CAPÍTULO 18 #3
Robert cerró los ojos, abrumado al revivir el dolor de aquella noche.
—Yo quise ir en busca de Alexander —prosiguió, apretando los puños hasta que sus nudillos crujieron—.
Quise destruir a los Andreatos tal como ellos nos destruyeron a nosotros.
Pero te tenía a ti. Eras solo una niña pequeña que acababa de sobrevivir a una pesadilla tan espantosa.
Así que, sin pensarlo dos veces, sacrifiqué casi toda mi magia para tejer un hechizo protector que ocultara tu rastro.
Pero acabó ocultando también tu magia, tu poder.
Robert la miró con profunda tristeza, como si llevara años esperando para pedirle perdón.
—Cambié nuestro apellido por el de soltera de mi madre y huimos a Suiza.
Cuando me enteré de la muerte de Alexander y de que su familia había abandonado Francia, regresamos a París.
Yo creía que, con el tiempo, estando de nuevo en nuestra tierra, mi hechizo cedería y tu magia volvería a florecer desde el rincón de tu mente en el que la escondí.
Pero yo no era un nigromante tan experto como tu padre…
Algo debió fallar. Tu magia quedó atrapada dentro de ti, bloqueada durante todos estos años.
Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, pero no parecía estar procesando nada sobre hechizos, bloqueos o magia atrapada. Su mente se había anclado en un único y devastador detalle.
—¿El padre de Drake… mató a mis padres? —preguntó en apenas un susurro roto.
—Sí, Evie —sentenció, con la mandíbula tensa—.
Alexander Andreatos asesinó a mi hermano y a su esposa por pura ambición.
Simplemente para no perder su estatus como brujo, pero, sobre todo, para no perder el control que ese amuleto maldito ejerce sobre Athan.
¿Entiendes ahora mi odio por esa familia?
Evie bajó la mirada hacia sus propias manos, que temblaban de forma incontrolable.
—Todo este tiempo… he estado engañada —susurró, con la voz rota por una mezcla de dolor, rabia y asco—. Su familia masacró a la mía. Y Drake… él me ha estado controlando como a una marioneta.
—Hay algo más, Evie. Algo que ni siquiera Athan sabe. —Se inclinó hacia ella y le apretó las manos con fuerza, obligándola a mirarle a los ojos—. Tú no eres una bruja cualquiera.
Ella contuvo el aliento ante la intensidad de su mirada.
—La nigromancia es un don oscuro que, por regla general, se hereda casi exclusivamente a través de los varones de nuestro linaje —le explicó con lentitud, para que cada palabra calara en su mente—.
Pero en el caso de tus padres, ocurrió una anomalía.
Tu madre también era hija de un nigromante puro, y contra todo pronóstico, ella heredó gran parte de ese poder.
Robert soltó una de sus manos y le apartó un mechón de pelo del rostro con infinita ternura.
—Y tú, mi niña, heredaste el poder de ambos. Tienes la magia de tu padre y la de tu madre latiendo dormida dentro de ti. Eres la nigromante más poderosa que ha nacido en todo el aquelarre Betancourt en siglos.
Ella retrocedió un paso, chocando contra el borde de la cama. Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. La palabra quedó suspendida en el aire, fría y extraña, mientras el mundo a su alrededor perdía su sentido habitual.
—¿Nigro… qué? —logró susurrar finalmente.
—Nigromante, Evie. Eres una bruja negra.
Tienes poder sobre los muertos, la sangre y las sombras.
Pero las pesadillas sobre lo ocurrido te consumían de niña, pasabas noches enteras sin dormir, gritando por tus padres, y por eso tuve que hacer ese hechizo oscuro para que olvidaras todo, y logré encerrar tu magia en lo más profundo de tu mente.
Lo hice por amor, te lo juro, para salvarte de todo ese dolor.
Y ahora todo me ha explotado en la cara de la peor manera.
—¡Me has mentido toda mi vida! —le gritó, temblando de ira—. ¡Todo este tiempo y nunca me habías contado nada! ¡Siempre con secretos, con excusas y mentiras!
—Entiéndelo, mi vida, era algo difícil de explicar, sabía que no lo ibas a entender. Estaba esperando a que tu magia apareciera, pero no lo ha hecho. ¿Qué habrías pensado de mí si te hubiera contado todo esto antes? ¿Si te hubiera hablado de nigromantes, brujos y vampiros así, de la nada?
—¡Te hubiera escuchado, maldita sea, Rob!
¡Habría confiado en ti, siempre lo he hecho!
—gritó ella—. ¡Cómo has podido mentirme durante tantos años, joder!
¿Cómo has podido dejar que me acercara siquiera a un Andreatos?
Si hubiera sabido todo esto, si me hubieras advertido, ahora no estaría aquí. No estaría metida en toda esta locura.
—Evie, compréndeme, por favor…
—¡No! ¡Ya basta! ¡Basta! ¡No quiero escuchar una palabra más! ¡Lárgate! ¡Vete, déjame sola! —gritó ella, retrocediendo un paso para alejarse aún más de él.
—Evie…
—¡Te odio, Robert Renoir, o como quiera que te llames! Eres un jodido mentiroso. ¡Vete, fuera de mi vista! Ahora mismo prefiero estar rodeada de vampiros que de ti.
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor. Él bajó los brazos, con los ojos vidriosos y los hombros hundidos, reflejando un dolor mucho más profundo que cualquier herida física. No intentó defenderse más. Asintió lentamente, aceptando su castigo.
Ella se dio la vuelta, se dejó caer sobre la cama y se acurrucó, dándole la espalda.
Los sollozos sacudieron todo su cuerpo mientras empezaba a llorar amargamente.
A su espalda, solo escuchó el leve roce de los pasos de su tío alejándose y el suave clic de la puerta al cerrarse, dejándola completamente sola con su nueva y aterradora realidad.
Athan aguardaba en el pasillo, recostado contra la fría pared de piedra. Al escuchar los sollozos al otro lado de la puerta, sintió el impulso irracional de entrar y tratar de consolarla. Pero contuvo el instinto; sabía que era mejor dejarla sola para que asimilara toda aquella información.
De pronto, un latigazo invisible le golpeó la base de la columna.
El impacto le robó el aliento y lo dejó tremendamente débil. De nuevo, la voz del nigromante irrumpió en su cabeza, oscura, pesada y sofocante, exigiéndole que regresara de inmediato y le entregase a la chica. Sin poder evitarlo, cayó de rodillas al suelo, despojado de todas sus fuerzas.
—¿Athan? ¡Athan! ¡¿Qué ocurre?! —Geo apareció al fondo del oscuro pasillo y corrió en su ayuda al verle desplomarse.
—Es… la hora, Geo… —logró articular al fin. Apretó la mandíbula, con el rostro perlado de un sudor frío—. No podré resistir mucho más. Ese perro nigromante vuelve a reclamarme. Tienes que hacerlo.