El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Sin perder el tiempo, arrastró el cuerpo hasta su coche, aprovechando la oscuridad de la zona antes de que alguien los descubriera.

Por un segundo pensó que lo que estaba haciendo era una absoluta locura; pero la adrenalina fluía por sus venas con una furia desatada.

Esto era lo que llevaba esperando tanto tiempo.

Esto era lo que bullía en su interior, deseando salir desde que tenía uso de razón.

En el fondo, siempre había sabido que albergaba mucho más poder del que mostraba en los entrenamientos con su abuelo; sentía ese pequeño tirón hacia algo más oscuro, pero nunca se había atrevido a experimentar.

Ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás; había cruzado la línea.

Quería llegar hasta el final; quería descubrir hasta dónde era capaz de llegar su poder.

Condujo hasta su casa y lo cargó a hombros hasta el gimnasio.

A pesar de ser delgado, su cuerpo pesaba como si estuviera hecho de piedra maciza.

Lo sentó en una silla y lo ató fuertemente con unas gruesas cadenas de acero que usaba para entrenar.

Después, se sentó frente a él, esperando.

Pero en menos de cinco minutos perdió la paciencia y acabó lanzándole un vaso de agua helada a la cara.

—¿Pero qué coño…? —El chico despertó sobresaltado, mirando las cadenas y tirando de ellas en un intento desesperado por soltarse—. ¿Dónde estoy?

La confusión en sus ojos dio paso rápidamente al terror al ver a Drake frente a él.

—¿Qué es esto? ¿Qué quieres de mí, brujo? —balbuceó.

Sabía perfectamente que estaba a merced de un nigromante.

Le habían advertido que existía ese tipo de brujos, pero en el fondo creía que exageraban, que no podía existir una magia semejante.

Ahora, con el eco de la viscosa frialdad de aquella magia oscura aún recorriendo su cuerpo, comprendió que las leyendas sobre ellos que había escuchado se quedaban cortas.

Siendo apenas un neófito, asumió que aquella noche sería la última.

—Tranquilo, no voy a hacerte daño —respondió con un tono peligrosamente suave. Al menos, eso creo , añadió para sus adentros, consciente de que jamás había llevado su magia al límite de esa manera y ni siquiera sabía realmente lo que estaba haciendo.

—Si vas a matarme, acaba con esto de una vez, nigromante.

—No voy a matarte. Tu cuerpo me va a servir para algo mucho más… útil.

—¡¿Pero de qué estás hablando…?! —gritó fuera de sí, mirando a su alrededor en busca de una vía de escape y forcejeando contra las cadenas—. ¡¿Estás mal de la puta cabeza o qué?!

Al verlo tan distraído por el pánico y la lucha, supo que era el momento perfecto para intentar doblegar su voluntad. Sin dudarlo, sin pensar ni por un segundo en las consecuencias, comenzó a recitar el hechizo de posesión.

En ese instante, el amuleto vibró contra su pecho, calentándose hasta casi quemarle la piel.

De la piedra brotó un torrente de energía oscura que le inundó las venas, embriagándolo de inmediato.

Su propia nigromancia, que siempre había sido como un susurro, se transformó de golpe en un rugido que exigía ser liberado.

Continuó recitando con una voz distorsionada, vibrante, como si algo antiguo e inhumano hablara a través de su garganta.

— Ypotáxou sti thélisí mou, áfise to pneúma sou, paírno to sóma sou … Katokhí [16] .

Su prisionero gritaba, sacudiéndose contra las cadenas.

Drake sentía cómo su alma se desprendía, cómo la magia negra abría un vórtice invisible en su interior, succionándolo sin piedad.

Alzó la voz, recitando el hechizo cada vez más alto, repitiéndolo una y otra vez en un trance ciego.

Sus palabras se convirtieron en un eco que resonaba por toda la habitación, envolviéndolos a los dos, hasta que sintió un golpe seco en el interior de su cráneo.

Abrió los ojos, asustado.

Pero lo que vio lo dejó sin aliento. Su propio cuerpo estaba sentado en la silla de enfrente, con los ojos cerrados, en una especie de letargo. Bajó la vista hacia su nuevo cuerpo. Sus manos estaban pálidas y atadas con pesadas cadenas de acero. Estaba dentro del vampiro.

Miró de nuevo hacia la silla de enfrente. Su verdadero cuerpo abrió los ojos lentamente y le devolvió la mirada. La consciencia del chico había ocupado su recipiente original; el hechizo había funcionado.

El chico, atrapado ahora en el cuerpo humano de Drake, se miró las manos, aturdido. Se giró hacia los espejos del gimnasio y retrocedió tambaleándose, horrorizado al ver la imagen que le devolvía el cristal.

—¡¿Pero qué…?! ¡¿Qué coño me has hecho?!

No quiso darle tiempo a desatar el pánico.

A diferencia del chico, que solo había forcejeado a ciegas presa del terror, concentró toda la fuerza sobrenatural de aquel cuerpo en un solo punto.

De un tirón brutal, reventó los eslabones que lo apresaban como si fueran de papel.

