CAPÍTULO 17 #2
Condujo por las calles de París como un poseso, pisando el acelerador a fondo y saltándose cualquier límite.
Frenó bruscamente frente a la dirección indicada.
Al alzar la vista hacia el edificio, se dio cuenta de algo que le revolvió las entrañas: era uno de los bloques de la inmobiliaria de Eileen.
Una terrible idea fue cobrando forma en su cabeza.
Estaba empezando a comprender cómo habían dado con ellos y por qué él no se había percatado de nada: había estado demasiado distraído.
Demasiado distraído con ella. Por primera vez en años había bajado la guardia y aquello le había costado muy caro.
El dolor y la furia atravesaron su corazón de golpe.
Si sus sospechas eran ciertas, iba a destruir a aquella mujer, aunque la amase. Ella caería junto con los Andreatos.
Al llegar frente a la puerta del piso de Drake, pudo notar su energía desde el exterior.
Era increíble. Se odió a sí mismo por no haberse dado cuenta antes; el poder de aquel chico era notable casi desde la calle.
Pero ahora parecía haber crecido. Cuando lo vio en el hospital apenas era una pequeña chispa, que ni siquiera dejaba claro si él sabía que la tenía.
Ahora era un torrente que manaba como un río descontrolado.
La furia que sentía le empujó a dejar de ocultar su propia magia tras tantos años, y la usó para reventar la cerradura y abrir la puerta de golpe, sin siquiera tocarla.
El tiempo de esconderse había terminado.
Drake miró hacia la entrada con la esperanza de que el vykrolakas hubiera obedecido su orden y regresara con su mujer, pero se quedó petrificado. Allí plantado, mirándolo con el más puro odio reflejado en sus ojos, estaba el tío de Evie.
—Señor Renoir, ¿pero qué…?
—Déjate de gilipolleces, Andreatos. ¡¿Dónde está?! —exigió, fijando la vista en las velas desperdigadas por el salón.
Drake apenas podía articular palabra. ¿Acababa de llamarle por el apellido de su padre?
¿Acaso aquel hombre conocía a su familia?
Él tenía muy claro que siempre se había presentado ante los demás con el apellido de su madre y nadie más que Evie sabía que era un Andreatos.
Estaba seguro de que ella había guardado su secreto como él le había pedido. No entendía de qué iba todo aquello.
—No sé de qué me está hablando, señor.
De repente, Drake acabó estampado contra la pared, empujado por una fuerza invisible.
Notaba como si una mano lo mantuviese sujeto por el cuello a un palmo del suelo.
A pesar de llevar años reprimiéndola, la magia de Robert vibraba bajo su piel, reaccionando a su rabia, deseosa de salir.
Y esta vez la dejó libre. Se abandonó por completo y desató todo su poder para luchar contra aquel chico.
—Te lo explicaré de un modo que puedas entenderlo. Dime dónde coño está mi hija, ¡ya!
Drake apenas podía creer lo que veían sus ojos.
Robert estaba usando magia contra él. Cuando el hombre dio un paso al frente y pudo notar que sus ojos eran completamente negros, se quedó inmóvil.
No, aquel abogado relamido no podía ser un nigromante también.
Aunque se sentía totalmente agotado por la lucha con Athan y por el hechizo de rastreo, Drake trató de hacer acopio de toda su fuerza, clamó a la magia de su interior y se soltó del agarre.
Se acercó a Robert lentamente, usando sus poderes para inmovilizarlo.
Lo agarró por el cuello y lo apretó contra la pared, tal y como había estado él apenas unos segundos antes.
Robert trató en vano de zafarse, pero estaba claro que su magia era muy inferior a la de Drake; hace años tal vez podría haber luchado contra él de igual a igual, pero ya no.
—Bueno, ahora que hemos puesto las cartas sobre la mesa —dijo Drake con total tranquilidad, mirándolo con sus ojos totalmente negros, mostrándole claramente lo que era—.
Después del patético intento que acabas de hacer, está claro que tu magia no puede compararse con la mía.
No puedes enfrentarte a mí y lo sabes. Da gracias a que signifiques tanto para Evie porque, de lo contrario, te partiría el cuello aquí mismo por haberte atrevido a entrar de ese modo en mi casa.
Robert tuvo que exprimir hasta la última chispa de su magia para lograr romper el hechizo. Libre al fin, le asestó un puñetazo en la mandíbula que lo hizo retroceder a trompicones.
—Puede que seas más poderoso que yo, pero todavía me sobran cojones para partirte la cara, hijo de puta.
Drake levantó la mano y volvió a usar su magia para estampar a Robert contra la pared.
—No te atreves a luchar como un hombre, ¿verdad, Andreatos? —siseó Robert, con la voz ronca y entrecortada—. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Vas a llamar a tu mascota vampiro para que venga a acabar conmigo? ¡Eres un puto cobarde, igual que tu padre!
