El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Tranquila, Evie. Sé lo que es —la interrumpió, con un tono extrañamente calmado—. Conozco a Athan.

Las palabras flotaron en el aire, absurdas y pesadas. Ella dejó de llorar de golpe. Lentamente, soltó el abrigo de Robert y dio un paso atrás, mirándolo como si de pronto no reconociera al hombre que la había criado.

—¿Que lo sabes? —preguntó, con la voz rota por la incomprensión y un nuevo tipo de miedo—. ¿Qué quieres decir con que lo sabes? Robert, ¡es un puto vampiro! ¿Por qué le hablas como si fuera tu amigo? ¿Qué está pasando aquí?

—No te ha secuestrado, Evie —respondió él. Suspiró, dejando caer los hombros como si de repente le hubieran caído cien años encima—. Aunque te cueste creerlo, Athan te ha salvado. Te ha sacado de allí para alejarte de Drake.

Ella frunció el ceño, sacudiendo la cabeza. Cada palabra que salía de la boca de su tío parecía tener menos sentido que la anterior.

—¿Que me ha salvado? —saltó ella, con la voz rota por la indignación—. ¡Robert, ese monstruo asaltó su casa! ¡Casi mata a Drake y me arrastró fuera de allí para usarme como rehén! ¡Quiere cambiarme por su amuleto! ¡Quiere que Drake le entregue esa joya! ¡¿Cómo puedes decir que me ha salvado de él?!

—Porque ese amuleto no es una simple joya, Evie.

No es solo una reliquia familiar. Y Drake tampoco es quien tú crees —dio un paso hacia ella, mirándola con una mezcla de lástima y culpabilidad—.

Él te tenía hechizada. Te retenía a su lado alterando tu mente, manipulando lo que sentías.

Tú creías que estabas con él por amor, pero era todo una ilusión. Él usó su magia contra ti.

Se quedó paralizada. El aire abandonó sus pulmones mientras el significado literal de esas palabras se abría paso en su cabeza.

—¿Su… su magia? —tartamudeó, como si la palabra le quemara en la lengua—.

¿Tú sabes lo que es Drake? No… No, eso no es cierto, Rob.

—Negó, cruzándose de brazos en un gesto defensivo—.

Él no me tenía hechizada. ¡Drake me quiere!

Él jamás me haría algo así, ¡tú solo dices eso porque nunca te ha gustado!

Robert cerró los ojos un instante ante la atenta mirada de su sobrina. Parecía que le doliera hasta respirar.

—Ojalá fuera solo eso —murmuró, refiriéndose a su acusación. Se sentó pesadamente en el borde de la cama, dejando cierta distancia entre los dos—. Voy a contarte la verdad, Evie. Esa que llevas años exigiéndome y que yo, por cobardía, siempre te he negado.

Ella no se movió, pero la furia defensiva en su postura hablaba por ella. Robert la conocía muy bien y sabía que siempre ponía ese gesto en su rostro cuando estaba demasiado enfadada para hablar.

—Sé que Drake es un brujo —continuó él, clavando la mirada en el suelo antes de obligarse a mirarla a los ojos—. Lo sé con absoluta certeza porque… yo también lo soy.

Evie soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. El sonido de su propia mente intentando rechazar algo tan absurdo.

—¿Tú? ¿Tú eres un brujo? Estás delirando, Robert. O te han lavado el cerebro esos tipos, o…

—Lo soy, Evie. Y tú también lo eres —la cortó él, con voz suave pero firme. Entonces la miró fijamente a los ojos y ella pudo comprobar cómo pasaban de su precioso color verde a un negro absoluto.

La sonrisa nerviosa de Evie se borró de golpe. El aire pareció enfriarse en la habitación.

—¿Qué? No. No puede ser. Yo no… yo no soy una bruja. He visto lo que Drake es capaz de hacer con su magia y te aseguro que yo no puedo hacer nada de eso, soy normal, Rob. Puede que tú sí seas como él, pero yo no.

—Sí, lo eres. Tu magia está dormida, pero está ahí, dentro de ti —explicó él—. Toda tu vida ha sido una fachada, una mentira que yo construí para ti, Evie. Empezando por nuestro propio nombre. Yo no me llamo Robert Renoir. Mi verdadero nombre es Evan de Betancourt.

Ella abrió la boca para rebatirle, pero las palabras murieron en su garganta. Betancourt . El apellido sonaba antiguo, extraño, y, sin embargo, algo en su interior se removió al escucharlo de nuevo.

—Tus padres tampoco se llamaban Jonathan y Elisabeth —añadió, rematando la demolición de su realidad—. Eran Bastian y Syrielle de Betancourt. Tuve que cambiar nuestro apellido hace años para ocultarnos. Para protegernos de una amenaza que nos superaba. Sobre todo… para protegerte a ti.

—¿Protegerme? ¿Protegerme de qué, Rob?

—De ellos. De los Andreatos. —La voz de su tío se endureció, como si el simple hecho de pronunciar ese apellido le causara un dolor físico—.

Provenimos de una larga estirpe de brujos, Evie.

Solo nuestra familia era capaz de compararse a ellos.

Nuestra sangre era la única con tanta magia y tanto poder como la suya, por eso trataron de destruirnos hace años.

Acabaron con todos. Con toda nuestra familia.

