El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Robert permanecía en su coche cuando vio acercarse a aquella sombra a toda velocidad.

Sabía perfectamente a quién se enfrentaba.

A pesar de no haber visto a ninguno en casi quince años, los reconocería a leguas.

Pero no trató de huir; simplemente se quedó allí, esperando, hasta que el joven apareció junto a su ventanilla.

Salió del coche y se quedó mirando a aquel hombre de aspecto asiático y brillantes ojos azules.

—Athan Vykros desea verle, señor Renoir.

—Ahora no es buen momento —replicó secamente. Lo único que deseaba era ir tras Drake para saber si le había dicho la verdad sobre Evie.

—Le aseguro que sí lo es, señor Renoir.

La respuesta de Khion no le dejó ninguna duda de que tendría que ir con él por las buenas o por las malas, de modo que terminó asintiendo.

No era el mejor momento para un enfrentamiento, necesitaba estar entero y conservar su magia intacta para poder buscar a su sobrina.

Además, si después de tantos años el vampiro había vuelto a aparecer en su vida, tal vez ese malnacido de Drake Andreatos tenía razón y él la tenía en su poder.

Llegaron a un lugar oscuro, una especie de cementerio abandonado.

Al acercarse a la verja de hierro, Robert notó una fuerte resistencia en el aire.

Le costaba físicamente avanzar, como si una barrera invisible le oprimiera el pecho empujándolo hacia atrás.

Todo en aquel lugar le repelía y su instinto le gritaba que diera media vuelta y se marchara de allí lo antes posible.

Apretó los dientes, tensando cada músculo de su cuerpo para vencer aquella barrera.

En cuanto logró cruzar el umbral, un enorme castillo se alzó imponente ante sus ojos.

Estaba claro que el lugar estaba protegido por un poderoso hechizo de ocultación.

Después de caminar durante un buen rato por los pasillos de piedra, se detuvieron frente a una gran sala y Khion le indicó que entrara. Nada más cruzar el umbral, encontró a Athan sentado junto a una inmensa chimenea, con un vaso de algún tipo de licor en la mano.

—Volvemos a vernos, Athan —dijo nada más entrar, manteniendo una distancia prudencial.

Athan dio un largo sorbo antes de clavar sus ojos en él.

—Ha pasado mucho tiempo, Evan. ¿O prefieres que te llame Robert?

—Bueno… Evan murió hace muchos años. Ahora soy Robert.

El vaso de cristal estalló de repente en la mano de Athan, reduciéndose a polvo bajo la presión de sus dedos.

—¡Déjate de gilipolleces! ¿Me puedes explicar qué coño ha pasado, Evan?

—Su voz fue un siseo letal, bajo y cargado de peligro—.

¿Me puedes explicar cómo la hija de Bastian ha acabado en los brazos del hijo de Alexander?

Se suponía que tú tenías que protegerla.

¡Se suponía que esto era lo único que tú tenías que evitar!

—¡No sé cómo demonios ha pasado! Yo apenas acabo de saberlo, no sabía que el chico era un Andreatos.

Ese jodido crío usaba otro nombre, el de su madre…

¡Esa mujer se cambió el nombre cuando murió Alexander, joder!

Ni siquiera usa su apellido de soltera, usa uno falso que creó para su firma de moda.

Mi sobrina no me contó nada de su noviazgo hasta que lo descubrí por mí mismo. ¡¿Cómo se supone que iba a saberlo?!

En un parpadeo que su ojo humano no pudo registrar, Athan cruzó la estancia.

Agarró a Robert por las solapas y lo empujó hacia atrás con una fuerza demoledora, obligándolo a retroceder a trompicones hasta acorralarlo.

Su rostro se había transformado; ya no quedaba ni rastro de humanidad en la bestia salvaje que lo miraba desde arriba.

—¡Alexander me torturó durante meses para averiguar si algún Betancourt había sobrevivido a aquella noche!

—rugió, escupiéndole las palabras a milímetros de la cara—.

¡Meses! ¡Ese hijo de puta me destrozó y no abrí la boca!

¡Lo hice por Bastian! ¡Por Syrielle! Te entregué a la niña para que la cuidaras, para que la entrenaras…

¡y tú se la has servido en bandeja a un puto Andreatos!

—¡Yo siempre la he mantenido alejada! —gruñó Robert, usando su magia para forzar a Athan a soltarlo y retrocediendo un paso para tomar aire—. Siempre la he protegido con mi propia vida.

—¡Has sido un estúpido! —Athan lo miraba con un brillo rojizo refulgiendo en lo más profundo de sus ojos—.

Helena se habrá valido de todas las tretas posibles para rastrear lo que quedaba de vuestro linaje y te habrá mantenido entretenido mientras tejía su tela de araña alrededor de Evie, ¡idiota!

Drake posee todo el poder que su padre no pudo tener, y mezclarlo con la sangre de los Betancourt les dará un heredero capaz de dominar la magia más absoluta.

Alguien que controlará ese puto amuleto por completo y sin ninguna dificultad.

Alguien que pueda dominarme a mí, ¡les has entregado el arma definitiva que necesitaban, joder!

