CAPÍTULO 12 #2
—¡Dios, Marian! ¿Has visto esto? Es un Porsche 911 Turbo S. Es una pasada, nunca había visto uno de cerca. ¿No es precioso? —dijo Evie, acercándose al vehículo y pasando la mano suavemente por la impecable carrocería negro mate, que parecía absorber la luz de las farolas.
—Pues sí, es bonito, pero es un coche, al fin y al cabo. Cómo se nota que te has criado con un hombre —rio Marian, aliviada al ver cómo el rostro de su amiga había cambiado—. Al menos ha conseguido sacarte una pequeña sonrisa.
—Vamos, Marian, pero si es una bestia de la ingeniería. Es uno de los coches con mayor aceleración del mundo, una auténtica locura. ¿Te imaginas cómo sería conducir un cochazo así? —Evie lo miraba fascinada. Robert era un apasionado del motor y ella había heredado ese gusto.
—Buenas noches.
Evie dio un respingo al escuchar aquella voz a sus espaldas.
A pesar de que hacía meses que no la oía, estaba casi segura de saber a quién pertenecía.
Se giró lentamente, casi con miedo. Marian, por el contrario, se dio la vuelta bruscamente, dispuesta a fulminar con la mirada al pesado de turno, pero se quedó muda al verlo.
Le dio un codazo a Evie, que seguía petrificada en su sitio.
Era él. Su apuesto salvador del pañuelo.
Allí estaba de nuevo, mirándola con la misma intensidad que aquella mañana en la cafetería.
No había olvidado ni uno solo de sus rasgos: los ojos azul brillante, el cabello azabache, la piel clara.
Llevaba unos vaqueros oscuros y una sudadera negra, como la noche en la que se lo cruzó por primera vez.
—¿Me… acaso me… estás siguiendo o algo así? —balbuceó Evie, tratando de mostrar una fortaleza que no sentía en esos momentos. Volverse a encontrar con él, tan cerca de su casa y a aquellas horas, ya no le parecía casualidad.
—¿Yo? Bueno… —El tipo arqueó una ceja con una media sonrisa tan seductora y descarada que a Evie le paró el corazón por un segundo—. Teniendo en cuenta que es tu mano la que está acariciando mi coche, debería ser yo quien hiciera esa pregunta, ¿no crees?
—¡Oh, disculpa! ¿Es tuyo? Qué vergüenza, lo siento mucho. Es un coche precioso, no he podido evitar acercarme.
—Sí, es una buena máquina, no lo puedo negar.
Y ahora, si no te importa… —respondió, señalando la mano de Evie que todavía reposaba sobre la chapa.
Por dentro, sin embargo, sonrió. Acercarse a ella a esas horas de la madrugada sin levantar sospechas habría sido complicado, pero al quedarse fascinada con su coche, la chica le acababa de servir en bandeja el pretexto perfecto para cruzar unas palabras y volver a estudiarla de cerca.
Accionó el mando y un doble bip hizo que ella diera un saltito hacia atrás.
Al pasar por su lado para abrir la puerta, Athan olfateó el aire de forma rápida e imperceptible.
El perfume de Evie lo embriagó por completo, pero esta vez estaba mezclado con algo más: dolor, tristeza, desesperación extrema.
Un torrente de emociones tan fuerte que alteraba el aroma de su sangre.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó de pronto, examinando sus ojos hinchados y su rostro demacrado. No sabía cómo ni por qué, pero necesitaba saber qué la había dejado en ese estado. Lo necesitaba con una fuerza imperiosa.
—Sí, estoy bien, gracias —respondió ella, a la defensiva. Le extrañaba aquella familiaridad, como si realmente se preocupase por ella.
—Bueno, no es que haya sido la mejor noche de nuestras vidas, ¿sabes? Y encima vienes tú a darnos este susto de muerte a estas horas de la madrugada —saltó Marian con su desparpajo habitual al ver que su amiga apenas podía articular palabra.
—En ese caso, lamento haberos molestado. Buenas noches —dijo él, escrutando el horizonte.
El sol casi comenzaba a despuntar a lo lejos.
Se subió a su coche sin apartar la mirada de Evie.
Marian no pudo evitar fijarse en que el chico no le había quitado el ojo de encima a su amiga ni un solo segundo.
Justo cuando Evie iba a contestar, el motor rugió y el coche salió despedido hacia la carretera, perdiéndose en la noche.
—Joder, Evie. ¿Te has fijado en cómo te miraba ese tío? —Marian le dio otro codazo en las costillas—. No me lo puedo creer. ¿Quién es?
—No lo sé, Marian. Nos cruzamos en la calle hace unos meses por casualidad, pero no tengo ni idea de cómo se llama ni de quién es. Simplemente mi pañuelo salió volando y él me lo dio. Apenas cruzamos un par de palabras.
—Pues yo cruzaría algo más que palabras, nena, es el tío más atractivo que he visto en mi vida.
Y te miraba como si no existiera nada más alrededor, como si yo misma no estuviera aquí.
Evie, por Dios, un tío como ese con un coche como ese no se deja escapar así como así, y tú te has quedado ahí plantada tartamudeando como una colegiala.
