CAPÍTULO 15
Miró a su alrededor, pero apenas pudo vislumbrar nada en medio de aquella oscuridad.
Solo escuchaba gritos de dolor y pánico puro; algunos se ahogaban en un gorgoteo húmedo mientras se producían, otros trataban de alertar a alguien suplicándole que huyera.
Mujeres, hombres y niños corrían desesperados por todas partes mientras ella permanecía encogida en una esquina oscura.
Asomó la cabeza durante un segundo y se quedó totalmente paralizada.
La escena más macabra que había visto en su vida se abrió paso ante sus ojos.
Había sangre por todas partes. Cadáveres tirados en el suelo adoquinado con las gargantas brutalmente desgarradas, de las que manaba sangre a borbotones.
Una niebla densa lo cubría todo y una figura negra, imponente y letal, aparecía y desaparecía continuamente entre las víctimas, rugiendo de una forma animal que le encogió el corazón.
Se escondió de nuevo entre las sombras, tapándose la boca con ambas manos, luchando para no gritar.
—¡Mátalos… mátalos a todos y regresa! —ordenó de repente la voz de un hombre a apenas unos pasos de su escondite.
El pánico le cerró la garganta. Apretó las manos contra su boca hasta hacerse daño, sintiendo el corazón martilleándole contra las costillas con tanta violencia que temió que el eco la delatara.
Los pulmones le ardían exigiendo aire, pero se obligó a contener la respiración, tragándose sus propios sollozos mientras sentía la presencia de aquel hombre acechando a escasos centímetros de su escondite.
Evie despertó de golpe con un grito de terror atascado en la garganta.
Se incorporó en la cama, bañada en sudor frío.
¿Dónde estaba? ¿Qué había ocurrido? El corazón le latía desbocado y todavía creía escuchar aquellos gritos desesperados resonando en su cabeza.
El miedo que la había paralizado en aquel sueño seguía aferrado a sus huesos.
Miró a su alrededor, parpadeando para enfocar la vista, y reconoció enseguida aquella habitación; sin embargo, no recordaba cómo ni cuándo había llegado allí.
—¿Qué ocurre, amor? ¿Estás bien? Te he escuchado gritar. —La voz de Drake entrando en el dormitorio en ese momento la sobresaltó.
—Sí, tranquilo, solo ha sido una pesadilla. ¿Qué estoy haciendo aquí? Ni siquiera recuerdo cómo llegué —respondió, llevándose una mano a la cabeza, todavía algo aturdida.
—Anoche llegaste a mi casa de madrugada. Creo que bebiste un poco de más, porque acabaste desmayándote en mis brazos nada más llegar.
Evie trató de forzar la memoria. Empezó a recordar los «margaritas del infierno» de Marian, aquel chupito de vodka negro que la abrasó por dentro y, sobre todo, a él: a su apuesto salvador del pañuelo, al que había besado como si no hubiera un mañana en la barra delante de todos.
Se cubrió la cara con la almohada, soltando un gemido, tratando de ocultarse del mundo por la vergüenza, pero él se sentó a su lado y le apartó el cojín con suavidad.
—No sé qué fue lo que te trajo de vuelta a mí, Evie, pero no puedo decir que no me alegro. Te he echado tanto de menos —susurró, acariciándole la mejilla.
Por más que lo miraba no lograba comprender, se sentía profundamente confundida.
Apenas un par de días atrás estaba decidida a odiarlo, a olvidarlo por la paliza a Michaël y por cómo había tratado de retenerla con su magia; sin embargo…
ahora, al tenerle delante, sentía que no podía respirar sin él.
Le amaba. Era lo único que podía ver con claridad en ese momento al verse reflejada en sus ojos.
Amaba a Drake más que a nada en el mundo.
—Yo también —respondió ella, casi de forma autómata.
Él aprovechó su momento de confusión para acortar la distancia y apoderarse de sus labios en un beso profundo y casi desesperado.
Antes de que ella pudiera reaccionar, la empujó suavemente hacia atrás hasta recostarla sobre el colchón.
Deslizó la mano por el interior de su camiseta, acariciándole la espalda desnuda.
Llevaba noches enteras soñando con ese momento, saber que ahora la tendría por y para él incondicionalmente le hacía desearla mucho más fuerte que antes.
Se recostó sobre la cama junto a ella, acariciándola con suma delicadeza, trazando el contorno de sus pechos, mientras su otra mano descendía por la curva de su espalda hasta aferrar su trasero, pegándola por completo a su cuerpo.
Ella se dejaba hacer, sumida en una especie de letargo, hasta que de pronto su mente se nubló y comenzó a sentirse mareada de nuevo.
Sentía una dualidad aterradora en su interior: por un lado, su cuerpo ardía de deseo y anhelaba con todas sus fuerzas que le hiciera el amor allí mismo; por otro, una vocecita muy lejana, enterrada en lo más profundo de su mente, le gritaba que saliera corriendo de aquella casa lo más rápido posible.
Estaba tan angustiada que la cabeza le daba vueltas.
Aturdida y asustada por sus propios sentimientos, cogió la mano de Drake y la apartó de su piel con un movimiento brusco, retrocediendo hasta encogerse a la defensiva contra el cabecero de la cama.
