El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 12 #3
40%

CAPÍTULO 12 #3

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta en silencio.

Estaba claro que Helena había ganado; había moldeado a Drake a su imagen y semejanza.

Destruyó su vida, su matrimonio y ahora también le había robado a su hijo definitivamente.

Había visto en su mirada el mismo abismo que consumió a su marido años atrás, un punto de no retorno.

Abandonó la casa dando un sonoro portazo, con el alma totalmente hecha añicos.

En cuanto su madre se marchó, se levantó, corrió todas las gruesas cortinas dejando el piso completamente a oscuras y cogió otra botella. Subió directo a su cuarto y se dejó caer en el suelo, junto a su cama. Los grimorios estaban esparcidos por el colchón y no pudo evitar fijarse en ellos.

Por un momento, las imágenes de la noche anterior vinieron a su mente. Aquella rubia del callejón, aquella sensación de puro poder, aquel sexo salvaje sin miramientos ni remordimientos… Sacó su cartera y extrajo la tarjeta blanca con letras negras.

Sin apenas pensarlo, marcó el número de Mikhail Müller. Necesitaba salir, necesitaba olvidar lo mucho que la había cagado esa noche, necesitaba volver a sentirse un dios, aunque fuese usurpando la piel de otro.

—Khail. Soy Olivier. ¿Te acuerdas de mí? —dijo en cuanto descolgó al segundo tono.

—¿Olivier? Por supuesto, chico. Qué bien que me llamas, pensaba salir esta misma noche. Han abierto un sitio nuevo en el que podemos disfrutar de lo lindo sin necesidad de escondernos como en ese apestoso local de los suburbios. ¿Te apuntas?

—Por supuesto —no dudó ni un segundo. La borrachera ahogaba cualquier sentido del peligro.

—Se llama Black Night . Ahora te mando la dirección. Te presentaré a unas chicas que dejan muy atrás a la zorrita que te tiraste la otra noche. Ellas son de las nuestras, inmortales, y te aseguro que la cosa cambia… y mucho. No me falles.

—No lo haré, colega. Pero ¿qué te parece si me recoges tú en mi casa? Así podemos hablar un rato por el camino. Necesito preguntarte unas cuantas cosas sobre… nuestra condición.

—Claro, hijo. Mándame la dirección y pasaré a eso de las ocho.

Colgó y se dejó caer sobre la alfombra, no sabía si aquel estúpido plan iba a funcionar, pero tenía claro que necesitaba desprenderse de su dolor a cualquier precio. Siguió bebiendo hasta que el alcohol y el agotamiento lo noquearon.

Se despertó sobre las seis de la tarde, con una resaca brutal. Al recordar la pelea y la mirada de asco de Evie en el hospital, le dio otro trago a la botella. De pronto, cayó en la cuenta de su cita y se maldijo: había sido un estúpido al invitar a un vampiro antiguo a su propia casa.

Pero ya era tarde para arrepentirse. Recordaba que, mientras habitaba el cuerpo de aquel idiota de Olivier, sus sentimientos no le dolían.

Eso era lo que necesitaba: anestesiar su humanidad, arrancarse la debilidad.

Se metió en la ducha y pasó el resto de la tarde repasando el grimorio de su padre y preparando el gimnasio para lo que estaba a punto de hacer.

Si había sido una locura poseer a un recién creado, ¿cómo sería usurpar el cuerpo de un vampiro centenario?

¿Cómo sería sentirse todavía más poderoso de lo que ya se había sentido antes?

Preparó las cadenas de acero, asegurándose de que, esta vez, resistirían.

El timbre lo sobresaltó apenas un rato después. Miró el reloj: era la hora.

Al abrir, Khail se quedó paralizado. Su mirada recorrió a Drake de arriba abajo, deteniéndose en su cuello un segundo más de lo necesario.

—Buenas noches. Busco a Olivier —dijo, con un deje de sospecha—. No sé si me habré equivocado…

—No, no se ha equivocado. Usted debe ser Khail, ¿verdad? —Se apartó de la puerta y le hizo un gesto para que pasara—. Adelante. Olivier le espera arriba, está terminando de arreglarse.

Khail volvió a repasarlo con la mirada, extrañado. Había algo en aquel chico y en aquella casa que no le daba buena espina, pero decidió seguirle; necesitaba asegurarse de que Olivier estuviera bien.

Drake lo guio hasta el gimnasio. Nada más entrar, se percató de la silla solitaria en medio de la sala y de las pesadas cadenas de acero que reposaban tras una columna.

