El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Casi era de madrugada cuando Drake llegó al grimorio de su padre.

Con un suspiro doloroso, lo abrió y comenzó a leer.

Para su sorpresa, Alexander Andreatos había sido el brujo más atrevido de todos.

Tenía hechizos casi para cualquier cosa, muchos de ellos diseñados para lograr sus propios caprichos, para someter la realidad a su voluntad.

Conforme iba leyendo, se dio cuenta de que su padre usaba la magia en su propio beneficio, rozando límites muy peligrosos.

Entonces llegó a un hechizo, casi al final del viejo libro de cuero, que le hizo dar un respingo al leer el encabezado.

—¿Posesión? —susurró confundido—. ¿Pero qué coño es esto? ¿En qué estabas metido, papá?

Después de leer el conjuro y las anotaciones en los márgenes, no daba crédito a lo que leía.

Al parecer, su padre había querido encontrar la forma de ser inmortal al igual que Athan, tal como lo intentó el primer Andreatos.

Sin embargo, al notar que su magia se agotaba y que estaba cada vez más débil, comprendió que le sería totalmente imposible lograrlo a través del amuleto.

Por lo que había escrito en su propio diario, sabía que su vida se apagaba poco a poco.

Estaba tan desesperado por seguir estando junto a su mujer y a su hijo, que acabó creando un hechizo que le permitiría poseer la mente del vampiro; quería intercambiarse con él y convertirse de este modo en un ser tan fuerte e indestructible como ellos, aunque fuese habitando otro cuerpo.

Pero el plan había fracasado. Athan era demasiado antiguo y poderoso para él; nunca había logrado doblegar su mente ni poseer su cuerpo con éxito.

Se puso en pie de golpe, con el pulso acelerado y la mente trabajando a mil por hora. Una posesión era algo impensable… una aberración. Pero… ¿y si realmente fuera capaz de lograrlo? Si conseguía dominar el cuerpo de un vampiro, podría enfrentarse a Athan de igual a igual.

Sin embargo, se vio obligado a descartar la idea rápidamente al recordar que, si mataba a Athan, él también moriría.

Por lo que le había contado su abuela, el vínculo del amuleto era implacable: morirían los dos.

Se frotó el pelo con frustración, diciéndose a sí mismo que estaba completamente loco por barajar siquiera una idea tan absurda.

Aquella era una magia demasiado oscura, prohibida, e incluso podría morir con solo intentarlo.

Pero… una imagen traicionera cruzó su mente.

Salió a la terraza y se asomó al vacío desde la barandilla de cristal.

¿Cuánto había hasta el suelo? ¿Veinte o treinta metros?

Y ese tipo había saltado desde allí hasta el suelo como si nada.

Recordó la fuerza con la que lo había levantado del cuello y la agilidad con la que había masacrado a sus atracadores.

Su padre había fracasado porque su magia se estaba apagando, porque estaba débil.

Pero ¿y él? Su abuela le había asegurado esa misma noche que era el Andreatos más fuerte que había nacido en generaciones.

Durante una milésima de segundo, una curiosidad febril y peligrosa le invadió por completo.

¿Qué se sentiría al dominar semejante poder?

¿Qué se sentiría siendo inmortal, indestructible, totalmente libre?

¿Qué se sentiría al carecer de esos sentimientos humanos que siempre le nublaban la razón y le hacían querer ocultar su magia para no sentirse un bicho raro frente a los demás?

No quería pensar más en ello, pero definitivamente algo en su interior se había encendido, una chispa que prendía fuego a su mente.

¿Podría hacerlo? ¿Y si al menos lo intentaba solo para comprobar si aquel hechizo funcionaba realmente?

Pero Athan quedaba totalmente descartado; si su padre no había podido doblegarlo por lo poderoso que era, él tampoco lo lograría en un primer intento, de eso estaba seguro.

Necesitaba a otro. A un vampiro común, uno más joven y débil con el que testear el hechizo.

¿Pero cómo demonios iba a encontrar a uno?

Regresó al interior y se obligó a desechar la idea.

Dios, esto es una locura absoluta. ¿Cómo se te ocurre siquiera pensarlo?

, se advirtió mentalmente, como si le hablara la poca cordura que le quedaba, que a estas alturas debía estar escondida en lo más profundo de su mente.

Se sirvió un vaso de whisky solo para despejarse, pero, mientras daba el primer sorbo, el eco de la voz de su abuela resonó al otro lado de su cabeza como un susurro venenoso:

«Tú eres el más poderoso de todos los Andreatos, Drake».

Se lo había repetido tantas veces a lo largo de los años.

¿Y si era cierto? ¿Y si él sí era capaz de lograr la posesión con éxito?

Ya no había lugar para las dudas. Aquella chispa de curiosidad se había convertido en un incendio que le arrasaba por dentro.

