El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

—Me llama de nuevo, Geo. No ha dejado de hacerlo.

A pesar de la sangre y el conjuro de Shiloan, consigue meterse en mi cabeza.

Ese crío es realmente mucho más fuerte que su padre.

No sé cuánto seré capaz de aguantar. Encárgate de todo y, sobre todo, no quiero que nadie, absolutamente nadie, se acerque a ella. ¿Lo entiendes? Y mucho menos Alana.

—Como ordenes. Estaré fuera si necesitas algo. Trata de resistir, hermano.

Athan apenas tuvo fuerzas para asentir. Escuchó los pasos de Geo alejarse y el suave clic de la puerta al cerrarse, dejándolo por fin a solas con ella.

Evie intentaba controlar su respiración, pero el pánico la delataba. Había escuchado toda la conversación. Sabía que los hombres que la habían secuestrado seguían allí; o al menos, uno de ellos.

—Abre los ojos de una vez —dijo él en voz baja, rompiendo el silencio de la habitación—. Sé que estás despierta. Puedo escuchar tus latidos y tu respiración.

El sonido de su voz la sobresaltó. Abrió los ojos y se incorporó de golpe, retrocediendo sobre el colchón hasta hacerse un ovillo contra sus propias rodillas.

Miró a su alrededor, tratando de averiguar dónde estaba.

Era una habitación enorme, toda de piedra, con una chimenea al fondo y un escritorio antiguo a un lado.

Entonces su mirada se topó con él. Estaba sentado junto a ella.

Tenía los ojos cerrados y se frotaba el entrecejo con dos dedos; parecía exhausto, algo que le resultaba imposible de creer después de lo que había presenciado en el apartamento de Drake y de cómo la había llevado de tejado en tejado, casi volando.

A pesar del miedo, le llamó la atención la especie de rosario que él sostenía en su otra mano, deslizando las cuentas sin cesar.

Tal vez podría llegar a la ventana ahora que él parecía totalmente sumido en sus pensamientos.

Sin pensarlo siquiera, se levantó y corrió todo lo rápido que pudo hacia el ventanal.

Sin embargo, apenas estuvo a un paso de asomarse, un brazo la rodeó por la cintura.

Él frenó su avance en seco y la giró bruscamente sobre sus talones, obligándola a mirarle a la cara.

—¡¿Qué demonios haces?! ¿Pensabas saltar al vacío o qué? Maldita chiquilla loca, ¿es que no has visto a qué altura estamos? —espetó, mirándola fijamente.

Ella lo miraba asustada, pensando en cómo había podido llegar tan rápido hasta allí.

Se negaba a aceptar la respuesta, por mucho que su propia mente se la estuviera gritando.

Athan dio un paso más hacia ella y la sujetó firmemente por el brazo para apartarla de la ventana, pero Evie se revolvió, empujándolo todo lo fuerte que pudo.

—¡Suéltame, monstruo! —gritó casi histérica, tratando de zafarse de su agarre, golpeándolo como podía con su brazo libre.

Un pequeño rugido surgió de la garganta de Athan.

Odiaba escucharla llamarle así. Dio otro paso hacia ella, sujetándola de nuevo con firmeza por la cintura, bloqueando su ataque y mirándola fijamente con sus ojos azules llenos de rabia.

Ella trataba de moverse, pero no podía con aquellos fuertes brazos rodeándola.

Estaba tan asustada, tan abrumada y a la vez tan enfadada que trató de hacer acopio de toda su fuerza para apartarlo de ella.

Sintió de nuevo aquel latigazo, esa angustia que le azotaba el estómago, y lo empujó con todas sus fuerzas.

Para su asombro, esta vez él retrocedió un paso, mirándola totalmente sorprendido.

Ella aprovechó su desconcierto para atacar de nuevo.

Le golpeó el pecho con los puños y, cuando él hizo el amago de sujetarla otra vez, le cruzó la cara con un sonoro bofetón, arañándole la mejilla profundamente.

Si iba a morir aquella noche, tenía claro que se defendería con uñas y dientes.

Athan se llevó la mano al rostro, estupefacto al sentir el escozor del rasguño.

Al bajar la mano y ver su propia sangre manchándole los dedos, la expresión de sus ojos cambió por completo.

Evie lo observaba aterrada, sin poder apartar la vista de aquellos ojos que ahora eran pozos amarillos inyectados en sangre y que centelleaban de pura rabia. Él se llevó los dedos a la boca y chupó la sangre, sonriendo, desafiándola con la mirada.

—Ten cuidado, no te envenenes, monstruo —dijo escupiéndole las palabras a la cara, observando perpleja cómo el rasguño de su mejilla sanaba y desaparecía en un instante.

—Tienes razón. Tal vez sería mejor que probara la tuya —respondió dando un paso hacia delante, mostrando claramente sus colmillos. Ella dio otro paso hacia atrás, sin poder evitar que el terror se viera reflejado en sus facciones—. Aunque seguro que con la tuya sí me envenenaba, bruja.

