El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 18 #4
60%

CAPÍTULO 18 #4

—No… resiste, Athan, joder. No pienso dejar que me obligues a hacerte algo así. Vamos, te llevaré con Shiloan.

—¡Shiloan ya no tiene más sangre que darme! ¡Si vuelvo a por otra toma, lo mataré! ¡Haz lo que te ordeno, maldita sea! ¡Vamos! —gritó.

Aprovechando la conmoción que se había desatado en ese momento, Robert se escabulló en silencio.

La culpa y la rabia le quemaban por dentro; necesitaba descubrir cómo los Andreatos habían dado con ellos y, por encima de todo, vengarse de Drake de una vez por todas.

Sin mirar atrás, salió del castillo a toda prisa y se perdió en la espesura de la noche.

Mientras tanto, Khion y Alana acudieron a la llamada de auxilio. Entre los tres, cargaron con el peso de Athan, que apenas lograba ya resistirse al brutal tirón mágico de su amo, y lo bajaron a rastras hacia las húmedas y oscuras mazmorras del castillo.

Lo arrastraron hasta el interior de una celda blindada y le ataron los brazos a unas gruesas cadenas de acero ancladas en la pared de piedra.

Sabiendo que no tenían otra alternativa para salvarlo de sí mismo, le hicieron profundos cortes en las muñecas.

La sangre oscura de Athan comenzó a resbalar por el metal; necesitaban desangrarlo para mantenerlo lo más débil posible, para que no pudiera obedecer las órdenes que le gritaba el nigromante a través del vínculo del amuleto.

Geo sentía cada corte, cada gota de sangre derramada por Athan, casi como si el dolor fuera suyo. Pero apretó los dientes, manteniendo la mirada fija en el suelo; sabía que era la única forma física de evitar que su amigo obedeciera ciegamente al nigromante.

De pronto, la magia de Drake golpeó con una fuerza devastadora el cerebro de Athan. Se volvió completamente loco. Tiró de las cadenas con una violencia inhumana, haciendo que el acero crujiera contra la piedra, mientras gritaba fuera de sí:

—¡No, soltadme, malditos! ¡Tengo que ir con él! ¡Tengo que llevarle a la chica! ¡Os mataré a todos! —Sus palabras, cargadas de una furia ajena a su voluntad, retumbaban en la estrecha celda mientras intentaba, con sus dedos ensangrentados, arrancar los anclajes de la roca.

Cuando finalmente consiguieron cerrar la pesada puerta de hierro, un rugido puramente animal brotó de su garganta.

Fue un sonido aterrador y desesperado, un lamento que parecía contener toda la oscuridad del vínculo que lo encadenaba, y que retumbó profundamente por los cimientos de todo el castillo, llegando incluso hasta las estancias más altas, donde Evie permanecía sola.

Estaba desplomada sobre la cama, sumida en un sueño inquieto y febril, agotada tras el torrente de verdades que la habían dejado emocionalmente destrozada. Todo aquello era demasiado, una carga imposible para una sola persona.

Entonces, lo escuchó.

Unos gritos lejanos, cargados de una agonía inhumana, vibraron en la piedra del castillo y se clavaron directamente en su alma.

Eran los mismos alaridos que la habían perseguido durante semanas en sus pesadillas.

Con cada nuevo rugido que resonaba en la estructura del edificio, el bloqueo mágico de Robert comenzó a resquebrajarse.

Las imágenes de su niñez, antes borrosas y distorsionadas, se volvieron nítidas, claras y violentas.

Los recuerdos inundaron su mente, rompiendo la oscura presa que su tío había construido.

Y esta vez, al ver la escena de la matanza, comprendió la espantosa verdad: la sombra que se movía entre los suyos, segando vidas a diestro y siniestro, definitivamente era él.

Sus ojos, su fuerza, su forma de moverse.

Ahora sabía con total seguridad que era Athan.

De pronto, lo vio parado frente a ella, frente a la niña asustada que permanecía escondida en un rincón. Era una imagen macabra: aquel ser, con el rostro y la ropa empapados en la sangre de su familia, clavando en ella aquellos penetrantes ojos amarillos inyectados en sangre.

Pero entonces, algo en él cambió. El monstruo luchó contra el hechizo, un esfuerzo que pareció desgarrar su propia existencia, hasta que el amarillo de sus ojos cedió, transformándose en un cálido azul cielo. Cayó de rodillas frente a ella, se veía completamente exhausto.

—No tengas miedo, pequeña Niní —le dijo con una voz rota y llena de inmensa dulzura, tendiéndole los brazos—. Yo cuidaré de ti.

En el recuerdo, su miedo desapareció al instante.

Se vio reflejada a sí misma en aquellos ojos de cristal que la miraban, expectantes y llenos de dolor.

Ella lo conocía. No le temía; confiaba en él.

Sabía perfectamente, mirando aquellos ojos azules, que jamás sería capaz de hacerle daño.

Se acurrucó entre sus brazos, sintiéndose segura y permitiéndose, por fin, llorar por todo el horror que acababa de presenciar.

Se despertó de golpe sobre la cama del castillo, con el corazón martilleando contra sus costillas mientras los gritos desgarradores de sus pesadillas resonaban desde las mazmorras.

Solo que esta vez no estaban en sus pesadillas. Esta vez los estaba escuchando de verdad.