CAPÍTULO 13 #3
Athan miró su propia mano, aguantando el aliento a la espera de que la herida se abriera, pero no lo hizo. Era la primera vez en cuatro siglos que la carne de un Andreatos se abría sin arrastrarle a él en su agonía, forzándolo a acelerar su curación.
—¿Qué clase de truco es este? ¿Estás jugando conmigo, nigromante?
—Ya te he dicho que he hecho avances con los grimorios de mi familia.
Hace unas semanas logré desvincularme de ti parcialmente.
Ya no sentirás mi dolor ni absolutamente nada de mí, ni yo de ti.
No he logrado desvincularnos totalmente todavía, pero estoy cerca.
Es muy fácil lo que te propongo. Tú consigues que ella se beba la poción y vuelva a mi lado…
y yo te devuelvo tu libertad para siempre.
—¿Y cómo sé que puedo fiarme de ti?
—Bueno, no lo sabes. Al igual que yo no puedo fiarme de que vengas a matarme a mí y a toda mi familia en cuanto te libere.
Pero vas a tener que confiar en mi palabra, como yo tendré que confiar en la tuya.
El trato es muy sencillo, Athan. Te concederé la libertad, te marcharás para siempre y no volverás a acercarte a un Andreatos en tu vida.
Te estoy dando la opción de elegir cuándo sabes perfectamente que podría obligarte.
Es tu última oportunidad, Athan. ¿En serio vas a dejarla escapar?
—¿Y cómo pretendes que yo logre que esa chica vuelva contigo? ¿Me has visto cara de casamentero o algo así?
—Tan solo necesito un poco de tu sangre para terminar la poción.
Después te encargarás de que ella se la beba y yo me encargaré de romper el hechizo del amuleto.
Por desgracia, mi chica y yo no hemos acabado en muy buenos términos.
No puedo acercarme a ella sin que sospeche o llame a la policía.
Pero para ti será muy fácil: unas gotas de tu sangre, unos minutos de tu tiempo y recuperas tu vida para siempre. Creo que es un trato bastante justo.
Athan se dirigió de nuevo a la terraza y saltó al vacío sin mediar palabra, desapareciendo en la noche.
Drake corrió hasta el borde de la azotea, asomándose al abismo, y, mirando a la oscuridad en la dirección que había tomado, le gritó:
—¡Tienes hasta la medianoche, Athan! ¡Después, mi oferta ya no estará en pie y jamás lograrás tu libertad! ¡Hasta la medianoche! ¡¿Me oyes?!
Pero él ya saltaba de tejado en tejado, tratando de alejarse de allí lo más rápido posible, a pesar de que escuchó perfectamente sus últimas palabras. Apenas tardó unos minutos en llegar al lugar donde Geo le esperaba.
—Joder, Athan. No pensarás hacerle caso a ese crío de mierda, ¿verdad? —dijo nada más verlo aparecer.
—Por Dios santo, Geo, ¿lo has escuchado? ¿Has escuchado a ese jodido loco? —Caminaba de un lado a otro del tejado, agitando las manos.
—Sí, lo he escuchado todo. No le creas, Athan, está claro que es una trampa. En cuanto logre atrapar a la chica, no romperá el hechizo del amuleto. Estoy más que seguro.
—Lo sé, Geo… pero ¿y si no lo es? ¿Y si está tan desesperado por conseguir a la chica que es capaz de cualquier cosa?
Piénsalo: sabe el poder que conlleva el amuleto y no ha tratado de ordenarme nada hoy.
Me ha propuesto un trato entre iguales cuando podría haberme obligado a darle mi sangre, ni siquiera ha intentado doblegar mi mente en ningún momento.
—No lo hagas, hermano. Ni se te ocurra.
—Nosotros también podemos jugar a su mismo juego sucio. Puedo ayudarle a conseguir a la chica, esperar a que rompa el hechizo del amuleto, y una vez me conceda la libertad… liberamos a la chica de nuevo y los matamos a todos.
—No me lo puedo creer, joder. ¿Acaso te preocupas por ella? ¿Realmente te importa lo que le pase a esa humana? Odias a los humanos. ¿Qué coño te está pasando con ella? —Geo lo miraba de arriba abajo, observando cada detalle de su reacción.
