El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Una necesidad irracional, inhumana, le azotó la mente.

El monstruo bajo la piel le exigía arrancarle aquel vestido a jirones y devorarla allí mismo.

Tragó saliva, asustado por su propia reacción física.

Trató de visualizar el rostro de Evie. Aquello no estaba bien.

No podía perder el control de este modo.

Él poseía la mente, él debía imponerse ante las necesidades horribles de aquel ser.

Pero, desgraciadamente, el cuerpo que habitaba tenía otras prioridades.

La chica continuó mirándole con las pupilas dilatadas.

Se pegó más a él, frotando descaradamente su pelvis contra la erección que ya deformaba la tela de sus pantalones.

Él estaba confuso. Nunca había experimentado una excitación tan brutal y dolorosa.

Apretó los dientes, intentando aplacar al animal hambriento que trataba de abrirse paso a través de su piel, pero la chica acercó los labios a su oído.

—Soy Mirabelle. ¿Qué te parece si vamos a la parte de atrás y nos lo pasamos tan bien como la última vez, cariño? —Aquel susurro ronco, cargado de promesas húmedas, hizo que la sangre le ardiera en las venas con una necesidad salvaje—. Me aseguraré de que no olvides mi nombre esta vez.

Aquello fue el detonante de todo.

La consciencia humana desapareció, aplastada por los instintos de la sangre. El deseo le abrasaba por dentro. Sin pensar, cogió a la chica por la muñeca y tiró de ella, abriéndose paso a empujones entre la gente hasta salir por la pesada puerta trasera del local.

Se sumergieron en la oscuridad y el aislamiento del callejón.

Nada más cruzar el umbral, fue ella quien lo empujó contra la pared de ladrillos, lanzándose sobre su boca.

Lo besó con una agresividad arrolladora.

Él respondió con la misma fiereza, mordiéndole el labio inferior y aplastando su pelvis contra ella con un gemido grave.

Mirabelle sonrió contra sus labios. Bajó la mano hacia la bragueta de Drake, palpando aquella dureza colosal a través de la tela.

Él soltó un sonido gutural, algo más parecido al ronroneo de una bestia que a la voz de un hombre.

La agarró con fuerza del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para dejar su cuello expuesto, y comenzó a besar y morder la suave curva de su garganta.

Bajo la superficie cálida de su piel, oía el latido furioso de su sangre. Bombeando a un compás frenético. Tan viva. Aquel pulso incesante exacerbó su sed, mezclándola con la lujuria desquiciada que lo poseía en ese momento.

La chica jadeaba, extasiada por los besos gélidos de su amado Olivier en su cuello.

Ignorando que un usurpador controlaba los hilos, ella gemía, lamiéndole la mandíbula.

Le devolvió el mordisco en el labio inferior con fuerza y tiró hacia abajo el escote del vestido, dejando sus pechos completamente al aire en la penumbra.

Él se lanzó sobre ellos, atrapando un pezón duro en su boca, succionando y mordisqueando de forma salvaje.

Todo lo que habría sentido en su cuerpo humano estaba multiplicado por mil.

El calor de la chica, la fricción de su piel…

cada caricia era una descarga eléctrica que lo sacudía por completo.

Podía incluso oler su excitación, un aroma dulce y húmedo que inundaba el aire del callejón y que lo excitó todavía más, llevándolo al límite de la cordura.

Se sentía completamente libre, como nunca antes en su vida. Con Evie todo era suave, delicado, contenido. Pero allí, en aquel callejón, con aquel cuerpo inmortal y aquella desconocida ardiente, solo existía la carne y el instinto puro.

La chica gritó cuando la lengua helada de él recorrió su piel hirviendo. Abrió el cinturón de Drake, bajando la cremallera y deslizando la mano bajo la ropa interior para liberar su miembro. Estaba tan caliente, duro y pesado que la hizo desearlo todavía más.

—Tenía tantas ganas de verte… He estado soñando contigo desde aquella noche. Vamos, cariño, fóllame de una vez…

Él soltó un gruñido ronco entre dientes. Sin mediar palabra, la agarró por las caderas y la giró bruscamente de espaldas contra la pared de ladrillo. Le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó las bragas de encaje, que acabaron tiradas hechas un jirón húmedo en algún rincón oscuro.

Mirabelle se abrió de piernas, gimiendo. Él se acomodó entre sus muslos y, sin preámbulos, la penetró de una sola vez. Fuerte. Brutal. Clavándose hasta el fondo en su interior caliente y estrecho de una embestida que hizo que ella arqueara la espalda, gritando de placer.

Era lo que los dos necesitaban. Sexo crudo, animal y sin contemplaciones.

Retrocedió y volvió a empalarla, golpeando sus caderas contra las de ella con un ritmo sordo y frenético.

La sujetaba de los pechos, apretando la carne blanca bajo sus manos, haciéndola gritar y retorcerse.