Evie alzó la mano dispuesta a darle otro bofetón, pero él le sujetó ambos brazos, inmovilizándola por completo. Su cara quedó a apenas unos centímetros de la de ella, y le mostró los colmillos con una sonrisa amenazadora.

—Si piensas que voy a dejarte usar tu magia, vas lista, brujita.

—¡Suéltame! —gritó mientras intentaba zafarse de nuevo, pero le fue imposible; la fuerza de su secuestrador parecía haberse multiplicado.

—Deja de moverte de una vez, maldita chiquilla loca.

Antes de que pudiera asimilarlo, Athan la levantó del suelo, la arrojó bruscamente sobre la cama y, moviéndose a una velocidad inhumana, le ató las manos al cabecero con las propias sábanas.

Cuando ella quiso reaccionar, él ya se había dejado caer en el suelo junto a la cama.

Notaba cómo le fallaban las fuerzas y apenas podía sostenerse en pie, pero no pensaba permitir que ella se diera cuenta de su debilidad.

Evie lo miraba desde la cama con la respiración agitada, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.

Se negaba a creerlo, pero allí estaba, encerrada y atada a una cama con el monstruo de sus pesadillas.

Aquello solo ocurría en las películas, los vampiros eran un invento, un mito.

Sin embargo, tenía a uno a escasos metros, sentado a sus pies.

Recorrió de nuevo con la vista la habitación, las gruesas paredes de piedra y el ventanal.

Recordaba haber visitado los castillos de los alrededores de París, y el lugar desprendía esa misma atmósfera antigua y fría.

—¿Qué es todo esto? ¿Me has traído a tu castillo del terror o algo así? —preguntó en voz alta, aferrándose al sarcasmo para no derrumbarse.

Athan soltó una carcajada ronca y seca.

—¿Castillo del terror? Para los míos esto es su refugio, aunque estoy seguro de que para muchos se acaba de convertir realmente en un castillo del terror desde el momento en que tú has puesto un pie dentro, bruja.

Te diría que es nuestro hogar, pero… —Su voz se cortó.

Cuando giró el rostro para mirarla, la diversión había desaparecido, sustituida por un odio visceral—.

Yo no tengo hogar. Me lo arrebataron. Y fue gracias a los tuyos.

—No sé a qué viene todo esto, pero te equivocas. Yo no soy una bruja, yo no he hecho nada. Te lo juro, yo no soy bruja como Drake, suéltame, por favor… —La voz se le quebró y comenzó a sollozar.

Athan la contempló sin decir nada. Odiaba verla llorar, odiaba verla sufrir. Por mucho que intentara detestarla, no podía evitar que le afectara.

—Eres un vampiro, ¿verdad? Vamos, ¿a qué esperas? Si vas a matarme, hazlo de una vez. Muérdeme y acabemos con esto.

Él ladeó la cabeza, esbozando una media sonrisa que dejaba al descubierto el filo de uno de sus colmillos. Durante un instante se preguntó si la chica era una actriz soberbia o si, de verdad, no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando.

Antes de que ella pudiera parpadear, la inmovilizó subiéndose a horcajadas sobre ella.

Le giró el rostro bruscamente, exponiendo su cuello, acercándose a aquella vena palpitante que tanto lo tentaba.

Evie soltó un grito ahogado al sentir el roce de sus colmillos contra su piel.

Cerró los ojos, segura de que aquel era su final.

Sin embargo, en lugar de desgarrarla, trazó una línea suave con la punta de los colmillos y presionó los labios contra su garganta, repartiendo pequeños y lentos besos hasta llegar a su mandíbula.

Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Sentía un millón de mariposas revoloteando en su estómago, entrecortándole la respiración. Entonces, él comenzó a susurrar contra su garganta, y el roce de su gélido aliento le erizó la piel por completo.

—El día que clave mis colmillos en este precioso cuello tuyo, brujita, será el día en que estés debajo de mí, con las piernas enredadas en mi cintura, gritando de placer mientras me suplicas que lo haga. El día en que, entre tus gemidos, escuche: «Muérdeme, Athan». Solo ese día lo haré.

Evie pensó que iba a morir por combustión espontánea.

Aquella promesa y la presión de los labios de él sobre su cuello encendieron en ella un deseo que jamás había experimentado.

Se odiaba a sí misma. No debía desearlo, ¡era un monstruo!

Necesitaba entender por qué su propio cuerpo la traicionaba de aquella manera cada vez que lo tenía cerca, cuando se suponía que estaba enamorada de Drake.

—Ahora lo entiendo todo —jadeó, hablando casi sin pensar—. Fuiste tú. Tú me sedujiste aquella noche… Usaste tus poderes de vampiro conmigo. Te metiste en mi cabeza para alterar mis sentidos y forzar esa atracción hacia ti… para lograr que te besara.