El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Apenas lograba mantenerse en pie. Nunca se había sentido tan débil en su vida; había perdido demasiada sangre.

Tuvieron que drenarlo casi por completo antes de encerrarlo para evitar que luchase por salir en busca del nigromante.

Pero ni siquiera estando tan debilitado conseguía sacarlo de su cabeza.

Escuchaba su voz, tan oscura, tan espesa, escarbando con sus fríos dedos dentro de su mente, como si le tuviera delante.

La peor de sus pesadillas hecha realidad de nuevo: convertirse en un esclavo, en un ser sin voluntad, una marioneta que el brujo movería a su antojo.

Otra vez, aquella maldita cruz que llevaba años evitando había caído sobre él, y ya no se sentía con fuerzas para volver a pasar por lo mismo.

Él era un guerrero, un referente para los suyos.

Él era un rey. El que los suyos habían elegido y puesto en el trono por su fuerza y su valentía, por ser digno hijo de aquel que lo había recibido como un verdadero padre.

No volvería a convertirse en un fantasma que actuara bajo las órdenes de otro, otra vez no…

Qué ironía del destino que su propio padre lo hubiese rechazado como si fuera un perro callejero que no merecía ni su desprecio, y, sin embargo, aquel al que todos temían, aquel del que decían que era un monstruo sin remordimientos ni piedad, lo hubiese aceptado en sus brazos como a un hijo.

Qué vergüenza sentiría Demetrius Vykros si lo viese ahora, convertido en este desecho del orgulloso guerrero que un día fue.

¡No! No podía volver a convertirse en un perro que ladrara solo cuando se le ordenara, que atacara y matara solo cuando su amo y señor se lo pidiera.

Pero, a pesar de todo, se había engañado a sí mismo con sus ansias de libertad.

Allí estaba: encerrado, exhausto, casi moribundo, tratando de huir de una maldición que lo perseguiría durante toda la eternidad.

Años atrás había visto una pequeña luz al final del túnel.

La familia Betancourt había sido su última esperanza para librarse de los Andreatos, aunque eso significase perecer en el intento.

Habría preferido mil veces morir como un guerrero que seguir viviendo como un esclavo.

Pero ahora ya era tarde. El nigromante no le concedería ese alivio jamás.

Qué estúpido había sido al confiar en él; un pobre diablo engañado y traicionado de nuevo.

Y lo peor de todo, la auténtica maldita mierda en medio de toda aquella pesadilla, era que al parecer los suyos también habían decidido negarle ese final.

Alexander Andreatos era muy débil. Su parte humana le hizo convertirse en un brujo que se iba consumiendo poco a poco conforme usaba su magia.

Su padre no había sido un nigromante como sus antepasados; su único poder era el que había heredado de su madre.

Cuando se enfrentaron, Athan estuvo a punto de vencer.

Había podido disfrutar de años de una cierta libertad gracias a la debilidad de su captor.

Durante un tiempo trató de resistirse a sus órdenes tanto como pudo, llevándolo al límite y obligándolo a usar cada vez más magia, hasta que Alexander acabó consumiéndose a sí mismo hasta la muerte.

El muy idiota murió prematuramente por sus ansias de obtener la magia pura que no corría por sus venas.

Pero ahora todo era diferente. Drake Andreatos no era como su padre.

Drake era un brujo puro; su madre era una bruja casi tan poderosa como Alexander, aunque ella hubiese renunciado a su magia.

Nadie a su alrededor tenía el poder suficiente para enfrentarse a algo así.

La sangre de Shiloan lo había ayudado durante un breve periodo de tiempo, pero su cuerpo la quemaba demasiado rápido; no podía seguir alimentándose de él a ese ritmo o acabaría matándolo.

Evan, a pesar de ser un Betancourt, había sacrificado gran parte de su poder jugando a ser humano.

Y la hija de Bastian… no era más que una pobre chiquilla asustada que ni siquiera sabía cómo usar su magia.

Estaba solo de nuevo. Nadie podría salvarlo esta vez.

Le fallaron las piernas y cayó de rodillas al frío suelo de piedra mientras un alarido de dolor y rabia surgía de su garganta, justo cuando Geo llegaba con una pequeña dosis de sangre para alimentarlo.

Pensaban mantenerlo con la mínima ración posible, la justa para evitar que intentase escapar, pero no para que recuperase sus fuerzas.

La respiración de Athan se había vuelto errática; Geo podía escuchar cómo inhalaba y exhalaba el aire con dificultad desde fuera de la celda.

Abrió la pesada puerta de hierro y entró sin quitarle un ojo de encima.

Por mucho que le doliera verlo así, estaba claro que su amigo estaba tan débil y derrotado que no sería capaz de intentar nada en su contra.

Al menos, eso era lo que pensaba.

En el preciso instante en que Geo dio el primer paso hacia el interior, Athan rompió las cadenas y se abalanzó sobre él.

Los dos guardias apostados en la puerta tardaron solo un segundo en interponerse, pero Athan estaba completamente fuera de sí.

