El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 14 #3
46%

CAPÍTULO 14 #3

Khion miró a Alana con suficiencia. La chica le devolvió una mirada cargada de puro odio y salió de la habitación empujándolo por el camino. Él la siguió por el pasillo, en parte divertido por su arrebato.

—Eres idiota, Khion. ¿Cómo puedes alentarlo en una locura así? —le recriminó ella en cuanto llegó a su altura.

—Es tu rey, Alana. Y te guste o no, sus decisiones se acatan. Además, ¿qué más da si le gusta esa humana? No pasa nada porque se divierta un poco antes de entregarla. Me encantaría ver la cara del nigromante si Athan se la quitara delante de sus narices.

—¡No! —gritó ella, totalmente fuera de sí—. ¡A él no puede gustarle esa humana, es frágil y débil! ¡Jamás se fijaría en ella de verdad!

—Tampoco va a fijarse en ti, Alana. Despierta de una vez. Él te ve como un padre.

—¡Pero no es mi padre, joder! —gritó, dándose la vuelta y dejando a Khion con la palabra en la boca.

Athan ignoró completamente el arrebato de Alana. Seguía de pie junto a la ventana de su habitación, intentando captar en el aire un rastro de miel silvestre que ya quedaba muy lejano.

—¿A qué ha venido eso, hermano? ¿Me vas a decir de nuevo que no sientes ningún interés por la humana? —preguntó Geo, cruzándose de brazos.

—Te aseguro que la odio, Geo. Solo ha sido un estúpido impulso, tenía que seguirle el juego. ¿Qué querías que hiciera, que la matara delante de toda esa gente en el pub? Créeme, he tenido que controlarme mucho para no hacerlo.

—En fin, ahora ya no importa. Ha bebido esa poción, o lo que sea que fuera esa maldita cosa, y pronto estará a los pies del nigromante. Entonces veremos si ese perro es capaz de cumplir su parte del trato.

Alguien tocó suavemente el marco de la puerta.

Athan desvió la mirada hacia la entrada, donde se recortaba la figura de un hombre de facciones afiladas y ojos penetrantes.

Vestía de oscuro y conservaba un aire excéntrico, casi ancestral, acentuado por el pesado amuleto de piedra verdosa que le colgaba del cuello.

—Adelante, Shiloan. ¿Ya es la hora? —preguntó Athan.

—Sí. Y por lo que he oído sobre cómo van las cosas, será mejor que hoy trates de aguantar un poco más —dijo el hombre, dando un paso hacia el interior.

Avanzó con paso sereno y se sentó en una silla antigua de madera y cuero negro.

—¿Estás seguro de que esto funcionará? Llevamos meses y no he notado ningún cambio —preguntó Athan, mirándolo con recelo.

—Sí. He hablado de nuevo con los míos y vamos por el buen camino.

Muchos brujos novatos creen que nuestra magia reside únicamente en la mente, pero es un error.

La magia impregna nuestro cuerpo, cada célula, cada gota de sangre; incluso más allá de eso.

Puede que sea un renegado, pero sigo siendo un nigromante.

Si logras tolerar la mía por completo, tu cuerpo desarrollará inmunidad y el hechizo del amuleto se debilitará desde dentro.

—Eso espero, amigo. Aunque, con un poco de suerte, no tendré que llegar a eso.

Los colmillos de Athan descendieron de nuevo y sus ojos refulgieron frente a la atenta mirada de Shiloan. Agarró su muñeca y clavó los dientes directamente en su vena con sumo cuidado.

La sangre inundó su boca y por un instante le supo a veneno puro.

Le abrasó las entrañas como si estuviera tragando ácido, pero tenía que aguantar.

Tragó una vez, dos veces. El dolor era agonizante.

Notó cómo el fuego de aquella sangre calcinaba sus propias venas inmortales.

Se apartó violentamente cuando su vista se nubló y sintió que iba a desmayarse.

Se puso en pie, tambaleándose, y se llevó una mano a la boca para tratar de retener las arcadas.

Llevaba meses torturándose así, obligando a su cuerpo a mutar.

Pero tenía que lograr ser inmune a la magia, fuera al precio que fuera.

Era la única forma de no volver a caer esclavo del amuleto si las cosas salían mal.

—¿Estás bien? —preguntó Geo.

—Sí… tranquilo —logró articular.

Se apoyó pesadamente contra un antiguo escritorio barroco, intentando recuperar el aliento. Clavó la mirada en Shiloan, que permanecía pálido en la silla, presionándose la muñeca sangrante con un pañuelo de tela.

—Te estoy pidiendo demasiado, Shiloan. Te debo la vida por esto —dijo, con la voz todavía ronca.

—No me debes nada, amigo —replicó él, poniéndose en pie con lentitud—.

Nadie merece ser esclavo de nadie. Poseer magia no te da derecho a poseer a las personas; eso es algo que cualquier brujo aprende desde que nace, pero los Andreatos decidieron jugar a ser dioses.

Ya es hora de que aprendan que no lo son.

Hizo una pausa, mirándolo con severidad.

—Sin embargo, créeme que no estoy de acuerdo con el pacto al que has llegado con ese chico.

