El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Cuando Drake se dio cuenta de dónde se había metido ya era demasiado tarde.

Antes de poder reaccionar, tres tipos le rodearon, obligándole a detener su carrera de golpe. Uno de los desconocidos se paró frente a él, mirándole de arriba abajo con una sonrisa prepotente dibujada en su rostro.

—Vaya, vaya. ¿Pero qué hace un puto niño rico como tú por estos barrios?

Trató de dar media vuelta, pero los otros dos individuos se habían posicionado estratégicamente a su espalda, cortándole la retirada.

—Bonito reloj —dijo uno de ellos, señalando su muñeca—. ¿Qué te parece si me lo prestas, colega?

Se giró, mirando a los tres sujetos, tratando de sopesar la situación. Por un momento estuvo tentado de pedir ayuda, pero aquella calle oscura y estrecha estaba totalmente desierta. Se maldijo por haber ido tan distraído en sus pensamientos y no haber reparado en dónde se metía.

—Escuchad, tíos, no quiero problemas. Dejad que me vaya y aquí no ha pasado nada.

El que estaba frente a él se rio prácticamente a carcajadas en su cara.

Estaba claro que era el jefe de aquella pequeña banda, por cómo los otros lo miraban continuamente.

Se fijó más detenidamente y pudo ver que no eran más que unos críos.

Los dos de atrás debían tener unos dieciséis o diecisiete años, excepto el que hablaba, que parecía el mayor de todos y ya debía de haber cumplido la veintena.

Era un tipo de piel oscura y con algunas cicatrices en el rostro.

—¿Nos estás amenazando, capullo de mierda? —Volvió a reír, y esta vez su séquito acompañó las risas—. Mira, nos vas a dar tu reloj, el móvil y todo lo que lleves encima. Entonces podrás irte por donde has venido sin ningún problema. ¿Lo has entendido, blanquito?

El tipo dio un paso al frente y mostró los dientes en una mueca que relució bajo la tenue luz de la única farola que iluminaba la calle.

Escuchar que le hablaba de ese modo fue como si un resorte se activara en su cabeza.

La rabia que traía de casa se sumó a la adrenalina del momento.

Un repentino latigazo en su estómago le advirtió que su magia estaba a punto de aparecer, y amenazaba con descontrolarse.

Por un segundo analizó la situación y pensó que seguramente podría con ellos.

Al fin y al cabo, no había nadie en aquella calle que fuese a ser testigo de nada en caso de que sacase su magia a pasear un rato.

La tenía desde pequeño y nunca la había utilizado en beneficio propio; aunque, en realidad, pensaba que recurrir a ella en esos momentos no sería un acto egoísta, sino pura legítima defensa.

Estaba en su derecho de usar lo que el destino le había otorgado.

—No te voy a dar una mierda, cabrón —contestó casi instintivamente.

El asaltante le miró, totalmente perplejo. No podía creer que les estuviera plantando cara a pesar de estar claramente en desventaja. Aquello le enfureció tanto que decidió darle una lección.

Levantó el brazo para pegarle un puñetazo, pero justo a unos centímetros de su cara, notó cómo una fuerza invisible le impedía moverse, incapaz de acercar el puño al rostro de Drake.

Entonces, al alzar la vista y buscar su mirada, retrocedió un paso, asustado.

Los ojos de su víctima eran totalmente negros; y lo observaban fijamente, como si fuera un demonio en medio de aquel callejón oscuro.

Aún con miedo, el tipo se revolvía con rabia tratando en vano de asestarle el golpe, pero su propio cuerpo ya no le respondía.

—¿Pero qué coño…? —susurró, con un temblor en la voz que no pudo disimular.

Entonces, Drake levantó el brazo, dirigió la palma de su mano hacia él y este empezó a retroceder hasta que acabó cayendo de rodillas, doblegado por un dolor atroz que no sabía siquiera de dónde venía.

—¿Qué… qué… cojones eres… tú? —dijo, casi escupiendo las palabras, sin aliento.

Uno de los compinches que estaba a su espalda trató de atacarlo para ayudar a su amigo, pero él hizo un movimiento seco con su otra mano que lanzó al muchacho varios metros por los aires.

El pandillero que quedaba en pie lo miraba, aterrado.

Drake comenzaba a notar cómo su magia corría por sus venas como un poder crudo y furioso, caliente, deliciosa, deseando salir después de tanto tiempo encerrada.

Una sonrisa oscura apareció en la comisura de sus labios al ver el pánico reflejado en el rostro de aquellos delincuentes.

Tras haber hecho volar a uno de ellos y tener al jefe retorciéndose de dolor en el suelo sin ni siquiera tocarlos, se sentía tan fuerte, tan poderoso que no encontraba motivos ni ganas para parar.

Ansiaba aplastar a aquellos tres miserables que se habían atrevido a cruzarse en su camino, creyendo que era un pobre chaval indefenso.

No quería ni imaginar cuántas veces habrían hecho lo mismo con otras personas.

De repente, como surgidos de la nada entre las sombras del callejón, otros dos chicos salieron corriendo para ayudar a sus colegas.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando uno de ellos le pilló por sorpresa y lo golpeó brutalmente por detrás con un bate de béisbol.

