CAPÍTULO 17 #4
Athan no pudo evitar soltar una carcajada seca ante el comentario.
Alzó un poco el rostro para clavar su mirada en ella.
En el fondo, le encantaba perderse en el frescor de aquellos ojos verdes, ahora oscurecidos por el anhelo.
Era incapaz de apartar la vista; podía sentir cómo ella lo deseaba, y aquello le hacía sentirse todavía más perturbado.
Rozó su cuello con el pulgar, trazando un recorrido lento hacia su mandíbula hasta detenerse a escasos milímetros de esos labios que tanto lo tentaban.
Esa mujer se estaba convirtiendo en su mayor tortura; no soportaba estar cerca de ella sin mirarla, sin tocarla.
—Te equivocas —le susurró, sintiendo cómo el cuerpo de ella se estremecía bajo el suyo—. La de aquella noche eras tú, la auténtica, la apasionada, la fuerte. Y no esta patética marioneta en la que te ha convertido tu nigromante.
Evie estaba completamente perdida bajo aquel cuerpo tan perfectamente esculpido.
A pesar de que él soportaba todo su peso con los brazos para no aplastarla, podía notar la fortaleza de sus músculos.
Su frío le calaba los huesos, pero ella sentía un calor tan abrasador en aquellos momentos que casi le reconfortaba el contraste.
Aquella piel nívea, aquel cabello negro que le hacía cosquillas…
Cuando él le clavó la mirada de nuevo, creyó que se iba a desmayar.
Incluso con aquellos aterradores ojos y sus colmillos asomando, seguía pareciéndole absolutamente perfecto.
Tenía que salir de allí, tenía que evitar a toda costa seguir sintiéndose atraída por él.
—Mientes, estás tratando de seducirme otra vez. Vamos, acaba con este jodido juego de una vez —le retó, ladeando la cabeza para dejar su cuello completamente al descubierto, justo frente a la boca de Athan.
—Escúchame bien, brujita: si quisiera matarte, lo habría hecho en el primer momento en que te vi.
Y por si todavía no te has dado cuenta, los vampiros no tenemos poder sobre los brujos; menos aún sobre ti, que estás impregnada de magia de nigromante hasta las cejas.
De modo que, si me besaste aquella noche, fue por tu propia voluntad.
No debo parecerte tan monstruo, al fin y al cabo —susurró, quedándose a escasos milímetros de sus labios.
Evie notaba cómo el corazón le latía desbocado.
No pudo evitar fijar la vista en sus colmillos y en aquellos ojos condenadamente hipnóticos.
Debería estar aterrorizada, pero en ese preciso momento no lo estaba.
Extrañamente, a pesar de todo, jamás se había sentido más segura que allí, en los brazos de un vampiro sádico que la miraba como si fuese a devorarla de un momento a otro.
—Será mejor que me sueltes. Drake vendrá a por mí, tarde o temprano me encontrará y te matará. Puedes estar seguro, monstruo.
Sin apenas pensarlo, él desató sus manos a una velocidad pasmosa, la levantó bruscamente de la cama y la acorraló contra una columna de piedra, apresándola con su propio peso.
Quería tenerla frente a frente, sostenerle la mirada, pero en el instante en que sintió a la chica completamente pegada a él y notó el calor que emanaba su cuerpo, el último hilo que aferraba su autocontrol se rompió.
Se abalanzó sobre aquellos labios que tanto lo llamaban y la besó.
La besó con toda la pasión que había estado reprimiendo desde aquella noche en la discoteca.
Ella trató de separarse de él, pero en cuanto la lengua de Athan acarició la suya, se abandonó.
Se dejó caer entre aquellos brazos que la sujetaban con una fuerza sobrehumana.
La besaba con un ansia salvaje que hizo que todo su cuerpo se tensara, deseando más.
Uno de sus colmillos le rozó el labio inferior y, lejos de asustarse, se sintió todavía más excitada.
Sabía que aquel ser era algo prohibido, pero allí estaba, besándola como si en cualquier momento fuera a evaporarse de entre sus dedos, provocando en ella algo que nunca antes había experimentado.
Con un gruñido ahogado, se separó de ella bruscamente. Se quedó mirándola, confuso, observando hipnotizado cómo su pecho subía y bajaba mientras ella trataba de recuperar la respiración.
—Jamás vuelvas a llamarme así, porque no respondo de mí, bruja. Aquí los únicos monstruos sois tú y los tuyos. El verdadero monstruo es ese sucio nigromante al que tanto crees amar. No me provoques, porque puede que no regreses a sus brazos de una sola pieza.
La soltó, la empujó de nuevo sobre la cama y la ató sin el más mínimo cuidado esta vez.
Estaba furioso consigo mismo. Odiaba ser incapaz de resistirse a ella; esa mujer lo tentaba demasiado, lo estaba volviendo loco.
Se sentía más débil a cada momento que pasaba.
El maldito brujo continuaba llamándolo sin descanso, tratando de penetrar en su mente una y otra vez.
Debía ir a buscar a Shiloan antes de perder el control del todo.
