El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 15 #4
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CAPÍTULO 15 #4

Cuando acabaron las clases, Drake la llevó al apartamento para recoger sus cosas.

Por suerte para ella, Marian no estaba. Apenas tardó diez minutos en meter algo de ropa en una bolsa.

Bajó corriendo a reunirse con él, que la esperaba apoyado en su coche, todavía temiendo que fuera a arrepentirse en el último momento.

Él le propuso ir a casa de su abuela y pasaron el resto de la tarde en la mansión Andreatos.

Helena no paró ni un momento de agasajarlos.

Cada comentario sobre la buena pareja que hacían, cada celebración por haber vuelto juntos, o cada plan de futuro sobre bodas y bisnietos era una punzada más en la mente de Evie.

Se sentía totalmente asfixiada. El dolor de cabeza se volvió tan intenso, tan insoportable que casi no podía mantener los ojos abiertos.

Cuando no pudo resistirlo más, le suplicó a Drake que la llevara a casa.

Durante el camino de vuelta, el silencio en el coche era sepulcral.

Él la observaba de reojo, consumido por una inquietud que iba en aumento.

Notaba que ella seguía sin entregarse del todo.

El hechizo de sangre debería haber sido absoluto, y, sin embargo, sentía que ella lo rechazaba a un nivel subconsciente, del mismo modo que aquel día en el hospital.

Apretó los dientes, frustrado: aquello era imposible.

Nadie podía resistirse a un hechizo tan potente, y menos aún a uno alimentado por la sangre de un vykrolakas .

En cuanto llegaron al piso, Evie subió corriendo y se encerró en el baño, alegando que necesitaba una ducha urgente.

Pero lo que en realidad necesitaba, lo que anhelaba en esos momentos con todo su ser, era huir de él.

Se sentía abrumada, confundida y ahogada por sus atenciones.

Apoyó las manos en el lavabo, jadeando. El dolor de cabeza era tan intenso que temía terminar en urgencias antes de que acabara la noche.

Al levantar la vista para mirarse en el espejo, se quedó paralizada.

Un destello oscuro le cruzó la mirada. Con el pulso tembloroso, se quitó la lentilla de color verde que usaba para ocultar su heterocromía.

Se acercó al cristal, observando su ojo verde y, en el otro lado, su ojo azul.

Frente a su propio reflejo, lo vio aparecer de nuevo… la oscuridad.

Todo su iris y la esclerótica se tiñeron de un negro denso y absoluto, como una noche sin estrellas, durante una milésima de segundo. El pánico le cortó la respiración. Retrocedió un paso, aterrorizada, pero apenas tuvo tiempo de procesarlo.

Un latigazo de dolor repentino azotó su estómago.

Una arcada salvaje le subió por la garganta, haciéndola doblarse en dos.

Apenas tuvo tiempo de llegar frente al inodoro antes de caer de rodillas y vomitar la cena de forma violenta.

Cuando creyó que su estómago ya no podía dar más de sí, una última y dolorosa contracción la obligó a expulsar un líquido oscuro y espeso que le dejó un horrible sabor a óxido en la boca.

Temblando, se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda contra la pared, buscando que el frío de los azulejos la reconfortara.

Se sentía enferma, aturdida y, sobre todo, asustada.

¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso su propia imaginación le estaba jugando una mala pasada?

Trató de convencerse de que el estrés le estaba provocando alucinaciones; que se estaba volviendo loca, porque era imposible que hubiera visto sus ojos teñirse de negro frente al espejo.

Se levantó a duras penas y se miró en el espejo de nuevo, pero sus ojos volvían a ser normales.

Al bajar la vista hacia el inodoro, se quedó helada al ver una sustancia negra y viscosa que manchaba la porcelana.

El estómago le dio un vuelco, pero se obligó a respirar hondo.

Debió ser el vino de la cena , pensó, aferrándose a esa explicación para mantener su cordura. Algo me ha sentado mal, eso es todo.

Se metió bajo la ducha, rogando que el agua hirviendo arrastrara por el desagüe aquella sensación de suciedad y confusión.

Pero cuando salió, con el corazón martilleándole en el pecho, volvió a mirar al inodoro.

Para su sorpresa, estaba limpio. Completamente impecable, como si nunca hubiera pasado nada.

Se quedó allí, de pie, con la toalla empapada, preguntándose si el estrés la estaba obligando a ver cosas que no existían o si, efectivamente, se estaba volviendo loca.

Al escuchar correr el agua, Drake bajó al salón y se sirvió una copa.

Salió a la terraza buscando un segundo de paz.

Pero, apenas puso un pie fuera, dos figuras emergieron de las sombras, bloqueándole el paso.

Se tensó al instante y sus dedos se cerraron con fuerza sobre el cristal del vaso, amenazando con hacerlo añicos.

—¿Qué demonios estáis haciendo aquí? —exigió, fulminando a los intrusos con la mirada.

—Como habrás podido comprobar, yo ya he cumplido mi parte del trato. ¿Qué hay de la tuya, nigromante? —siseó Athan, con los ojos brillando en la oscuridad, mientras Geo permanecía a apenas unos pasos, cubriéndole la espalda.