CAPÍTULO 9 #2
Pero justo cuando lo tenía delante y alzaba los brazos para devolverle el golpe que había recibido, sintió el acero helado de una navaja perforando su espalda.
Un dolor candente, agónico, le sobrecogió, haciéndole soltar el bate al instante.
Al bajar la mirada, vio horrorizado cómo la punta metálica asomaba por su vientre, del que comenzaba a brotar sangre de manera alarmante.
Uno de los tipos que quedaba libre le había clavado la navaja con tanta fuerza que lo había atravesado de lado a lado.
En ese preciso instante, cayó de rodillas y giró la cabeza para pedir ayuda al desconocido, que estaba peleando a escasos metros. Pero la voz se le quedó atascada en la garganta.
Se quedó mudo al ver que, en ese instante, a aquel tipo de los ojos azules le comenzaba a brotar una gran cantidad de sangre exactamente por el mismo sitio del abdomen en el que él había sido herido.
Miró confuso a un lado y a otro, pensando en quién habría podido apuñalar a ese chico, pero era imposible.
El de la navaja no podía haberlos atacado a los dos a la vez y el tipo del que él se estaba defendiendo yacía inconsciente en el suelo.
Después, todo se precipitó frente a sus ojos, como una película de terror a cámara rápida.
Arrodillado en el asfalto y sujetándose la herida con las manos ensangrentadas, escuchó un sonido que le puso el vello de punta.
Un rugido puramente animal y gutural que surgió de lo más profundo de la garganta de su salvador.
Vio cómo el desconocido se llevaba las manos a su propia herida fantasma.
De repente, observó espantado cómo los ojos del hombre cambiaban de color.
Pasaron del azul cielo, profundo y cristalino, a un extraño y depredador amarillo con un halo rojo envolviendo el iris.
Una sonrisa cruel curvó sus labios, mostrando unos colmillos afilados que acababan de abrirse paso entre sus dientes.
Sin darles tiempo a reaccionar, se lanzó sobre el chico de la navaja de un salto tan antinatural, tan inmenso que pareció que literalmente volaba.
Aterrizó sobre él, se colocó a su espalda y le hundió los dientes en la garganta con la brutalidad de una bestia.
Al separarse, un sonido húmedo desgarró el aire; había dejado un hueco en la carne del que la sangre manaba a borbotones.
Drake se quedó completamente rígido, paralizado, incapaz de creer lo que estaba viendo, mientras observaba al tipo ir a por el resto uno a uno.
Se movía como un animal salvaje, hambriento y sediento de sangre al que acaban de soltar de su jaula.
Acabó con los demás en cuestión de segundos, arrancándoles la vida con sus propios colmillos hasta llegar al jefe, que miraba la carnicería atónito, llorando y suplicando clemencia con las manos en alto.
El salvador se plantó frente al líder. La mirada amarilla del monstruo estaba clavada en él.
La sangre de sus víctimas le resbalaba por las comisuras de los labios, bajaba por su barbilla y empapaba el cuello de la camiseta blanca, que ya era un lienzo rojo oscuro, manchada por la herida mágica de su estómago y por la masacre que acababa de cometer.
Las súplicas de aquel muchacho no sirvieron de nada.
En un movimiento tan rápido que Drake apenas pudo registrar, el monstruo pasó la mano por delante del cuello de aquel pobre desgraciado.
La sangre salió disparada en el aire, brotando a presión de la garganta seccionada como si le hubiese decapitado con una espada sumamente afilada.
Solo que aquel tipo lo había hecho con la fuerza y el filo de sus propias uñas.
El cuerpo cayó al suelo con un golpe seco que resonó en el silencio de aquel callejón oscuro.
Él sentía que su consciencia se desvanecía. Había perdido demasiada sangre por la puñalada, pero aun así trató de arrastrarse hacia atrás. Tenía que huir. Tenía que salir de allí.
Mirando aquel macabro escenario de cuerpos sin vida y charcos de sangre bajo la tenue luz de la farola, sintió en lo más profundo de su ser que aquel tipo no era su salvador.
En ese momento tuvo la certeza de que esa bestia asesina de ojos amarillos era la peor de sus pesadillas.
Era aquello de lo que su abuela había tratado de advertirle días atrás, aquello en lo que él no había querido creer.
Las fuerzas le fallaron por completo. Su cuerpo cedió, desplomándose sobre el asfalto. Con su último aliento, consiguió pronunciar en un susurro la única palabra que resonaba en su mente, mirando fijamente a los ojos de aquel asesino cubierto de sangre justo antes de perder el conocimiento.
—Vykrolakas…
Drake despertó asustado y aturdido. No sabía dónde estaba.
Le dolía terriblemente la cabeza, y durante un segundo creyó que todavía estaba tirado en aquel callejón oscuro.
Instintivamente se llevó las manos al abdomen, pero la herida había desaparecido.
El lugar en el que le habían clavado aquella navaja permanecía intacto; su piel, tersa y firme como siempre.
