CAPÍTULO 16 #5
Ella gritó desesperada mientras la gravedad tiraba de su estómago.
Iba a morir. Cerró los ojos esperando el impacto mortal contra el asfalto, pero de pronto, sus pies tocaron suelo firme con una suavidad imposible.
Abrió los ojos y vio que su secuestrador la sostenía a salvo en una calle lateral.
Pero no se detuvo; tomó impulso y saltó verticalmente, volando varios metros hasta aterrizar en la azotea del edificio contiguo, y luego saltó al siguiente.
Evie no podía gritar. El terror la había enmudecido.
Su secuestrador saltaba de tejado en tejado cruzando el cielo nocturno de París como si la gravedad no existiera para él.
Finalmente, aterrizó en una gran azotea oscura y la soltó bruscamente en el suelo, manteniéndola sujeta por la cintura.
El otro tipo, el enorme de pelo rapado, apareció tras él como un fantasma con ese otro hombre encapuchado a su lado.
—¡Apártate de mí, monstruo! —le gritó, histérica, empujándolo y golpeando su pecho con todas sus fuerzas—. ¡No te acerques! ¡No sé qué coño eres, pero si das un paso más, gritaré tan fuerte que vendrá toda la policía de París aquí mismo!
—¿Monstruo, yo? Al menos, no he sido yo quien acaba de cambiar tu vida por un estúpido trozo de metal brillante.
Si fueras mi mujer, habrían tenido que desollarme vivo para arrancarte de mi lado, y aun con mi último aliento te habría defendido.
Pero tu nigromante no ha movido ni un solo dedo por ti —dijo, esbozando una sonrisa cínica e implacable—.
Dime, pequeña bruja, ¿estás segura de que no eras tú la que vivía bajo el techo de un monstruo?
—¡Hijo de puta! —bramó ella, abalanzándose para golpearlo con más fuerza.
Él la agarró por la cintura, levantándola del suelo sin el menor esfuerzo mientras ella pataleaba y golpeaba el aire.
—Maldita chiquilla loca. Estate quieta de una vez o acabaré lanzándote al vacío, ¿te queda claro?
—¡Suéltame, animal!
—Vamos, Athan, ¿a qué estás jugando? Haz que se calle de una vez —le apremió Geo, mirando hacia los lados con nerviosismo.
—¿Athan? —repitió ella en un susurro quebrado.
Parpadeó incrédula al escuchar el nombre.
Las letras del diario de Alexander Andreatos regresaron a su memoria.
ATHAN . El nombre que encabezaba el texto no era una parte de aquel hechizo antiguo como ella pensaba; era el nombre del hombre que ahora mismo la sujetaba con una fuerza sobrehumana.
Antes de que pudiera procesar el pánico de saber que estaba en manos del mismísimo demonio que Drake y su padre, al parecer, pretendían detener, Athan ya tenía su rostro a escasos milímetros del suyo.
Por un segundo de locura absoluta, pensó que iba a besarla otra vez.
Él sonrió, divertido por la ineficacia de sus golpes contra su pecho.
Evie abrió la boca para gritar, pero entonces vio cómo una especie de neblina helada, espesa como humo blanco, brotaba de sus labios.
En apenas unos segundos, la envolvió una somnolencia dulce, pesada e irresistible que aplastó sus sentidos, y cayó profundamente dormida en sus brazos.
— Gamoto , Athan, todo se ha ido a la mierda. Pensaba que el nigromante entregaría el amuleto para salvar a su mujer. ¿Qué vamos a hacer ahora con ella? —preguntó Geo.
—Se viene con nosotros —sentenció con voz firme—.
No voy a arriesgarme a que ese maldito brujo consiga engendrar a otro heredero para controlar el amuleto.
Además, ya has visto lo obsesionado que está con ella; tarde o temprano vendrá a buscarla y nos servirá como moneda de cambio.
Yo me encargaré de vigilarla hasta entonces.
Athan no pudo sostenerse más; clavó una rodilla en el asfalto, sintiendo que las fuerzas le fallaban de golpe. Abrazó a Evie más fuerte para evitar que se le cayera de entre los brazos.
—¿Qué ocurre? —Geo se acercó alarmado.
—Es él. Está recitando el hechizo original de nuevo. Me está llamando. Me exige que le devuelva a la chica.
—Debemos regresar al refugio cuanto antes.
Mi sangre ya no es lo suficientemente fuerte, Athan; está saliendo de tu sistema, si la eliminas por completo mi magia ya no podrá ayudarte.
Él es demasiado poderoso para mí y, si nos quedamos, no podré hacer mucho más— respondió Shiloan, visiblemente preocupado.
—Yo la llevaré. —Geo trató de arrebatarle a Evie de los brazos, pero apenas logró dar un paso.
—No —le cortó al instante, poniéndose en pie con un gruñido que dejaba claro que no aceptaba réplicas—. Yo puedo llevarla. Además, no despertará hasta dentro de un buen rato. Vamos.
La sujetó con fuerza y saltó hacia la oscuridad del siguiente tejado.
Mientras volaban por los cielos de París, no pudo evitar bajar la vista y mirarla.
Sentir su cuerpo frágil y cálido acurrucado en sus brazos, y el rítmico latido de su corazón contra su pecho despertó algo antiguo y peligroso en su interior.
Le quemaba tenerla tan cerca y, al mismo tiempo, la idea de soltarla le resultaba insoportable.
Trató de convencerse a sí mismo de que la estaba secuestrando por puro cálculo estratégico y odio hacia ese maldito nigromante.
Trató de repetírselo muchas veces durante todo el trayecto, pero ni él mismo se lo creía.