CAPÍTULO 14 #2
Evie lo observaba fijamente, aturdida. Le encantaba su mirada tan intensa y esa media sonrisa provocativa.
Por un segundo se sintió mareada; ese trago oscuro cayó por su garganta como fuego líquido.
Le sabía a vodka, pero también tenía un regusto metálico y dulzón que no supo identificar.
De pronto, los margaritas del infierno de Marian le parecieron inofensivos al lado de aquel chupito.
Parpadeó para despejarse y, al volver la cabeza, vio a su amiga a lo lejos, haciéndole un gesto con la mano para recordarle la apuesta.
Se volvió para mirarlo de nuevo, aferrándose a la barra para mantener el equilibrio.
—En el fondo, me alegro de haberte encontrado aquí —dijo con la voz todavía ronca por el trago.
—¿En serio? —él volvió a sonreír, su voz era apenas un murmullo cargado de curiosidad.
—Sí. Porque esta noche me vas a ayudar a ganar una apuesta.
Sin dudarlo, Evie agarró la nuca de Athan, se puso de puntillas y estampó sus labios contra los suyos.
Se quedó completamente petrificado. No podía creer que la chica lo estuviera besando justo después de tragarse la poción de amarre.
Ella debería estar corriendo hacia los brazos del brujo y, sin embargo, estaba allí, entregada a aquel beso, como si el centro de su universo fuera él en lugar del nigromante.
Tenerla tan cerca detonó la última barrera de su autocontrol.
Su olor lo embriagó por completo. Sus labios eran ardientes y sabían a alcohol dulce.
En aquel instante, a Athan dejó de importarle el nigromante, la venganza, su tío o el amuleto.
Lo único que deseaba era sacar a aquella mujer de la discoteca, llevarla a un lugar apartado y hacerla suya.
Su instinto rugía en su interior mientras una sola palabra inundaba su mente: MÍA.
Dejó su vaso en la barra de un golpe, la agarró por la cintura con posesividad animal y le devolvió el beso. Abrió los labios de ella con su lengua, saboreándola de forma salvaje, apretando el cuerpo de Evie contra el suyo, necesitando sentir cada centímetro de su piel que le fuera posible.
Ella soltó un gemido al sentir el contraste.
Él estaba frío. Sus labios eran gélidos, pero el beso resultó abrasador.
Sabía a escarcha, a menta y a un dulzor oscuro que le recordó al chocolate.
Ella solo pretendía darle un beso fugaz para ganar la apuesta, pero ahora se sentía incapaz de separarse de él.
La dureza sobrenatural del torso de Athan contra sus pechos la excitó por completo, despertando en ella una necesidad que no había sentido jamás por nadie.
Enredó los dedos en su pelo azabache, atrayéndolo más hacia su cuerpo.
Un pequeño gruñido surgió del pecho de Athan. Un sonido gutural, vibrante e inhumano que reverberó contra la boca de Evie, haciéndola enloquecer todavía más. Estaba absolutamente confundido. Jamás, en sus cuatro siglos de vida, se había sentido tan excitado y perdido por una mujer.
—Perdona, pero creo que mi amiga ha bebido demasiado esta noche.
La voz de Marian rompió la burbuja que los envolvía.
Athan se separó de Evie de un empujón suave, como si acabase de despertar de un extraño sueño.
La miró, aturdido, con la respiración agitada.
Casi lo echo todo a perder por un maldito beso , se recriminó a sí mismo.
Aquello era un error catastrófico. Él debía odiarla.
Estaba allí para entregarla como un trofeo al monstruo que lo mantenía encadenado.
Ella era su llave para la libertad, nada más. Jamás podría ser suya.
Miró hacia abajo, confundido, y vio su propio rostro reflejado en la superficie negra y pulida de la barra.
Burlando aquel estúpido mito humano de que carecían de reflejo, su imagen le devolvió la mirada.
Un destello rojo latía en el fondo de sus pupilas azules.
Su parte salvaje estaba a punto de tomar el mando, y lo que la bestia en su interior deseaba era llevarse a la chica, huir y matar a cualquiera que intentara separarlos.
No podía permitirlo, tenía que recuperar el control antes de que fuera demasiado tarde.
—Evie, será mejor que nos vayamos a casa —dijo Marian, mirando a su amiga, incrédula ante el espectáculo que acababa de presenciar.
—He ganado —respondió ella, arrastrando un poco las palabras y con una sonrisa triunfal de oreja a oreja.
Athan aprovechó la distracción. Necesitaba salir de allí.
Necesitaba huir del fuego que le estaba calcinando las entrañas.
Retrocedió un par de pasos hasta quedar envuelto por la densa nube de la máquina de humo que inundaba la pista.
Bajo esa cobertura, su cuerpo perdió consistencia hasta volatilizarse en una bruma, escabulléndose entre la multitud hacia la puerta trasera.
—Tienes razón, creo que he bebido demasiado.
Lo siento, tengo que… —se giró hacia la barra, pero su salvador ya no estaba.
Se había desvanecido sin decir adiós. Por un instante, se sintió abrumada pensando que quizá había sido demasiado directa.
