El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—¿Qué te pasa, amor? —preguntó, preocupado de repente por su actitud.

—No… no lo sé, Drake. Necesito salir a tomar un poco el aire. Necesito pasear, sola si es posible, por favor.

—No —susurró, notando la confusión en la mirada de Evie. Su voz sonó extraña y demasiado dominante—. Tú no necesitas eso. Necesitas estar aquí conmigo. Me necesitas a mí. Yo soy todo lo que tú necesitas.

Ella se tambaleó al sentir una presión invisible que tiraba de su voluntad. Sentía su voz intentando penetrar en su mente, amenazando con doblegarla. Pero al mirarlo a los ojos, no encontró su cálida mirada de siempre; vio aquellos pozos de oscuridad absoluta.

—¡No! ¡Apártate de mí! —le gritó, aterrada—. ¡¿Qué coño me estás haciendo, Drake?!

—Nena, tranquilízate, ¿de qué estás hablando? —Dio un paso al frente y la abrazó con fuerza.

Al sentir su contacto, una extraña oleada de falsa calma intentó adormecer sus sentidos, pero el recuerdo de la pelea y la manipulación era demasiado fuerte y ella ya no podía sacarlo de su mente.

—¡Déjame! ¡Necesito salir de aquí, joder! —gritó ella, zafándose de su agarre, bajando las escaleras a trompicones y agarrando su bolso.

—¡Evie, vuelve aquí! —rugió desde arriba.

Abrió la puerta y salió corriendo a la calle sin mirar atrás.

Drake dudó un segundo en el umbral si debía salir tras ella.

Pensó que tal vez la presión de la poción la había desestabilizado temporalmente.

Tenía claro que el amarre era irrompible y que volvería a él arrastrándose.

Tal vez no era buena idea presionarla ahora.

Echó un vistazo a su reloj; si no regresaba en un par de horas, iría a buscarla.

Evie corrió hasta el banco cercano en el que siempre se sentaba, respirando en grandes bocanadas, sintiendo que se asfixiaba, totalmente ajena a la oscura silueta que la vigilaba desde la azotea del edificio de enfrente.

Athan había llegado al lugar desde el que siempre vigilaba justo a tiempo para escucharlo todo. Había escuchado a la chica rechazar al brujo y huir, a pesar de estar bajo los efectos de un hechizo de sangre inquebrantable. Aquello era imposible.

De pronto, Evie se tensó por completo. Miró a su alrededor, como si sintiera su presencia, se levantó de un salto y caminó rápidamente calle arriba, girando la cabeza constantemente.

Athan frunció el ceño. Un humano jamás podría captar la presencia de un vykrolakas oculto en las sombras, y ella no era la primera vez que lo notaba.

Intrigado, comenzó a seguirla por los tejados.

Echó a correr de nuevo, aterrorizada. Cuando llegó a su antiguo portal, abrió con manos temblorosas y subió las escaleras a toda prisa. Al llegar a su puerta, intentó meter la llave, pero le temblaban tanto las manos que era incapaz. Estuvo a punto de gritar cuando la puerta se abrió desde dentro.

—Evie, por Dios, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien? —le preguntó Marian al verla en ese estado. El terror absoluto se reflejaba en su rostro pálido.

Entró corriendo como alma que lleva al diablo, cerró la puerta de un portazo y se lanzó a sus brazos, rompiéndose en mil pedazos.

Soltó de golpe todo el lastre, el pánico y la confusión que había arrastrado desde que huyó de la casa de Drake, y empezó a llorar tan desconsoladamente que Marian acabó llorando con ella allí mismo, sentadas en el suelo del recibidor.

Athan la había seguido hasta allí. No podía creer que la chica hubiese abandonado al nigromante y huido a su propia casa.

Aquello era sumamente extraño. Pero lo que más le desconcertaba era que, durante el trayecto, ella no había dejado de mirar hacia atrás, exactamente hacia donde él se ocultaba.

En cuanto la chica entró en el interior de su apartamento, él subió a la azotea y desde allí trepó hasta la azotea de enfrente.

Necesitaba observar. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo; no podía ser cierto lo que estaba comenzando a sospechar.

—Vamos, Evie, dime algo. ¿Qué te ocurre? ¿Qué te ha hecho ese capullo esta vez? —preguntó Marian entre sollozos mientras la conducía hasta el sofá.

—No… no es nada… Drake no me ha hecho nada, al contrario, se está portando demasiado bien conmigo. Soy yo, Marian. No sé lo que me está pasando, creo que me estoy volviendo loca.

Marian pasó una mano por sus hombros, tratando de reconfortarla. Realmente no sabía qué la había llevado hasta allí en ese estado, pero no pudo evitar alegrarse de tenerla en casa y, sobre todo, lejos de Drake. Cuando por fin logró que dejara de sollozar, se sentó frente a ella.

—Anda, tranquilízate, cuéntame qué ha pasado y entre las dos veremos cómo solucionarlo, como siempre —dijo Marian, apretando sus manos temblorosas.

—No lo sé, Marian, no sé qué demonios me pasa. Cuando estoy con él parece que estoy bien, pero a veces, de repente, tengo la sensación abrumadora de que no quiero estar allí, de que no quiero estar con él en realidad… Y luego, para colmo, están las pesadillas.