Ese tipo de magia puede ser muy dañina para un humano.

Puede que, para cuando queramos sacar a la chica de ahí, ya sea demasiado tarde.

No será más que un cascarón vacío sin voluntad, que vive por y para él.

Además, hay algo muy oscuro en ese muchacho, Athan.

Lo estuve observando hace unos días junto con Geo, y me quedó claro que ya ha cruzado una línea muy peligrosa.

Shiloan negó con la cabeza, con el rostro repentinamente tenso.

—No hay vuelta atrás para él, ha desafiado todas nuestras leyes, ignorado todos los límites.

Cualquier nigromante se daría cuenta solo con estar cerca de él y sentir su aura de que se ha convertido en un oscuro.

Lucharé a tu lado hasta el final, amigo, pero si entramos en guerra con los Andreatos, no sé hasta qué punto pueda ayudarte.

La magia de esa familia está podrida desde que crearon ese amuleto.

Los consume, los atrae más y más hacia la oscuridad, y arrastrará a cualquiera que esté cerca de ellos… incluida esa chica.

Guardó silencio de golpe, llevándose una mano a la cabeza, súbitamente pálido, y su cuerpo se balanceó hacia delante como si las piernas le fallaran.

—Será mejor que vaya a descansar para recuperar fuerzas —añadió, recomponiéndose a duras penas—. Así podré darte otra dosis cuanto antes. Tenemos que intentar acelerar el proceso.

Athan lo miró fijamente, apretando la mandíbula para contener una nueva oleada de fuego que le abrasaba las entrañas.

—Te estás agotando, amigo. No volveré a beber de ti hasta que estés totalmente recuperado —sentenció, con la voz ronca pero firme—. No pienso conseguir mi libertad a costa de tu vida.

Shiloan esbozó una media sonrisa cansada, agradeciendo silenciosamente la preocupación de su amigo. Asintió con un último gesto solemne y abandonó la estancia con pasos mucho más lentos y pesados que cuando llegó.

—¿De verdad te encuentras bien, hermano? —insistió Geo en cuanto la puerta se cerró.

—No, gamoto [22] . Esa poutana [23] sangre de nigromante me está abrasando por dentro.

Siento como si mis órganos se estuvieran licuando.

Pero tengo que aguantar, Geo. Los Andreatos no volverán a cogerme con la guardia baja.

Nunca más. Os lo debo a todos. Además, si el nigromante cumple con su parte y logro ser libre, mi tío no va a quedarse de brazos cruzados.

No va a dejar que nada amenace su lugar como rey; puede que entremos en guerra antes siquiera de pisar Aiónia.

—Pues que así sea. Tu tío se autoerigió rey, Athan. Él tiene un ejército de súbditos, pero nosotros somos una familia. Tu ejército te sigue por lealtad. Un súbdito se puede rebelar, pero los nuestros te seguirán hasta la muerte. Lucharemos a tu lado hasta el final.

Asintió, agradecido, pero un nuevo mareo lo obligó a agarrarse al respaldo de la silla.

—Te dejaré solo, tú también necesitas descansar.

Geo se golpeó el pecho con el puño, justo sobre el corazón, rememorando el antiguo saludo marcial que usaban en el campo de batalla, y salió de la habitación sin decir nada más.

Athan apagó todas las luces y se dejó caer pesadamente sobre el colchón.

El fuego de la sangre de Shiloan en su interior era una tortura, pero su mente viajó inevitablemente a los labios con sabor a vodka que había devorado un rato antes.

Una sonrisa involuntaria, casi humana, se dibujó en su rostro tenso por el dolor.

—Maldita chiquilla loca… —susurró en la oscuridad.

Ya estaba amaneciendo cuando Evie llegó a la puerta de la casa de Drake.

Caminaba casi en trance, arrastrando los pies de forma robótica, con la mirada vacía.

Drake abrió la puerta antes siquiera de que ella tocara el timbre; llevaba horas esperándola y ya comenzaba a pensar que el hechizo no había surtido efecto.

Una sonrisa oscura y triunfal asomó a sus labios al verla al fin frente a él.

—Evie… joder, no puedo creerlo, nena —susurró.

Ella parpadeó, confundida.

—Drake… yo no sé qué hago aquí, la verdad. En realidad… no debería estar aquí. Lo siento, será mejor que me vaya, Marian estará preocupada.

Estaba aterrada y temblando de frío. Había salido de su casa de madrugada, a escondidas de su amiga y en pijama, impulsada por una fuerza invisible.

Necesitaba verle, pero ahora, al tenerlo delante, sentía todo lo contrario: no deseaba estar allí.

Notó una profunda repulsión, rabia y terror.

Trató de dar un paso atrás, de huir, pero la cabeza comenzó a darle vueltas.

Perdió el equilibrio y, de repente, su mundo se volvió negro.

Se desmayó, pero los fuertes brazos de Drake la atraparon en el aire antes de que tocara el suelo.

—Tranquila, princesa —susurró Drake, hundiendo un segundo el rostro en su cuello antes de alzarla contra su pecho y cerrar la puerta con el pie—. Estás exactamente en el lugar en el que tienes que estar.