CAPÍTULO 8 #3
La brisa que ella había notado al principio comenzó a soplar un poco más fuerte esta vez dentro del gimnasio cerrado, revolviéndole el pelo y acariciándole las mejillas, como si una mano real estuviera rozando suavemente su piel.
Clavó de nuevo sus ojos de obsidiana en los de ella, sosteniendo su mirada con intensidad hasta que, poco a poco, la oscuridad retrocedió. Sus iris volvieron a su color verde y miel natural, mientras una lágrima furtiva brotaba de uno de ellos y resbalaba por su mejilla.
—Esto es lo que soy, Evie. Siempre me he ocultado del mundo, jamás me he mostrado como soy realmente a nadie.
Siempre he encerrado mi magia muy dentro.
Pero anoche me asusté al no encontrar el amuleto.
Me enfurecí pensando que había perdido el único recuerdo que me queda de mi padre, me descontrolé y no fui capaz de ocultar la oscuridad que habita dentro de mí.
Esto es lo que viste, mi verdadero yo. Sé que ahora debes pensar que soy un monstruo, un puto bicho raro…
De modo que si quieres salir corriendo por esa puerta y no volver a saber nada más de mí, te prometo que no iré a buscarte ni te molestaré más.
Rompió el círculo de sal de una ligera patada, abriendo el límite para darle vía libre si deseaba huir.
Pero ella se quedó paralizada, casi sin aliento.
Por un momento le vinieron a la mente las palabras de Helena Andreatos: sus antepasados, la importancia de la sangre en los varones de su familia, la magia, lo mucho que había sufrido su nieto por la muerte de su padre.
Ahora, todas las piezas del puzle encajaban en su cabeza.
Pensó en el infierno que habría pasado el pobre todos estos años, escondiendo sus sentimientos y su verdadera identidad para que sus poderes no se descontrolaran delante de cualquiera que pudiese volverse loco de terror.
Analizó lo que acababa de decir; se había llamado a sí mismo «puto bicho raro».
Así era como debía sentirse realmente. Y estaba confiando en ella para abrirse en canal y contarle su mayor secreto, algo que podía poner en riesgo incluso a toda su familia.
No pudo evitar pensar que debía quererla muchísimo para atreverse a mostrarse así ante ella.
Apenas unos minutos atrás, se sentía sola, triste y desgraciada, expulsada de su propia familia.
Y ahora, tenía frente a ella a alguien dispuesto a entregarle su corazón y desnudar su propia alma si era necesario para no perderla.
No sentía miedo, sino más bien una emoción inexplicable. Al ver cómo le mostraba su magia, ella misma experimentó algo profundo en su interior; un extraño sentimiento de reconocimiento, como si ya hubiera visto esto antes, a pesar de que sabía que eso era imposible.
Dio un paso hacia él, cruzando la línea de sal rota, y colocó suavemente la palma de la mano sobre su mejilla húmeda.
—Es… es algo increíble. Es lo más fascinante que he visto en mi vida. Y no… no te tengo miedo. No pienso salir corriendo a ninguna parte. Te quiero, Drake. Te quiero tal y como eres.
—Dios, cuánto te quiero, Evie… Mi Evie.
Las lágrimas brotaron ahora de los ojos de ella, igual que de los de él.
Drake acortó la distancia suavemente, como si todavía tuviera miedo de asustarla, y la besó.
La besó con toda la pasión, el amor y el miedo que llevaba reteniendo durante los últimos meses, sin tratar de controlarse esta vez, ni de ocultar quién era.
—En realidad, no sé si me lo creo todavía —dijo ella al separarse un poco, sonriendo entre lágrimas—.
Es impresionante. Nunca creí que la magia existiera de verdad.
Siempre pensé que era cosa de charlatanes, ya sabes…
como esos farsantes que salen en la tele.
Dime, ¿son trucos que se aprenden de padres a hijos? No entiendo nada.
—Es mucho más que eso, mi amor. Simplemente se nace con ello.
La magia es un don, una responsabilidad que no debe tomarse a la ligera.
Un brujo de verdad jamás saldría en televisión exhibiéndose, poniendo en riesgo a los suyos frente al mundo humano.
Yo lo llevo en la sangre. Vive conmigo, pero realmente jamás la he usado.
Nunca he tenido la necesidad de recurrir a mis dones para nada.
Ella asintió, fascinada, pero entonces una sensación muy extraña recorrió todo su cuerpo.
Fue como un latigazo, un hormigueo helado que trepó desde la punta de los pies hasta la boca del estómago.
Se sintió tan extraña, tan increíblemente débil, que por un momento creyó que se iba a desmayar y tuvo que apoyar la espalda contra la pared del gimnasio.
—¿Estás bien, amor? ¿Qué te ocurre? —preguntó, cambiando su expresión de puro alivio a una mezcla de miedo y preocupación.
—Demasiadas emociones para un solo día, supongo. Me siento un poco débil.
—¿Por qué no te quedas aquí a dormir esta noche? Yo cuidaré de ti. Mañana te llevaré a tu casa cuando te sientas mejor.
