CAPÍTULO 13
El sonido persistente del timbre le taladró el cráneo.
Se levantó a trompicones, con la cabeza dándole vueltas.
No sabía cuántos días llevaba allí encerrado, bebiendo hasta perder el conocimiento; al mirar hacia abajo, comprobó que llevaba puesta la misma ropa de la noche de la pelea.
Había estado tan borracho que ni siquiera recordaba si el sangriento enfrentamiento con Khail había ocurrido hacía horas o días.
El timbre sonó de nuevo. Drake bajó las escaleras tambaleándose, maldiciendo en voz alta.
Nada más abrir la puerta, su abuela entró como una exhalación, clavando sus fríos ojos en él antes siquiera de articular palabra al ver su aspecto lamentable.
—¡Por el amor de Dios, Drake! Me tenías preocupada. Llevo llamándote tres días y no me coges el teléfono. ¿Qué diablos te ha pasado, hijo? —exclamó Helena, horrorizada al verlo sucio, con barba de varios días y apestando a alcohol.
—Todo se ha ido a la mierda, abuela —respondió él, arrastrando los pies hacia el minibar en busca de algún otro trago.
Lo miraba asustada, sin comprender cómo su nieto podía haber llegado a ese estado.
La casa olía a cerrado, a sudor y a licor, y estaba sumida en una oscuridad opresiva.
Se acercó al gran ventanal del salón y descorrió las gruesas cortinas de un tirón, dejando que la luz cegadora del mediodía lo inundara todo.
La imagen de Drake iluminada por el sol le encogió el corazón: su piel estaba grisácea y tenía unos surcos profundos bajo los ojos.
Se acercó a él, le acarició la mejilla con suavidad y le arrebató el vaso de la mano.
—Dime, mi vida… ¿qué ha ocurrido para que estés así?
—La he cagado, yiayia . He metido la pata hasta el fondo. Evie me ha dejado. Me odia y no quiere volver a verme.
Por no hablar de que he estado jugando a la posesión con vampiros gracias al grimorio de mi padre y casi muero en el intento , pensó para sí mismo. Le quitó el vaso a su abuela y se lo bebió de un solo trago.
—No puede ser. Pero si erais la pareja perfecta, hijo, ella es la mujer ideal para ti. Anda, ven, cariño, cuéntame qué ha pasado, seguro que tiene arreglo. —Su abuela lo condujo hasta el sofá para alejarlo de las botellas.
—No tiene arreglo, abuela, no lo tiene —su voz sonaba totalmente rota. Por un momento, ella se sintió casi furiosa de verlo tan derrotado.
—¡Eres un Andreatos, maldita sea! No hay nada que no tenga arreglo para nosotros. No hay nada imposible para ti, hijo, te lo aseguro.
Apretó los labios, disimulando su enfado. Para Helena no era una simple cuestión de amor juvenil. Había elegido a Evangeline para continuar el linaje de su familia, y no pensaba permitir que la torpeza de su nieto arruinara sus planes.
—Sí que lo es. Ni siquiera la magia puede ayudarme en esto. ¿Crees que no lo he intentado? Traté de lanzarle un conjuro mental de sumisión que vi en los libros de mi padre, pero no funcionó, yiayia . Evie se resistió. O lo hice mal, no sé… qué más da, ya no importa.
Helena entornó los ojos, ocultando un fugaz destello de comprensión que decidió guardarse para sí misma.
—Bueno, zoi mou … esto ocurre en ocasiones. A veces nos encontramos con personas que son algo más resistentes que las demás. Pero eso no quiere decir que sea imposible someterlas.
Se levantó, fue a la cocina y regresó con un cuenco metálico y varios ingredientes. Puso el recipiente sobre la mesa de cristal y echó dentro un líquido que a él le pareció alcohol, después añadió hojas de laurel y algunas hierbas secas.
Entonces, sacó del bolsillo interior de su chaqueta la botellita de cristal con filigranas doradas que Ares Vykros le había regalado.
Pasó la mano por encima del cuenco, susurrando unas palabras que sonaban antiguas, incluso más que las que él había leído en los grimorios, y el contenido estalló en llamas azuladas.
—Observa, hijo —dijo, dejando caer una sola gota roja del interior de aquella botellita sobre el fuego—. Evangeline Renoir .
Su abuela pronunció el nombre con voz solemne, pasando la palma sobre el cuenco en forma de círculo.
De pronto, una densa nube de humo surgió de las llamas, estabilizándose en el aire.
En su interior, como si fuera una pantalla líquida, empezaron a perfilarse unas formas nítidas.
Él se inclinó hacia delante, totalmente atraído por la imagen que se formó ante él.
Era Evie. Parecía estar en un aula de la universidad, mirando al frente y tomando apuntes en su libreta.
Miró su reloj inmediatamente; por la hora que era, se dio cuenta de que estaba viéndola en vivo y en directo desde el salón de su casa.
—Pero esto es imposible, ¿cómo lo has logrado? —Apenas daba crédito a lo que veían sus ojos.
—Ya te he dicho que todo es posible. Tú apenas has experimentado una pequeñísima parte de lo que puedes hacer.
Sé que te ocultas, tesoro, que en el fondo tienes miedo de tu magia.
