CAPÍTULO 14
Marian preparó una buena jarra de sus famosos «margaritas del infierno» para alegrar el ambiente antes de salir.
Estaba decidida a que su amiga disfrutara de aquella noche y, tras hacerle beber dos copas, consiguió que Evie se enfundara una prenda que ella misma le prestó.
Era un espectacular vestido negro, ajustado, peligrosamente corto y con un escote vertiginoso, que acompañó con unos tacones de infarto.
—¡Guau, nena! Serías capaz de derretir todo el Círculo Polar Ártico solo con mirarte. Estás espectacular, amiga. Esta noche vamos pidiendo guerra —dijo Marian, dando saltitos de emoción al verla salir del baño.
Se había maquillado delineando los ojos en un ahumado verde oscuro y negro, se había pintado los labios de un rojo intenso y se había arreglado el pelo, dejando caer su melena en una cascada de ondas salvajes.
Aquella noche parecía otra persona: una mujer segura, fuerte e irresistiblemente atractiva.
—Bueno, creo que me tendré que tomar otro de esos margaritas para ser capaz de salir a la calle así.
Joder, Marian, realmente no sé cómo consigues andar con este vestido sin que se te vean todos los atributos —rio Evie, tirándose un poco del dobladillo.
De pronto se fijó en la ropa de su amiga y soltó una carcajada limpia—.
Aunque, visto lo visto, no me extraña, tu falda parece más un cinturón ancho que una prenda de ropa.
Salieron de casa envueltas en risas, con unas cuantas copas de más y unas ganas locas de divertirse.
La Nuit estaba a reventar esa noche; acababan de terminar los exámenes y los universitarios estaban sedientos de celebración. Nada más llegar, se reunieron con otras compañeras de clase y se lanzaron a la pista de baile casi de inmediato.
Athan observaba la puerta de entrada desde el exterior, oculto entre las sombras de un callejón como era su costumbre. No había logrado ver a la humana entrar, pero notaba su presencia. Su olor. Estaba claro que la chica había llegado y se había camuflado entre la marea de gente.
Se sentía extraño. Aquella noche, ella olía diferente.
Podía captar su esencia incluso desde allí fuera.
Era su perfume de siempre, pero esta vez estaba mezclado con algo más; algo embriagador que lo descolocaba por completo.
Siempre que había estado cerca de ella, había notado su olor emponzoñado con la esencia del nigromante, y aquello le producía una repulsión instintiva.
Pero aquella noche no había ni rastro de él.
Notaba solo el aroma de la chica, limpio, dulce y atrayente; el mismo que lo había golpeado el primer día que la vio bajo la lluvia, el que le recordaba a la miel silvestre que le encantaba de su tierra cuando era apenas un niño.
Una fragancia que penetraba por sus fosas nasales y se infiltraba hasta lo más profundo de su ser.
Miró el frasquito de cristal que llevaba en la mano y arrugó la nariz con asco.
Ahora tendría que entrar en aquel lugar atestado de humanos para conseguir que la chica se bebiera aquella repugnante poción.
Odiaba los sitios concurridos, odiaba que la gente respirara cerca de él y, sobre todo, odiaba el roce accidental de la carne humana.
Finalmente decidió que lo mejor sería usar su velocidad para entrar sin ser visto, echarle el brebaje en una copa, asegurarse de que se lo tomaba y marcharse de allí cuanto antes.
No deseaba tener contacto con nadie, y mucho menos con ella.
Aquella chica lo confundía y lo aturdía a partes iguales, y todavía no sabía por qué.
Se deslizó por la puerta principal como una sombra borrosa.
Llegó a la barra, esquivando los cuerpos sudorosos, y le pidió al camarero dos chupitos largos de Eristoff Black .
Pensó que aquel vodka negro y de sabor dulzón camuflaría perfectamente el brebaje del nigromante.
Solo deseaba acabar con su parte del trato y huir, pero entonces, sus ojos la encontraron entre la multitud.
Evie bailaba en el centro de la pista con sus amigas.
El mundo de Athan se detuvo en ese preciso instante. El ruido atronador de la música desapareció. De pronto, sintió como si no hubiera nadie más en aquella sala. Solo ella. Llevaba un vestido negro que se ceñía a sus curvas con cada movimiento, y su cabello ondulado volaba libre a su espalda.
De nuevo, captó su olor. Pero ahora era mucho más potente.
Para su sorpresa, pudo aislarlo de entre los cientos de rastros de sudor, perfume y alcohol de la sala.
El de ella desprendía pura sensualidad femenina.
Le llegó de golpe y lo azotó por dentro.
Por un segundo se sintió aturdido y ferozmente excitado.
Sacudió la cabeza, apretando la mandíbula.
Aquello era imposible. Él nunca se había sentido atraído por ninguna humana desde que se convirtió, y mucho menos iba a hacerlo por ella.
Era la mujer del nigromante. Eso debería hacerla repulsiva para él.