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir arrastró un enorme y pesado armario hasta bloquear la ventana.
No se fiaba de que aquella bruja loca volviese a intentar saltar por ella.
—¿Vas a dejarme aquí así? ¿Qué pasará si entra alguien? ¡Estaré indefensa, joder! —gritó sollozando de nuevo.
Le aterraba la idea de quedarse allí atada, a merced de cualquiera. Se sentía aturdida, confundida por aquel ser que en un momento la odiaba, al segundo siguiente la besaba como si fuera lo más valioso del mundo, y volvía a despreciarla al instante.
—Athan… es así como te llamas, ¿no? —le suplicó con un hilo de voz—. Suéltame, por favor. Me… me hacen daño…
Escuchar su propio nombre de su boca al fin le removió algo por dentro, algo que nada ni nadie había logrado provocarle hasta entonces.
Todavía sentía el calor de sus labios quemándole la piel.
Le hormigueaba, le picaban los dedos por la ansiedad de tocarla, de sentirla cerca.
A pesar de estar bajo el influjo del nigromante, ella se había rendido en sus brazos.
¿Por qué? Durante un instante fugaz, sintió el impulso irracional de soltarla y consolarla, pero estaría demasiado vulnerable si aquello resultaba ser una trampa.
Apenas le quedaban fuerzas para tenerse en pie y mantener al brujo fuera de su cabeza.
Si la chica decidía usar su magia ahora, no podría defenderse.
Tensó la mandíbula y se dio media vuelta.
—Usa tus poderes y suéltate tú misma, bruja —siseó, esbozando una sonrisa cargada de ironía.
—¡No, no me dejes aquí así, por favor! —suplicó ella, antes de que la desesperación se transformara en pura rabia—. ¡Te odio! ¡Puto monstruo! ¡No sabes cuánto te odio!
—No menos que yo a ti, maldita bruja —murmuró él, dedicándole una última mirada antes de marcharse.
Geo lo esperaba en el pasillo, con una sonrisa que no se molestó en disimular.
—¿Te parece gracioso? —le espetó Athan, furioso.
—La verdad es que sí. Creo que es la primera vez que dejas que una mujer te ponga en tu lugar, amigo. La fierecilla tiene más carácter del que parecía —se burló, soltando una carcajada.
Frustrado y terriblemente cabreado, ignoró a su amigo y fue en busca de Shiloan.
Sin embargo, esta vez apenas pudo obligarse a tomar un par de tragos de su sangre.
Ambos habían llegado al límite de sus fuerzas: Shiloan estaba completamente exhausto tras haber canalizado su magia contra Drake y haber estado alimentando a Athan de forma repetida, y él estaba tan agotado de luchar para mantener al nigromante fuera de su cabeza que su cuerpo carecía de la energía necesaria para tolerar y asimilar la densa sangre del brujo.
Sabía que le quedaba muy poco tiempo de libertad.
Antes de volver a perder el control, se marchó a su cuarto para intentar recuperarse.
Necesitaba estar solo, necesitaba poder concentrarse para tratar de aguantar lo máximo posible, a pesar de saber que ya era tarde y pronto estaría a merced de los Andreatos de nuevo.
Evie estaba en el cuarto contiguo y podía escucharla llorar a través de la pared.
Él no quería ir, deseaba darle una lección; quería que comprendiera de una vez por todas que su querido nigromante no acudiría a buscarla.
Pero cada sollozo se le clavaba en la cabeza como un puñal.
Al menos hacía un buen rato que no sentía las garras del nigromante escarbando en su mente, por lo que, sintiéndose más fuerte gracias a la poca sangre de Shiloan que había logrado asimilar, decidió volver a la habitación.
Además, tenía que alimentarla. Al fin y al cabo era una simple humana, sometida a esas estúpidas necesidades básicas.
Si pretendía usarla como moneda de cambio, tendría que devolverla en perfectas condiciones; dudaba mucho que el nigromante estuviera dispuesto a entregarle el amuleto a cambio de un cadáver.
En cuanto escuchó la puerta abrirse, se levantó sobresaltada.
Athan llevaba una bandeja en las manos y sus ojos, de nuevo, eran de aquel precioso azul cielo.
Lo miró durante un segundo sin poder evitar preguntarse cuál de los dos sería realmente él: aquel apuesto salvador de ojos azules o el monstruo asesino de ojos inyectados en sangre.
—Te traigo algo de comer y una bebida caliente. No quiero que mueras de hambre antes de poder cambiarte por el amuleto —dijo él, depositando la bandeja sobre una pequeña mesita con frialdad.
—¿De verdad crees que Drake va a venir a traerte el amuleto? —preguntó ella, con un tono de voz totalmente derrotado. Se notaba mareada, y aquel dolor punzante de cabeza había vuelto a instalarse en sus sienes.
—Creía que tenías muy claro que tu nigromante iba a venir a matarme para salvarte —replicó él, mirándola extrañado. Percibía algo diferente en ella, un matiz distinto en su actitud o en su energía, pero no lograba descifrar qué era exactamente.