Durante un segundo de lucidez, pensó que estaba siendo demasiado violento, que con su fuerza sobrenatural podría destrozarla; pero la chica arqueó más la espalda, subiendo el culo, suplicando más duro, más rápido.

Estaba tan desquiciada de placer como él.

Arremetió contra ella sin piedad, perdiéndose en el calor húmedo de su interior y en los gritos agudos de Mirabelle.

La garganta le quemaba de sed, una necesidad atroz que se fundía con el placer desquiciante de cada acometida.

De pronto, los sentidos vampíricos le jugaron una mala pasada: todo su campo de visión se tiñó de un velo rojizo.

La escuchaba jadear como si estuviera lejos, pero su pulso…

su sangre sonaba atronadora en sus oídos.

Aquella sensación era insoportable. Necesitaba liberar el fuego que lo estaba fundiendo por dentro.

Salió de ella de golpe. La chica soltó un gruñido de protesta, pero él la agarró en vilo, girándola bruscamente para quedar frente a frente, y la levantó en peso.

Ella envolvió instintivamente sus largas piernas alrededor de la cintura de él, y Drake la penetró de nuevo.

La aplastó contra el muro y reanudó las embestidas violentas y profundas, chupando y lamiendo sus pechos pecosos mientras el sonido húmedo del sexo inundaba el callejón.

Entonces, sintió un hormigueo doloroso en las encías. Se apartó de la piel de ella y pasó la lengua por sus dientes.

Pudo notar cómo sus caninos superiores se habían alargado. Eran extraños, puntiagudos, y dolorosamente afilados. El puro éxtasis sexual y la pérdida absoluta de control habían forzado la transformación física.

Volvió a hundir el rostro en el cuello de ella.

Mirabelle gemía, perdiendo el control, arañándole la espalda a punto de llegar al clímax.

Él sentía lo mismo; una sobrecarga de presión en la base de su espina dorsal le indicaba que iba a correrse dentro de ella con la misma violencia con la que había empezado.

El sonido del latido en el cuello de ella era hipnótico. La gruesa vena palpitaba bajo la fina piel, casi rozándole los labios. Le suplicaba que la mordiera, que probara aquel néctar.

El sabor metálico inundó su imaginación y destruyó el último vestigio de la mente de Drake, dejando solo el instinto del depredador.

Ella clavó las uñas en sus hombros, echando la cabeza hacia atrás.

—Sí… así… aliméntate de mí… márcame… Soy tuya.

Aquella invitación perversa y consentida rompió el pequeño hilo de cordura al que todavía trataba de aferrarse. Abrió la boca y hundió sus colmillos afilados directamente en la vena palpitante que tanto le llamaba.

La sangre, espesa, caliente e indescriptiblemente dulce, inundó su boca.

El sabor era un éxtasis enloquecedor. Ella gritó con una mezcla de dolor agudo y orgasmo fulminante.

Drake no podía parar. Aceleró las embestidas a un ritmo que rozaba la locura, bebiendo ansiosamente aquel néctar vital mientras la sangre resbalaba por su barbilla.

Cada trago era una explosión de lujuria que lo empujó directo hacia el límite.

Se vació en su interior con una sacudida intensa y demoledora, al mismo tiempo que seguía succionando su garganta, logrando el clímax más oscuro y visceral que jamás había experimentado.

Una sensación tan pura y salvaje que sintió que iba a morir de placer en aquel oscuro y perdido callejón.

Permaneció apoyado contra la pared, con la vista completamente teñida de rojo, jadeando sonoramente mientras saboreaba las últimas gotas en su lengua y dejaba que los temblores del cuerpo de la mujer amainaran.

Poco a poco, la razón de Drake regresó.

Sacó su miembro todavía duro del interior de ella. Las piernas de la chica resbalaron por su cintura, cayendo pesadas a los lados, colgando en el aire. Sonrió con suficiencia, todavía aturdido por la euforia, suponiendo que el orgasmo la había dejado agotada.

—Te juro que esta vez no voy a olvidar tu nombre, Mirabelle —murmuró, con la respiración entrecortada.

No hubo respuesta. Ni siquiera se movió.

—¿Mirabelle? ¿Te encuentras bien?

Por un segundo pensó que podría haberse desmayado de puro placer. Pero entonces, el mundo se abrió de golpe bajo sus pies, al notar que su pecho no se movía.

Su propia sangre antinatural pareció helarse en sus venas. El cuerpo que sostenía estaba demasiado inerte, flácido.

La agarró por los hombros, bajándola al suelo con manos temblorosas, y ladeó su rostro hacia la tenue luz del callejón. La visión que tuvo lo dejó petrificado, devolviéndole toda su humanidad de golpe.

Estaba blanca. Pálida como la cera. Totalmente inmóvil, con los ojos abiertos y fijos hacia la nada.

Estaba muerta.