—¿Pesadillas?

—Sí. Llevo días teniendo unos sueños horribles, una pesadilla que se repite una y otra vez.

Veo gente morir, Marian, delante de mí. Un montón de gente muriendo.

Tengo sus gritos desgarradores clavados en la mente.

Y hay alguien allí… una especie de sombra, un monstruo…

un ser sanguinario que va dejando cuerpos sin vida a su paso.

Yo estoy escondida en un callejón, rezando para que esa sombra no me encuentre.

Yo solo soy una cría en el sueño, una niña asustada, pero puedo sentir su dolor, el terror de todas esas personas…

—Joder, Evie, que horror… eso no es una pesadilla normal, es espantoso. Normal que tengas esa cara de no haber pegado ojo.

—Es horrible. Y lo peor es que no sé a qué viene todo esto, no tiene sentido.

—¿Crees que puede ser un recuerdo o algo así, de cuando eras pequeña?

—No, es imposible, Marian. A pesar de la muerte de mis padres, Robert se encargó de que tuviera una infancia muy feliz, es imposible que yo presenciara algo así. No puede ser un recuerdo, no encaja con nada. Por más que le doy vueltas no logro encontrar una explicación lógica a todo esto.

—Igual es tu mente que intenta advertirte de alguna manera de que te alejes de ese trastornado de una vez.

—Vamos, Marian, no empieces otra vez. Le quiero. Amo a Drake y no voy a dejarle —respondió, aunque su voz sonó muchísimo menos convencida de lo que habría deseado.

—Vale, está bien. Yo solo quiero que estés bien, que seas feliz. Y si ahora estás así, por algo será. Las señales están ahí, pero tú te niegas a verlas.

Evie se quedó en silencio. De pronto, un escalofrío le recorrió la nuca.

—Dios, Marian, ¿has visto eso? Creo que hay alguien ahí fuera… —susurró, levantándose lentamente y caminando hacia el ventanal.

Miró hacia el edificio de enfrente. Sabía que había alguien allí, lo sentía en cada poro de su piel; casi podía distinguir su sombra en lo alto de la azotea. De pronto, vio que algo se movía allí arriba y estuvo a punto de lanzar un grito.

—¿Lo ves? ¡Allí!

—Evie, allí no hay nadie. ¿Quién va a estar a estas horas en un tejado a oscuras? Me estás asustando de verdad, joder.

—Dios, me estoy volviendo loca. Te lo juro. Ayúdame… —sollozó, retrocediendo hasta caer de rodillas al suelo, derrotada.

Athan permanecía oculto, observándola. No entendía qué le pasaba a la chica para estar así, cuando se suponía que debía estar feliz en los brazos de su brujo en lugar de estar allí, llorando amargamente en los brazos de su amiga.

Pero entonces ocurrió lo imposible. Evie lanzó una mirada furtiva hacia el ventanal, clavando los ojos justo en el sitio donde él se escondía.

Athan frunció el ceño. Se movió hacia un lado, y la cabeza de la chica giró.

Se movió hacia el otro, y los ojos de ella volvieron a seguirlo en medio de la oscuridad.

Aquello no podía ser cierto.

—Sabía que te encontraría aquí otra vez. ¿Vas a seguir negándome que te interesa la chica? —dijo Geo, apareciendo a su espalda.

—No es lo que tú crees, Geo. Esto es algo mucho peor.

—No insultes mi inteligencia, hermano. Sé que tu interés por ella va más allá de su relación con el nigromante. Te conozco demasiado bien.

—He estado ciego, Geo. He sido un imbécil por no haberme dado cuenta antes. ¡Cállate y observa! —respondió señalando hacia la ventana.

Geo miró entonces atentamente hacia donde le estaba señalando. Se quedó atónito al ver a la mujer del nigromante levantarse del sofá, acercarse al cristal y mirar directamente hacia ellos de nuevo, incluso señalándolos con un dedo tembloroso.

—¿Pero qué coño…? —susurró Geo, atónito—. Esto es imposible. ¿Sabe que estamos aquí?

—Es una bruja, Geo. Puede sentirnos, por eso sabe que estamos aquí, gamoto .

El maldito nigromante me la ha jugado todo este tiempo.

¡La chica es una bruja! Me he centrado tanto en vigilarle a él que no he visto lo que tenía delante de mis propios ojos.

La clave de todo es ella. Ese bastardo nunca pensó en liberarme; la quería para engendrar un nuevo heredero con magia pura.

¡Otro maldito heredero para controlar el amuleto!

—¿Qué vamos a hacer ahora, hermano? Tienes que matarla antes de que ese hijo de puta logre su objetivo, si es que no lo ha hecho ya.

—¡No! Ella se queda al margen —gruñó, dejando al descubierto sus colmillos—. Avisa a Shiloan. Ha llegado la hora. No esperaremos más.

Evie caminaba de un lado a otro, histérica.

—¡Te digo que hay alguien, Marian! Lo sé, lo siento aquí —exclamó Evie, apretándose el pecho con una mano temblorosa—. ¡Tienes que creerme!

—Evie, tranquilízate, ahí no hay nadie. Por favor, me estás asustando. Vamos, ven, siéntate.