CAPÍTULO 13 #2
La voz de Eileen se escuchó al otro lado del teléfono, llamando a Robert. Evie hizo el gesto de meterse los dedos en la boca como si fuese a vomitar.
—Chicas, tengo que irme. Cuidaos mucho.
—¿Cuándo volverás, Rob? —Evie no pudo evitar sentirse nostálgica.
—Pues no sé. Eileen quiere conocer Suiza e Italia también, así que supongo que continuaremos de viaje un par de semanas más. Arnaud y Chantal se están encargando muy bien del bufete. Pero si te ocurre algo, yo…
—No, tranquilo, ya te he dicho que estoy bien. Es tu momento, disfrútalo y no pienses en nada más.
—Eso, Rob, disfruta que yo la cuidaré muy bien, te lo prometo. Pero ten cuidado, no nos vayas a traer un sobrinito de regalo, ya sabes que yo prefiero un buen perfume. —Marian empezó a reír, pero un certero codazo de Evie en las costillas le cortó la carcajada de golpe.
—¡Cállate, Marian, no digas tonterías! Cuídate, tío, nos vemos pronto. Te queremos.
—Y yo a vosotras, chicas, hasta pronto.
La comunicación se cortó y Evie miró a Marian casi perdonándole la vida.
—Vamos, chica, solo ha sido una broma. Además, no entiendo cómo lo has dejado irse de viaje con esa bruja después de cómo te trató. Yo la habría arrastrado de los pelos por todo París.
—Lo sé. Pero supongo que prefiero ser egoísta y tenerlo lejos en estos momentos, en lugar de aquí agobiándome.
Ya me encargaré de ella cuando vuelvan. Te aseguro que no pienso dejar que esa arpía se case con mi tío.
Pienso tomar las riendas de mi vida y no voy a dejar que nadie vuelva a tomar decisiones por mí.
—Esa es mi chica —gritó Marian—. Y por eso, esta noche vamos a salir a celebrar que has resurgido de tus cenizas como un ave fénix. Necesitas salir, conocer gente nueva y olvidarte definitivamente de ese cretino gilipollas.
—Ojalá fuese tan fácil —suspiró Evie, mirando al suelo.
De pronto, los ojos negros de Drake recitando aquel hechizo acudieron a su mente. Un nudo de rabia se le formó en la boca del estómago. Sus días de luto habían pasado; ahora solo quedaba la frustración de saber que él había intentado doblegar su voluntad.
—Pero tienes razón, Marian. Me apetece salir esta noche, divertirme y olvidar a ese cretino gilipollas .
—¡Sí! ¡Noche de chicas! —exclamó Marian, dando saltos sobre el colchón. Evie no pudo evitar seguirla, dispuesta a que aquella noche fuera la primera de su nueva vida.
Aquel sábado, Drake estaba más eufórico que en las últimas semanas.
Llevaba días encerrado en el despacho de su padre, devorando de nuevo los grimorios, palabra por palabra, y practicando la magia de sangre.
Después de haber comprobado el poder que su abuela le había mostrado, decidió que lo mejor sería desaparecer del camino de Evie durante un tiempo. Necesitaba que bajara la guardia.
Había estado practicando un ritual de amarre y ya lo tenía totalmente dominado. Su abuela había resultado ser una entrenadora implacable. Ya había leído todos los secretos de sus antepasados y ahora se sentía invencible.
Subió a su cuarto y empezó a meter ropa en una mochila. No estaba dispuesto a pasar ni un segundo más lejos de ella.
—Pero, hijo, ¿qué estás haciendo? —preguntó Helena al verle recoger sus cosas.
—Es la hora , yiayia . Estoy preparado y no puedo esperar más. Necesito verla, tenerla de nuevo conmigo.
—¿Estás seguro, mi vida? ¿Crees que ya es el momento? Quizá deberías esperar un poco más —ella lo miraba con cierto temor en los ojos—. ¿Y cómo piensas conseguir el ingrediente que falta?
Helena había gastado la pequeña cantidad de sangre de vykrolakas que le quedaba en su frasquito enseñando a su nieto a manejar el conjuro, y sabía perfectamente que no sería nada fácil conseguir más sangre de vampiro.
—Ya sabes que no vale la de cualquiera —le recalcó—. Cuanto más antiguo sea él, más poderoso será el hechizo.
—Tranquila, yiayia . Ya he pensado en eso y sé perfectamente dónde y cómo conseguirla. Debo irme. Si todo sale bien, pronto volveré acompañado de mi Evie. Deséame suerte.
Se acercó a su nieto y pronunció unas palabras guturales al tiempo que le daba un beso en cada mejilla. A él le sonó como una bendición, pero en realidad estaba recitando un hechizo de protección. En el fondo, a Helena le aterrorizaba lo que estaba a punto de hacer.
Drake condujo hasta su casa. Salió a la terraza y se sentó pacientemente a esperar a que el sol se pusiera. En cuanto la última franja de luz desapareció en el horizonte, se puso de pie frente a la ciudad, cerró el puño en torno al amuleto que colgaba de su pecho y alzó su voz a la oscuridad:
—¡Athan, ven a mí!
Sabía perfectamente que, gracias a la maldición del amuleto, el vampiro no podría resistirse a su llamada, aunque quisiera.
—¡Athan, yo te invoco! ¡Ven a mí, te lo ordeno!
