El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

No pudo evitar acercarse más a ella. Era tan hermosa.

Parecía tan indefensa y frágil allí tumbada; tan diferente a la mujer fuerte, descarada y sexy que le había dado aquel beso abrasador la noche anterior.

Solo de recordar el contacto de su boca, su cuerpo entero se tensó.

En ese instante, la brisa apartó un mechón de pelo del cuello de Evie, dejando a la vista las marcas oscuras y amoratadas que salpicaban su clavícula.

Athan observó aquellos chupetones crueles, un sello explícito de propiedad que el nigromante había dejado sobre ella.

Él no debía sentir más que repulsión por esa mujer; la misma repulsión que le revolvía el estómago al ver las marcas del brujo reclamándola.

Pero, para su propia consternación, no era rechazo lo que sentía, sino una rabia densa, oscura, y unas ganas irrefrenables de cubrir esas marcas con las suyas propias, de tapar esos horribles moretones con la marca de sus colmillos para borrar cualquier rastro de ese sucio nigromante de su cuerpo y reclamarla como suya.

Sacudió la cabeza, apretando los puños al sentir que un gruñido amenazaba con rasgarle la garganta.

Obligándose a apartar la vista de su cuello, retrocedió un paso hacia las sombras.

Desapareció en la noche con la misma rapidez con la que había llegado. Ya le exigiría a ese maldito brujo que cumpliera su palabra; ahora necesitaba alejarse lo máximo posible de esa chiquilla loca que amenazaba con quebrar su cordura.

El trayecto hasta la universidad se hizo eterno para Evie esa mañana.

Mientras el motor del coche aún terminaba de apagarse, un nudo se le instaló en la boca del estómago: sabía que su amiga no iba a dejar pasar lo de la noche anterior.

Y, en cuanto puso un pie en el asfalto, supo que sus sospechas se confirmaban al ver a Marian y David caminando directamente hacia ellos.

En cuanto Drake se dio cuenta de que Marian iba directa hacia su amiga, sujetó a Evie por la cintura y la acorraló contra la puerta del copiloto, besándola con una posesividad deliberada a la vista de todos. Quería dejar un mensaje claro: seguían juntos, le pesara a quien le pesara.

Marian llegó hasta ellos a grandes zancadas, mientras David intentaba tirar de su brazo para detenerla.

—Joder, para estar así, mejor os vais a un puto hotel —dijo con tono cortante.

—Ah, hola, Marian —respondió Evie, sonrojada, mientras Drake le sostenía la mirada con una sonrisa de suficiencia—. No te había visto.

—¿Me puedes explicar qué coño está pasando aquí?

—Ya te lo dije ayer por teléfono. Drake y yo hemos vuelto, y esta vez no vamos a separarnos por nada.

—¿Acaso ya te has olvidado de la paliza que le dio a Michaël? ¿De que se portó como un capullo contigo? ¡Incluso me lloraste diciendo que te daba miedo! Evie, este tío no te merece, despierta de una maldita vez —le rogó Marian, clavando su mirada cargada de odio directamente en él.

—Mira, Marian, te has convertido en una gran amiga y te aprecio, pero Evie ya es mayorcita y sabe lo que hace —intervino Drake, dando un paso amenazante—.

Además, fue Michaël quien provocó la pelea, pero todos decidisteis poneros de su parte y no escuchar mi versión.

Así que será mejor que te metas en tus propios asuntos, porque ya me estás tocando los cojones.

Marian apenas podía creer que se encarara con ella de aquella manera y que su mejor amiga no fuera siquiera capaz de abrir la boca para defenderla.

—Eh, colega, ¿pero de qué vas? A mi novia no le hables así, ¿vale? ¿Qué mierda te pasa? Será mejor que bajes el tono —saltó David, interponiéndose entre Drake y Marian.

Drake ni siquiera pestañeó; lo miró fijamente, manteniendo su mirada fría y cortante.

—No le hablaría así si no insistiera en meterse en mi puta relación todo el tiempo.

—No puedo creer que hayas cambiado tanto, tío —le respondió David, mirándole con profunda decepción—. Venga, Marian, vámonos. Está claro que no pintamos nada aquí.

—Evie, por favor… —suplicó ella una última vez.

—Drake tiene razón, Marian. Déjanos en paz. No voy a dejar que nadie me manipule y me ponga en contra de Drake, ni siquiera tú —respondió, sin atreverse a levantar la vista del asfalto.

—¿En serio? El único que te está manipulando es este psicópata. Allá tú, Evie. Pero después no me vengas llorando, porque no voy a estar ahí para recoger tus pedazos esta vez —sentenció dándose media vuelta y alejándose del brazo de David.

Evie no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas al ver a su amiga marcharse tan enfadada.

Nunca habían tenido una discusión así; eran más que amigas, eran hermanas.

Hizo ademán de ir tras ella, pero otra punzada de dolor le atravesó el cráneo como un puñal y se sujetó la cabeza pensando que iba a desmayarse de nuevo.

—Nena, no te preocupes, no la necesitas.

No necesitas a nadie, me tienes a mí, ¿vale?

—le susurró Drake, secándole una lágrima con el pulgar—.

Tarde o temprano se dará cuenta de que está equivocada.

¿Qué te parece si te vienes a vivir conmigo unos días?

Así estarás más tranquila y le darás tiempo para que se le pase la rabieta.

Ya no sabía qué hacer, estaba profundamente confundida, como si su propia mente le estuviera jugando una mala pasada; sentía un dolor atroz, como si su cabeza se fuera a partir en dos en cualquier momento, y solo pudo asentir casi sin pensarlo.