Sí, definitivamente la odiaba. Debía odiarla.
Si dejaba que su innegable belleza lo cegara ahora, su plan de libertad se iría al infierno.
Solo tengo que entregársela a ese brujo bastardo esta noche.
Una vez consiga mi libertad, la sacaré de ahí y que haga con su vida lo que le plazca, se recordó a sí mismo.
Sin embargo, la idea de cedérsela en bandeja, aunque solo fuera de forma temporal, le revolvía el estómago de una forma que se negaba a admitir.
Aun en contra de lo que le gritaba su mente, tenía que aferrarse al plan y bloquear cualquier otra emoción, o su instinto tomaría el control y lo echaría todo a perder.
Echó el contenido del frasquito en uno de los vasos con una velocidad imperceptible para el ojo humano. Se giró, pensando en cómo iba a lograr que se lo bebiera, pero entonces se topó de lleno con sus preciosos ojos verdes.
La chica lo estaba mirando descaradamente desde el centro de la pista.
Ella había reparado en su presencia y había dejado de bailar.
Athan se quedó allí plantado, con los dos chupitos de aquel vodka oscuro en la mano, incapaz de reaccionar.
Estaba paralizado, casi hipnotizado, totalmente cautivo de su mirada.
Por un momento, se sintió seducido por aquella mujer que hasta ahora había intentado ignorar, pero que con su sola presencia encendía un fuego irracional en su sangre.
Se odió a sí mismo por desearla, y la odió a ella por provocarle aquellos sentimientos.
La intensidad de aquel cruce de miradas los mantuvo atrapados a ambos durante unos segundos eternos. Fue Marian quien, totalmente ajena a la electricidad que acababa de dispararse en el ambiente, rompió la conexión dándole un codazo en las costillas a su amiga.
—¡Dios, Evie! ¿Lo has visto? ¿No es el chico del cochazo del otro día? Joder, hoy está incluso más bueno sin esa sudadera, ¿has visto cómo se le marcan los músculos?
—Sí… parece él —respondió suavemente, tratando de no mostrar su nerviosismo.
Tenía muy claro que era su apuesto salvador del pañuelo.
Lo miró de arriba abajo, devorándolo con los ojos.
Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra ajustada que dejaba adivinar su perfecta musculatura—.
Aunque estoy tan borracha que no sé si ha venido solo o con su hermano gemelo.
Marian soltó una carcajada. Estaba feliz de verla con el suficiente buen humor como para bromear de nuevo.
—¿A que no te atreves a ir a saludarlo? —la retó con una sonrisa pícara, decidida a recuperar a la antigua Evie—. Te apuesto cien euros a que no eres capaz de acercarte a él y conseguir su número.
Evie rio sonoramente. Estaba tan alegre aquella noche que se sentía invencible. Estaba dispuesta a desenfrenarse, a desinhibirse de una vez por todas. Miró a Athan, que permanecía apoyado en la barra, tenso como un arco, sin apartar la vista de ella.
—¿Ah, no? Observa y aprende. Voy a ser capaz de conseguir mucho más que su número —dijo, comenzando a caminar hacia él.
Athan la observó mientras se acercaba. La chica caminaba de forma insinuante, con pasos lentos pero decididos.
No pudo evitar fijarse en sus labios pintados de rojo.
El olor de Evie inundó su espacio personal.
Aquella mujer era como veneno dulce y letal recorriendo sus venas.
Le ardía el cuerpo y se le nublaba la razón.
—Hola —saludó ella con una sonrisa al llegar a su lado.
Por el brillo de sus ojos y la forma ligeramente arrastrada de pronunciar cada palabra, supo al instante que estaba bastante ebria. Mejor. Así será más fácil que se tome el maldito brebaje y podré largarme de aquí cuanto antes , pensó.
—Volvemos a encontrarnos —continuó Evie, apoyándose en la barra—. Demasiada casualidad, ¿no crees?
—Bueno, este es uno de los locales más de moda de París, lo extraño es que no nos hayamos visto por aquí antes. ¿Te puedo invitar a una copa? —respondió él, alzando uno de los chupitos de Eristoff Black.
Sin pensarlo un segundo, ella cogió el chupito de su mano y se lo bebió de golpe, sin dejar de mirarlo a los ojos en ningún momento.
A Athan aquel gesto, en lugar de temerario, le pareció terriblemente excitante.
Le turbaba y le fascinaba a partes iguales que ella hubiera depositado su confianza en él con tanta naturalidad, sin conocerlo de nada.
Su cuerpo se tensó al darse cuenta de que el vaso estaba completamente vacío.
No pudo evitar sonreír de medio lado al ver que la chica acababa de sellar su propio destino, así de fácil.
Él ya había cumplido su parte del trato.
Ya podía marcharse. Pero, por alguna extraña e imperiosa razón, sus pies se negaron a moverse.
Si había algún lugar en el mundo en el que deseara estar en ese momento, era allí, atrapado en la profundidad de aquellos ojos que lo hechizaban.