El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

—¡Es la misma sensación de la pesadilla!

—sollozó, negando con la cabeza mientras retrocedía hacia la puerta—.

Sé que era solo un sueño, pero te juro que la opresión en el pecho es idéntica.

Me estoy volviendo loca. Tengo que salir de aquí.

Necesito a Drake. Él es el único que puede protegerme. ¡Esta no es mi casa!

Una necesidad irracional y desesperada por regresar de vuelta hacia él ante aquel brote de estrés, tiró de su mente con violencia.

—¿Pero qué dices? ¡Esta es tu casa! Te está lavando el cerebro, joder. ¿Es que no lo ves?

—¡Tú eres la que quiere lavarme el cerebro! —gritó, con la mirada vacía—. Drake me lo advirtió, me dijo que querrías separarnos a toda costa. ¡Tengo que volver con él!

—¿Cómo puedes pensar eso? Sabes que te quiero como a una hermana, solo estoy tratando de ayudarte.

—Ya no sé qué pensar, Marian, estoy tan confundida ahora mismo. Dame tiempo, ¿vale? Lo siento, yo… no debí venir.

Salió disparada por la puerta y echó a correr a trompicones por el pasillo, dejando a Marian sola y aterrorizada de haberla visto en ese estado. Sin pensarlo dos veces, agarró su móvil y marcó un número internacional.

—Por el amor de Dios, Marian, ¿tienes idea de la hora que es en Nueva York? —contestó Robert, con la voz ronca por el sueño.

—Rob, es Evie. Ha vuelto con Drake, y no solo eso, se ha ido a vivir con él.

He intentado detenerla, pero parece que le ha lavado el cerebro.

Está muy rara, Robert, está histérica y dice cosas sin sentido.

Tienes que volver antes de que la perdamos para siempre.

Es un jodido manipulador, la está alejando de mí, de todos sus amigos, estoy tan preocupada por ella…

—¡Pero ¡qué…! ¡Escúchame bien, Marian, pase lo que pase no dejes que se acerque a ese cabrón! ¡¿Me oyes?! Tranquila, voy a buscar el primer vuelo disponible. Estaré allí lo antes posible.

—Date prisa, Rob, te juro que estoy muy asustada. No sé qué le está pasando, pero ya no parece la misma de siempre.

Drake paseaba nervioso por su apartamento. Habían pasado casi dos horas y ella no había regresado. Cansado de esperar, colocó cuatro gruesas velas negras en la mesa del comedor, una en cada punto cardinal, con una foto de Evie en el centro, y comenzó a recitar un conjuro de llamada.

Apenas había pronunciado las primeras sílabas, cuando un aire denso y helado barrió la habitación, apagando todas las velas.

Escudriñó la repentina oscuridad que lo rodeaba, con los sentidos en alerta, y vio cómo una espesa niebla parecía condensarse de la nada a su alrededor, hasta que tres figuras se materializaron frente a él.

Athan y el vampiro rapado estaban allí, pero esta vez venían acompañados de un hombre de cabello largo y desgarbado que ocultaba su rostro tras la capucha de su sudadera negra.

Además de ellos, detectó la presencia de otros tres hombres vigilando desde la oscuridad de la terraza. Una emboscada en toda regla.

—La espera ha terminado, nigromante. Ha llegado la hora de que tú y yo acabemos con esto de una vez —sentenció Athan, dando un paso hacia él.

—Todavía no he encontrado la manera de deshacer el hechizo. Dijiste que me dabas una semana y apenas han pasado unas horas —protestó, con voz calmada, pero poniéndose en guardia.

—Sé lo que es la chica. Sé que ella también es una bruja. ¡Deja de hacerte la idiota!

Drake se quedó en silencio. Toda la falsa diplomacia se borró de su rostro en un instante, dejando paso a un odio visceral en su mirada.

—¿Qué? Te equivocas, ella es una simple humana. A ella déjala al margen. Esto es entre tú y yo, vykrolakas. ¿De verdad pensabas que iba a ayudarte a conseguir la libertad, puto asesino? Mi padre murió por tu culpa, ¿realmente creías que tendría piedad contigo?

Los puños de Athan crujieron. Golpeó la mesa de roble macizo con tanta fuerza que la partió por la mitad, mandando las velas a volar por los aires.

—¡Ya basta de juegos! Deshaz el hechizo y entrégame el amuleto —siseó a centímetros de su cara—. O te iré rompiendo los huesos uno a uno hasta que lo hagas.

Drake soltó una carcajada que retumbó en la habitación. Geo dio un paso al frente, pero Athan lo detuvo con una sola mirada.

—Creo que el único que tiene dos opciones aquí eres tú, chupasangres: o te largas de mi casa, o me cargo a todo tu puto séquito.

Comenzó a recitar unas palabras en griego a toda velocidad, pero Athan fue más rápido.

Se abalanzó sobre él y le asestó un puñetazo en la mandíbula que lo lanzó varios metros hacia atrás antes de que pudiera siquiera terminar el hechizo.

El labio de Drake se partió, pero, simultáneamente, en el labio de Athan se abrió la misma herida sangrante.

—¡Cuidado, ha vuelto a vincularse a mí! —advirtió Athan a los suyos.

Drake rio con el tono desquiciado de un auténtico demente.

