El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Drake no dejaba de mirar hacia el interior de su piso, rezando para que Evie continuara en la ducha. Si se le ocurría aparecer en ese instante, no habría mentira en el mundo capaz de explicar qué hacían aquellos dos depredadores plantados en medio de su terraza.

—Sí, tranquilo. Ya te dije que cumpliría con mi parte.

Te dejé claro que no tenemos por qué ser enemigos, no era necesario que metieras a un perro guardián en mi casa —respondió.

Apretó la mandíbula y clavó la vista en la enorme mole de pelo rapado que lo miraba fijamente.

Una chispa de magia oscura comenzó a latirle en la yema de los dedos, acudiendo instintivamente en su defensa antes siquiera de invocarla.

—¿Cuándo vas a lograr deshacer el maldito hechizo? —le interrumpió Athan, dando un paso amenazante.

—Tranquilo, estoy trabajando en ello. No es tan fácil, pero no te preocupes, lo lograré.

—Eso espero, nigromante. —Se acercó hasta quedar a escasos centímetros de su cara—. Será mejor que no te olvides de cumplir con tu promesa, o ella pagará las consecuencias — advirtió, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el interior de la casa.

Drake apretó los dientes, sintiendo cómo su ego se revolvía ante la amenaza.

—No. Me. Amenaces —siseó, alzando la barbilla, tratando de llegar a su altura—. No querrás que tu preciado perro guardián vea a quién tienes que obedecer ahora si te obligo a marcharte, ¿verdad?

Un gruñido sordo y animal vibró en el pecho de Geo. El enorme guerrero dio un paso al frente con la clara intención de arrancarle la sonrisa dibujada en el rostro, pero Athan levantó una mano al instante, deteniéndolo en seco sin apartar su mirada de Drake.

—No tientes a tu suerte, brujo —gruñó Athan.

Drake abrió la boca para replicar, pero no logró articular palabra. Ambos vampiros se volatilizaron en el aire, fundiéndose con las sombras justo un segundo antes de que la puerta de cristal se abriera a su espalda.

—¿Con quién hablabas? —preguntó Evie, apareciendo envuelta en una toalla.

Se sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer el vaso de cristal.

—¿Qué? Con nadie, amor. Estaba pensando en voz alta, nada más. ¿Qué te parece si pedimos comida japonesa para cenar? —respondió, tratando de llevarla hacia el interior sin levantar sospechas.

—Genial, me muero de hambre —respondió ella con una sonrisa de satisfacción.

Tras la ducha, se sentía totalmente recuperada; la angustia había desaparecido y su mente volvía a sumirse en esa extraña y apacible niebla que parecía envolverla siempre que estaba a su lado.

A pesar de todo, aquella noche volvió a tener la misma pesadilla.

Se encontró sumida en aquella oscuridad, sola en medio de la calle, escondida mientras la figura de aquel monstruo masacraba a todos a su paso.

Sangre, gritos, dolor. Pero lo más aterrador de todo era el rugido inhumano que profería aquella criatura mientras iba dejando cuerpos desangrándose en el asfalto.

Asomó la cabeza apenas lo suficiente para ver la silueta de aquella sombra oscura girando el rostro de un lado a otro, como si estuviese buscando a alguien.

Completamente aterrada, retrocedió a trompicones hasta chocar contra la pared del callejón y se dejó resbalar hasta el suelo, abrazándose las rodillas para hacerse lo más pequeña posible, rezando para que aquel monstruo no la encontrara.

Al bajar la mirada para esconder el rostro entre sus rodillas, sus ojos tropezaron con un charco de agua estancada a escasos centímetros de ella.

El reflejo que le devolvió el agua era el de una niña pequeña, con el pelo castaño rojizo recogido en una coleta despeinada y unos ojos bicolores anegados en lágrimas.

Pero, de pronto, su mirada cambió por completo. Sus iris se volvieron de un negro absoluto. Notó cómo una energía salvaje azotaba su cuerpo por dentro, como si le hirviera la sangre en las venas.

Se despertó sobresaltada, empapada en sudor frío, y corrió hacia el baño casi por instinto. Se apoyó en el lavabo y se miró fijamente al espejo. Pero no había nada extraño. Sus ojos eran los de siempre, ni un atisbo de oscuridad en ellos.

Se dio cuenta de que se había acostado con la lentilla, en su afán por ocultarle su secreto a Drake. La obsesión de su tío por esconder su heterocromía le había calado tan profundo que más de una vez había acabado durmiendo con la maldita cosa puesta.

Se la arrancó con rabia y volvió a mirar sus ojos al espejo, pero nada, todo seguía normal.

Aquella pesadilla no había sido más que eso, un estúpido sueño, ella no podía ser esa niña.

La mirada aterrada de esa niña reflejada en aquel charco no podía ser la suya, su cerebro debía estar gastándole algún tipo de broma macabra.

Trató de convencerse a sí misma de que aquel sueño no era más que el producto de su imaginación procesando el estrés.

Volvió a la cama, donde Drake descansaba ajeno a todo, e intentó conciliar el sueño nuevamente.

Sin embargo, otra imagen ocupó su mente nada más poner su cabeza en la almohada: su apuesto salvador del pañuelo.

