CAPÍTULO 15 #2
El olor a comida la despertó a media tarde. Ya no se sentía tan aturdida, pero apenas lograba recordar las veces que habían hecho el amor aquella mañana, ni las horas que había estado durmiendo.
Se levantó de la cama con movimientos lentos y descoordinados, rebuscó en el armario con torpeza e, incapaz de encontrar su propia ropa, optó por ponerse una camiseta de tirantes y unos bóxers de Drake.
Bajó las escaleras pensando que tal vez, con suerte, él habría salido y tendría algo de tiempo para estar sola y pensar en todo lo que estaba pasando, pero lo encontró atareado en la cocina.
Aquella imagen de él allí plantado, con su imponente tatuaje al descubierto mientras cocinaba para ella, le pareció la más perfecta del mundo; se fustigó mentalmente por haber sido capaz de pasar semanas separada de él.
—Amor, al fin te has despertado. Ya me tenías preocupado, has dormido diez horas seguidas. Ven, siéntate, te he hecho las crepes que tanto te gustan para que recuperes fuerzas.
Caminó hacia él en silencio, atraída por una fuerza magnética invisible que la arrastraba hacia sus brazos. Necesitaba estar con él, tocarlo, sentirlo cerca.
—¿Te encuentras bien, nena? —le preguntó preocupado, al ver su mirada fija en él de esa manera.
Evie se acercó y lo besó de una forma tan apasionada que lo dejó sin aliento.
—Mejor que bien. Te quiero, más que a nada.
Él sonrió, victorioso. No podía creer escuchar aquellas palabras de sus labios de nuevo. Al fin era suya en cuerpo y alma; ya nadie podría arrebatársela.
Comieron juntos entre besos y caricias. Evie se sentía la protagonista de su propio cuento de hadas; nunca había soñado con tener un amor tan perfecto. Ya no había lugar para dudas ni temores, estaba totalmente enamorada.
El agudo sonido de su teléfono la sacó de golpe de su ensoñación.
Le dedicó una sonrisa de disculpa antes de subir corriendo a su cuarto, donde lo había dejado cargando.
Al coger el móvil, el estómago le dio un pequeño vuelco al ver que el nombre de Marian no dejaba de parpadear en la pantalla.
Dudó un segundo, sin saber cómo iba a explicarle aquello a su amiga, pero sabía que, si no contestaba, ella se presentaría allí antes incluso de que el último tono dejase de sonar.
—Hola, Marian…
—Evie, he leído tu nota. Dime que no has hecho ninguna locura —la voz de Marian sonaba casi histérica—. Por Dios, ¿dónde coño estás? ¡Dime que no estás con él! ¡Dime que no estás con Drake!
Un dolor agudo le estalló en el cráneo, como si le atravesaran los dos hemisferios con una aguja de lado a lado.
Sintió que la habitación giraba a su alrededor y se dejó caer pesadamente sobre la cama.
Ni siquiera recordaba haber salido de casa en mitad de la noche y mucho menos haber escrito una nota para Marian.
—Si no me contestas voy a ir a su casa a sacarte de allí a rastras. ¡¿Evie, me oyes?! ¡No te muevas, joder, voy para allá!
—Sí, estoy con él. Pero tranquila, estoy bien —logró articular al fin, luchando contra la punzada de dolor en su cabeza—.
Mañana nos vemos en la uni y hablamos, no me esperes a dormir esta noche.
Lo siento, pero me he dado cuenta de que cometí un error rompiendo con él.
Realmente fue todo culpa de Michaël. Le quiero, Marian. Por favor, entiéndelo.
—¡¿Pero a ti qué coño te pasa?! ¿Se te ha ido la olla o qué? ¡Anoche estabas más que dispuesta a olvidarlo! ¡Me dijiste que lo odiabas por lo que hizo! ¡Besaste a otro tío en la puta discoteca, joder! Y hoy, de repente, ¿vuelves con ese psicópata manipulador como si nada?
Evie recordó entonces aquel beso. Su apuesto salvador de ojos azules. Su sabor fresco y dulce, a menta y chocolate. De nuevo, otro pinchazo de dolor le atravesó la sien y un latigazo de pura angustia le revolvió el estómago, haciendo que un regusto ácido le subiera por la garganta.
En ese instante, Drake entró en la habitación. En cuanto sus ojos se posaron en él de nuevo, recuperó la compostura casi de inmediato. Aquel beso de anoche no había significado nada; los de Drake eran los únicos que debían importarle.
—Marian, escúchame. Ya soy mayorcita para que me estés dando sermones. Es mi vida y hago con ella lo que me da la gana. Estoy con Drake y esta vez no pienso separarme de él, así que será mejor que lo vayas aceptando, tú y todos los demás.
Al escucharla decir aquellas palabras, se acercó a ella con una sonrisa que habría asustado al mismísimo diablo, pero que a ella le pareció la sonrisa más sexy y arrebatadora del mundo.
Le arrebató el teléfono de entre las manos y cortó la llamada, lanzándolo sobre la mesita.
Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la tumbó sobre la cama, arrancándole los bóxers y la camiseta sin decir siquiera una sola palabra.
La poseyó de nuevo de forma salvaje y brutalmente apasionada, dando rienda suelta a sus más bajos instintos: besando, acariciando y explorando límites a los que ella siempre se había negado, pero a los que ahora se entregaba sin ningún tipo de restricción.
Nunca la había tenido de ese modo, tan entregada, tan rendida ante él, y aquello le excitaba de tal forma que lo volvía loco.
Tras hacerle el amor de aquella manera tan desmedida, él se quedó dormido casi al instante; pero Evie se sentía extraña, intranquila.
Sabiendo que sería incapaz de dormir, se vistió de nuevo y salió a la terraza en busca de un poco de aire fresco.
Ya había anochecido. Se sentó en una tumbona pensando en lo que acababa de ocurrir.
No entendía por qué se sentía tan extraña; acababa de hacer el amor con Drake, pero lejos de sentirse bien, notaba como si hubiese hecho algo malo.
De nuevo, aquel dolor le atravesó la cabeza, una punzada horrible.
Se tumbó, masajeándose las sienes tratando de aplacar el malestar.
No podía dejar de pensar en que, si acababa de hacer el amor con el hombre al que amaba, ¿por qué se sentía de aquella manera?
No le gustó la forma en la que él se había comportado; nunca había sido tan posesivo ni tan agresivo, pero aquella noche la había tomado de una forma salvaje que la hizo sentirse extraña, como si deseara marcar territorio en cada rincón de su piel.
Se pasó los dedos temblorosos por la base del cuello y la clavícula, rozando los oscuros chupetones que él le había dejado; marcas amoratadas que le parecían más un sello de propiedad que una muestra de amor, y sin apenas darse cuenta comenzó a sollozar.
—¿Qué me está pasando, Dios…? —susurró mirando a las estrellas.
De pronto, sus ojos se desviaron hacia el interior.
Desde la terraza se veía perfectamente el despacho de Drake, iluminado por una luz tenue.
Había un montón de libros viejos sobre la mesa y sintió curiosidad, ya que no parecían libros de la universidad.
Entró sigilosamente y se acercó a echar un vistazo.
Parecían diarios antiguos, con tapas de cuero envejecido y nombres grabados en todos ellos.
Reconoció los nombres de los antepasados de Drake que había visto en los cuadros de su mansión, pero hubo uno que llamó su atención por encima de los demás.
Era el más nuevo de todos ellos y llevaba grabado en letras doradas: Alexander Andreatos .
Supuso que habría pertenecido al padre de Drake y, vencida por la curiosidad, salió de nuevo a la terraza y se dispuso a hojearlo bajo la luz de la luna.
Pasó las hojas una a una tratando de entender algo, pero estaban escritas en lo que parecía griego antiguo.
Sin embargo, una página llamó su atención sobre las demás: contenía un dibujo a pluma del amuleto que Drake llevaba siempre colgado al cuello y, junto a él, una especie de poema que comenzaba con un nombre en mayúsculas: ATHAN.
Aquel nombre le provocó un escalofrío que le recorrió la columna.
Por un instante dudó de si se trataría de un poema o, en realidad, viniendo de quien venía, sería una especie de hechizo.
El idioma le resultaba increíblemente difícil, pero gracias a las clases de griego que había cursado en el instituto cuando se decidió por estudiar letras, logró rescatar del olvido algunas raíces.
Repasando los caracteres bajo la luz de la luna, consiguió descifrar apenas unas palabras sueltas: alma , cuerpo , inmortal …
Fascinada por la oscura belleza del texto, repitió las líneas en su cabeza, tratando de unir los puntos, devorada por la curiosidad de descubrir su significado completo.
Después de pasar un buen rato releyendo y tratando de descifrar aquellas palabras, fue a dejar el libro exactamente en su sitio; no quería que él la encontrara husmeando en sus cosas y se enfadara como aquel día en el que la sorprendió con su amuleto.
Lo colocó con cuidado de no hacer ruido y volvió a salir a la terraza, aovillándose en la hamaca.
Las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos por más que tratara de evitarlas; una enorme sensación de vacío se había adueñado de su pecho después de hacer el amor con Drake y no lograba deshacerse de ella.
Lloró acurrucada allí fuera hasta quedarse sin fuerzas, dejando que el agotamiento físico y mental la arrastrara a un profundo sueño.
Ajenas a ella, las sombras de la noche se condensaron en el borde de la azotea. En apenas unos segundos, Athan se materializó a su lado.
Él se quedó allí, observándola dormir durante un buen rato, confundido.
Había subido hasta allí con la intención de reclamarle al nigromante su parte del trato, pero lo que menos esperaba era encontrársela allí fuera, sola y llorando en sueños.
Agudizó el oído y escuchó los latidos acompasados del chico durmiendo en el interior.
¿Acaso el hechizo de sangre no ha surtido efecto?, se preguntó.