Pero no debes temer nada, hijo mío, es parte de ti, y pronto descubrirás que no hay nada que se te pueda resistir, zoi mou . Nada ni nadie.
Apretó los labios, tragándose su respuesta al escuchar las palabras de su abuela.
No pudo evitar que la imagen de Khail burlándose de su hechizo de posesión le viniera a la mente; al menos ya habían sido dos los que se le habían resistido.
Helena pasó la mano a través de la nube de humo, deshaciendo la visión al instante, y las llamas se apagaron de golpe.
El corazón de Drake latía desbocado. Ver a Evie tan real e inalcanzable a la vez, había avivado el dolor del agujero que ella había dejado en su pecho.
—¡Vuelve a encenderlo! —exigió, acercándose al cuenco vacío—. ¿Cómo lo has hecho? Dime qué necesito para llegar hasta ella… por favor, yiayia .
—Verás, hijo. La magia mental y los conjuros son potentes, pero a veces no lo suficiente.
Los hechizos de sangre son los verdaderos dueños de la voluntad.
Exigen cruzar líneas muy oscuras, sí, pero los Andreatos vivimos en esa oscuridad, mi vida, nacemos de ella.
Nunca debe asustarte lo que forma parte de ti.
Cualquier brujo vulgar usa su propia sangre para anclar un hechizo, pero nosotros nos dimos cuenta hace mucho tiempo de que teníamos a nuestra disposición algo infinitamente superior: una sangre que alimenta nuestro poder hasta límites inimaginables.
Y el amuleto es la mayor prueba de ello.
—Joder… —murmuró, llevándose la mano al cuello y sosteniendo el amuleto al trasluz, observando fijamente el líquido en su interior—. Sangre de vykrolakas …
Si hubiese sabido eso unas noches atrás, las cosas habrían sido muy diferentes. Si hubiera extraído la sangre de Khail antes de que se convirtiera en ceniza, todo habría cambiado. Y, lo más importante, Evie estaría en sus brazos de nuevo.
En ese momento tuvo claro que sería capaz de cualquier cosa, incluso de cruzar cualquier límite para conseguirlo. Se giró bruscamente, cayó de rodillas al suelo frente a su abuela y le sujetó las manos con una ansiedad casi enfermiza.
—Enséñame, yiayia . Dime cómo puedo lograrlo. Dime cómo usar esa magia de sangre para que ella vuelva a ser mía.
—Drake, cariño, esta magia es muy peligrosa. Podría tener consecuencias terribles. Ten en cuenta que estarás doblegando su verdadera voluntad, quebrando su alma. Debes aprender a canalizar este poder a la perfección para que nada falle, o el resultado podría ser fatal.
—No me importa, yiayia . Lo único que quiero es tenerla a mi lado, sea al precio que sea. Enséñame.
Evie se levantó aquella mañana algo más aturdida que de costumbre.
Ya llevaba una semana teniendo aquellas horribles pesadillas que la despertaban en mitad de la noche.
No dejaba de ver a Drake destrozando a Michaël de aquella manera salvaje, y después, con sus ojos negros mirándola fijamente, tratando de usar su magia contra ella.
Al menos ahora estaba algo más tranquila.
Drake había desaparecido completamente del mapa los últimos días, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Ni una llamada, ni un mensaje. Nada. Justo en ese momento su móvil comenzó a sonar.
Dio un salto, asustada, preguntándose con pánico si lo habría invocado con el pensamiento, pero se relajó al ver la cara de su tío parpadeando en la pantalla.
—Hola, pequeñaja, ¿cómo estás?
—Muy bien, Rob. ¿Qué tal por Nueva York? —preguntó, tratando de parecer animada.
En el fondo, Evie estaba aliviada desde que Eileen había conseguido llevárselo de viaje apenas un par de días después de la pelea.
Al menos ya no lo tenía merodeando a su alrededor, agobiándola y vigilando cada esquina por si Drake aparecía.
Aunque no le hacía ninguna gracia, dejar que su tío estuviera lejos con aquella víbora era un mal necesario para poder respirar en paz; ya se encargaría de abrirle los ojos cuando regresaran.
—Muy bien, ya sabes que me encanta esta ciudad y Eileen está disfrutando como una niña. ¿De verdad todo está tranquilo por ahí?
—Sí, Rob, te lo prometo. Drake no ha vuelto a dar señales de vida, ni siquiera viene a la universidad. Quién sabe, igual hasta se ha marchado a otro lugar a estudiar. Puedes estar tranquilo.
—¿Y tú cómo estás?
—Bien, ya estoy mejor. Ya sabes, en esta casa nadie puede estar deprimido con Marian cerca.
Robert soltó una carcajada al otro lado de la línea.
—Oye, no nombres al diablo si no quieres que asome la cola —dijo Marian, mientras entraba corriendo en la habitación y saltaba sobre la cama junto a Evie—. ¡Hola, tío Rob! ¿Ya nos estás echando de menos?
Evie puso el manos libres y la risa de Robert inundó la habitación.
—Por supuesto, loquita. Cuídame a mi niña, ¿vale?
—Ya lo hago, no te preocupes. Es más, esta noche pienso sacarla de casa, aunque sea a rastras.
—Eso es lo que tenéis que hacer, salir a divertiros por ahí. Pero con cabeza, ¿de acuerdo, Marian? Que te conozco.