CAPÍTULO 12
Sentado en el punto más alto de París, observaba las pocas sombras diminutas que caminaban por las calles a aquellas horas. El vértice de la Torre Eiffel era su lugar preferido para pensar cuando se sentía saturado. El viento gélido a esa altura le despejaba la mente.
Miró al cielo escrutando el horizonte. Debía quedar menos de una hora para que el sol despuntara y esos eran sus últimos minutos para disfrutar de la libertad de la noche.
Aquel lugar, de algún modo, le traía recuerdos de su hogar, de su amada Aiónia.
Apenas recordaba ya como era respirar el aire de sus calles, y el aroma de su tierra se había desvanecido en su memoria tras más de cuatrocientos años condenado a vivir lejos de ella.
Pero aquella noche todo era diferente. No podía sacarse de la cabeza la pelea con el nigromante.
Por fin, las cartas estaban sobre la mesa, y ahora ese chico debía saber quién llevaba la mano ganadora.
Le había sorprendido tanto la estupefacción del joven al verlo…
No entendía cómo los Andreatos habían podido ocultarle toda la historia a su propio heredero.
Pero, si tenía algo claro, era que esa maldita de Helena Andreatos no dejaba nada al azar.
Estaba seguro de que tenía un plan, y él iba a descubrir cuál era.
Lo único evidente tras recordar esos ojos de nigromante en la azotea, era que el muchacho sabía perfectamente lo que era, y que no dudaría en usar su magia si la necesitaba.
Al recordarlo, sus colmillos se alargaron, rasgando levemente su labio inferior.
Sus iris perdieron toda calidez, dejando que su verdadera naturaleza vampírica se desatara.
A su alrededor, el aire pareció vibrar con una estática antinatural, y el vello de sus brazos se erizó mientras la bestia en su interior despertaba, exigiendo una violencia que apenas podía contener.
Un sonido gutural surgió de su pecho, un ronroneo profundo que sonaba como el de un tigre a punto de saltar sobre su presa.
Si no estuviera a cientos de metros sobre el suelo, algún pobre infeliz habría muerto de un infarto creyendo que un monstruo lo acechaba en la oscuridad.
El zumbido sordo del teléfono vibrando contra sus costillas rompió el trance de golpe.
Athan apretó la mandíbula, molesto por aquella interrupción cuando la bestia exigía salir.
Metió la mano bajo la chaqueta y extrajo el aparato con un gesto brusco.
Al leer el nombre de su amigo iluminado en la pantalla, dejó escapar un largo suspiro que obligó a sus instintos a retroceder; sus colmillos se retrajeron y sus ojos recuperaron su azul natural mientras deslizaba el pulgar por el cristal para aceptar la llamada.
—Maldita sea, Athan. Llevo horas buscándote. Me dijeron que anoche no apareciste y todos estaban preocupados —le recriminó Geo a través del auricular—. Apenas paso dos días fuera y te desapareces, joder. Alana está histérica. ¿Dónde demonios te has metido? Deberías volver; amanecerá pronto.
—Estoy donde siempre, Geo —respondió Athan, saludándolo a la distancia con un ligero cabeceo, casi por inercia—. Además, vaya donde vaya, tú siempre acabas encontrándome.
Escuchar la voz de su amigo lo calmó un poco. Era más que un simple amigo, era su mano derecha y su guerrero más leal desde hacía más de cuatro siglos; nunca, ni una sola vez, lo había abandonado, por difíciles que fueran las circunstancias.
—¿Ha ocurrido algo? —le preguntó Geo al otro lado de la línea. Después de tantos años juntos lo conocía demasiado bien como para poder ocultarle algo.
—Hace apenas un par de noches me topé con el maldito nigromante, Geo. Al fin hemos estado cara a cara.
—¡¿Qué?! ¡Maldita sea, Athan! ¡Habíamos quedado en que esperaríamos a tener ventaja! —El tono de Geo iba en aumento—. ¡Dijiste que no te ibas a exponer así! Podrías estar encerrado en esa maldita mazmorra otra vez y no habríamos podido hacer nada. ¡¿Cómo has podido ser tan descuidado?!
—No tuve elección. Unos tipos le atacaron en la calle y me vi obligado a salvarle la vida. Estuvieron a punto de romper el amuleto. ¿Te lo puedes creer? Casi lo destruyen y el muy imbécil no movió un dedo para defenderlo.
—¿Qué…? —la voz de Geo sonó incrédula—. Eso es imposible.
—Cuatrocientos años, Geo. Cuatrocientos años de esta pesadilla… y el estúpido ni siquiera sabe lo que lleva colgado al cuello. Incluso trató de matarme cuando me vio. —Athan soltó una carcajada amarga.
—Pero… joder, ¿eso significa que hemos tenido ventaja todo este tiempo y lo ignorábamos? —pronunció aquellas palabras con tanta rabia contenida que Athan casi pudo imaginar su mandíbula tensa y el destello rojo iluminando sus ojos.
—Ya es tarde para eso, hermano. Ahora todo volverá a empezar, y yo debo estar preparado.
