CAPÍTULO 11 #4
—Ni se te ocurra dar un paso más, Drake —le advirtió su amiga, furiosa.
—No te metas en esto, Marian. Apártate —masculló él, mirándola fijamente, apretando los puños, demostrándole que estaba perdiendo la paciencia con ella.
—Tranquila, Marian. Está bien —intervino Evie, poniéndole una mano en el hombro—. Déjame hablar con él un momento.
Asintió a regañadientes, lanzándole una mirada de reproche a Drake mientras lo veía alejarse junto a su amiga hacia las puertas de salida.
—Evie, escúchame por favor… no sé qué me ha pasado… lo vi besándote y…
Ella no le dejó siquiera terminar la frase. Levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada tan sonora que resonó en aquel aparcamiento casi vacío.
—¡No! Escúchame tú a mí, Drake Andreatos. ¡Se acabó! Lo que has hecho no tiene perdón. Te pedí, te supliqué mil veces que pararas, y no me escuchaste, ¡casi lo matas!
—¡Él me provocó!… Yo solo trataba de defenderte, te estaba besando en contra de tu voluntad…
—¿Defenderme? ¡¿Y quién me defiende de ti, Drake?! —le interrumpió, con una sonrisa rota e irónica.
—¡No me hables como si fuera un puto monstruo! Me descontrolé, sí, pero soy capaz de cualquier cosa por ti.
—¿De qué descontrol hablas? —Se apartó de un manotazo la lágrima que le resbalaba por la mejilla, furiosa consigo misma por no poder contener el llanto—.
¿Acaso crees que te culpo por tu magia? Esta noche no atacó el brujo.
Eras tú. El hombre. Completamente consciente y sobrio.
Ya no puedo más, Drake. Hemos terminado.
No quiero volver a verte en mi vida. Puedes estar tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo, pero por favor déjame en paz.
Se dio la vuelta, deseando huir lo más lejos posible de su lado, pero él la agarró por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo, apretándola con fuerza.
—¡Suéltame! ¡Drake, hemos terminado! ¡Por favor, entiéndelo! —Forcejeó contra él con fuerza, intentando arrancarse sus manos de la cintura para zafarse de su agarre.
—¡No! Yo te amo, Evie. No puedes dejarme ahora, no puedo vivir sin ti. Soy capaz de cualquier cosa para que te quedes a mi lado —respondió, girándola para tenerla frente a frente de nuevo.
La miró fijamente con el rostro desencajado. Ella retrocedió un paso, asustada, al ver que sus iris verdes y miel eran engullidos por la oscuridad más absoluta. Se volvieron completamente negros, como aquel día en su apartamento en que le confesó que era un brujo.
Estaba tan desesperado y roto que buceó en su mente buscando las palabras del grimorio de su padre. Sin importarle las consecuencias, recitó mentalmente un hechizo de sumisión:
« Ypotáxou sti thélisí mou, éla se ména, adelfí psychí mou [18] …»
Evie sintió una angustia repentina revolviéndole el estómago.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la nuca hasta los pies.
Abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo una extraña presencia invisible intentaba penetrar en su mente.
Pero, de pronto, la presión se desvaneció. Ella se mantuvo firme, inquebrantable.
—Hijo… de puta —susurró, mirándolo fijamente sin poder creer que aquello estuviera sucediendo de verdad. Su tristeza se evaporó en ese instante, sustituida por una rabia que no había sentido jamás en su vida—. ¿Te atreves a usar tu magia contra mí? ¡¿Me acabas de lanzar un puto conjuro o algo así?!
Los ojos de Drake recuperaron su color natural de golpe. Se quedó sin aliento, atónito. No podía creer que ella hubiera escuchado el hechizo que él estaba recitando en su mente y, menos aún, que su cuerpo humano se hubiera resistido a la magia sin inmutarse.
—Te lo diré de otra forma, Drake —continuó, mirándole con absoluto desprecio—. Aléjate de mí. Si vuelvo a verte cerca, te pondré una orden de alejamiento. Mi tío es abogado y psicóticamente protector, así que no lo provoques. Lárgate y no vuelvas a aparecer en mi vida nunca más.
Se dio media vuelta y caminó rápido hacia el interior del hospital, dejando a un Drake destruido y completamente confundido en el aparcamiento.
Nada más cruzar las puertas automáticas y entrar en el vestíbulo, vio a Robert, que entraba corriendo por el pasillo hacia ella.
Marian, de pie a un lado, le lanzó a su amiga una mirada de disculpa por haberlo llamado, pero ella negó con la cabeza para tranquilizarla.
Realmente, en ese momento, lo necesitaba.
Durante unos segundos, se abrazó a su tío con todas sus fuerzas, permitiéndose derrumbarse por fin tras la tensión de toda la noche, sintiéndose protegida entre sus brazos.
—¿Estás bien? —le preguntó Robert, apartándola un poco para examinarle el rostro con preocupación—. ¿Dónde está? Voy a tener unas palabras con ese desgraciado.
