El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 17 #5
57%

CAPÍTULO 17 #5

—Yo… ya no lo sé… ahora mismo no tengo nada claro. Me duele terriblemente la cabeza, es un dolor horrible. No te miento, te lo juro. Algo me está pasando, me encuentro muy mal.

Evie sentía, literalmente, como si le estuvieran taladrando el cerebro.

Athan dudó por un segundo; se preguntó si el hechizo que el nigromante había lanzado sobre ella tendría algo que ver con aquello.

Se la veía realmente pálida, parecía enferma.

Tal vez aquel amarre estaba empezando a fallar al estar tan lejos de su creador, o tal vez las guardas mágicas que tenía el castillo estaban ayudando.

Fuera lo que fuera, estaba claro que algo le estaba afectando.

—Si prometes no hacer ninguna estupidez, te desataré para que puedas comer.

Ella no respondió, simplemente se limitó a asentir.

Pero en cuanto él se inclinó sobre la cama para desatarla, sus miradas se cruzaron.

Al verla tan de cerca, se quedó completamente congelado.

No podía creer lo que tenía delante. Sus ojos…

eran diferentes ahora. Uno verde y uno azul. Aquello era imposible.

En algún momento de su forcejeo anterior, la lentilla de Evie había salido disparada, revelando por fin sus ojos al natural, tal y como eran.

—No… no puede ser… —murmuró Athan en un susurro ahogado—. No puedes ser ella…

—¿Qué coño te pasa ahora? —exclamó ella, asustada por su repentino cambio—. De verdad que tú estás mal de la cabeza. ¿Por qué me miras como si hubieras visto un fantasma?

—Tus ojos… —repitió él, mirándola completamente hipnotizado—. Uno verde… y uno azul… ¿Quién eres? ¡Dime quién eres, maldita sea! —le gritó, perdiendo por completo el control mientras la agarraba de los hombros y la zarandeaba bruscamente.

—¡Suéltame, joder! ¿Nunca has visto a nadie con heterocromía? Sí, tengo un ojo de cada color, ¡¿y qué?!

—¡¿Me tomas por estúpido?! —siseó él, retrocediendo un paso como si le hubieran golpeado—.

¿Pretendes hacerme creer que solo eres una humana con un simple defecto congénito?

La heterocromía no es una casualidad entre los brujos, es la marca hereditaria de una única línea de sangre.

Y en mis más de cuatrocientos años, solo he conocido a un hombre con tus mismos ojos: Bastian de Betancourt.

Athan la miró con los ojos desorbitados. De pronto, reparó en el pequeño relicario que ella llevaba colgado al cuello. Guiado por un impulso ciego, alargó la mano y le arrancó la cadena de un tirón, sin ningún miramiento.

—¡¿Qué haces?! ¡Devuélvemelo! Es el único recuerdo que tengo de mis padres, devuélvemelo, por favor… —suplicó, tirando inútilmente de sus ataduras.

Abrió el relicario con manos temblorosas. Al ver la pequeña fotografía de su interior, sintió que las piernas le fallaban. El aire abandonó sus pulmones de golpe. No podía creerlo. Era ella. Ella . Todo este tiempo… la había tenido delante de sus malditas narices.

—¿Niní?… —susurró con la voz rota, acercando una mano a su rostro.

—¡No! ¡Te equivocas! Mira, no sé quién coño te crees que soy, pero te repito que te equivocas —escupió ella, presa del pánico, retrocediendo hacia el cabecero—.

Mi padre se llamaba Jonathan Renoir. No sé quién es ese Bastian de Betancourt, pero no tiene nada que ver conmigo.

Mi padre murió cuando era niña y yo fui criada por mi tío, Robert Renoir.

Me llamo Evangeline Renoir. ¡Renoir! ¿Lo entiendes?

De nuevo, un dolor punzante le atravesó el cráneo con una violencia brutal.

Por un instante creyó que iba a volverse loca; un grito desgarrador brotó de su garganta mientras se retorcía contra sus ataduras.

Un aluvión de imágenes golpeó su mente a toda velocidad.

Era su sueño. Aquella pesadilla que llevaba días atormentándola: toda aquella gente muriendo masacrada, la sangre, los gritos…

y aquella sombra implacable que atacaba a todos sin piedad.

Pero esta vez fue diferente. Esta vez, la sombra se detuvo justo frente a ella. La oscuridad se disipó y, al fin, pudo verle la cara.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien? —preguntó Athan, confundido al verla en ese estado.

Incapaz de soportar verla gritar y retorcerse de aquella manera, desgarró las sábanas de un tirón para liberarla.

En cuanto sus manos quedaron sueltas, Evie se apretó los ojos y se sujetó la cabeza con fuerza, como si intentara evitar que aquellas imágenes siguieran llegando.

—¡No, apártate de mí! ¡No me toques! —gritó ella, empujándolo de golpe.

Se puso de pie de un salto y trató de correr hacia la puerta, pero Athan la interceptó antes de que pudiera alcanzarla—.

¡Suéltame! ¡Fuiste tú, te he visto! He visto cómo matabas a todas aquellas personas sin compasión. ¡Monstruo! ¡Asesino! ¡Tú los mataste!

—No, no sabes de lo que hablas, déjame explicarte. Yo no…

—¡Voy a matarte, monstruo!

Le golpeó de nuevo en el pecho. Él dio un paso hacia atrás, petrificado al ver que los ojos de la chica se volvían completamente negros. Como dos pozos de obsidiana líquida.

Aquello era imposible. Su subconsciente le estaba jugando una mala pasada. Ella tendría que ser una bruja normal. ¡Era una mujer, no podía ser una nigromante!

Evie gritó de nuevo; aquel dolor le taladraba la cabeza de tal forma que sentía que le iba a explotar. No pudo soportarlo más. Su cuerpo colapsó y cayó inerte en los brazos de Athan.

La depositó de nuevo sobre la cama, abrumado y salió al pasillo de inmediato, sintiendo que también iba a desplomarse de un momento a otro. Geo se acercó a él en cuanto le vio salir del cuarto, pálido y respirando con dificultad.

—¿Athan, te ocurre algo? ¿Te sientes débil otra vez?

—Es ella, Geo… siempre ha sido ella —murmuró, con la mirada perdida—. He estado ciego. Completamente ciego. La hemos tenido delante todo este tiempo sin verla realmente.

—¿De qué estás hablando? No entiendo nada.

—Avisa a Khion —ordenó, recuperando de golpe la frialdad en su voz—. Dile que traiga ante mí a Robert Renoir. Sea como sea.

—Pero, Athan…

—¡Ahora! —rugió, cortando de raíz cualquier otra pregunta y haciendo que su voz resonara por todo el pasillo.