Se levantó a una velocidad vertiginosa y, antes de que el chico reaccionara, le asestó un golpe preciso en la sien, dejándolo inconsciente.

Se arrepintió fugazmente al pensar en el dolor de cabeza que iba a tener él mismo al día siguiente, pero lo soportaría.

Se plantó frente al enorme espejo del gimnasio.

El rostro de aquel vampiro —su rostro, ahora— le devolvía la mirada.

Se tocó las mejillas, el pelo. No podía creerlo.

Se sentía poderoso, casi indestructible; se había convertido en un ser inmortal.

Su padre tenía razón: el hechizo de Katokhí funcionaba, y él era el primer brujo de la historia de su linaje en lograrlo con éxito.

Sin dudarlo, se despojó de la camisa manchada y se vistió con su propia ropa, pero respetando el estilo del chico para no levantar sospechas: unos pantalones oscuros, una camisa blanca desabotonada y su chaqueta de cuero favorita.

Salió a la terraza y, asomándose al borde, sintió el aire helado de la madrugada en su nuevo rostro.

Trató de enfocarse en las sensaciones. Era algo extraño para él.

No solo sentía la brisa, sino mucho más: si prestaba atención, podía percibir la humedad de la noche suspendida en el aire e incluso captar el aroma a comida de los restaurantes cercanos.

Aquello era increíble, una explosión de estímulos que inundaba sus sentidos.

Miró hacia el suelo y, tras comprobar que la calle estaba completamente desierta a esas horas, calculó la distancia.

Tenía la imagen de Athan saltando desde allí como si nada grabada en la mente.

Sin detenerse siquiera a pensarlo, saltó.

La caída fue una sacudida de pura adrenalina.

Aterrizó sobre la acera con la ligereza silenciosa de un felino, flexionando las rodillas para absorber el impacto.

Se sentía ágil, imparable. Estuvo a punto de soltar una carcajada de emoción al mirar hacia arriba y comprobar la enorme distancia que acababa de salvar sin sufrir un solo rasguño.

Se agazapó y volvió a impulsarse, surcando el aire hasta caer de nuevo sobre la azotea.

Estuvo saltando durante un rato, de tejado en tejado, moviéndose como una sombra borrosa en la noche parisina.

Quería probar sus nuevos límites. Decidió volver al mismo pub de los suburbios para comprobar si los sentidos y los instintos que ahora bullían en su interior eran auténticos, y, sobre todo, para ver si los demás inmortales notaban al usurpador que habitaba bajo la piel de uno de los suyos.

Entró en el local con paso seguro, sintiéndose un auténtico depredador, y pidió un whisky doble con hielo en la barra.

Aquella sensación física de poder era embriagadora.

Apuró el vaso mientras escaneaba su alrededor con sus sentidos recién agudizados.

Se preguntaba cuántas de aquellas personas que bebían distraídas serían también monstruos.

Cuántos de ellos lo despedazarían en segundos si descubrieran que el verdugo de su raza caminaba entre ellos, camuflado bajo su propia piel.

De pronto, sus ojos repararon en una chica sentada en una mesa frente a él. Estaba sola y lo miraba de una forma descarada, directa.

Notó cómo un violento latigazo le recorría la espina dorsal. Un cosquilleo denso y oscuro trepó desde su estómago hasta su garganta y, de repente, sintió una sed atroz. Un ardor rasposo que el alcohol no podía aplacar.

La muchacha se levantó y caminó hacia él, contoneando las caderas.

Era espectacular, esbelta, con una larga melena rubia y ondulada.

Llevaba un vestido negro, minúsculo y ajustado, que no dejaba casi nada a la imaginación.

La quemazón en su garganta se volvió insoportable al tiempo que una potente y dolorosa excitación comenzaba a hincharle la entrepierna.

Era una reacción instintiva, química y abrumadora.

Solo con mirarla, sin haberla rozado aún, aquel cuerpo vampírico se estaba excitando a un nivel que su mente humana apenas podía procesar.

Se plantó frente a él e invadió su espacio personal.

—Hola, Olivier. ¿Te acuerdas de mí?

La chica acercó sus labios a escasos centímetros de los de Drake, acoplando sus caderas justo entre sus rodillas separadas.

El roce desató una sacudida de deseo brutal que lo tensó por completo.

Era una sensación salvaje. Peligrosa. Estaba claro que aquella chica tenía historia con el verdadero dueño del cuerpo.

Por suerte, le acababa de regalar un dato vital: su nombre, Olivier.

Decidió seguirle el juego al instante para no levantar sospechas.

—Sí, claro, princesa. ¿Cómo podría olvidarte? —sonrió.

La chica le correspondió con una sonrisa fresca y pícara que le pareció arrebatadora.

—Seguro que ni siquiera recuerdas cómo me llamo —ronroneó, divertida, pasando su dedo índice por la piel que quedaba expuesta a través de los botones abiertos de su camisa.

Estaba tan cerca que, al bajar un poco la vista, pudo comprobar que bajo aquel escote vertiginoso no había nada de lencería; sus pechos se movían libres y firmes.