El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Pero qué cojo… —balbuceó, retrocediendo a trompicones—. Dios, esto es una puta pesadilla…

No tenía sentido. No entendía cómo el cuerpo del vampiro había colapsado de aquella manera tan brutal.

Solo cuando el latido desbocado de su propio corazón empezó a calmarse y su cabeza se aclaró, logró atar cabos.

Siempre había creído que su poder estaba atado a su propia sangre, a su cuerpo físico, pero al parecer se equivocaba.

La magia estaba entrelazada con su mente y con su propia alma.

Al proyectarse en aquel monstruo, se había llevado su magia con él.

Pero un cuerpo muerto y frío como el de ese chupasangres no estaba preparado para canalizar tal cantidad de energía.

Al forzarlo a recitar el hechizo de vuelta, lo había reventado desde dentro, consumiéndolo por completo.

Por un segundo, una sonrisa histérica y macabra asomó a sus labios: ¿acaso los vampiros no toleraban la magia?

¿Serían vulnerables a ella? Si tenía que enfrentarse a Athan, ahora sabía que contaba con una ventaja real para acabar con él.

Encontraría la forma de hacerlo reventar desde dentro, exactamente igual que a ese pobre desgraciado.

Limpió aquel desastre de forma casi mecánica, deshaciéndose de las cenizas y de la sangre negra, borrando cualquier rastro de lo que acababa de suceder allí. Necesitaba volver a la normalidad cuanto antes o acabaría perdiendo la cabeza.

Se metió bajo la ducha y, mientras el agua caliente le resbalaba por la espalda, las imágenes de la noche lo asaltaron de golpe.

El poder de casi volar, la fuerza arrolladora de su cuerpo vampírico, el olor de la chica, sus gemidos, el sabor dulce y adictivo de su sangre…

Un calambre le atravesó el estómago y unas fuertes arcadas le subieron por la garganta.

Apoyó la frente contra los azulejos y comenzó a sollozar amargamente, dejando que el chorro de agua hirviendo le quitara algo del frío que le había dejado el recuerdo de aquella pobre chica.

Había cometido un asesinato. Si tenía algo claro en esos momentos era que no deseaba repetir algo así, ni tener a un vykrolakas cerca nunca más.

Salió del baño exhausto, sabiendo que intentar dormir después de lo que había vivido sería inútil. Se vistió con lentitud y caminó hacia el salón casi arrastrando los pies, sirviéndose un vaso generoso de whisky con manos todavía temblorosas.

Salió a la terraza y se dejó caer en una silla, mirando fijamente la inmensidad de las estrellas sobre la ciudad.

Trató de ahogar en el alcohol aquellas imágenes de pesadilla, de limpiar la sangre de su cabeza, pero, con cada trago que le quemaba la garganta, un pensamiento oscuro le gritaba desde el fondo de su mente: lo había logrado.

Había dominado una magia prohibida que ni su padre ni ninguno de sus antepasados había conseguido domar.

Había conseguido lo imposible, aunque aquello se hubiese llevado por delante parte de su alma y de su cordura.

Evie se levantó bastante temprano aquella mañana y se preparó una taza enorme de café.

Miró el móvil de reojo, pero no había ni una sola llamada de Drake desde el mensaje del día anterior.

Lejos de sentirse preocupada, realmente se sentía aliviada.

Él la asfixiaba últimamente. Ella era un espíritu libre y no soportaba la necesidad constante de él de pasar cada minuto libre juntos, ni tener que justificar adónde iba o con quién cuando solo quería un poco de espacio.

Se sentó a la mesa y dio un largo sorbo a su taza de café, mientras pensaba en cómo hablar con él para que comprendiera que debía darle un poco más de espacio.

—¿Me puedes poner un vaso de agua, por favor? Me muero de sed.

La voz de Marian la sobresaltó. Se puso en pie, observando cómo su amiga se sentaba al otro lado de la mesa desperezándose sonoramente como de costumbre. Llenó un gran vaso de agua, pero, al girarse para dárselo, no había nadie allí.

Se quedó parpadeando, confundida. Dejó el vaso sobre la mesa, pensando que tal vez había ido al baño. Siguió con su café y, unos cinco minutos después, su amiga apareció por el pasillo, desperezándose sonoramente de nuevo.

—¿Me puedes poner un vaso de agua, por favor? Me muero de sed —dijo, tapándose la boca para ahogar un bostezo.

Evie se quedó mirándola con cara de incredulidad.

—Oh, genial, me has leído el pensamiento. —Sonrió Marian, cogiendo el vaso que ya estaba en la mesa y dándole un gran trago.

—Pero… si me lo has pedido tú.

—¿Yo? Pero si me acabo de levantar. ¿Por qué me miras con esa cara de susto?

—No sé. Creo que he tenido un déjà vu o algo así. Hace como cinco minutos viniste a pedirme agua y te sentaste justo ahí, pero al girarme ya no estabas.

