CAPÍTULO 17
Drake miraba a su alrededor, aturdido, confuso, sin poder entender lo que acababa de pasar.
Se la había llevado. Ese perro desgraciado la había secuestrado delante de sus narices.
Apenas habían pasado unos minutos y ya se estaba volviendo loco.
¿Cómo era posible que el chupasangres se hubiese rebelado?
¿Cómo pudo conseguir resistirse a él? El grimorio de su padre hablaba del hechizo y del amuleto; decía que cada vez le estaba costando más dominar la voluntad de Athan.
Pero él era más fuerte que su padre. Su abuela se había cansado de repetírselo: era el nigromante más poderoso de su linaje, tanto o más que el mismísimo creador del amuleto. Él debería haber sido capaz de doblegarlo.
—¡Athan, vuelve a mí, te lo ordeno! ¡Athan, yo te invoco, vuelve a mí! —gritó a pleno pulmón, mirando hacia el mismo sitio por el que se habían ido.
Pero nada. La noche seguía oscura, sin la más mínima señal de él ni Evie por ningún lado.
—¡Mierda! ¡Me cago en la puta, joder! ¡Vuelve aquí, maldito cabrón! —rugió de nuevo, descargando un golpe contra la barandilla con todas sus fuerzas. El impacto le hizo vibrar los huesos, pero no alivió ni un ápice la rabia que le quemaba por dentro.
Sin pensarlo dos veces, entró en la casa a toda prisa y recogió del suelo las velas y la foto de Evie.
Volvió a colocarlas, una en cada punto cardinal, con la imagen de ella en el centro.
Sus dedos temblaban mientras buscaba desesperadamente en las hojas de los grimorios algo que pudiera ayudarlo a encontrarla.
Comenzó a recitar hechizo tras hechizo, probando todas las formas posibles de localizarla.
Nada. No ocurría absolutamente nada. Ningún hechizo funcionaba, no había señal alguna de ella por ninguna parte.
Incluso con el último intento, todas las velas se apagaron de golpe, dejándolo prácticamente a oscuras.
Drake imaginó que el nigromante y los otros brujos que habían ayudado a ese perro a rebelarse debían de estar interfiriendo en su magia.
Pero todos se habían esfumado junto con él, como si nada.
Completamente frustrado, barrió las velas de un manotazo, esparciéndolas por el suelo.
Por un momento se arrepintió de no haberle entregado el amuleto.
Pero ese colgante era lo más importante que tenía: el legado de su familia, su mayor fuente de poder.
Perderlo no solo lo convertiría en un brujo del montón, sino que invertiría las tornas: sería él quien terminara a merced del vampiro.
Estaba seguro de que en cuanto tuviese el amuleto en su poder, esa rata chupasangres trataría de vengarse.
Y eso no iba a permitirlo, él no se convertiría en esclavo de nadie, ni siquiera por ella.
Entonces recordó lo que le había dicho. Habló de Evie, le dijo que sabía que ella era una bruja, pero eso no era cierto.
¿Sería esa la razón por la que se la había llevado?
¿Acaso ese estúpido vampiro creía que ella sí lo era y por ese motivo la había secuestrado?
Nada más bajar del avión, Robert se dirigió apresuradamente a por un taxi que lo llevase a casa lo más rápido posible.
Necesitaba averiguar la dirección de Drake, pero Marian no contestaba al teléfono.
Eileen había permanecido callada durante todo el viaje; estaba claramente enfadada por haber tenido que cortar de aquella manera sus vacaciones y no se molestaba en ocultarlo.
En cierto modo, Robert también estaba molesto con ella por no comprender que él debía regresar para ayudar a su sobrina.
Ya estaban llegando a casa cuando volvió a marcar el teléfono de Evie, pero nada. Ni ella ni Marian contestaban.
—Voy a ir a casa de las chicas, tú sube y descansa —le dijo a Eileen nada más llegar a su portal.
—¿En serio? Robert, mira la hora que es.
Ya es de madrugada, seguro que están las dos durmiendo y todo esto no ha sido más que una chiquillada.
Anda, sube, vamos a descansar, mañana nos encargaremos de todo esto.
Además, te aseguro que conozco a Béatrice Landry y su hijo es un buen chico, no es ningún delincuente como esa cría quiere hacerte pensar.
Seguro que Evie y él están felices. Vamos, mi amor, subamos, necesitas dormir, llevamos más de veinticuatro horas sin pegar ojo.
—No pienso descansar hasta comprobar que mi hija se encuentra en perfecto estado, Eileen. Tú puedes hacer lo que quieras.
Se aseguró de recalcar bien la palabra «hija» para dejarle bien claro lo que su sobrina significaba para él.
No le había hecho ninguna gracia el desprecio con el que había llamado «cría» a Marian para quitarle valor a su advertencia, y mucho menos soportaba que no sintiese la más mínima preocupación por Evie.
