CAPÍTULO 8 #4
Aquella extraña sensación la acompañó durante el resto de la noche, incluso cuando Drake la llevó de vuelta a su piso para cambiarse de ropa a la mañana siguiente.
Al subir en el ascensor, volvió a sentir que no estaba sola.
Notaba un inquietante cúmulo de energía en su cuerpo, como si algo estuviera luchando por salir.
Ni siquiera había sido capaz de explicarle lo que había sentido en aquella pesadilla cuando él le preguntó, temerosa de hacerle creer que estaba asustada por la magia que le había mostrado.
Últimamente estaba teniendo todos esos sueños perturbadores que no llegaba a comprender.
Iba tan ensimismada en sus propios pensamientos que, al entrar en casa, ni siquiera se dio cuenta de que su tío la esperaba sentado en la cocina junto a Marian.
—¡Al fin llegas! —La voz de Robert dejaba claro su enfado. Se maldijo por lo bajo por haber sido pillada in fraganti —. ¡¿Se puede saber de dónde narices vienes a estas horas?!
—Yo… bueno, verás…
—Tranquila, ya le he contado que has dormido en casa de nuestra amiga Celina —intervino Marian rápidamente, saliendo en su ayuda para que su amiga no desmontase la coartada que ella misma le acababa de inventar a su tío.
—Sí, anoche la verdad es que estaba muy afectada por nuestra discusión.
Como no quería fastidiarle los planes a Marian con David, me fui a casa de nuestra amiga Celina y al final decidí quedarme a dormir allí para no volver de madrugada.
—iba armando la historia conforme se le ocurría, pero Robert la conocía demasiado bien como para no saber cuándo estaba mintiendo.
—¡¿Pero vosotras os creéis que soy idiota?! —Su furia iba en aumento.
—Robert, no empieces. Ya soy mayorcita como para pasar la noche fuera sin tener que dar explicaciones, y menos te las pienso dar después de lo de ayer —contraatacó ella—. Todavía no puedo creerme que te pusieras de su parte. ¿Qué diablos te pasa, Rob? Esa mujer te tiene el cerebro absorbido, joder.
La cara de Marian era un poema al escucharla referirse así a la novia de su tío. Se encogió en la silla al ver cómo a Robert le cambiaba el rostro por completo; estaba claro que iba a montar en cólera de un momento a otro.
—Mira, Evie. Te quiero como si fueras mi hija, te lo he dicho mil veces.
Pero Eileen es mi novia y no voy a consentir que le faltes al respeto de esa manera.
No sé qué diablos pasó entre vosotras ayer, pero ya podéis ir arreglándolo, porque no pienso dejar que me pongáis en la situación de tener que elegir un bando, ¡¿entiendes? !
—Si me quisieras como a una hija, creerías en mí ciegamente, como cualquier padre hace con sus hijos, y no tendría que ser yo la que te diera explicaciones de nada —su cara comenzaba a sonrojarse, dejando ver la rabia que la consumía por dentro.
—No puedo creerme siquiera que hayas sido capaz de venir aquí a exigirme nada hoy.
—Cariño, he estado hablando con Eileen. Sé que fue una tontería, que la malinterpretaste cuando te habló, y ella está dispuesta a perdonarte si le ofreces una disculpa.
Ella abrió tanto los ojos al escuchar aquello que, por un segundo, Marian pensó que se le iban a salir de las órbitas.
—¡¿Qué?! ¡¿Yo una disculpa?! Mira, Robert, estaba dispuesta a perdonarte a ti porque te quiero, pero nunca, jamás, pienso ofrecerle ninguna disculpa a ella. Vete de mi casa, por favor. Déjame sola.
—Evie, por favor, no seas cría…
—¡Que te largues, te digo! —Estaba tan furiosa que se sintió mareada y tuvo que agarrarse al respaldo de una silla.
Una sensación amarga le subió por la garganta, amenazando con hacerle vomitar el desayuno—.
¡No quiero verte, no quiero hablar más contigo, no quiero saber nada de ti ni de esa zorra manipuladora!
—¡No te consiento que te refieras a ella de ese modo! ¡No te atrevas a volver a insultarla! La quiero, Evie, que te quede claro. Estoy enamorado de ella y pienso pedirle que se case conmigo, así que tendrás que aceptarla, te guste o no.
—¡Pues me parece muy bien! Cásate con ella. ¡Espero que tengas tus propios hijos y así puedas dejarme en paz de una vez!
El rostro de Robert se desencajó, dejando ver el profundo dolor que le habían causado esas palabras.
Rápidamente sintió una punzada de arrepentimiento y estuvo a punto de acercarse para pedirle perdón a su tío, pero antes de que pudiera reaccionar, él se dio la vuelta y salió del piso.
No gritó, ni se enfadó, ni siquiera pegó un portazo.
Cerró la puerta tras de sí con una suavidad casi imposible, un sonido sordo y definitivo que a ella le dolió muchísimo más que si hubiera hecho temblar las paredes.
Rompió a llorar en los brazos de Marian, dejando fluir al fin el torrente de emociones que había tratado de contener.
Su amiga trató de calmarla pidiéndole que le contase los detalles de su reconciliación con Drake.
Al cabo de un rato, prácticamente se había olvidado de la discusión, contándole todo lo ocurrido también en casa de su abuela, aunque omitió cuidadosamente el secreto mágico que él le había revelado y que todavía la tenía aturdida.
Aquella mañana, Drake estaba más eufórico que de costumbre. Después del terror de perder a Evie, ahora se sentía liberado. Saber que ya no tendría que esconderse con ella, y que lo aceptaba tal y como era, le llenaba de una paz desconocida.
Estaba enamorado como nunca antes lo había estado y deseaba que fuese suya para siempre.
La idea de pedirle matrimonio formalmente no dejó de rondarle la cabeza durante todas las clases.
Pensaba invitarla a cenar, prepararle algo romántico en su casa y conseguir que se quedara a dormir de nuevo.
Quería atraerla a su terreno; estaba convencido de que, cuanto más tiempo pasaran juntos y más se acostumbrase a convivir con él, menos le iba a costar aceptar su proposición.
Al terminar las clases, fue a buscarla a su facultad. Sin embargo, algo le hizo pararse en seco a mitad del camino.
Un latigazo eléctrico le subió desde el estómago hasta la garganta. Una mezcla tóxica de rabia y angustia azotó su cuerpo al ver a su novia en los jardines, hablando muy sonriente con un chico rubio, alto y muy bien parecido. No paraba de reír y se la veía tremendamente cómoda en su compañía.
Los observó en la distancia, sintiendo el regusto amargo de la bilis. Era la primera vez que veía a su chica hablando de ese modo con un desconocido. Por un momento hasta le pareció que coqueteaban, y cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron con un chasquido seco.
Se quedó allí plantado, hirviendo por dentro, hasta que vio cómo se despedía del chico con dos besos y se alejaba. El muchacho se dirigió hacia el interior del edificio, pero se detuvo apoyado en una columna para observar cómo ella caminaba.
—Está buena, ¿eh?
El chico dio un respingo cuando la voz helada de Drake sonó justo a sus espaldas.