Tenía que intentarlo, e iba a hacerlo aquella misma noche.

Se cambió de ropa a toda prisa y bajó al garaje a por el coche.

Mientras conducía por la ciudad, se preguntó cómo iba a dar con uno de ellos que, además, estuviera solo.

Entonces recordó aquella desagradable sensación, aquel latigazo en las tripas que sentía cada vez que Athan estaba cerca.

Lo había sentido desde que llegó a París, solo que no supo lo que era hasta que tuvo al maldito vykrolakas frente a frente.

Pensó que, tal vez, su magia reaccionaría del mismo modo si se acercaba a cualquier otro chupasangres.

Pensó en los pubs de la ciudad. Ellos debían reunirse en algún lugar, salir a cazar en busca de sangre fresca, y seguramente, presas borrachas y despistadas serían lo más fácil.

Recordó un pequeño local, alejado de la zona centro, perfecto para esconderse de miradas indiscretas; el típico lugar al que él iría si fuese uno de esos seres queriendo pasar desapercibido.

Aparcó en la calle de atrás y entró en el pub. En apenas unos segundos, notó aquel extraño escalofrío revolviéndole el estómago. Buscó con la mirada el origen de aquella energía furiosa y, entonces, lo vio. Supo que era él en cuanto cruzaron las miradas.

Era un chico joven, más o menos de su edad, con el pelo moreno y alborotado y una piel tan pálida y perfecta que llamaba la atención como una luz encendida en medio de la oscuridad.

Llevaba unos pantalones ajustados y una camisa blanca desabotonada en el cuello.

Pero lo que realmente le delató fueron sus ojos.

Eran de un azul tan intenso y antinatural como los de Athan.

Le pareció el blanco perfecto: estaba solo y parecía distraído escaneando el bar, seguramente buscando a alguna víctima ingenua que cayera en sus garras.

Pero aquella noche, los papeles se invertirían: Drake sería el cazador y él, la presa.

Se acercó lentamente y se acomodó junto a él. El chico le miró, sorprendido por su repentina intrusión. La sensación en su interior no era tan intensa como cuando Athan estaba cerca, por lo que rezó a todos los dioses para que aquello significara que no era tan antiguo y poderoso como él.

—¿Buscando alguna presa, puto vampiro? —murmuró, acercándose lo justo para que solo él pudiera escucharle.

El chico levantó la vista, sobresaltado. No entendía cómo aquel humano había descubierto lo que era. Entonces, al mirarlo fijamente, vio cómo los iris de Drake eran devorados por un negro absoluto durante un pequeño instante. El vampiro vio su propio rostro de terror reflejado en aquella oscuridad.

— Nekromantis —siseó, tensando la mandíbula.

Lejos de acobardarse, el muchacho se irguió lentamente. Su rostro era una máscara de fría hostilidad.

—No estoy buscando problemas —advirtió con un tono mucho más oscuro y cortante—. Yo ya me iba, pero te lo advierto, brujo, será mejor que sigas tu camino. Este no es lugar para los tuyos.

Se bajó de la barra despacio, sin darle la espalda del todo, y enfiló hacia la puerta trasera, claramente intentando escapar sin llamar la atención del resto del pub.

Pero Drake ignoró totalmente su advertencia.

Estaba demasiado decidido para echarse atrás ahora.

Salió tras él a paso rápido y logró interceptarlo justo cuando el chupasangres se adentraba en la soledad del oscuro callejón que quedaba a la espalda del local, esperando poder huir camuflado entre las sombras.

En cuanto escuchó pasos tras él, el chico se giró mostrando los colmillos, preparándose para atacar, pero Drake tenía claro lo que debía hacer.

Recordaba las palabras exactas del grimorio y, a pesar de que nunca había invocado alta magia negra como aquella, comenzó a recitar uno de los hechizos que había memorizado, en un tono profundo e hipnótico, como si fuese un experto:

— Ypotáxou sti thélisí mou, paradósou sto skotádi… Líthargos [15] .

Con cada palabra, notaba cómo la energía crecía en sus venas, una corriente eléctrica que le azotaba por dentro, luchando por proyectarse hacia el exterior.

El vampiro soltó un grito desgarrador, una mezcla de dolor y de terror, y se llevó las manos a la cabeza, retorciéndose desesperado.

Drake elevó la voz, recitando de nuevo. El chico gritó más fuerte.

Un hilo de sangre oscura brotó de su nariz y de sus oídos hasta que, finalmente, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó en el suelo, inconsciente.

Drake se quedó inmóvil, respirando con dificultad, sintiendo todavía el eco de la magia negra vibrando en su pecho.

Miró sus propias manos, que aún temblaban por el remanente de energía.

Una media sonrisa triunfal asomó a sus labios.

Su abuela tenía razón; lo había conseguido, había doblegado la mente de un inmortal en cuestión de minutos.