CAPÍTULO 8 #5
—Ya ves. La tía está buenísima —respondió el rubio, riendo y dándole un golpecito cómplice con el codo—.
Vamos juntos a clase y me ha tocado hacer un trabajo con ella.
Joder, no me lo podía ni creer cuando el profesor nos ha emparejado.
Con un poco de suerte, el trabajo me servirá de excusa para ligármela.
Drake sintió cómo la sangre le martilleaba en las sienes.
Sus ojos cambiaron en milésimas de segundo.
Agachó la vista hacia el suelo para que el chico no se diera cuenta de su transformación, sabiendo que la rabia debía de estar reflejándose en sus ojos.
Miró rápidamente a un lado y a otro; por suerte, estaban bastante ocultos tras aquella columna.
—Mira, capullo —dijo al fin, mascando cada palabra, tratando de contener la magia que amenazaba con reventar cada poro de su piel—. Esa tía es mi novia. Y no te quiero a menos de veinte metros de ella. ¿Te queda claro?
El chico puso tal cara de sorpresa que palideció en segundos. —Hostia, tío, lo siento. No sabía que tuviera novio. Solo ha sido un comentario tonto, ¿de acuerdo? No lo he dicho en serio…
En un movimiento inusualmente rápido, Drake se giró y lo agarró bruscamente por el cuello, casi levantándolo del suelo y obligándolo a ponerse de puntillas.
—¿Pero qué haces, tío? —balbuceó el muchacho, sin poder respirar, con los ojos llenos de pánico.
—Creo que no me has entendido bien. No te quiero cerca de ella. No vas a hacer ningún jodido trabajo con mi mujer. Mañana le dirás a tu profesor que te cambie de pareja y, si vuelvo a verte cerca de ella, te lo explicaré de otra manera. ¿Lo entiendes ahora?
El chico asintió frenéticamente. La cara de Drake reflejaba tal nivel de violencia que no pensó ni por un momento en llevarle la contraria. En cuanto lo soltó, el muchacho se quedó encorvado, cogiendo aire desesperadamente mientras observaba cómo se alejaba a grandes zancadas.
De pronto, el chico dio un salto cuando una mano se posó sobre su hombro.
—¿Estás bien? ¿Qué coño ha pasado aquí? Lo he visto todo, pero ¿qué le has dicho para que se ponga así?
David había presenciado la escena de camino a la biblioteca. Estaba tan sorprendido de ver a su amigo envuelto en otra agresión física que no se había atrevido a intervenir, esperando a que pasara el peligro para averiguar qué ocurría.
—Nada. Ese tío está loco, joder. Me ha visto hablando con su novia y casi me mata, el muy capullo —respondió el chico, frotándose el cuello enrojecido.
—Tranquilo, es colega mío. No sé qué le habrá pasado, pero te aseguro que normalmente no es así —trató de calmarlo para evitar que el chico fuera a quejarse al Decano.
Pero, aunque fingía tranquilidad, a David se le revolvió el estómago. Estaba claro que Drake era mucho más agresivo y posesivo de lo que aparentaba. No pudo evitar pensar en que tal vez había metido la pata al no creer a Michaël.
Estuvo un buen rato pensando en si debía contárselo a Marian, hasta que finalmente decidió hacerlo.
La reacción de su novia no hizo más que empeorar las cosas.
Marian le confesó que él y su amiga habían roto un par de días atrás porque había bebido mucho y se había vuelto violento con ella.
Aquello encendió todas las alarmas en la cabeza de Marian.
Quería a Evie como a una hermana, y tuvo clarísimo que, a partir de ese instante, iba a vigilar muy de cerca a su —al parecer— inestable novio.
Esa tarde, Evie notó a Drake muy distante. Tras recogerla en la facultad, se mostró ensimismado y frío. Ella ni se imaginó que la llamada que acababa de recibir de su compañero —excusándose torpemente para no hacer el trabajo juntos— tuviera algo que ver con esa actitud.
A él le costaba disimular. Odiaba perder el control, sabía que exponía su secreto cada vez que la rabia le dominaba, pero simplemente no soportaba ver a nadie revoloteando alrededor de su mujer.
Se relajó un poco al comprobar que ese idiota no lo había delatado y había puesto la excusa de su trabajo de tardes en una cafetería.
Ni siquiera le molestó que ella tuviera que irse a la biblioteca con su nueva compañera, arruinando sus planes de la cena romántica.
Necesitaba espacio para aplacar su monstruo interior.
Se quedó en casa cenando algo de comida preparada, frustrado consigo mismo.
Un buen rato después subió al gimnasio. La rabia de aquella mañana todavía le quemaba las venas, haciéndole sentir que su magia oscura pugnaba por salir y arrasar con todo.
Tras un rato golpeando el saco de boxeo hasta dejarse los nudillos en carne viva, decidió que le hacía falta la calle.
Correr entre el tráfico siempre le había ayudado a liberar la adrenalina mucho mejor que estar encerrado entre cuatro paredes. Se calzó las zapatillas y salió en busca del aire helado de la noche, sin importarle que ya fuera de madrugada.
Corrió durante más de media hora, alejándose de su casa sin rumbo fijo. Las palabras de aquel chico resonaban en su cabeza como un eco constante y, por momentos, deseaba volver a tenerlo delante para destrozarle la cara.
Iba tan cegado por sus propios demonios que no fue consciente de que estaba dejando atrás las luces del centro, adentrándose en los oscuros y peligrosos callejones de los suburbios.