—Pero lo peor de todo esto, Evan —siseó, dando un paso amenazante hacia él—, ha sido ver que ella no parece saber de nuestra existencia. Que no sabe nada de su propia historia. No sabe lo que soy, ¡ni siquiera sabe lo que es ella misma!

—¡Maldita sea! ¡Ya basta! Yo solo he tratado de criarla como una humana normal. Quería darle la vida que le robaron cuando era una niña. Quería que disfrutara de la juventud que yo no pude tener.

—¡Mientras tanto ellos sí han entrenado a su hijo!

—rugió Athan, haciendo temblar los cimientos de la sala—.

Ellos tienen a un nigromante casi tan poderoso como el mismísimo creador del amuleto.

Han logrado que Drake sea implacable. ¡Y tú solo tienes a una cría asustada que tiene miedo hasta de su propia sombra!

Le prometí a tu hermano que cuidaría de ella, y me has hecho faltar a mi promesa.

¡Debería arrancarte la cabeza ahora mismo!

Robert alzó ambas manos. Un fulgor esmeralda estalló a su alrededor, titilando como una barrera errática. Las palmas se le encendieron con chispas de magia pura, dispuestas a desatar el caos si Athan daba un paso más.

—Inténtalo. Inténtalo y ni tú ni nadie podrá evitar que arrase este maldito lugar. ¡Eran mi familia, Athan! ¡¿Crees que esa promesa me importa menos a mí que a ti?! Involucraste a mi aquelarre en esto, en esta guerra que no tenía nada que ver con nosotros, y mi hermano murió por intentar ayudarte.

Athan tensó la mandíbula. Sus colmillos se habían alargado tanto que rasgaban su labio inferior.

—No te atrevas a amenazarme en mi propia casa.

Los dos sabemos que tu magia no es lo suficientemente fuerte para enfrentarte a mí.

—Cerró los ojos un segundo, tragándose la bestia que luchaba por salir.

El tiempo se le agotaba—. Él la tenía hechizada, Evan.

El chico la embrujó para obligarla a estar con él y ella no supo hacer nada para defenderse.

Si la hubieras entrenado, si le hubieras dicho la verdad, ella habría sido capaz de protegerse.

—¡Entiéndelo, maldita sea! —susurró derrotado.

Bajó las manos, dejando que la magia se apagara, y su voz se quebró por completo—.

La he criado como si fuera mi propia hija, solo quería que tuviera una vida tranquila, feliz.

Pero está claro que he conseguido todo lo contrario.

Drake me dijo que tú te la habías llevado.

Athan, por favor, dime que está aquí. Dime que está bien.

Él lo observó en silencio. La furia vampírica fue dando paso a la fría y dolorosa realidad.

—Sí, está aquí. Y está a salvo. De momento —respondió con frialdad—.

Pero estoy casi seguro de que piensa que fui yo quien masacró a su familia.

Si tiene algún recuerdo de esa noche, creerá que lo hice por voluntad propia.

Necesito que entres ahí y le cuentes la verdad de una maldita vez, Evan.

Porque a mí no me va a creer, ¡ella cree que soy un monstruo, joder!

Tiene que saber quiénes son los verdaderos monstruos, tiene que saber quién es realmente ese hijo de puta del que cree estar enamorada.

Robert asintió con un movimiento rígido, incapaz de articular palabra.

Sentía el peso de los años de mentiras aplastándole los hombros.

Athan dio media vuelta y lo condujo hasta la puerta de la habitación de Evie.

Robert le siguió con paso lento, consciente de que estaba a punto de destruir el mundo del único ser al que amaba más que a su propia vida.

Nada más abrirse la puerta, ella se levantó de un salto de la cama al ver que era su tío quien entraba.

Athan se quedó en el umbral, observándola.

Suspiró aliviado al ver que se había recuperado del desmayo; ahora parecía la misma chica de siempre.

Despachó con un simple gesto al guardia apostado en el corredor.

—Robert… Dios mío —sollozó ella, corriendo hacia él y refugiándose en sus brazos mientras lloraba desconsoladamente.

Él la estrechó contra su pecho, rodeándola en un abrazo protector, como si con ese simple gesto pudiera mantenerla aislada del mundo.

—Tranquila, pequeña… tranquila, ya estoy aquí.

—No, Rob, no lo entiendes —susurró aferrándose a su abrigo, aterrorizada—. Él va a matarnos.

Athan apartó la mirada hacia el oscuro pasillo, con la mandíbula apretada, tratando de no mostrar su dolor ante aquel comentario.

—Tranquila, cariño, no va a hacernos daño —respondió, también en un susurro—. Athan, déjanos solos, por favor. Tengo que hablar con mi sobrina.

Ella le miraba totalmente atónita. No podía creer que su tío estuviera hablando con aquel monstruo con tanta familiaridad y sin un ápice de miedo. Athan asintió lentamente y salió del cuarto, no sin antes dirigirle una última mirada a Evie.

—Robert, no lo entiendes —insistió, aferrándose a él. Temblaba tanto que todo su cuerpo se movía sin poder evitarlo—. Esta gente me ha secuestrado. Ellos… ese Athan no es humano. Es algo que tú no creerías…