CAPÍTULO 12 #4
Al perderlo de vista, parpadeó buscando en el espacio vacío. La sala se inundó de una neblina densa, fría, que le nubló los sentidos. Entonces, lo sintió: el aire desplazado justo antes de un impacto brutal. Khail apareció a su espalda y le asestó un golpe que lo lanzó contra la pared opuesta.
Aturdido por la sacudida, se puso en pie tambaleándose, con la visión empañada por la sangre que manaba de un profundo corte en su ceja. Se maldijo por haber traído a ese monstruo a su propia casa. Khail se desvaneció de nuevo en el aire, buscando el momento para rematarlo.
Pero antes de que le volviera a atacar, alzó las manos e invocó el elemento Aire. Un vendaval huracanado barrió el interior del gimnasio, disipando la niebla en segundos. Khail quedó expuesto en el centro de la sala, apoyado sobre sus rodillas, desorientado por el repentino cambio de presión.
—Maldito niñato… —gruñó el vampiro, preparándose para saltar a su yugular.
Drake cerró los ojos, concentrando todo el dolor y la rabia que sentía por haber perdido a Evie. Cuando los abrió, Khail se frenó en seco. La oscuridad que ahora emanaba de sus iris era tan densa y letal que el vampiro retrocedió un paso, instintivamente.
Aprovechando ese titubeo, extendió la mano y pronunció una única orden en griego antiguo:
— Akínisi [19] .
Khail descubrió, aterrado, que sus pies se habían soldado al suelo. Estaba petrificado. No podía mover ni un solo músculo de su cuerpo centenario.
Drake avanzó con pasos deliberadamente lentos, hasta quedar frente a él. Su sonrisa cruel le arrebató a Khail cualquier atisbo de seguridad que hubiera sentido hasta ahora en aquella lucha, despertando en él un miedo que llevaba siglos sin sentir.
—Mira de lo que es capaz este maldito niñato, puto Vrykolakas [20] —susurró, con una voz ronca que no parecía suya—. Siderénio chéri [21] .
Sin vacilar, Drake alzó el brazo y hundió su mano desnuda en el pecho del vampiro como si la carne y las costillas fueran de mantequilla.
Khail abrió la boca en un grito mudo, los ojos desorbitados por el horror.
Retiró la mano de la cavidad torácica, sosteniendo entre sus dedos el corazón inerte y ensangrentado de su enemigo.
El vampiro cayó a sus pies. Su piel se volvió gris y acartonada, con las venas negras marcándosele por todo el cuerpo como si fueran a reventar. Su expresión quedó congelada en un rictus de agonía pura.
Drake miró el órgano todavía caliente que latía espasmódicamente en su mano. La rabia, el dolor y la adrenalina de la batalla lo superaron. Apretó el puño, estrujando el corazón hasta convertirlo en una masa sanguinolenta y reventada, y lo arrojó asqueado sobre el cadáver.
Cayó de rodillas, completamente agotado.
Aquella magia de combate le había drenado casi toda la energía.
Al ver el cuerpo físico de Khail tendido allí —a diferencia de Olivier, que se había desintegrado al instante—, una duda le asaltó.
¿Estaba realmente muerto? No podía arriesgarse a que se regenerara.
Se levantó, agarró una katana ornamental que colgaba en la pared del gimnasio y, de un golpe rápido y limpio, lo decapitó. De inmediato, el cuerpo y la cabeza de Khail se convirtieron en una pesada montaña de ceniza.
Drake tiró la espada y se desplomó en el suelo, rodeado de polvo gris y charcos de sangre.
Respiró hondo, tratando de recuperar por fin el aliento.
Había descubierto que las leyendas eran ciertas: decapitarlos o clavarles una estaca en el corazón funcionaba.
No pudo evitar una ligera sonrisa al pensar que, en su caso, ni siquiera había hecho falta la estaca.
Pero aun así lo había logrado: había matado a un vampiro centenario en combate singular.
Recogió las cenizas en una bolsa y las tiró a la chimenea de diseño del salón, asegurándose de que el fuego las consumiera por completo.
Subió a limpiar la sangre del gimnasio, sin poder evitar pensar que, a este paso, su piso iba a oler a desinfectante permanentemente.
Cuando terminó, estaba exhausto y sentía que se iba a derrumbar de un momento a otro; pero al ver la sangre seca todavía cubriendo sus manos se le revolvió el estómago y se arrastró hacia la ducha.
Se quedó mirando fijamente otra vez el agua roja corriendo por el desagüe, frotándose la piel hasta casi arrancársela, tratando de eliminar de su cuerpo cualquier rastro de aquel nuevo horror.
Esta vez había subestimado a su enemigo.
No podía volver a cometer el mismo error.
Al salir del baño, revisó el móvil. Varios mensajes de su abuela. Cero de Evie. Desesperado, le escribió un WhatsApp:
Drake: Nena, tenemos que hablar y lo sabes
Todo ha sido un malentendido, tienes que escucharme
Estamos hechos el uno para el otro
No pienso dejar que cometas este error
Te quiero
El doble check azul apareció unos instantes después. Evie lo había leído. Y lo había ignorado deliberadamente.
Bajó al salón, cogió la primera botella de licor que encontró y volvió a encerrarse en su habitación con los grimorios, buscando frenéticamente en qué podría haber fallado el hechizo de posesión con Khail, hasta que el alcohol lo dejó inconsciente de nuevo.