Cayó de bruces sobre el asfalto, quedando casi inconsciente. Durante unos segundos que le parecieron eternos, estuvo tirado en el suelo sin poder moverse, viendo doble y con un pitido constante en los oídos. Vio cómo el jefe se recuperaba y se acercaba de nuevo hasta ponerse en cuclillas a su lado.

—¿Ahora ya no eres tan valiente, eh, chaval? No sé cómo coño has hecho lo de antes, pero te vas a arrepentir, hijo de puta.

Nada más terminar la frase, le propinó una fuerte patada en las costillas que hizo que se ovillara, tosiendo sangre. Otro de los chicos le dio otro puntapié en el costado contrario, y pudo sentir claramente el crujido de varios de sus huesos amenazando con romperse.

Un dolor punzante le atravesó el pecho. Trató de concentrarse para volver a invocar su magia, pero el mareo por el golpe en la cabeza era tan intenso que no lograba canalizar la energía.

Le dieron varias patadas más en el estómago.

Entonces, el jefe de la pandilla se agachó de nuevo junto a él y empezó a arrancarle el reloj mientras otro le vaciaba los bolsillos para llevarse el móvil y la cartera, al tiempo que recogía sus AirPods que habían quedado tirados cerca de él.

—¿Lo ves? Todo habría sido más fácil si hubieses colaborado desde un principio —se burló, dándole unas sonoras y humillantes palmaditas en la cara.

En ese momento, el tipo se fijó en que algo relucía en su cuello.

—¿Pero qué tenemos aquí? —murmuró, enganchando el colgante de Drake por la cadena.

—No… no… no toques eso o te mataré… te… te lo juro… —Le costaba respirar, pero, al ver que aquel tipo intentaba robarle lo único que llevaba encima que realmente le importaba, sacó fuerzas de donde ya no las tenía.

El líder de la banda dio un fuerte tirón, rompiendo la cadena, y observó el amuleto al trasluz de una farola.

Le llamó la atención el denso líquido rojo del interior del cristal.

Al darse cuenta de la desesperación en los ojos de Drake, enseguida supo que aquel objeto debía ser algo importante para él.

Sonriendo con crueldad, lo depositó en el suelo de piedra y puso el talón de su zapatilla justo encima.

—Si hubieras sido un buen chico y nos hubieras dado lo que te hemos pedido desde un principio, ahora no estarías así, ni tu feo colgante de mierda estaría a punto de romperse en mil pedazos.

Estiró un brazo para intentar cogerlo, justo cuando el tipo levantaba el pie para aplastar el amuleto definitivamente.

—¡¿No creéis que sois demasiados contra uno solo?!

Una voz grave resonó desde la oscuridad. Un hombre emergió en la entrada del callejón, fundido con las sombras, haciendo que todos se sobresaltaran, incluido el que estaba a punto de destruir el cristal.

—Será mejor que te metas en tus asuntos, amigo —escupió uno de los pandilleros, mientras él y otro de sus compinches se dirigían hacia el intruso sacando sus navajas.

Los otros permanecieron todavía alrededor de Drake. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico, pero logró levantarse un poco, apoyado sobre los codos, para intentar ver al hombre que, al parecer, había acudido en su ayuda.

Apenas pudo distinguirlo en la penumbra. Era un hombre joven, vestido con vaqueros y una sudadera negra con la capucha echada sobre la cabeza. Se descubrió el rostro cuando el primer pandillero se abalanzó sobre él, intentando en vano darle un puñetazo.

Pudo ver entonces que se trataba de un tipo de unos veintitantos, con una barba incipiente de un par de días, aspecto desarreglado y el cabello negro rozándole el cuello.

Pero lo que más le llamó la atención, fueron sus ojos.

Eran de un azul tan brillante y sobrenatural que relucían en la oscuridad con luz propia, como si no fueran reales.

Entonces todo pasó muy rápido.

Los navajeros fueron a atacarle, pero el desconocido se defendía con una precisión asombrosa. Apenas lograban rozarlo. Se movía entre ellos con una fluidez letal, esquivando los cortes de forma tan rápida y ágil que, a Drake, por un segundo, le pareció fruto de una alucinación por el golpe.

Consciente de que no podría usar su magia delante de aquel desconocido, asumió que tendría que defenderse de manera tradicional, a pesar del dolor de costillas.

El hombre misterioso se quitó la sudadera cuando uno de los vándalos le agarró por la espalda, quedándose solo con una ceñida camiseta blanca.

Drake lo miró de reojo. No era un tipo inflado de gimnasio, pero sus músculos estaban esculpidos como acero; cada fibra se marcaba bajo la tela al menor movimiento.

Cuando casi le partió la mandíbula a uno de sus atacantes de un solo puñetazo que lo mandó a volar, se preguntó de dónde sacaba aquella fuerza descomunal.

Aprovechando la confusión de la pelea, reptó hasta su amuleto, se lo guardó en el puño y se impulsó directamente hacia el jefe de la banda, cogiendo el bate de béisbol que habían usado contra él.