El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Drake la miraba aterrado. Estuvo a punto de soltar un grito al comprobar que la chica no respiraba. Trató de zarandearla por los hombros, desesperado por despertarla, por salir de aquella pesadilla, pero fue inútil. Estaba muerta. Él la había matado.

Se preguntaba una y otra vez cómo había podido hacer algo así.

Él no era un asesino. Tendría que haber refrenado los instintos salvajes de aquel vampiro; al fin y al cabo, él dominaba la mente y debía haber sometido al cuerpo.

Retrocedió hacia las sombras del callejón arrastrando el peso flácido de la chica, intentando pensar con claridad.

¿Qué iba a hacer con el cadáver? Debía abandonarla; no podía permitir que lo atraparan y lo metieran en la cárcel, condenándolo a pasar el resto de sus días atrapado en un cuerpo que no era el suyo.

—Vaya, vaya, amigo. Menudo festín te has pegado, ¿eh?

Dio un respingo al escuchar la voz a sus espaldas.

Si alguien lo había visto matar a la chica, estaba definitivamente perdido.

Se giró despacio y, en cierto modo, sintió un retorcido alivio.

Los ojos del desconocido que le hablaba brillaban en la oscuridad como los de un animal salvaje.

Eran amarillos, rodeados por un halo rojo intenso. Otro vampiro.

Era un hombre alto y delgado, de cabello rubio, corto y rizado, que aparentaba unos cuarenta años. Sus iris cambiaron de color, volviéndose de un azul claro e intenso, y le lanzó una media sonrisa, en lo que Drake esperaba que fuese un intento de parecer amistoso.

—Yo… yo no sé qué me ha pasado… no he podido controlarme… yo… —balbuceó, tan asustado que casi se ahogaba con sus propias palabras.

—Tranquilo, chico, a todos se nos ha ido la mano alguna vez.

Desde que te he visto entrar por esa puerta he sabido que esto acabaría así, se te veía demasiado…

sediento. No deberías salir en esas condiciones…

porque luego pasan estas cosas —dijo, señalando el cadáver tirado en el suelo con absoluta indiferencia.

—¿P-pero qué voy a hacer ahora? Tenemos que salir de aquí. Si me encuentran junto al cuerpo iré a la cárcel… —hablaba entrecortado, caminando de un lado a otro.

El tipo soltó una carcajada tan fuerte que resonó, grave y profunda, en las paredes del callejón. Drake se giró y lo miró directamente a los ojos, sin poder creer que se estuviera riendo de aquella horrible situación.

—¿A la cárcel? Joder, ¿eres un puto neonato? Ahora lo entiendo todo —dijo, sin parar de reír—. Anda, dime, ¿a qué clan perteneces, hijo?

No sabía qué responder. Bajó la vista hacia el suelo; los ojos sin vida de la chica seguían abiertos, fijos en la nada. Se sentía acorralado. Aquel tipo iba a descubrir que él no era un vampiro, y lo mataría en cuanto se diera cuenta de la verdad.

—¿Acaso eres un huérfano? —El hombre lo observaba extrañado ante su silencio.

Se limitó a asentir, mientras una pequeña luz de esperanza se encendía en su interior.

—¡Maldita sea! No puedo creer que todavía haya hermanos capaces de crear y dejar a su progenie abandonada a su suerte. Normal que ocurran estas desgracias. Mira, hijo, no podemos ir por ahí matando sin cuidado, ¿entiendes? Es peligroso para todos nosotros. Dime, muchacho, ¿cómo te llamas?

El pánico casi le hizo escupir su verdadero nombre, pero en el último segundo recordó cómo lo había llamado Mirabelle en el bar.

—Olivier. Me llamo Olivier.

—Yo soy Mikhail, pero todos me conocen como Khail. Espera aquí un momento, vamos a ver qué podemos hacer con este estropicio.

El hombre se dirigió a la entrada del callejón sacando su móvil del bolsillo de su abrigo.

Drake se asombró al darse cuenta de que podía escuchar la conversación perfectamente a pesar de la distancia; pero supuso que aquel oído sobrenatural era otra de las ventajas que formaba parte de aquel cuerpo.

El tipo le exigía a alguien, de forma poco amable, que se presentase de inmediato y le daba cinco minutos o perdería la pasta.

Después, volvió junto a él, caminando lentamente, como si todo aquel espectáculo macabro no le inmutara lo más mínimo.

—Espero que haya merecido la pena, al menos —dijo Khail, sonriendo de nuevo—. Está claro que la chica tenía un buen polvo.

Miró el cadáver sin ningún tipo de expresión, como si hubiese una caja de zapatos vacía tirada en la calle, en lugar de una persona muerta a sus pies.

—En realidad, ha sido el mejor de mi vida —respondió, sin apenas darse cuenta de que aquellas palabras salían de sus labios. Pero era cierto: nunca se había sentido tan poderoso, excitado, libre y salvaje a la vez.

Apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando una furgoneta aparcó frente a la entrada del callejón.

—¿Viene alguien? —preguntó, tensándose de nuevo.

—Tranquilo, es la caballería —respondió Khail.

Se fijó entonces en que era el vehículo de una funeraria. Un hombre calvo, bajito y con una prominente barriga bajó de la furgoneta y sacó una camilla con una bolsa negra para cadáveres de la parte de atrás, mientras Khail vigilaba la calle para evitar miradas indiscretas.