Pero, al tocarse los labios, todavía sensibles por aquel beso, no pudo evitar sonreír de nuevo.
—Joder, Evie. Te has ido de un extremo al otro. ¿Cómo se te ocurre comerte la boca de esa forma con un perfecto desconocido? —Marian la sujetó por el brazo—. ¿Al menos le habrás pedido el número esta vez?
—La verdad es que no. Ni siquiera le he preguntado su nombre. Pero te aseguro que ha sido el mejor beso de mi vida. —Hablaba despacio; cada vez le costaba más hilar sus pensamientos.
De pronto, un mareo brutal la asaltó. El estómago le dio un vuelco doloroso y sintió que las piernas le fallaban.
Se tambaleó, pensando que iba a desmayarse de un momento a otro y recriminándose a sí misma por haber bebido tanto.
Sin embargo, aquel malestar no se parecía a ninguna borrachera que hubiera experimentado antes.
Se sentía extraño; como un cosquilleo oscuro que latía bajo su piel y se extendía como veneno por sus venas.
—Menuda borrachera llevas, nena. Vámonos antes de que te caigas redonda aquí mismo y me toque cargarte hasta casa —dijo Marian, sujetándola por la cintura y arrastrándola hacia la salida.
Athan cubrió la distancia hasta su refugio a una velocidad vertiginosa, tratando de huir de sus propios pensamientos, que le exigían a gritos que regresara a por la chica.
Entró en su habitación por la ventana para evitar a los centinelas; no quería que nadie le viera en ese estado, tan fuera de sí.
Caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, pasándose las manos por el pelo, sin poder asimilar cómo había podido perder el control de esa manera.
¿Realmente se sentía atraído por una humana?
Recordó la suavidad de su piel y la presión de sus pechos contra su torso, y un nuevo gruñido escapó de su garganta.
Sus colmillos se desenvainaron y sus ojos se volvieron de un rojo intenso.
Aquella chica había despertado algo en su interior; un instinto oscuro e inquietante que amenazaba con quebrar su autocontrol.
—¿En serio, Athan? ¿En serio? ¡¿Me puedes explicar qué mierda acaba de pasar?!
Alana irrumpió en el cuarto como una exhalación, cerrando de un tremendo portazo que agitó su larga melena azabache.
A primera vista, su baja estatura y la suavidad de sus facciones le daban un aire engañosamente frágil.
Sin embargo, enfundada en aquella chaqueta de cuero negro y con sus intensos ojos azules centelleando de pura rabia, dejaba claro que no era ninguna pobre chica indefensa.
—Déjame en paz, Alana. Te advierto que hoy no estoy para uno de tus numeritos. ¿Quién te ha dado permiso para entrar en mis aposentos de esta manera? ¡Sal de aquí inmediatamente! —ordenó, con voz autoritaria y helada.
La chica retrocedió un paso, pero lo fulminó con la mirada.
—¡Pues explícamelo si quieres que me vaya! Se supone que odias a la raza humana. ¡Ni siquiera dejas que nadie te toque…! ¡y acabo de verte dejar que la zorra del nigromante te meta la lengua hasta la garganta!
—¡Ya basta, Alana! —gritó Geo, entrando apresuradamente tras ella—. Si quieres que todos dejen de tratarte como a una niña, será mejor que dejes de comportarte como tal.
—Alana, te aseguro que sé lo que hago —dijo suavemente, obligándose a calmar la voz—. Todo forma parte del plan. Pronto acabará todo y por fin seré libre.
—¡No, maldita sea, Athan, te están engañando de nuevo! Geo me lo ha contado todo. Ese plan es una trampa. Deberías haberle mandado la cabeza de esa zorra en una caja como única respuesta a su proposición. ¡Eso es lo que ese nigromante se merece!
—De verdad que sigues siendo una cría impulsiva, Alana —intervino otra voz desde la entrada.
Khion estaba apoyado contra el marco de la puerta, observando la escena.
A pesar de que Geo era la mano derecha de Athan, Khion era la sombra de ambos: su rastreador, su ejecutor y alguien capaz de imponer respeto sin mover un solo músculo.
Al igual que ocurría con Alana, su aspecto era el camuflaje perfecto para pasar por un joven humano normal.
Con sus marcados rasgos asiáticos, el pelo oscuro y desordenado y aquel pendiente en la oreja izquierda, parecía un chico moderno y despreocupado.
Sin embargo, esa frágil ilusión se rompía de golpe al fijarse en la empuñadura de la katana que asomaba a su espalda, lista para ser desenvainada en un solo movimiento.
—Tú no te metas en esto, Khion —le siseó Alana.
—Yo estoy de acuerdo en seguir con el plan, Athan —continuó Khion, ignorándola por completo—.
Será mejor que evitemos la guerra directa con el brujo.
Todavía no sabemos hasta dónde llega su poder, ni hasta qué punto sabe ya cómo usar ese maldito amuleto.
Si intenta traicionarte, iremos a por ellos.
Haces bien en tener a la chica controlada; será una excelente moneda de cambio llegado el momento.