CAPÍTULO 9 #3
Ciego de rabia, se abalanzó de nuevo contra él.
Pero esta vez el vampiro lo interceptó en el aire: lo aferró por el cuello y lo estampó contra la pared, levantándolo un palmo del suelo.
Drake pataleó, desconcertado por aquella fuerza desmedida.
Las imágenes de la masacre del callejón le vinieron a la mente en un destello.
Ese animal sediento de sangre acababa de dejar claro que su magia no era suficiente para defenderse de él.
Cerró los ojos, dispuesto a morir de la misma forma horrible que aquellos atracadores.
—Mírame, muchacho idiota —le habló pausadamente, todavía con un toque de incredulidad en su voz—. No sé por qué demonios tu familia te ha mantenido en la ignorancia todo este tiempo con respecto al maldito amuleto que llevas colgado al cuello como si fuera cualquier cosa.
Hizo un amago de tocar el cristal rojo, pero detuvo su mano a centímetros de él, como si no quisiera hacerlo, o no pudiera. Aunque ese simple gesto no pasó desapercibido para Drake.
—No… no sé de qué me… hablas —logró articular, respirando con dificultad bajo la presión de aquella mano helada.
—Te lo explicaré de forma que tu pequeño cerebro humano pueda entenderlo. El amuleto nos vincula, estúpido. Ese puto cristal, maldito por la magia de tu familia, une tu vida a la mía. Si tú sufres algún daño, yo lo sufro igualmente, y viceversa.
Para demostrárselo, el vampiro se hizo un corte pequeño pero profundo en el rostro con su propia uña. Drake ahogó un grito al sentir un dolor lacerante en su propia mejilla. Unas gotas de sangre rodaron por su piel.
Frente a su atenta mirada, el corte de ese engendro comenzó a sanar rápidamente. Al instante, la herida en su propio rostro también se cerró, borrando cualquier rastro de dolor. Permaneció mirándolo fijamente durante unos segundos, atónito. Aquello escapaba a toda lógica.
—¿Lo vas entendiendo, nekromantis ? —continuó, escupiendo la última palabra con asco—.
Para que te quede claro, por si todavía tu diminuto cerebro humano no lo ha deducido: si yo sufro, tú sufres; si yo muero, tú mueres, y si el amuleto se destruye, ¡morimos los dos!
Ese es el único motivo por el que estás respirando en este momento en lugar de estar desangrándote en ese callejón como los tipos que te atacaron.
Será mejor que vayas entendiendo de una vez la importancia de lo que llevas colgado como si tan solo fuera una reliquia antigua.
Porque si vuelves a ponerlo en riesgo, yo mismo te romperé el cuello con mis propias manos, aunque eso me arrastre al infierno contigo.
—Suéltame… —consiguió susurrar, casi sin aire.
Para sorpresa de Drake, abrió la mano al instante, liberándolo. Cayó de rodillas sobre las baldosas de la terraza, tosiendo con violencia y agarrándose el cuello dolorido. Aun así, haciendo un esfuerzo titánico por mantenerle la mirada, le plantó cara.
—¿Quién… quién coño eres tú? —dijo entre jadeos, pero haciendo acopio de todas sus fuerzas para mirarlo directamente a los ojos.
El hombre dio un paso atrás, hundiéndose de nuevo en las sombras, y sonrió con frialdad.
—Soy Athan Vykros. Recuérdalo, nigromante, porque a partir de hoy seré tu sombra. Estaré esperando el momento justo en que des un paso en falso para acabar contigo. Los Andreatos tenéis los días contados.
El vampiro le dio la espalda, caminó hacia el borde de la terraza y se dejó caer al vacío sin más. Cuando logró levantarse y correr hacia la barandilla de cristal, ya no había ningún rastro de aquel monstruo por ningún lado.
Estaba asustado, confundido y, sobre todo, furioso. ¿Cómo podía ser cierto todo aquello? ¿Cómo su familia podría haberle ocultado algo así? Pero tenía claro dónde ir a buscar respuestas. Bajó corriendo al garaje, se subió al coche y salió chirriando ruedas hacia la mansión Andreatos.
Cuando Drake llegó el sol empezaba a despuntar. Entró como una exhalación y fue directo al despacho cerrado de su padre. Forcejeó con la puerta, desesperado. François apareció en el pasillo, en pijama, y mirándolo con horror al verlo cubierto de sangre.
—¡Dios mío, señor! ¿Pero qué le ha pasado? ¿Se encuentra bien?
—Tranquilo, Fran, he tenido un pequeño accidente, pero estoy bien. ¡Ábreme esta puerta! ¡Necesito respuestas, maldita sea! —gritó, aporreando la madera con los puños.
Estaba completamente al borde de la locura. Sentía que su mente se iba a desmoronar en cualquier momento, y más después de descubrir que todo lo que creía saber sobre su vida era una mentira.