—Espera, yo… no puedo. Es demasiado pronto, Drake. Tenemos que hablar y lo sabes; han pasado demasiadas cosas entre nosotros, no puedo simplemente fingir que de repente estamos bien.
Se separó de ella, visiblemente molesto, pero forzó una sonrisa comprensiva. Evie lo miró a los ojos, pero notaba que el mareo aumentaba cuanto más le sostenía la mirada.
—Vale, no pasa nada, lo entiendo. De verdad, perdóname, siento mucho cómo me comporté. Lo hice todo mal, pero no pienso pedirle perdón a ese hijo de puta de Michaël. Él lo provocó todo, lo hizo a propósito, Evie, te lo juro. Sabía que yo estaba mirando cuando te besó.
—Ya lo sabía, me lo contó mientras estaba en el hospital.
Me dijo que te vio observándonos y por eso me besó, para que yo me diera cuenta de cómo eras —respondió ella con un hilo de voz, sintiendo cómo el mareo le nublaba el juicio hasta tal punto que le costaba hilar sus propios pensamientos—.
No he vuelto a hablar con él desde ese día, no me gustó que tratara de manipular las cosas de ese modo.
Pero tú… tú trataste de usar tu magia contra mí.
¿Qué pretendías? ¿Retenerme en contra de mi voluntad?
Te pasaste de la raya, Drake, me hiciste mucho daño.
—Lo sé, joder, y lo siento mucho, nena. Sé que me pasé, pero estaba desesperado. Te has convertido en toda mi vida, Evie. Habría hecho cualquier cosa para no perderte. No volverá a pasar, te lo prometo. No volveré a usar mi magia delante de ti si es lo que quieres.
—No fue la magia lo que me asustó, Drake, fuiste tú —respondió ella con firmeza, a pesar de que se encontraba cada vez más débil—.
Yo te comprendí; podría haber huido cuando me contaste tu secreto, pero me quedé a tu lado porque creía que eras un buen chico, que nunca harías nada que me pudiera hacer daño.
No me importó que fueras un brujo, ni que tuvieras esos poderes que ni siquiera alcanzo a comprender…
pero no puedo creer que trataras de manipularme de esa manera.
Él se levantó de golpe de la cama y comenzó a pasear por la habitación, frotándose la nuca con fuerza, incapaz de disimular su inquietud.
No entendía por qué estaba reclamándole cosas cuando, en teoría, la magia de sangre debería tenerla completamente rendida a sus pies.
Estaba claro que el hechizo iba a tardar un poco en hacer efecto total sobre su mente, de modo que él tendría que acelerar el proceso.
—Lo sé. Sé que me merezco todo lo que me digas.
Merezco que me odies, pero no vas a hacerlo.
—Se acercó de nuevo, inclinándose sobre ella, y pegó su rostro al suyo, hasta rozar su nariz.
La miró fijamente a los ojos, taladrándole las pupilas, y habló en un susurro grave, cargado de intención mágica—.
No vas a hacerlo porque me amas. ¿Lo oyes, Evangeline Renoir? Tú me amas y no puedes vivir sin mí.
En ese instante, el mundo desapareció para Evie. No podía ver ni escuchar nada que no fuera él. Se ahogó en la profundidad de sus ojos; sus palabras le llegaban como un eco, resonando dentro de su propia cabeza, mientras su corazón se aceleraba a un ritmo frenético.
—Sí, Drake, tienes razón: yo te amo y no puedo vivir sin ti —repitió ella en un susurro.
La besó de nuevo, esta vez de forma salvaje, completamente desesperado.
Tenerla entre sus brazos rompió de golpe cualquier rastro de cordura al que trataba de aferrarse; llevaba semanas volviéndose loco para no ir a buscarla, muriéndose por volver a sentir el tacto de su piel.
La empujó sobre el colchón, atrapándola entre sus brazos y sus piernas, rindiéndose a la necesidad de poseerla.
Evie se sentía flotar en una nube densa.
Apenas podía procesar lo que pasaba a su alrededor; en su mente, solo existía Drake Andreatos.
Él la tomó con desesperación. La tocaba como nunca, casi con rabia, reclamando el territorio del que había sido privado durante tantos días.
Ella, en cambio, le correspondía automáticamente, sin pensar, dejándose llevar.
Por un momento llegó a preguntarse si todavía le duraría la borrachera para sentirse tan desconectada de sí misma.
Era como si su propio cuerpo no le perteneciera, como si fuese una espectadora encerrada en su propia cabeza; una prisionera en un mundo donde solo existía la necesidad imperiosa de complacer al hombre que ahora la penetraba mientras le susurraba al oído sin cesar.
—Tú eres mía. Mía, Evie. No lo olvides. Solo me amas a mí. En tu mundo solo existo yo, solo yo.
—Sí, Drake… solo tú… solo tú…
Fueron las únicas palabras que consiguió articular como respuesta. Su mente estaba envuelta en aquella espesa bruma; se sentía como si estuviera inmersa en un sueño del que quería despertar, pero del que era incapaz de salir.