirección al cuarto de Evie.
Aquella mocosa había despertado algo en Athan.
Era la primera vez en más de cuatrocientos años que veía a su amigo mirar así a una mujer.
La protegería tal y como él le había pedido; pero si en algún momento aquella bruja intentaba algo contra ellos, acabaría con su vida sin dudarlo.
Nada ni nadie volvería a dañar a Athan: le debía su vida, y tendrían que pasar por encima de su cadáver antes de tocarlo.
Había amado a su esposa más que a nadie, pero ni siquiera el recuerdo de Vega le impediría proteger a su hermano.
Y pensar que, en su vida humana, había odiado a aquel vampiro con toda su alma.
Evie se despertó sobresaltada al escuchar unos gritos desgarradores a lo lejos. Era un sonido atroz, como el de alguien siendo torturado, y no pudo evitar sentir una mezcla de miedo, pena y rabia. Aquellos monstruos debían estar alimentándose de algún pobre infeliz.
De pronto, la pesada puerta de madera del cuarto se abrió de golpe y una sombra irrumpió en la estancia como una exhalación.
Antes siquiera de poder reaccionar, unas manos heladas la agarraron por los hombros y la estamparon contra la pared de piedra.
Un dolor lacerante le atravesó la columna vertebral; sería un milagro no haberse roto varias costillas.
Aquellas manos gélidas la sujetaron por el cuello.
Al abrir los ojos, vio frente a ella a una muchacha joven, de aspecto aniñado y larga melena negra.
Era más bajita que ella, pero aun así tuvo que agachar la cabeza para mirarla, puesto que la vampiresa la sostenía a dos palmos sobre el suelo, agarrándola por la mandíbula como si no pesara nada.
Se quedó helada al ver aquellos ojos amarillos, inyectados en sangre. Por un momento sintió un pánico absoluto; era como observar al mismísimo ángel de la muerte. Aquel rostro, el más perfecto que había visto jamás, enmarcaba una mirada puramente demoníaca.
—Todo esto es culpa tuya, zorra. No puedo beberme tu asquerosa sangre de bruja hasta dejarte seca, pero no te preocupes: pienso arrancarte los miembros uno a uno.
Vas a sufrir tanto como él; voy a devolverte, multiplicado, todo el daño que ese nigromante le causa.
Vas a pagar por lo que los tuyos nos han hecho.
Evie supo en ese instante que había llegado su hora.
Lo había temido desde que pisó aquel castillo, pero, lejos de estar asustada, se sentía furiosa.
No pensaba permitir que una niñata acabara con su vida sin defenderse.
Notó cómo la angustia que le había azotado el estómago los últimos días ascendía por su garganta, transformándose en una vibración punzante.
Sintió una oleada violenta recorriéndole el cuerpo hasta que, en un instante, todo se volvió negro.
Una punzada de dolor le estalló en la cabeza; era como si algo luchase por salir, como si una energía extraña y oscura estuviese a punto de rasgarle la piel desde dentro.
Sin pensarlo, canalizó toda aquella energía hacia la vampiresa que la estrangulaba, alzando las manos con un grito de rabia que le desgarró la garganta.
Para su sorpresa, la chica salió disparada varios metros hacia atrás, estampándose contra el suelo con un golpe seco.
En su rostro se reflejaba la misma incredulidad que paralizaba a Evie.
—¡Esos trucos de bruja no te valdrán contra mí! —rugió, irguiéndose de un salto y arrojándose sobre ella con un gruñido salvaje que le heló la sangre.
Ahora sí, era el fin. Se sentía débil, exhausta tras la descarga de aquella energía extraña; sus piernas cedieron y se deslizó por la pared hasta quedar ovillada, esperando el golpe de gracia.
Pero, para su sorpresa, la vampiresa no llegó a alcanzarla: fue lanzada de nuevo hacia atrás, estrellándose brutalmente contra el muro opuesto con un estrépito de piedra rompiéndose.