Aquella actitud distaba mucho de la que le había mostrado en los últimos días y empezaba a ponerle realmente furioso.
La dejó allí plantada, sin darle más explicaciones.
Estaba molesto por ver la forma en que trataba de defender a Drake en lugar de colaborar en la búsqueda de su sobrina.
Volvió a marcar el número de Marian, pero continuaba apagado o fuera de cobertura.
Entonces recordó que tal vez su amigo Renard podría ayudarle.
Era detective privado y tenía muchos contactos; ya le había echado una mano en varios de sus casos.
—Me cago en la puta, Robert, ¿pero tú sabes qué hora es? —contestó, con la voz ronca y pastosa.
—Lo sé, Renard, pero es un asunto muy urgente. Necesito que me averigües lo antes posible una dirección. El tipo se llama Drake Landry.
—¿En serio? ¿A estas horas? Robert, espérate a mañana, no me jodas.
Robert ya conducía camino a casa de Evie y no pudo evitar dar un fuerte golpe al volante.
—¡No, Renard, no puedo esperar! —respondió, visiblemente nervioso—. Es cuestión de vida o muerte, joder. Se trata de mi sobrina.
—¿De Evangeline? Merde , haberlo dicho antes, hombre, espera. Enseguida te digo algo, tengo algún amigo gendarme que me podría echar una mano, voy a ver quién está de guardia esta noche. ¿Necesitas una orden de arresto o algo así? ¿Quieres que una patrulla vaya directamente a por ese tío?
—No, de momento no. Solo consigue su dirección. Yo me encargo de él.
—Está bien, te llamo en dos minutos.
Robert paró el coche en el arcén. Estaba demasiado nervioso para seguir conduciendo y, pensándolo fríamente, ir al apartamento de su sobrina no tenía sentido.
Lo más probable era que estuviera en casa de ese desgraciado y no en la suya, y ni siquiera sabía en qué parte de la ciudad vivía aquel niñato.
Tal vez Marian también estaría ya allí buscándola.
Repiqueteaba los dedos en el volante, pensando una y otra vez que no tendría que haberse ido de viaje, que no debería haberle hecho caso a Eileen, que debería haberse quedado hasta que Evie hubiese superado su situación con aquel chico.
¿Y si sus sospechas de cuando lo vio en el hospital junto a su madre eran ciertas?
De pronto, su móvil comenzó a sonar de nuevo.
—Dime, ¿qué has averiguado?
—Verás, no hay ningún Drake Landry en las bases de datos, pero sí figura un Drakon Andreatos Landry. Joder, pero ¿qué puto nombre es ese? Desde luego la gente hoy día les pone unos nombres a sus hijos que… —parloteaba sin parar hasta que Robert le cortó bruscamente.
—¿Qué? Espera un momento, Renard, ¿qué nombre has dicho?… no… eso no puede ser.
Robert notó de pronto cómo toda la sangre de su cuerpo le abandonaba. Un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda y apenas era capaz de articular palabra.
—Drakon Andreatos Landry, nacido el dieciséis de abril de 2006, hijo de Béatrice Landry y de…
—Alexander Andreatos —respondió Robert en un susurro, adelantándose a Renard—. No… no puede ser —murmuró, con la mirada perdida en el parabrisas—. No… ¡no, no, no! —repitió, golpeando el volante con todas sus fuerzas a cada sílaba.
—Exacto, Alexander Andreatos. Te paso su dirección ahora mismo. Aparecen dos, una aquí en la capital y otra en Normandía. Está claro que el mocoso es un niño rico, los Andreatos son una de las familias más poderosas de París y…
—Lo sé. Gracias, Renard, te debo una —contestó con apenas un hilo de voz, cortándolo de nuevo.
—Tranquilo, no me debes nada, cualquier cosa por mi pequeña Evangeline. Mañana llámame y dime qué cojones ha pasado y si hay que ir a patear algún que otro trasero, no dudes en darme un toque, sea la hora que sea. Dale un beso de mi parte.
En cuanto colgó el teléfono, Robert se quedó paralizado.
No lo podía creer. Aquello no podía ser posible.
El hijo de Alexander cerca de su sobrina.
De nada le habían servido todos los años que había dedicado a tratar de ocultarla, de alejarla de todo y de todos ellos.
Ahora, todo le había explotado en la cara de la peor manera posible.
¿Cómo habrían dado con ella? ¿Cómo era posible que él no se hubiera dado cuenta antes?
¿Por qué no lo notó cuando tuvo a Drake frente a frente?
Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos y puso el motor en marcha, directo hacia su dirección. Recuperaría a su sobrina y acabaría con él; con él y con toda aquella maldita familia a la que odiaba más que a nada en este mundo.