Recorrió los alrededores con la mirada y se dio cuenta de que estaba en su casa, tumbado sobre una hamaca de su terraza.
Por un momento dudó de si todo habría sido un sueño, pero entonces se fijó en sus manos, manchadas de sangre seca.
Observó su estómago: tenía la camiseta rajada justo donde le habían apuñalado.
Se la subió de nuevo, con el corazón desbocado, pero allí no había nada. Ni una cicatriz, ni una marca. Nada.
Se levantó y se puso a dar vueltas de un lado a otro, nervioso, sin saber qué hacer.
Al verse reflejado en la cristalera que daba al salón, su aspecto le pareció sacado de una película gore.
Aparte de la camiseta rota y teñida de rojo casi por completo, tenía los pantalones y la cara salpicados de una sangre que, supuso, sería de aquellos malditos atracadores que habían corrido tan mala suerte a manos de ese monstruo.
Entonces notó, de nuevo, aquella sensación extraña.
La misma que llevaba sintiendo desde su llegada a París, la misma que había notado justo antes de que ese tipo apareciera para ayudarle en el callejón.
Supo a ciencia cierta que él estaba allí, observándole desde algún rincón.
No lo dudó ni un momento. Ya no tenía miedo. Necesitaba respuestas.
—¡Sal de una vez! —gritó a pleno pulmón—. Es inútil que te escondas, sé que estás ahí, puedo notarlo. ¡Sal!
De pronto, de un rincón oculto entre las sombras de la terraza, apareció aquel hombre. Llevaba la misma sudadera negra, pero esta vez bajó la capucha, dejándose iluminar por la luz de la luna para que pudiese verle bien, mirándole fijamente a los ojos.
—Aquí estoy.
Su voz era grave, pausada, y extrañamente inquietante.
Notó un ligero acento extranjero que no pudo identificar, pero lo que sí identificó al instante fueron sus ojos.
Aquella mirada sobrenatural que no había olvidado ni un solo día desde que era un niño.
Con la adrenalina del momento en aquel sucio callejón no lo había reconocido, pero ahora que lo tenía frente a frente estaba completamente seguro de que era él.
—¡Eras tú aquella noche, fuiste tú maldito monstruo! —Drake gritaba fuera de sí, mientras el hombre le miraba confuso, sin saber de qué estaba hablando—. ¡Tú mataste a mi padre! —escupió con rabia.
—¡¿Qué?! —respondió el desconocido, frunciendo el ceño—. Mira, chico, no sé lo que te habrán contado, pero te equivocas.
Su tono era tranquilo y sosegado, lo que le hizo enfurecer todavía más.
—¡No, no me equivoco! Nadie me lo ha contado, yo estaba allí. Yo te vi en aquella habitación. Lo recuerdo perfectamente, aunque solo era un crío. ¡Jamás he olvidado tus ojos, ni tu voz! ¡Sé que fuiste tú!
—Te repito que estás equivocado.
—No sé quién eres ni por qué me has salvado esta noche, pero no me importa. No pienso agradecértelo. Pienso matarte ahora mismo, aquí, a sangre fría, como tú hiciste con mi padre y con esos tipos del callejón.
Los ojos de Drake destilaban dolor y rabia. Sin dudarlo, se abalanzó sobre él tratando de golpearlo, pero el hombre esquivó el puñetazo con una facilidad insultante.
—Será mejor que no lo intentes si no quieres acabar realmente herido esta vez —le advirtió, sin perder la calma—. Solo he venido a hablar.
Asumió entonces que no podría acabar con él a puñetazos, y menos después de haberlo visto masacrar a cinco hombres en segundos. Era un ser supuestamente inmortal; la única forma de luchar contra él de igual a igual era usando su magia negra.
En un parpadeo, la oscuridad se tragó por completo su mirada.
El vampiro lo miró fijamente, sorprendido, como si reconociera de sobra lo que se le venía encima.
Notaba su magia descontrolada, pero no le importaba.
La necesitaba salvaje para destruir a aquel monstruo.
Alzó una mano y una pequeña bola de fuego comenzó a levitar sobre su palma.
La lanzó directamente contra él sin piedad.
Esperaba una reacción furibunda por su parte, un combate a muerte para vengar a su padre. Pero, para su sorpresa, el tipo no se movió. Se quedó allí plantado, aguardando a que la bola de fuego colisionara contra su pecho.
El fuego impactó de lleno en el hombro de su oponente, pero fue él quien soltó un grito de dolor.
Un latigazo abrasador y punzante le atacó exactamente en el mismo sitio.
Se miró el hombro, sorprendido, y se apartó la camiseta.
Una fea quemadura se estaba formando en su propia piel.
Sentía un dolor insoportable, pero, de repente, la quemadura empezó a desaparecer junto con el ardor.
—¿Pero qué…? —susurró.
Aquel hombre permanecía inmóvil, mirándolo con una mezcla de incredulidad y desconcierto.
—Entonces mis sospechas eran ciertas… No sabes nada —murmuró el intruso—. ¡¿Cómo han podido ser tan estúpidos?! —alzó la voz, frustrado.