—Lo siento, señor, pero la única que tiene la llave es la señora Helena. Es demasiado temprano para…
—¡Me da igual! ¡Despiértala! ¡Que se despierte toda la casa y vengan a abrirme esta puta puerta de una vez!
En aquel preciso momento apareció Helena, descalza y atándose a toda prisa una bata de seda a la cintura. Al ver la ropa ensangrentada de su nieto, ahogó un grito y corrió hacia él.
—¡Hijo mío! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? —Le palpó los brazos y el torso, histérica—. Ha sido esa maldita moto, ¿verdad? Te lo he dicho cientos de veces, es un peligro, por eso no queríamos que te la compraras. Vamos al hospital ahora mismo…
—¡¿Que qué me ha pasado?! —respondió, apartándose bruscamente, haciendo aspavientos, totalmente fuera de sí—.
¡¿Que «qué me ha pasado», abuela?! ¡Me ha pasado que un puto vampiro ha surgido de la nada y ha masacrado a cinco tipos delante de mí, desgarrándoles la garganta como si fueran animales!
Y cuando le he visto la cara y he escuchado su voz, me he dado cuenta de que ese monstruo fue el que mató a mi padre.
Él estaba en este mismo despacho aquella noche, lo recuerdo perfectamente, aunque tú siempre me lo has negado.
¡Yo lo vi! ¡Me ha pasado que me habéis mentido toda mi vida!
Helena palideció. François retrocedió, asustado, retirándose en silencio al ver el giro que tomaba la conversación.
—¿Y sabes qué ha sido lo mejor? ¡Que he intentado matarlo, joder…
! ¡Y entonces he descubierto que no puedo!
Él ha tenido que contarme lo que mi propia familia me ha ocultado todos estos años: que estoy unido a ese monstruo por esta mierda de amuleto, ¡que se suponía que solo era una puta reliquia familiar!
¡Y ahora resulta que, si se destruye, significa mi propia muerte! ¡¡Eso es lo que me ha pasado!!
Helena se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
La vida perfecta y controlada que había planeado para su nieto acababa de desmoronarse como un castillo de naipes en sus propias narices.
Sabía que tarde o temprano esto iba a pasar, pero él había sido demasiado joven para entenderlo y ella seguía esperando el momento idóneo para contárselo todo.
Ahora, aquel vampiro malnacido se había adelantado a sus planes y ya no había vuelta atrás.
Con manos temblorosas, sacó del escote la llave que llevaba colgada desde el día que murió su hijo, la introdujo en la cerradura y abrió la pesada puerta del despacho.
—Adelante, entra. Ha llegado el momento de que sepas toda la verdad.
El despacho estaba tal y como él lo recordaba. Incluso había libros abiertos sobre el escritorio, como si su padre los hubiera dejado ahí el día anterior.
—Todo está tal cual lo dejó tu padre aquel día. Este es su grimorio —dijo Helena, acariciando un grueso diario con tapas de cuero envejecido—. Y estos son los de nuestros antepasados —señaló una línea perfectamente ordenada de libros similares.
—¿Grimorios?
—Nuestros libros de magia, hijo. Donde cada Andreatos ha apuntado sus hechizos y experiencias. Tienes frente a ti el legado de todos los brujos de nuestra sangre. Y este es el de tu padre.
Él contempló el libro con el nombre Alexander Andreatos grabado en la tapa con letras doradas. Lo cogió con suma delicadeza y se sentó en el sillón de su padre. Helena tomó asiento frente a él.
—Pensaba que ocultarte esto te mantendría a salvo de esta locura hasta que estuvieras preparado para hacerte cargo de tu destino.
Pero el otro día, cuando traté de contártelo todo, me miraste como si estuviera loca y ni siquiera me dejaste terminar.
Quería esperar a que lo asimilaras para poder contarte toda la verdad.
—¿Vampiros, yiayia ? ¿Te das cuenta de que esto realmente suena a locura, verdad?
Y pensar que el otro día no te creí cuando mencionaste a los vykrolakas —dijo con una sonrisa triste en los labios mientras acariciaba el nombre de su padre sobre el cuero de aquel diario—.
Pero está bien, necesito que me cuentes toda la verdad de una vez, estoy dispuesto a mantener la mente abierta esta vez. No más secretos.
—De acuerdo, hijo, no más secretos. Como ya te conté la otra noche, la historia de ese amuleto se remonta a hace más de cuatrocientos años —comenzó Helena, adoptando un tono solemne—.
Todo empezó en la antigua ciudad griega de Aiónia.
Nuestro antepasado, Alexandros Andreatos, era la mano derecha del rey de aquella ciudad, Laertes.
Ya sabes que Alexandros tuvo que cruzar los límites prohibidos de la magia y convertirse en nigromante para frenar a los vykrolakas …
pero lo que no te conté es cómo se recrudeció esa guerra por culpa de una traición interna.
—¿Una traición?