CAPÍTULO 16 #4
Evie entró como una exhalación y se quedó petrificada al ver la escena.
Drake estaba de rodillas, un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios, y su pierna sangraba profusamente por un corte, mientras dos tipos enormes se erguían sobre él.
Reprimió un grito. Estuvo a punto de salir corriendo para llamar a la policía, pero entonces reconoció a uno de los asaltantes.
Era él. Su apuesto salvador del pañuelo, que ahora la miraba con una sonrisa sádica en los labios.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —tartamudeó, incapaz de detener el temblor que recorría su cuerpo.
—¡Evie, huye! —rugió Drake.
Ella dio media vuelta para escapar, pero en un parpadeo, Athan estaba frente a ella bloqueándole el camino.
—Demasiado tarde, pequeña bruja.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, asustada y confundida, creyendo que aquel extraño había ido a buscarla por culpa del beso de la discoteca.
Sin responder, la agarró por la cintura, le dio la vuelta y la usó como escudo humano, rodeándole el cuello con el brazo. Ella sintió, aterrorizada, cómo las uñas del chico se alargaban de manera inhumana hasta convertirse en garras que se apretaban contra su yugular.
—Este juego ha terminado, nigromante. Entrégame el amuleto ahora, o le arranco la garganta delante de ti —sentenció, mirándolo fríamente.
—¡Suéltala, maldita sea, te lo ordeno! —respondió, desesperado.
—¡Tú ya no me das órdenes, nigromante!
—¡Por Dios, suéltame! —Ella forcejeó tratando de liberarse, pero el brazo de Athan parecía de hierro macizo.
— ¡Athan, athánate, se epikaloúmai! ¡To sóma sou aníkei se ména, to myaló sou aníkei se ména, to aíma sou aníkei se ména, i psychí sou aníkei se ména! ¡Eísai o sklávos mou kai tha me ypakoús! —recitó una vez más el hechizo desesperadamente, tratando de forzar a Athan a obedecer.
Evie se quedó paralizada al escuchar aquellas palabras.
Su mente, a pesar del pánico, estableció una conexión instantánea con los trazos de tinta negra que había leído y releído bajo la luz de la luna la noche anterior; era el mismo texto que encabezaba el nombre de ATHAN en el diario de Alexander Andreatos.
Ahora, al escucharlas en la voz distorsionada de Drake, supo con una certeza aterradora que no era un poema, sino un hechizo, tal y como ella había sospechado.
Un rugido salvaje, puramente animal, brotó del pecho de Athan.
Evie se giró aterrorizada y se encontró cara a cara con su pesadilla encarnada.
Los ojos celestes del chico habían desaparecido; ahora eran de un amarillo depredador con aros escarlatas, y de su boca sobresalían sus caninos rasgando su labio inferior.
Sintió que las piernas le fallaban. Era él, esa sombra asesina. El monstruo de sus pesadillas estaba allí, frente a ella. Geo agarró rápidamente a Drake por detrás y le apretó la garganta para impedirle seguir recitando el hechizo, temiendo que Athan perdiera el control otra vez.
—Dios mío… eres… tú… eres un monstruo —sollozó, presa del terror más absoluto que había sentido en su vida.
Athan aflojó el agarre instintivamente al escucharla llamarlo de esa forma, pero recuperó la compostura al segundo y volvió a pegarla a su pecho.
—Por última vez, nigromante. Entrégame el amuleto o mataré a la chica ahora mismo.
Un silencio sepulcral llenó el destrozado salón. Entonces, Drake escupió un coágulo de sangre y sonrió mirándolo fijamente a los ojos.
—Si te entrego el amuleto, nos matarás a los dos de todas formas. Si no te lo doy, al menos podré vengarme torturándote eternamente, y te juro que lo que te hiciera Alexandros te parecerá un juego comparado con lo que yo voy a hacerte, vykrólakas.
Evie dejó de respirar en ese preciso instante. El mundo se le vino abajo al comprender que él estaba dispuesto a sacrificarla.
—¡Drake, por amor de Dios, dale lo que te pide! —suplicó, incrédula al ver que no estaba dispuesto a ceder.
—¡Última oportunidad! Dale el amuleto a él —exigió, señalando al brujo que todavía estaba en una esquina apartada recitando aquel hechizo que ayudaba a Athan a mantener el control sobre sí mismo—.
O tendrás que ver cómo pinto las paredes con la sangre de tu mujer —amenazó, apretando más sus garras contra la fina piel del cuello de Evie.
—Drake, dale el maldito amuleto, joder… —dijo entre sollozos, con apenas un hilo de voz.
Pero, para su sorpresa, él no hizo el más mínimo amago de quitarse el colgante. La miró directamente a los ojos, sin una pizca de remordimiento en su mirada.
—Lo siento, amor. Si le doy el amuleto perderé parte de mi poder, de mi magia. Estaría indefenso ante ellos, sería débil. No puedo perderla, Evie, ni siquiera por ti.
—¡No! ¡No puedes hacerme esto! —gritó, mientras sentía que su corazón se rompía en mil pedazos.
Antes de que Drake pudiera reaccionar, Athan corrió hacia la terraza, llevándose a Evie consigo, y saltó al vacío.