Agarró un abrecartas de plata que había caído al suelo desde la mesa y se lo clavó profundamente en su propio muslo.

Athan cayó de rodillas con un rugido de dolor, sujetándose la pierna exactamente en el mismo lugar, mientras Drake disfrutaba de la tortura compartida.

—Sabía que al final acabarías arrodillándote ante mí —se burló—. Estamos unidos, monstruo. Tu vida me pertenece.

Se arrancó el abrecartas de la pierna y clavó los ojos en el vampiro rapado. Odiaba profundamente esa actitud de autosuficiencia con la que siempre lo miraba. Sabía que debía de ser alguien importante para Athan; siempre parecía ir detrás de él, dispuesto a cubrirle las espaldas en todo momento.

—Quiero que mates a ese capullo que tienes a tu izquierda. Te. Lo. Ordeno.

Athan miró a Geo sin mover ni un solo músculo.

—¿Estás sordo? ¡Mátalo, te lo ordeno! —gritó, frustrado al ver que su orden no surtía efecto.

—¡Shiloan! ¡Ahora! —gritó, poniéndose en pie e impulsándose hacia él para agarrarlo por el cuello—.

¿Sabes? No eres el único que ha estado experimentando.

Por fin he encontrado la forma de bloquear tu maldito control mental sobre mí.

Te lo repetiré de nuevo, nigromante: o me das el amuleto, o nos vamos juntos al puto infierno ahora mismo.

Drake miró entonces al hombre del pelo largo que permanecía en la esquina.

El tipo alzó la vista; sus ojos eran totalmente negros.

El eco de las voces de los otros hombres en la terraza llegó a sus oídos.

Estaban recitando algún tipo de hechizo protector sobre Athan.

¡Eran nigromantes renegados aliados con los vampiros!

Viéndose acorralado, soltó una ráfaga de energía cinética que empujó a Athan hacia atrás e intentó lanzarse a por el tal Shiloan.

Pero antes de que pudiera llegar a él, Geo le cortó el paso con un rodillazo en el estómago que lo dobló en dos, seguido de un contundente puñetazo en la mandíbula que lo derribó al instante.

Drake cayó al suelo, escupiendo un hilo de sangre.

Athan, inmune al vínculo gracias a la barrera que el nigromante había creado con su magia, se agachó a su lado.

—Mírate ahora, escoria Andreatos. Aquí mi amigo también sabe algunos trucos. Ya estoy desvinculado de ti, y te aseguro que voy a torturarte hasta que tú mismo me supliques entregarme el colgante.

—Esos renegados no son nada comparados conmigo.

—Sonrió con los dientes manchados de rojo, mirándolo directamente a los ojos.

— ¡Athan, athánate, se epikaloúmai! To sóma sou aníkei se ména, to myaló sou aníkei se ména, to aíma sou aníkei se ména, i psychí sou aníkei se ména!

¡Eísai o sklávos mou kai tha me ypakoús [24] !

Su voz recitando el Hechizo de Posesión Absoluta llenó la sala.

Athan se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose, rugiendo de agonía mientras el hechizo original que ataba su alma al amuleto rompía sus defensas.

Sus colmillos salieron al descubierto mientras luchaba desesperadamente por no caer de rodillas.

—¡Está recitando el hechizo original! ¡No sé cuánto podré aguantar! ¡Retiraos! —bramó Athan.

Geo intentó golpear a Drake para callarlo, pero él levantó un muro de fuerza invisible que lo repelió. Seguía recitando, incansable, forzando la mente de Athan a doblegarse.

—Arrodíllate, Athan Vykros. Te lo ordeno. Arrodíllate ante mí y muéstrales a todos a quién debes tu obediencia.

Athan luchaba contra la orden mental, pero por más que lo intentara, la magia del hechizo original del amuleto lo doblegaba por completo. A pesar de su resistencia, sus rodillas comenzaron a doblarse.

—¡No! —gritó Geo desesperado, corriendo junto a su amigo.

Shiloan también se colocó a su lado y desplegó su magia tratando de darle unos minutos para repeler la orden, pero sabía que su magia no sería suficiente para enfrentarse con un nigromante alimentado con semejante poder.

El amuleto irradiaba una oscuridad tan profunda y corrupta que actuaba como un catalizador letal, devorando el escudo protector de Shiloan con una facilidad aterradora.

De pronto, en medio de todo el caos de la batalla, se escuchó el inconfundible sonido de una llave girando en la cerradura principal.

Drake enmudeció por completo. El pánico lo inundó por primera vez en la noche. Athan, libre momentáneamente de la presión mágica, sonrió con ferocidad y ordenó mentalmente a sus soldados que se llevaran a los brujos aliados y que evacuaran la zona inmediatamente.

—¡Evie, vete de aquí! ¡Huye, por favor! —gritó Drake, usando su magia para intentar bloquear la puerta desde dentro. Si ella entraba, aquellos monstruos la destrozarían. La usarían para vengarse de él.

—Drake, ¿qué está ocurriendo? ¿Por qué no me dejas entrar? —Su voz asustada llegó desde el otro lado.

Aprovechando que Drake había tenido que desviar su magia, Athan le asestó una patada brutal en las costillas y Geo lo remató con un golpe en la nuca que lo dejó de rodillas. No pudo seguir propulsando su magia y la puerta finalmente cedió.