—No digas tonterías, Geo. No me importa una mierda el destino que sufra ninguno de ellos —respondió tratando de ocultar su propia confusión. Pero, inevitablemente, una pequeña duda asomaba en su frío corazón: ¿realmente se estaba planteando liberarla para no entregársela al nigromante?
—Entonces, ¿en serio vas a hacerlo?
—Es nuestra última oportunidad. ¿Y si no es un farol?
—Todo esto es muy extraño, hermano. No me fío.
—Bueno, en todo caso solo hay una forma de averiguarlo. Además, dudo mucho que ese crío pueda hacerme algo peor de lo que ya me hicieron sus antepasados. Mantén a todos en guardia; si es una trampa, la guerra comenzará hoy.
Athan saltó de nuevo al tejado contiguo, regresando sobre sus pasos hacia el ático de Drake. Geo, que continuaba sin fiarse, advirtió mentalmente a su segundo al mando para que estuvieran preparados, y lo siguió a escasos metros de distancia. Pasara lo que pasara, no iba a dejar a su hermano solo.
—Vaya, has tardado menos de lo que pensaba —dijo Drake, que continuaba en la terraza, sentado en una tumbona con la esperanza de que él regresara.
—Está bien. Acepto el trato. Pero te advierto una cosa, nigromante: si tratas de engañarme, yo mismo traeré a la chica y le cortaré el cuello delante de ti. ¿Te queda claro?
—Tranquilo. Tú cumple con tu parte del trato y yo cumpliré con la mía.
Se dirigieron al interior de la casa. Drake preparó los ingredientes y comenzó el conjuro.
Athan lo observaba con un rictus de asco; la última vez que había visto a alguien hacer magia de sangre, había acabado esclavizado durante cuatrocientos años.
En el fondo, se le revolvían las tripas de pensar que esa chica también sería obligada en contra de su voluntad, pero no podía dejar pasar la oportunidad de ser libre al fin.
Solo que ahora la idea de regresar para matar al nigromante y liberarla estaba mucho más clara en su mente: no pensaba dejarla a merced de ese maldito loco.
Esa chica desprendía demasiada bondad, demasiada luz, para ser absorbida por una oscuridad tan putrefacta como la de ese bastardo.
En un momento dado, Drake alzó la mano sobre el cuenco de plata para indicarle que era su turno. A pesar de sus dudas, Athan cogió una daga ritual que había en la mesa, se cortó la palma de la mano y dejó caer un hilo espeso de su sangre de un rojo oscuro y brillante sobre el cuenco.
El contenido se prendió en llamas casi al instante. El fuego azul duró apenas unos segundos. Acto seguido, vertió el líquido resultante —una sustancia viscosa y oscura— en un frasquito de cristal, le puso un pequeño tapón de corcho y se lo entregó a Athan.
—Bien, está hecho. Termina con tu parte y yo comenzaré a trabajar en la mía.
—¿Y ya está? ¿Esto es todo? —preguntó Athan, mirando el frasquito con repulsión—. ¿Y se puede saber cómo pretendes que la obligue a tragarse tu asquerosa poción?
—Ese es tu problema —replicó Drake, encogiéndose de hombros—.
Eres un vampiro, ¿no? Usa tu velocidad, hipnotízala, o cualquier mierda que hagáis vosotros para someter a los humanos.
Oblígala si hace falta. Haz lo que sea necesario.
Ya te dije que era un trato sencillo: tú te encargas de que se lo beba y mi magia hará el resto.
—Cumple con tu oferta, nigromante. Porque si tratas de engañarme, me aseguraré de que la sangre que se derrame sea la de tu mujer . Te lo juro por mi linaje —siseó a escasos centímetros de su cara, justo antes de desaparecer frente a sus ojos.
Drake cayó de espaldas, recostándose en el sofá.
Desplegar tanta magia para aquel conjuro le había dejado casi sin fuerzas, pero no había querido mostrarse débil delante del monstruo.
Realmente, canalizar sangre inmortal requería una energía brutal.
Ahora solo esperaba que ese maldito chupasangres cumpliera con su parte del trato.
Volverá a ser mía, aunque tenga que destruir todo lo que soy para recuperarla , se juró a sí mismo, dejando que la oscuridad del hechizo se asentara en su interior. Y esta vez, tenía muy claro que no la dejaría escapar jamás.