—¿Qué coño significa esto? ¿Dónde está Olivier? —gruñó. Sus ojos pasaron del azul a un amarillo depredador y sus colmillos descendieron, rompiendo la línea de sus labios.

—Lo siento, pero me temo que Olivier no va a poder venir.

Los ojos de Drake se oscurecieron por completo. Khail lo miró, perplejo, pero a diferencia de lo que ocurrió con Olivier, su rostro no reflejó el más mínimo atisbo de terror; en su lugar, una profunda rabia hizo que sus facciones se tensaran hasta hacerlo parecer salvaje, casi inhumano.

—Vaya, vaya, vaya. Pero qué tenemos aquí… Un pequeño nigromante —rio entre dientes, mostrando los colmillos—. ¿De verdad pensabas asustarme con este numerito de ojos de demonio? Ya lo he visto demasiadas veces a lo largo de los años, chaval.

—¿Asustarte? No, mi intención es otra muy distinta, Khail.

—Mira, chico, ya está bien de tanta gilipollez, no estoy para jueguecitos. Dime quién coño eres tú, cómo es que sabes mi nombre y, lo más importante… ¡¿dónde cojones está Olivier?!

Su voz sonaba ahora mortalmente amenazante.

—Tranquilo. Olivier está aquí mismo —dijo, señalándose a sí mismo—. Te lo demostraré.

Sin darle tiempo a reaccionar, Drake alzó las manos. Sintió el cristal arder contra su pecho, inyectándole de golpe aquella embriagadora energía oscura, y comenzó a recitar el hechizo de posesión.

—«Ypotáxou sti thélisí mou, áfise to pneúma sou, paírno to sóma sou… Katokhí.»

Khail se tambaleó. Sintió una presión sobrenatural aplastándole la mente, como si una fuerza invisible intentara reventar sus pensamientos para usurpar su control.

Durante un segundo, se quedó petrificado bajo el asalto.

Aquella embestida era abrumadora, pero sus siglos de existencia le otorgaron la claridad necesaria para levantar un muro mental.

En ese instante se dio cuenta de que había cometido un error: no estaba ante un aficionado, sino ante un nigromante peligroso.

Khail cerró los ojos, concentrando toda su voluntad para repeler al invasor. Cuando los abrió, comprobó con alivio que seguía en su propio cuerpo, aunque un pequeño hilo de sangre le brotaba de la nariz y de los oídos. Se miró las manos pálidas y esbozó una sonrisa de autosuficiencia.

Drake, sin embargo, se desplomó contra la pared. El amuleto había dejado de latir de golpe, sumiéndolo en una sensación de vacío aplastante. Estaba pálido, empapado en un sudor frío y completamente exhausto. El aturdimiento lo nublaba; no comprendía qué había fallado.

—Maldito crío… ¿De modo que esto es lo que le hiciste a Olivier?

—Se limpió con desdén la sangre que le manaba de la nariz—.

Me he equivocado al subestimarte, pero no tanto como tú al creer que podrías someterme.

Tengo más de trescientos años. ¿En serio creías que sería tan fácil apoderarte de mi mente, puto aprendiz de nigromante?

Khail escupió un coágulo de sangre al suelo.

Drake trató de recitar el hechizo de nuevo, pero el vampiro se abalanzó sobre él a una velocidad imperceptible.

Le conectó un puñetazo en la mandíbula que lo derribó y, en un instante, estuvo sobre Drake, con sus dedos cerrándose como tenazas de hierro alrededor de su cuello.

—Te voy a arrancar la cabeza, hijo de puta. Verás cómo así se te quitan las ganas de jugar a la magia con los míos —rugió, fuera de sí.

Drake se ahogaba bajo una presión brutal, como si le estuvieran triturando la tráquea.

Desesperado, trató de relajarse, buscando la chispa de magia oscura del amuleto en su interior.

En cuanto esta prendió en sus venas, lanzó un pulso telequinético que mandó a Khail a volar, estrellándolo contra los espejos de la pared.

Se puso en pie tosiendo, sujetándose el cuello magullado.

—Vaya, sí que eres fuerte. Veamos de lo que eres capaz —escupió Khail, aterrizando sobre sus pies e impulsándose de nuevo.

Drake no lo pensó. Invocó el Fuego y lanzó una llamarada directa al rostro del vampiro. Apenas tuvo tiempo de esquivarla; las llamas le rozaron la mejilla, dejando una marca que siseó y comenzó a regenerarse al instante.

Khail se tocó el rostro, colérico. De repente, su figura se disolvió como si fuera humo.