Borraron a los Betancourt de la faz de la tierra, solo quedamos tú y yo.

—¿Qué me estás diciendo? Eso no puede ser cierto. ¡Mientes! —estalló ella, alejándose de él bruscamente, mientras lágrimas corrían por sus mejillas—. ¡Tú solo quieres apartarme de Drake! ¡Te estás inventando toda esta locura para que lo odie, no tiene ningún sentido!

—Ojalá fuera mentira, mi vida, ojalá lo fuera —murmuró con una tristeza infinita reflejada en su mirada—.

El amuleto que Drake lleva en el cuello es el origen de todo.

Ese amuleto fue forjado con magia de sangre, algo tan oscuro que ni siquiera yo logro comprender del todo.

Vincula el alma de Athan y le obliga a obedecer absolutamente a su portador.

Ese amuleto es capaz de someter a Athan física y mentalmente, lo convierte en un esclavo, en una simple arma… en un ser sin voluntad.

Robert hizo una pequeña pausa. Suspiró, recordando aquellos tiempos con melancolía, y cuando volvió a hablar, su voz era más suave.

—Mi hermano Bastian, tu padre, no era un simple brujo, Evie.

Era un nigromante, al igual que nuestro padre y al igual que yo.

Cuando éramos jóvenes, nos encantaba ponernos a prueba.

Jugábamos a ver quién era el más fuerte de los dos, manejando una magia negra que en realidad no debería usarse a la ligera.

Pero para nosotros era solo eso, un reto, una competición entre hermanos sin mayor importancia.

No teníamos la ambición enfermiza por el control que siempre ha consumido a los Andreatos.

Nuestra sangre comparte el mismo tipo de poder oscuro, pero mientras nosotros nos manteníamos al margen, ellos siempre han utilizado la muerte y la sangre para conseguir lo que deseaban, aunque eso implicara someter a los demás.

Se frotó el rostro con cansancio. El eco del recuerdo de aquellos días, de la familia que había perdido, pareció apagar su voz por un instante.

—Hace años, Athan apareció en nuestro aquelarre buscando a tu padre —continuó—.

Alguien le había dicho que existía un brujo casi tan fuerte como Alexander, el padre de Drake, que era quien controlaba el amuleto en aquel momento.

Athan buscaba desesperadamente una salida.

Y tu padre no vio en él a un monstruo. Lo vio como a un guerrero formidable.

Vampiro o no, Athan era un hombre de honor que no merecía vivir encadenado como el esclavo de nadie.

En nuestra familia siempre nos enseñaron que la magia era un don, que nunca debía ser usado en contra de nadie.

Nacer con un poder como el nuestro no te da derecho sobre los demás, y eso es algo que cualquier brujo aprende desde que tiene uso de razón.

—¿Ese monstruo? ¿Amigo de mi padre? —Ella negó con la cabeza, apretando los puños, incapaz de asimilar toda aquella locura.

—Sí, Evie. Tu padre y Athan forjaron un vínculo real.

Tu padre era en ese momento quien lideraba nuestro aquelarre junto a tu madre.

Ellos estaban convencidos de que nadie merecía una vida así.

Por eso mi hermano intentó ayudarle a romper el hechizo usando su propia magia.

Pero, de alguna manera, Alexander Andreatos se enteró.

Descubrió que existía un brujo más poderoso que él intentando liberar a Athan del poder que ejercía el amuleto sobre él.

Ciego de rabia, le ordenó a Athan masacrar a nuestra familia.

—Lo recuerdo… —Las lágrimas se desbordaron sin control, empapándole el rostro.

Su voz sonó ahogada, llena de horror—. Llevo semanas teniendo el mismo sueño.

Noche tras noche… Recuerdo a ese maldito vampiro matándolos a todos.

¡Él estaba allí, Robert! ¡Yo lo vi! ¡Ese asesino masacró a nuestra familia!

—¡No, Evie! —Se levantó de golpe y dio un paso hacia ella—. No fue él. Él solo cumplía órdenes mágicas contra las que no podía luchar. Sé que ahora no lo entiendes, pero Alexander Andreatos fue quien apretó el gatillo usando las manos de Athan. Los Andreatos destruyeron a nuestra familia.

Robert tragó saliva, bajando de nuevo el tono, mirándola con una intensidad desgarradora.

—Y Athan fue quien te salvó.

—¿Que él me salvó? ¿De qué estás hablando?

—Durante la masacre, tu madre me dijo dónde estabas, me pidió que te encontrara y te protegiera.

Te encontré escondida en un callejón —continuó, tomando una bocanada de aire temblorosa—.

Eras tan pequeña… estabas en shock y yo estaba herido.

Aun así, intenté huir contigo, pero Athan nos acorraló.

Tenía la orden directa de Alexander de no dejar a ningún Betancourt con vida.

Se abrazó a sí misma, sintiendo que el corazón le latía con violencia en la garganta, imaginando a aquel vampiro cerniéndose sobre ellos.

—Pero no lo hizo —susurró, con la voz rota—.

Antes de morir, tu madre le había suplicado que te protegiera.

Y Athan, luchando contra un hechizo que le estaba destrozando la mente, bajó las manos luchando con todas sus fuerzas por cumplir esa promesa.

Desobedeció a los Andreatos y me perdonó la vida con una sola condición: que yo cuidara de ti y te escondiera para siempre.