Una espesa y antinatural neblina comenzó a formarse a su alrededor. Estuvo a punto de dar un paso atrás, asustado, pero en ese instante Athan emergió de entre la bruma como una sombra letal.
—Vaya, muchacho. Veo que aprendes rápido.
—Gracias por venir —Drake trató de parecer lo más amistoso posible. Un paso en falso daría al traste con sus planes.
—¿Te crees muy poderoso, chico? Podría haberme resistido a tu llamada.
Todavía eres un polluelo recién salido del cascarón, no deberías jugar con cosas de mayores —siseó.
Sus ojos brillaban con un rojo depredador, con los colmillos expuestos en una sonrisa amenazante.
Claramente para él no era una visita de cortesía.
—Tranquilo, sé que estás pensando en el motivo por el que te he llamado. Pero no es lo que tú crees. En realidad, tengo algo que proponerte.
—¿Tú, algo que proponerme a mí? No me hagas reír.
Sé que has estado investigando, así que supongo que querrás probar la fuerza del amuleto ordenándome algo, ¿verdad?
Vamos, atrévete. Inténtalo y acabemos con esto de una vez.
No estoy dispuesto a obedecer a un Andreatos nunca más, de modo que tendrás que matarme, y ya sabes lo que eso conlleva.
Dio un paso adelante con un rugido animal, pero Drake no retrocedió. Se mantuvo de pie en su sitio, mirándolo fijamente sin mover un solo músculo.
—¿Por qué mejor no escuchas primero lo que tengo que decirte? Y después, si todavía quieres pelear, nos enfrentaremos.
Athan sintió curiosidad. El chico parecía demasiado confiado, demasiado tranquilo y, lo más extraño, no había intentado penetrar en su mente ni una sola vez desde que había llegado.
—Está bien, habla —gruñó.
—Desde que decidiste irrumpir repentinamente en mi vida, he estado pensando en cómo acabar con esta maldita maldición que nos une —dijo, sacando el amuleto por encima de su camiseta para que lo viera—.
He estado leyendo los grimorios de mis antepasados detenidamente.
Mira, Athan, yo no soy como ellos. No soy como Alexandros Andreatos.
Athan soltó una carcajada ronca y cargada de ironía.
—Vaya. No me digas. En todos estos siglos no he conocido ni a un solo Andreatos que no haya sido absorbido por el poder de esa maldita cosa.
Ni uno solo que no haya sucumbido a la curiosidad o a la necesidad de probar hasta dónde puede llegar su poder, de ver hasta qué punto pueden doblegarme y someterme.
—Aunque no lo creas, no estoy de acuerdo con lo que te hicieron. No veo justo que te hayan tenido como a un esclavo durante siglos. Por eso he estado buscando la forma de romper el hechizo y liberarnos a los dos de este amuleto para siempre.
—¿Qué dices, chico? —respondió, pareciendo realmente interesado, y dio un paso cauteloso hacia él—. ¿Has conseguido algo? Dime cómo podemos romper esta maldición.
—No he conseguido averiguar cómo romperla del todo, pero estoy cerca. Por eso te he llamado. Para proponerte un trato.
Se dirigió hacia el interior de su casa, fue directo a la barra del salón y llenó dos vasos de whisky . Athan, sin dar crédito a lo que escuchaba, se materializó frente a él en una milésima de segundo.
—¿Qué trato? ¿A qué te refieres con eso? ¡Habla, maldita sea!
—Es muy sencillo. Yo te ayudo a conseguir tu libertad, si a cambio tú me ayudas a conseguirla a ella —añadió, señalando un retrato de Evie sobre la mesita auxiliar junto a la puerta de la terraza.
Athan miró hacia dónde le había señalado, observando la fotografía, confundido. No entendía qué tenía que ver él con aquella humana.
—Vaya, no sabía que necesitases la ayuda de un vampiro para seducir a una mujer. ¿Qué pasa, que no eres capaz de hacerlo por ti mismo?
—En realidad, sí soy capaz. Voy a hacerle un hechizo de amarre de sangre, pero necesito preparar una poción para que se la beba, y desgraciadamente me falta el ingrediente principal. Algo que potencie mi magia, algo que solo tú puedes proporcionarme —le tendió un vaso como de ofrenda de paz.
—¡Maldito bastardo Andreatos! —Golpeó el vaso de whisky , mandándolo a volar contra la pared—.
¿Te has vuelto loco? La última vez que uno de los tuyos obtuvo mi sangre, mira cómo acabé.
Y te aseguro que tuvieron que doblegarme y encadenarme para conseguirla.
¿Crees que ahora voy a dártela voluntariamente?
Olvídalo, nigromante. Usa la tuya o la de alguno con tu misma sangre podrida.
—Te lo voy a poner muy fácil, Athan. La chica a cambio de tu libertad. Así de sencillo. Según tengo entendido, los humanos no somos de tu agrado, ¿qué más te da entonces la forma en que yo consiga tener a mi mujer de vuelta en mis brazos?
—Ni lo sueñes —gruñó, mirándolo con pura rabia ardiendo en sus ojos—. ¿De verdad piensas que voy a fiarme de ti? Eres un Andreatos. Seguro que esto no es más que una de vuestras tretas. Si quieres a tu humana, consíguetela tú solo.
Athan se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
—¡Espera! Te demostraré que hablo en serio.
Cogió uno de los cristales rotos de la copa que acababa de destrozar y se hizo un profundo corte en la palma de la mano.