Béatrice, que había escuchado la amenaza desde unos metros de distancia, dio un paso al frente con semblante regio para escudar a su hijo antes de que apareciera.
—Señor Renoir, soy Béatrice Landry. Le ruego que mantengamos la calma, las cosas no han ocurrido como usted cree…
Robert soltó el abrazo de su sobrina para ocultarla a su espalda y clavó en la mujer una mirada de puro hielo.
—Por lo visto, es usted una persona muy influyente si ha logrado sacar a su hijo del calabozo en apenas unas horas —espetó Robert, con un odio visceral brillando en sus ojos—, pero le advierto que yo también tengo contactos.
Aleje a su hijo de mi sobrina o la próxima vez me encargaré personalmente de que pase una larga temporada entre rejas.
En ese instante, las puertas automáticas se abrieron a sus espaldas y Drake entró en el vestíbulo, pálido y con la mirada vacía, como un fantasma. Robert no necesitó ver más.
Levantó una mano, señalándolo directamente, con el rostro tensado por la furia.
—Mantente alejado de ella o la próxima vez serás tú el que acabe en esa habitación con la cara destrozada. Vámonos, Evie.
Sin darles tiempo a replicar, Robert pasó un brazo protector por los hombros de su sobrina y salieron juntos del edificio.
Una vez que llegaron junto a su coche, Robert suspiró, aliviado, pero todavía con el miedo metido en el cuerpo desde que Marian le había llamado para decirle que se habían visto envueltas en una grave pelea.
—¿Por qué no te vienes a casa unos días? En serio, Eileen estará encantada. Ya he hablado con ella y me ha dicho que, no importa lo que pasara entre vosotras, siempre estará dispuesta a ayudarte.
Tragó saliva, tratando de ser diplomática, en lugar de gritarle que preferiría dormir en la calle o sobre una cama de clavos oxidados antes que bajo el mismo techo que Eileen.
—Gracias, Rob, pero prefiero quedarme en mi casa.
—Está bien —cedió él finalmente—. Pero si vuelvo a ver a ese chico cerca de ti, sea por el motivo que sea, no pienso mostrarme tan amistoso. ¿Queda claro? Si vuelve a acercarse a ti, lo que le ha hecho a ese pobre chaval se quedará corto comparado con lo que yo pienso hacerle a él.
—Tranquilo, te prometo que no quiero volver a verle nunca más. Es más, no creo que vuelva a acercarse a mí, le he amenazado con ponerle una orden de alejamiento —respondió ella, forzando una sonrisa triste y rota.
—Al menos me alegra ver que te he enseñado bien —suspiró su tío—. Subid, que os llevaré a casa.
—No, iremos andando —respondió, negando suavemente con la cabeza—. Estamos cerca y necesito caminar y despejarme. Por favor, vete tranquilo.
—Yo cuidaré de ella, Rob, te lo prometo —intervino Marian, acercándose.
—De acuerdo, pero avisadme en cuanto lleguéis, ¿vale? —cedió Robert, atrayendo a su sobrina para darle un último abrazo de despedida—. Te quiero, pequeñaja, llámame si lo necesitas, no importa la hora.
Ella se dejó arropar, sintiendo su calor. Cuando se separaron, se apoyó de nuevo en el hombro de su amiga, sollozando en silencio mientras se alejaban caminando por la acera, sintiendo que el mundo se abría bajo sus pies y que su vida perfecta acababa de saltar por los aires.
Robert se quedó junto a su coche, observándolas.
Mientras las veía perderse en la oscuridad de la calle, se giró un momento para clavar la mirada en las puertas de cristal del hospital.
Tenía todos sus instintos encendidos, en alerta máxima.
Repasó mentalmente la escena. Había coincidido con Béatrice Landry en varias galas de la alta sociedad parisina y jamás había notado nada extraño en ella, aparte de ser la mujer más hermosa que había visto en su vida.
A pesar de ser una diseñadora tan famosa, su vida privada era un misterio absoluto para todo el mundo.
Lo único que se comentaba en esos círculos era que había enviudado muy joven y que el supuesto padre de su hijo era un rico heredero extranjero.
Pero nadie conocía su verdadera identidad; de hecho, incluso se había llegado a especular con que el chico pertenecía a la mismísima corona española.
Se veía como una mujer tan elitista y vacía, tan preocupada por mantener su grandiosa fama, que aquella energía abrumadora y oscura que había creído percibir flotando alrededor de ella y de su hijo en el vestíbulo no podía ser real.
Debía de ser fruto de la tensión del momento, un engaño de sus propios sentidos alterados.
Sin embargo, mientras apretaba los puños en los bolsillos del abrigo, se hizo una promesa solemne: si alguna vez descubría que estaba equivocado, si notaba el más mínimo indicio de que aquella sospecha era cierta, cogería a su sobrina y se la llevaría lo más lejos posible. Y esta vez, no regresarían jamás.