—Anda, cállate. No tengo ganas de escuchar esas cosas ahora. Te recuerdo que esta misma conversación la tuvimos hace meses con respecto a Drake, y mira cómo he acabado —suspiró Evie, con los ojos llenándose de lágrimas de nuevo.
—Vale, está bien. Pero si yo le volviera a ver, no perdería el tiempo. Drake se ha comportado esta noche como un puto psicópata. Cuanto antes lo saques de tu vida y de tu mente, mejor. Ya sabes lo que dicen de que un clavo se saca tirándose a otro clavo y esas cosas.
—¡Marian! —exclamó Evie, tapándose la boca con las manos para evitar que la risa saliera de sus labios.
—¿Qué? ¿No era así el refrán? —respondió su amiga, guiñándole un ojo antes de soltar una carcajada.
Evie no pudo evitarlo y terminó echándose a reír también, sintiendo cómo parte del peso que le aplastaba el pecho empezaba a disiparse gracias a ella.
—Pero mira que estás loca… —negó con la cabeza.
—Sí, yo estaré loca, pero no me digas que no lo has pensado —replicó Marian, señalando hacia la calle por la que se había esfumado el coche deportivo—.
¡Menudo hombre, chica! —Volvió a reírse con ganas y, finalmente, la agarró del brazo para tirar suavemente de ella—.
Anda, vamos a descansar, a ver si se acaba de una vez esta mierda de noche.
Evie se abrazó a Marian y caminaron hacia el portal.
No podía dejar de darle vueltas a la forma en la que aquel extraño la había mirado, como si tratara de leerle el alma.
Había algo inquietante en su mirada. ¿Preocupación?
Resultaba imposible. Sacudió la cabeza, intentando espantar el recuerdo.
No podía permitirse volver a pensar en él; a fin de cuentas, dudaba mucho que se volvieran a encontrar.
Sería demasiada casualidad verlo una cuarta vez.
Drake entró en su piso aquella noche hecho una furia, pateando y golpeando todo cuanto encontraba a su paso.
Fue directo a la barra y se sirvió un vaso de whisky a rebosar.
No podía creer cómo todo se había ido a la mierda en apenas unas horas.
Después de dar un largo sorbo, maldijo en voz alta y lanzó el vaso con todas sus fuerzas contra la pared.
Miles de cristales estallaron por el salón. Béatrice, que lo había llevado a casa desde el hospital para asegurarse de que no hiciera ninguna locura, tuvo que cubrirse la cara para evitar los fragmentos que salieron disparados.
—Esta no es la solución, hijo. No vas a arreglar nada destrozando la casa. Por lo que he visto esta noche, lo mejor es que te olvides de esa chica.
—¡Cállate! —le gritó con rabia, agarrando la botella y bebiendo directamente de ella. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en su madre con una intensidad peligrosa—. Tú no entiendes nada. ¡Tú no entiendes una mierda, joder!
—Hijo, por favor, no quiero ver cómo te autodestruyes como… —Béatrice no logró acabar la frase; le dolía demasiado.
—¿Como mi padre? ¡Vamos, dilo, no te cortes!
Toda mi puta vida tragándome el cuento de que se autodestruyó, de que era débil y que la magia lo mató…
¡Mentira! ¡Un puto vampiro mató a mi padre, no la magia!
Él solo la usaba para intentar hacerse más fuerte y protegernos; he leído su diario, madre, su grimorio.
Él lo hizo todo por nosotros. ¡Y tú te empeñaste en ocultármelo todo, en hacerme creer que mi herencia, mi poder, era algo malo!
—Sujetó el amuleto en alto para que su madre lo viera—.
¡Si lo hubiera dominado antes, toda esta mierda no estaría sucediendo ahora, joder!
Béatrice palideció.
—Dios mío… ¿cómo… lo has sabido?
—¿Que cómo lo he sabido? Desde luego no porque tú me lo hayas contado, madre. Has tratado de ocultarme la verdad durante toda mi vida. ¡Eres una maldita cobarde y una mentirosa!
Se tumbó en el sofá, abrazado a la botella, mientras Béatrice lo observaba llorando desconsoladamente. No podía creer que su propio hijo le hablara así después de haber dado la cara por él ante la policía y ante el tío de la chica.
—No… no me digas eso, por favor. Yo solo he tratado de protegerte, de darte una vida normal, lejos de este horror.
Tu abuela te ha llevado por un camino que no es bueno para ti, mi vida; la magia no es solo oscuridad y poder.
Yo puedo ayudarte, hijo, puedo ayudarte a que esa magia oscura que has estado aprendiendo no te absorba de esta manera…
Ese amuleto es algo demasiado peligroso, Drake, acabará consumiéndote.
Déjame ayudarte, tal vez podamos deshacernos de él de una vez por todas —apenas lograba hablar con el nudo en la garganta.
—Pues muchas gracias por tu ayuda, madre, pero llegas unos cuantos años tarde. ¡No te necesito! ¡¿Me oyes?! ¡No necesito a nadie! ¡Lárgate!
—Está bien, Drake. Pero recuerda que yo siempre estaré ahí para ti, pase lo que pase —dijo con la voz quebrada.