—Joder, Khail, no me puedo creer que la hayáis liado otra vez —se quejó el hombre, adentrándose en el callejón—. Mierda, pero mira esto, si es una preciosidad. Menudo desperdicio. ¿No sabéis controlaros o qué?

—Cállate y haz tu trabajo, Enzo, que para eso te pagamos.

Khail sacó un par de billetes de quinientos euros de su cartera y se los tendió con total naturalidad. El tipo de la funeraria se los guardó en el bolsillo sin miramientos mientras metía a la chica en la bolsa y subía la cremallera.

—¿Bien hecha, no? —preguntó Enzo, riendo entre dientes como si acabase de contar un chiste privado.

—Sí, más bien tostadita, ya sabes —le siguió la broma Khail.

Drake observaba la escena atónito, como un espectador en una película de terror.

—Hasta la próxima, Khail. Un placer hacer negocios contigo, como siempre.

Enzo se subió a la furgoneta y arrancó haciendo chirriar los neumáticos, dejando atrás a un sonriente Khail y a un Drake estupefacto.

—¿Adónde se la lleva? —preguntó en un susurro.

—Tranquilo, Enzo es de fiar. Todos hemos cometido errores al principio, hijo, es normal.

Ahora se la llevará al tanatorio y la cremará.

No tendrás que preocuparte de nada, él hará desaparecer el problema.

Ahora vete a casa y descansa, pronto amanecerá.

Y la próxima vez que vayas a salir a divertirte, procura ir acompañado.

Khail se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.

—P-pero te debo un montón de pasta… acabas de salvarme… —Todavía le temblaban las manos y la voz.

—No me debes nada, hijo. Entre nosotros debemos ayudarnos. Anda, toma —dijo, tendiéndole una elegante tarjeta de visita blanca—. La próxima vez que vayas a salir de caza, llámame y nos divertimos juntos. Yo puedo enseñarte para que esto no vuelva a pasar.

Le dio una última palmadita en el hombro, se impulsó en el aire con una agilidad inhumana y desapareció en la oscuridad de los tejados. Drake cayó de rodillas al asfalto, apretando la tarjeta entre los dedos.

En esos momentos solo tenía clara una cosa: debía regresar a su piso y recuperar su cuerpo cuanto antes.

Tenía que salir de la piel de aquel asesino antes de volverse loco.

Se impulsó con fuerza y comenzó a correr, cruzando el cielo nocturno de París a base de saltos imposibles de tejado en tejado, tal y como había hecho Khail unos minutos antes.

Tardó la mitad de tiempo en hacer el camino de vuelta. Comprobó que la suerte estaba de su lado al ver que su verdadero cuerpo, habitado por el vampiro, seguía atado e inconsciente en la silla del gimnasio. Lo desató y comenzó a recitar el ritual a la inversa.

De pronto se paró en seco, sintiendo cómo un escalofrío de terror puro le atravesaba la mente.

Apenas había indagado sobre aquel hechizo.

¿Y si en realidad la magia de posesión era un viaje de solo ida?

¿Y si se quedaba atrapado en el cuerpo de aquel monstruo para siempre?

Sacudió la cabeza, negándose a aceptar esa posibilidad.

Comenzó a recitar de nuevo; no podía dejar que el pánico lo bloqueara ahora, o nunca sería capaz de deshacer el vínculo.

—«Epistrofí sti dikí mou sárka, eleythérose to pneúma mou, spáse ton desmó [17] …»

Recitó en voz baja una y otra vez, hasta que un latigazo brutal le atravesó el cráneo.

Al abrir los ojos, el cuerpo del vampiro estaba frente a él.

De golpe, sintió la adrenalina, el cansancio acumulado y la aplastante pesadez de volver a ser humano.

Lo había logrado. Había regresado a su propia piel.

El vampiro abrió los ojos y lo miró fijamente, aterrado.

—¡¿Pero qué…?! ¿Qué me has hecho, puto nigromante?

Trastabilló y cayó de rodillas, incapaz de sostenerse en pie. Drake lo observó con asombro; había estado dentro de él, sabía lo absurdamente fuerte que era, y sin embargo ahora lucía demasiado pálido, decrépito, casi consumido.

—¿Qué… qué me has hecho, joder? No… no tengo fuerzas… no puedo respirar…

Una arcada violenta le sobrevino. El vampiro se retorció y comenzó a vomitar una gran cantidad de sangre oscura ante la mirada estupefacta de Drake.

—¡Yo no he hecho nada, tú lo has hecho! ¡Tú… tú eres un asesino! ¡Un monstruo! Tú la has matado, no yo —le escupió. Se agachó para mirarlo a los ojos, asqueado, convencido de que estaba vomitando la sangre de la chica.

—No… puedo respirar… Joder… —La criatura se sujetó la cabeza, chillando como si le fuera a estallar—. ¡¿Qué me has hecho?!

Con un último esfuerzo, el vampiro se puso de pie y lanzó un alarido agónico y desgarrador que obligó a Drake a taparse los oídos.

Su piel, ahora grisácea, comenzó a resquebrajarse en grietas profundas, como si fuera un jarrón de porcelana vieja, y en cuestión de segundos colapsó ante sus ojos.

Se desintegró por completo, convirtiéndose en una repulsiva montaña de polvo y ceniza sanguinolenta sobre el suelo de madera del gimnasio.