Sus labios, su olor, su sabor a menta y chocolate.

Se quedó dormida recordando aquellos ojos azules clavados en ella y la forma en que la había besado.

Aquella pasión, aquel fuego que la consumía por dentro, y unas mariposas en el estómago que, en el fondo, sabía que jamás encontraría en los brazos del hombre que dormía plácidamente a su lado.

En mitad de la madrugada, Drake abrió los ojos de golpe. Incluso en sueños el vello de la nuca se le erizó ante la inconfundible y asfixiante sensación de estar siendo observado.

Encendió la lámpara de la mesita con mano temblorosa, y una suave luz amarillenta reveló la figura de Athan de pie junto a la cama, exactamente en el lado de Evie.

Se quedó paralizado. El vampiro ni siquiera se inmutó con la luz; tenía sus brillantes ojos clavados en él, completamente impasible, sin hacer el más mínimo amago de alejarse del lado de Evie.

—Joder. ¿Qué haces aquí otra vez? —susurró con la voz estrangulada, incorporándose a medias e interponiéndose de forma instintiva entre Athan y ella—. Lárgate de mi puta casa de una vez.

—Qué, ¿acaso crees que necesito una invitación para entrar o algo así? —respondió con tono de burla. Su voz no era más que un susurro amenazante en la habitación—. De verdad que los humanos tenéis vuestras estúpidas ideas sobre mi especie demasiado arraigadas. ¿Qué hay de lo que me prometiste?

—Ya te dije que estoy en ello. Estoy cerca, en serio —siseó—. Ahora vete de aquí. Yo te llamaré en cuanto lo logre.

Athan ignoró completamente su petición. En su lugar, bajó la mirada hacia Evie, que dormía profundamente, ajena al peligro. Se inclinó despacio sobre ella, invadiendo totalmente su espacio personal hasta que su rostro quedó a escasos centímetros de ella.

—Tienes una mujer muy hermosa… —murmuró, con una suavidad deliberada en su voz, que le revolvió el estómago—. Sería una verdadera lástima que la perdieras, otra vez.

Drake apretó la mandíbula, incapaz de mover un músculo por miedo a que ella se despertara y viera a un extraño en su habitación.

—Mi paciencia se ha agotado. Te doy una semana, nigromante… —añadió, enderezándose sin apartar sus fríos ojos de él.

Evie soltó un pequeño gemido entre sueños y se removió bajo las sábanas. Drake contuvo el aliento, pero cuando volvió a mirar al frente, Athan ya se había desvanecido en el aire.

—¿Qué pasa…? —murmuró ella con voz adormilada, frotándose los ojos mientras se incorporaba despacio.

—No pasa nada, nena. Tenía sed y me he levantado a por un vaso de agua, siento haberte despertado. Anda, vamos a dormir —respondió, tratando de inventar una excusa lo más rápido posible.

Apagó la luz y la apretó contra su pecho, mientras le daba un beso en la nuca.

De pronto, sintió un aliento frío contra su oreja que lo dejó paralizado.

—Una semana, nigromante. Una semana o vendré a por ella —susurró una voz de ultratumba en la oscuridad.

Se levantó de un salto y encendió la luz.

—Cariño, ¿pero qué pasa? ¿Te ocurre algo? —preguntó alarmada.

—No pasa nada, amor. Es solo que me ha parecido escuchar algo. Duérmete.

Apagó la luz de nuevo, dejando que una sonrisa siniestra se dibujara en su rostro. Tenía sus planes demasiado claros como para dejarse amedrentar por la amenaza vacía de un simple esclavo.

Evie se despertó muy extraña aquella mañana. Sentía un cosquilleo eléctrico por todo el cuerpo. Cuando él fue a darle el beso de buenos días, se apartó casi por instinto. Aquella sensación la acompañó durante todo el día en la universidad: notaba una corriente de energía estática bajo su piel.

En cuanto regresaron a casa, se encerró otra vez en el baño, que parecía haberse convertido en su único santuario en aquella casa.

Se quitó la lentilla frente al espejo y aquel destello negro corrompió su mirada durante una milésima de segundo.

Se sentía mareada, aturdida, e inexplicablemente bloqueada, como si su mente se negara a funcionar.

Se metió bajo la ducha y giró el grifo del agua fría para tratar de despejarse.

Pero en cuanto el chorro helado tocó su piel, la densa y apacible niebla que nublaba su mente pareció disiparse de golpe, como si acabara de despertar de un sueño muy profundo.

Un aluvión de imágenes se agolpó en su cabeza como fogonazos: Drake sujetándola por los brazos con aquellos horribles ojos negros.

Drake golpeando a Michaël de forma salvaje.

Drake susurrando un hechizo de aquella forma tan enfermiza en el hospital cuando le pedía que no le dejara.

Salió de la ducha confusa, sollozando. ¿Acaso el Drake dulce y cariñoso que ella creía amar era una mentira?

Se vistió rápidamente, desesperada por huir.

Salió al pasillo, pero él se cruzó en su camino.

Intentó abrazarla, pero ella lo empujó para apartarlo, todavía confusa y asustada por lo que estaba sintiendo.