Drake no podía creer que supiera incluso lo de Athan.
Le consumió la rabia en el mismo instante en que Robert nombró a su padre y notó cómo sus poderes comenzaban a descontrolarse.
Un viento repentino se alzó en la habitación y una bola de fuego apareció de la nada, bailando sobre su mano e iluminando su cara con un aspecto siniestro.
—No… vuelvas… a nombrar… a mi padre. —La voz de Drake era ronca y profunda, sonaba casi como un eco de ultratumba.
Robert no podía creer que aquel chico poseyera tanto poder; lo notaba en el aire, en cada poro de su piel.
Al irrumpir en el apartamento, había llegado a pensar que tal vez el chico había despertado su magia hacía muy poco y aún era inexperto.
Sin embargo, frente a aquella abrumadora demostración, la realidad le golpeó directamente en la cara.
Drake sabía perfectamente cómo dominarla y usarla a su favor.
Y lo que era aún peor, eso significaba que también sabría cómo mantenerla oculta a voluntad frente a los demás, exactamente igual que había hecho él durante todos aquellos años.
—Si quieres saber dónde está Evie, deberías estar buscando al vykrolakas en lugar de a mí.
El muy cabrón acaba de llevársela delante de mis narices.
Pero no te preocupes, voy a encontrarla.
Voy a lograr deshacerme de él y de todos los que se interpongan entre ella y yo, incluyéndote a ti.
Ella es mía, que te quede claro de una vez.
No voy a permitir que nadie la separe de mí esta vez.
Sin decir una palabra más, Drake se dio media vuelta y salió del piso, dejando a Robert allí plantado.
Bajó al garaje como una exhalación, subió a su moto y arrancó a toda velocidad.
Salió chirriando ruedas antes de que Robert pudiera alcanzarle.
Estaba demasiado preocupado, demasiado decidido a encontrar a Evie como para entretenerse con su tío.
Ya se encargaría de él en su momento, lo sacaría de su vida a como diera lugar.
Ahora tenía claro que solo una persona podría ayudarle, que solo una persona sabría por qué el vampiro se la había llevado y cómo recuperarla.
Robert apenas podía creer lo que acababa de escuchar.
Athan Vykros se la había llevado. Después de tantos años, la historia volvía a repetirse.
Trató de alcanzar a Drake antes de que saliera para sonsacarle algo más, pero este escapó a toda prisa sin darle tiempo.
Se dirigió a su coche lo más rápido que pudo, dispuesto a seguirlo para lograr respuestas, pero entonces vio algo acercándose a toda velocidad en la calle.
Una sombra extraña. Algo que él reconoció enseguida a pesar de ser lo último que deseaba encontrarse frente a frente en aquellos momentos.
En cuanto llegó a su hogar, Athan se coló por la ventana del cuarto contiguo al suyo y depositó a Evie en la cama.
Estaba agotado, exhausto. Se sentó en el sofá que había junto a la cama, tratando de recuperar el aliento.
Había tenido que hacer acopio de todas sus fuerzas para no darse la vuelta y devolverle la chica al nigromante.
Había notado cómo le llamaba, cómo se metía en su cabeza, cómo le exigía una y otra vez que regresara.
Por suerte, la poca sangre de Shiloan que todavía quedaba en su interior le había ayudado a resistir.
Pero aquella energía se estaba acabando, lo notaba.
Cada minuto que pasaba le costaba más mantener al brujo fuera de su cabeza.
Evie notaba su cuerpo entumecido, como si hubiera estado durmiendo durante días. Trató de abrir los ojos, pero no podía, le pesaban demasiado. Escuchaba voces a su alrededor, pero no lograba reconocer ninguna mientras iba recuperando la consciencia poco a poco.
—Déjala aquí, yo me encargaré de ella, no tardará en despertar. Debes ir a buscar a Shiloan, te estás debilitando de nuevo —dijo Geo al ver cómo su amigo apretaba los puños y sacudía la cabeza.
—No. Tú encárgate de que protejan bien a Shiloan, puedo aguantar un poco más. Márchate, déjame solo con ella.
—Pero Athan, ni siquiera sabemos de qué es capaz la chica. Estás débil, no podrás protegerte, ¡es una bruja, joder!
Athan buscó en su bolsillo su kombolói [25] .
Aferrarse a aquella joya, el último recuerdo que conservaba de su madre, era lo único que lograba relajarle y devolverle la concentración.
Movía las pesadas cuentas de ámbar de sangre entre sus dedos mientras observaba a la chica; parecía tan frágil, tan delicada, tan indefensa tumbada sobre aquella cama.
Un pinchazo en su cabeza detuvo el rítmico chasquido de las piedras.
Cerró los ojos con fuerza y se llevó dos dedos a la sien, dejando escapar un siseo de molestia.