—Ay, amiga, deberías dormir un poco más. O dejar el café, que ya te hace tener alucinaciones —respondió, dándole una palmadita en la espalda mientras se preparaba una taza de café.

Evie se quedó observando el vaso con recelo.

¿Cómo podía haberse imaginado la escena con tanta exactitud minutos antes de que ocurriera?

Sacudió la cabeza, intentando autoconvencerse de que su mente le estaba jugando una mala pasada.

Iba a culpar a la falta de sueño cuando el timbre de la puerta sonó de golpe, sobresaltándolas a las dos.

Al abrir la puerta, se encontró con Drake vestido con ropa de deporte, sudoroso y jadeando.

—Hola, amor. He salido a correr y he pasado para invitarte a comer a casa de mi abuela. Quería darte los buenos días en persona —dijo, dándole un beso largo, intenso y casi desesperado.

Recuperó el aliento, un poco aturdida por la intensidad del beso, pero su sonrisa se borró en cuanto se fijó bien en él. Parecía exhausto, pálido y con la mirada perdida en algún punto distante.

—¿Drake…? —murmuró, acariciándole la mejilla—. Madre mía, ¿qué te pasa? Tienes mala cara. ¿Has dormido algo esta noche?

Él tragó saliva. Había pasado el resto de la noche y la mañana navegando por internet y viendo los informativos, buscando noticias sobre un cadáver calcinado o unos pandilleros degollados en los suburbios, pero no había nada.

Quería enterrar las noches anteriores, fingir que todo estaba bien y que nada de aquella pesadilla había ocurrido.

—No es nada, nena. Ayer mi abuela discutió con mi madre otra vez y hubo mucha tensión familiar. Le prometí que comeríamos con ella hoy para hacerle compañía. ¿Te importa?

—Claro que no.

—Te vengo a buscar sobre las doce. Te quiero.

—La volvió a besar, sujetándola con tanta fuerza que a ella le pareció que tenía miedo de que se fuera a volatilizar en cualquier momento.

La abrazaba como si hiciera meses que no se veían en lugar de horas, realmente estaba más intenso que de costumbre, pero no quiso regañarlo si había tenido que volver a vivir una situación de tensión entre su madre y su abuela de nuevo.

Helena estaba tan encantada con la visita que no paraba de agasajarla continuamente.

Pero su agobio alcanzó el punto álgido cuando, en mitad de la comida, él le preguntó a su abuela qué le parecería si ellos dos se casaran.

Evie estuvo a punto de atragantarse y le lanzó una fuerte patada por debajo de la mesa.

El golpe en la espinilla hizo que él derramara un poco de vino sobre el mantel. Sin embargo, Helena estaba demasiado entusiasmada para notar la tensión homicida de Evie hacia su nieto. Para su sorpresa, lejos de asustarse por la juventud de ambos, aplaudió la idea.

—Nada me haría más feliz que tener vuestra compañía en esta casa, hijo mío. Además, el abuelo y yo podríamos cuidar de vuestros hijos mientras vosotros termináis vuestros estudios; todavía somos jóvenes y ya sabes que me muero por tener un bisnieto.

Sentía que iba a estallar en cualquier momento. Estuvo a punto de levantarse y gritarles que estaban todos locos en esa familia.

—Todavía queda mucho para eso, Helena. Tu nieto te está tomando el pelo, ni siquiera tenemos planes de boda, y mucho menos de tener hijos.

Para mí, lo primero es terminar mi carrera —dijo, lanzándole una mirada asesina a su novio por atreverse a plantear semejante locura.

Una cosa era que le hiciera esas proposiciones en broma mientras estaban solos, pero otra muy diferente era involucrar a su abuela en ello.

—Tonterías, querida, sois clavaditos a sus padres.

—La desestimó, con una sonrisa cargada de nostalgia—.

Mi hijo también se enamoró perdidamente de Béatrice nada más conocerla y no aceptó un no por respuesta.

Movió cielo y tierra para tenerla a su lado.

Eran igual de jóvenes que vosotros, pero estaban tan seguros de lo que sentían que se casaron a los pocos meses sin que nada se lo impidiera.

Tenían prácticamente vuestra edad cuando nació este trasto, y nosotros les ayudamos en todo.

—Bueno, Drake, será mejor que nos marchemos. He quedado esta noche con Marian y David en La Nuit y quiero arreglarme. Una comida maravillosa, Helena, gracias por la invitación —atajó rápidamente, levantándose de la mesa, deseando escapar de allí como fuera.

Él no tuvo más remedio que seguirla. Mientras se despedían en la puerta, su abuela lo envolvió en un abrazo maternal y se separó lo justo para guiñarle un ojo, sin importarle que ella estuviera delante.

—Ya sabes, el que la sigue la consigue, hijo.

Durante el camino de vuelta, el silencio era tan tenso que ninguno de los dos se atrevía a romperlo. La conversación con Helena no había hecho más que aumentar la sensación de asfixia de Evie; la sola idea de repetir los mismos pasos acelerados que los padres de Drake le revolvía el estómago.