Se detuvo delante del primero, mirándolo fijamente a los ojos con una media sonrisa.

Sin darle tiempo siquiera a reaccionar, atravesó su pecho con la mano y le arrancó el corazón ante la mirada atónita de Geo.

Luego, con un giro violento, se abalanzó sobre el segundo y le arrancó la cabeza, convirtiéndolo en una nube de polvo y sangre a sus pies.

Se movía como un animal salvaje. Geo se plantó frente a él para cortarle el paso, pero Athan le propinó un puñetazo que lo lanzó al otro extremo de la celda.

Antes de que pudiera siquiera incorporarse, Athan se giró hacia él.

Se acercó con pasos lentos y lo levantó en vilo por el cuello, clavándole la mirada.

Pero no era la mirada de Athan. Geo lo conocía demasiado bien; incluso en la guerra, aun cuando la rabia le nublaba el juicio, en sus ojos siempre había un rastro de intención, una chispa de voluntad propia.

Aquellos ojos, en cambio, se mostraban opacos, despojados de cualquier rastro de humanidad.

Era la mirada vacía de una marioneta, el reflejo de una mente que había sido desplazada a la fuerza.

—Vamos, Athan… —articuló, luchando por tomar aire—. Eres más fuerte que todo esto. ¡Lucha, maldita sea! ¡Saca a ese cabrón de tu cabeza!

Sin embargo, solo obtuvo silencio. Aquella mirada, carente de su luz habitual y cargada de una intención asesina, le hizo presagiar lo peor, y llamó mentalmente a Khion para que acudiera en su ayuda.

Athan sacudía la cabeza como si intentara comprender lo que estaba haciendo, como si quisiera detenerse, pero no podía.

Había caído en una oscuridad total; la magia del nigromante lo dominaba, lo volvía irracional.

A pesar de la debilidad, trataba de buscar en su interior el último vestigio de su fuerza para liberarse.

Al mirar a su amigo a los ojos, sintió el dolor que le estaba causando.

Sabía que Geo nunca se volvería contra él, pero en ese momento lo odiaba.

Los odiaba a todos. No debían alimentarlo, no debían permitirle seguir con vida.

Quería morir, quería descansar al fin; era la única manera de expulsar al nigromante de su cabeza.

La voz de Drake no dejaba de repetirle órdenes, una fuerza sobrenatural que lo obligaba a cumplirlas.

El maldito amuleto le impedía acabar con su propia existencia, pero ellos tenían que hacerlo.

Tenían que ayudarle a terminar con esto de una vez por todas.

En apenas unos segundos, Khion y Alana aparecieron en la mazmorra acompañados de diez guardias.

Un soldado enorme se abalanzó sobre Athan para intentar que soltara a Geo, pero antes siquiera de rozarlo, ya yacía en el suelo como un cadáver blanquecino y marchito; Athan sostenía el corazón del hombre en su mano y lo estrujó sin el menor miramiento.

Alana se acercó a toda velocidad y lo sujetó por el brazo, pero él se volvió contra ella con una rapidez inhumana, atrapándola por el cuello y estampándola contra el suelo en un impacto que hizo temblar el castillo hasta sus cimientos.

Athan se colocó sobre ella, con las uñas transformadas en garras, dispuesto a arrebatarle la vida con la misma frialdad.

Alana trató de zafarse con todas sus fuerzas, pero él era más antiguo, más letal y, en ese estado de locura, infinitamente más poderoso.

—¡Athan, reacciona de una vez! Sabes que puedes con esto. ¡Vamos, hermano, lucha! —le gritó Geo, poniéndose en pie a duras penas—. ¡Sé lo que estás buscando! ¡No voy a matarte, maldita sea! ¡Eres mi hermano, joder, no voy a luchar contra ti! ¡Suéltala!

—Athan… soy yo, Alana. Mírame, padre —rogó ella con apenas un hilo de voz.

La garra de Athan se detuvo a milímetros de su pecho. El silencio cayó como una losa sobre la mazmorra.

— Kóri mou, i mikrí mou, Alana [26] … — respondió él en su lengua nativa, en apenas un susurro roto.

Geo y Khion aprovecharon esa bajada de guardia para sujetarlo de nuevo con ayuda de seis guardias más.

—¡Matadme! ¡Matadme ahora! —Los soldados lo miraban con terror, sin atreverse a dar un paso.

Nunca lo habían visto así, nunca habían visto de cerca la influencia que un brujo podría ejercer sobre ellos—.

¡Matadme, maldita sea, soy vuestro rey, os lo ordeno!

—gritó a pleno pulmón, desafiando a sus propios hombres.

—Sujetadle —ordenó Geo.

Con un dolor inmenso, le hizo un profundo corte en cada brazo para que perdiera la poca sangre que le quedaba.

Tendría que desangrarlo casi por completo si querían controlarlo.

En apenas unos minutos, Athan dejó de resistirse.

Volvieron a encadenarlo a la pared, esta vez con dobles fijaciones de acero.

Ni siquiera luchó; se quedó allí tirado sobre un enorme charco de su propia sangre.