—¿A casa? —sonrió amargamente—. Ya no creo que esa sea mi casa.
En realidad, es mi tío quien la paga, y después de haber mandado a la mierda a su novia esta noche, no creo que vuelva a pagar un solo recibo.
Seguro que mañana mismo me bloquea las tarjetas para que tenga que ir arrastrándome a suplicarle perdón.
Pero me da igual. Pienso buscarme un trabajo para pagar mis estudios y mis gastos, porque no pienso ir a pedirle disculpas a esa zorra de Eileen por nada del mundo.
En el fondo, le encantó descubrir aquel lado feroz y resiliente de Evie. Le gustaba comprobar que no era una chica débil que se rendía a la primera de cambio, y que sabía sacar las uñas y defender su orgullo cuando era necesario.
—Sabes que no necesitas nada de eso, nena. Yo puedo pagar tu piso, tus estudios y todo lo que necesites. No tienes que depender del dinero de tu tío nunca más.
Se sintió inmensamente enternecida y agradecida por sus palabras, pero negó con la cabeza.
—Pero en ese caso dependería económicamente de ti, y al fin y al cabo sería lo mismo. Te lo agradezco en el alma, de verdad, pero no puedo aceptar algo así. Sentiría que me estoy aprovechando de ti.
—No es aprovecharse si te lo he ofrecido yo. Y, además, hay una forma muy fácil para que no pienses que estás abusando de mi dinero.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —ella le miró enarcando una ceja con un gesto divertido.
—Que todo lo mío sea también tuyo. Cásate conmigo, Evie.
—¡¿Qué?! —ella abrió los ojos de par en par, perdiendo de golpe la poca estabilidad mental que le quedaba—. ¡¿Pero tú te has vuelto loco?!
—Sí. Loco por ti, nena —respondió sonriendo como si nada, restándole importancia al hecho de que acababa de pedirle matrimonio en medio de su gimnasio.
—Drake, no podemos casarnos, por Dios. Apenas hace unos meses que nos conocemos y… además, somos demasiado jóvenes, todavía estamos en la universidad. Y… no sé, ¡todo esto es de locos!
Volvió a sentirse mareada. Notaba que el techo daba vueltas y su rostro palideció drásticamente.
—Vale, vale, perdona, yo tampoco quiero agobiarte.
Solo quiero que sepas que todo lo mío es tuyo y que no tienes nada de qué preocuparte, jamás te dejaré sola.
Solo piénsatelo, ¿vale? Yo tengo muy claro que te quiero y que eres lo más importante en mi vida.
Anda, vamos a la cama, necesitas descansar.
Estaba claro que aquella reacción aterrada no era la respuesta que él esperaba, pero en el fondo sabía que, después del día tan brutal que había pasado y de haberle enseñado su magia, tal vez no era el momento más idóneo para pedirle matrimonio.
Aunque sabía sin ninguna duda que quería pasar el resto de su vida junto a ella, y más después de que lo hubiera aceptado tal y como era y no tuviera que esconderse más.
Evie se tumbó en la gran cama de Drake y él la atrajo hacia su pecho, arropándola bajo las sábanas. Se sentía vacía y demasiado débil para pensar, pero aquellas dos palabras seguían retumbando como campanas de alerta en su cabeza.
Si tenía algo claro en la vida en ese momento de caos, magia y discusiones, era que, definitivamente, no estaba preparada para casarse con nadie.
Sin embargo, aquella noche, el cansancio y la necesidad de sentirse a salvo la empujaron a refugiarse en sus brazos.
Se durmió pegada a su pecho, buscando un norte en mitad de la tormenta en la que se había convertido su vida. Pero su descanso no tardó en truncarse.
Una angustia extraña envolvía el sueño de Evie aquella noche. Se sentía atrapada en medio de una pesadilla. Un hormigueo helado le subía por la columna hasta la coronilla, como si unos dedos invisibles recorriesen sus vértebras, provocándole pequeñas descargas que erizaban el vello de su nuca.
Era la inconfundible certeza de tener el aliento de alguien a su espalda.
Notaba que había alguien junto a ella en la oscuridad; podía percibir su presencia y, aun sabiendo que estaba dormida, juraría que podía ver su sombra.
Deseaba despertarse para averiguar de quién se trataba, pero no era capaz.
Cada célula de su cuerpo le exigía que se moviese para romper aquel letargo, pero estaba totalmente paralizada.
En su subconsciente sabía que Drake dormía a su lado y necesitaba gritarle que la despertase, que abriese los ojos, que alguien los observaba, pero su voz no lograba salir de sus labios.
La angustia era tan asfixiante que, incluso en sueños, comenzó a sollozar.
—Evie… nena, despierta. ¿Me oyes? Despierta.
La voz de Drake la devolvió de golpe a la realidad. Se despertó sobresaltada, con el corazón desbocado. Se abrazó a él con todas sus fuerzas y comenzó a llorar sin saber siquiera por qué, con aquel escalofrío todavía clavado en los huesos.