—¡No! No pienso dejar que esos desgraciados te sometan otra vez. Encontraremos la forma de romper esta maldición. Estamos cerca esta vez, Athan, lo sé… ¿me oyes? Puedo sentirlo.
—No hay forma, Geovax. Lo sabes perfectamente. No creo que estemos más cerca esta vez de lo que lo hemos estado en todos estos siglos. Esta es mi condena… por el resto de la puta eternidad. —Sus ojos refulgieron de nuevo, amarillos en mitad de la noche.
—Una condena por algo que no hiciste, joder.
Debería ser ese perro traidor de Ares el que llevara esa soga al cuello.
Él es quien nos robó Aiónia. ¡Debería estar arrastrándose como un esclavo, no tú!
—Un estruendo metálico se coló por el auricular, como si Geo acabara de dar un puñetazo a algo fruto de la frustración.
—Hablando de mi tío, ¿qué has averiguado?
—Todo está tranquilo. Lo sabrías si le hicieras caso a tu móvil alguna vez —señaló con tono irónico.
Athan reaccionó alzando una ceja al mirar la pantalla iluminada. Tenía docenas de notificaciones perdidas; nunca se acordaba de quitarle el silencio a aquella cosa.
—Regresó a Grecia tras reunirse con la vieja Andreatos, tal como imaginábamos —continuó—.
Supongo que, con la tregua intacta, vuelve a sentirse intocable.
He podido llegar hasta nuestros contactos; siguen esperando órdenes.
No pude acercarme a Aiónia sin levantar sospechas, pero te sorprendería saber cuántos de sus guerreros están dispuestos a traicionarlo y unirse a nuestras filas.
—Sus perros me han hecho perder demasiado tiempo aquí —respondió Athan con una media sonrisa—.
He tenido que dejar de vigilar al nigromante para limpiar la basura que dejó por la ciudad tratando de averiguar dónde nos escondemos.
Aunque espero que ese cabrón traidor capte la indirecta en cuanto reciba sus cenizas en una caja.
—Deberían ser sus propias cenizas las que reposaran en una caja a los pies del trono de Aiónia.
—Algún día, Geo. Le cobraré cada instante de libertad que me ha robado. Y después, lo mataré yo mismo exactamente del mismo modo que él hizo con mi padre.
Un deje de amargura oscureció la mirada de Athan al recordar sus días de libertad perdidos.
Su nueva vida inmortal le había sido otorgada y robada casi al mismo tiempo.
A pesar de que había podido «disfrutar» de una relativa autonomía estos últimos años, la sombra de la esclavitud nunca le había dejado ser él mismo.
—Ahora que las cartas están sobre la mesa con ese perro nigromante, debemos estar más atentos.
Haré que Khion y Alana lo vigilen más de cerca.
Será mejor que tú evites acercarte a ningún Andreatos mientras puedas.
Debes seguir nuestro plan con Shiloan; no puedes dejar que la rabia te ciegue ahora, amigo.
¿Y qué hay de la chica? —preguntó Geo, tratando de cambiar de tema al notar por el tono de voz de Athan que se ensombrecía de nuevo.
—No lo sé, por lo que he visto hasta ahora no creo que ella tenga nada que ver en todo esto. La quiero al margen. Yo me seguiré encargando de vigilarla; no dejes que los demás se acerquen a ella hasta que yo lo diga.
—Como ordenes —respondió Geo con solemne lealtad. De pronto, guardó silencio al escuchar la respiración entrecortada de su líder a través de la línea. Athan acababa de olfatear el aire, arrugando la nariz—. ¿Ocurre algo?
—No… Al menos espero que no. —Athan crispó los puños—. Dile a Shiloan que esté preparado para cuando llegue. No tardaré. Antes tengo que comprobar algo.
Geo estuvo a punto de protestar, pero no le dio tiempo; la llamada ya se había cortado.
Guardó el teléfono y se dejó caer al vacío desde lo alto de la Torre Eiffel, aterrizando majestuosamente sobre sus pies en una zona oscura y apartada.
Caminó unos pasos hasta su coche y salió chirriando ruedas.
Adoraba aquella máquina; aunque pasear por los tejados fuese más práctico, prefería disfrutar del rugido de su motor.
Pocas cosas amaba ya en esta vida, y su coche era una de ellas.
No tardó mucho en llegar a su destino. Aparcó en la acera y volvió a olfatear el aire. Al notar que estaba cerca, se bajó y se escondió entre las sombras de la calle, fundiéndose con la oscuridad como era su costumbre.
Evie caminaba por la calle, apoyada en el hombro de Marian, que la sujetaba por la cintura temiendo que se desmayara en cualquier momento. Se arrastraba casi como un zombi, agotada y psicológicamente destruida tras la larga noche de pesadilla que acababan de vivir.
Necesitaba caminar. Necesitaba que el aire frío le devolviera algo de cordura después de tantas horas de tensión, gritos y el colapso definitivo de todo lo que había construido junto a Drake.
Por suerte, hacía ya un rato que había dejado de sollozar, y ahora se limitaba a mover los pies, deseando llegar a su casa para esconderse bajo la almohada durante días.
Marian hablaba sin parar, tratando de infundirle ánimos, cuando, de pronto, se frenó en seco.