CAPÍTULO 8 #2
Arrancó y salió de allí dando un acelerón, que hizo chirriar las ruedas.
Sabía que escucharla conducir así enfurecería a su tío, pero era exactamente lo que deseaba: ir como una loca.
Huir. Escapar de su tío, de Drake, de una familia a la que ni siquiera recordaba, de aquella zorra de Eileen y de un mundo que le había arrebatado en apenas unas horas la poca felicidad que había construido.
Ya era de noche y los faros de los coches que venían de frente la deslumbraban. Las lágrimas apenas le dejaban ver la carretera, así que tuvo que parar el coche en el arcén.
Dio un grito desesperado. Un grito cargado de rabia, de dolor y de pura frustración.
Y, en ese instante, el coche se detuvo por completo. Al ver que el motor se apagaba y las luces morían, volvió a gritar de pura impotencia y descargó un fuerte golpe contra el volante con la palma de la mano.
El motor rugió y el coche volvió a arrancar sin más, sin que ella hubiese rozado siquiera el botón de encendido.
Sorprendida, deslizó la mano suavemente por el volante. Vio, atónita, cómo un minúsculo destello de luz violeta pasaba de la yema de su dedo índice al cuero del volante. Las luces de todo el salpicadero parpadearon violentamente, como si fuesen a apagarse de nuevo.
No podía dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos.
Volvió a acercar su mano despacio, pero esta vez no ocurrió nada.
Pasó la palma por encima una y otra vez, frotando el salpicadero, y nada.
Finalmente, convencida de que debía haber sido producto de la electricidad estática o de algún fallo eléctrico del coche provocado por el golpe, emprendió de nuevo el camino a casa, un poco más calmada.
Dio unas cuantas vueltas a la manzana tratando de tranquilizarse antes de llegar a su apartamento.
No quería que Marian la viese en ese estado lamentable y comenzase un interrogatorio al más puro estilo de agente de la CIA.
Miró el reloj y se dio cuenta de que había estado conduciendo y llorando en el coche mucho más rato del que pensaba, puesto que ya pasaba de la una de la madrugada.
Mientras subía en el ascensor pensó que, con suerte, Marian habría salido con David y, para cuando regresara, ella ya estaría acostada en la cama y lejos de su vista.
Pero apenas le dio tiempo a terminar de pensarlo. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, el corazón le dio un vuelco al ver a Drake sentado en el suelo, justo frente a la puerta de su piso, con la cabeza escondida entre las rodillas.
Al escuchar las puertas metálicas, alzó la vista y se levantó de un salto. Ver su rostro demacrado, sus ojos hinchados y las profundas ojeras moradas que enmarcaban su mirada hizo que Evie sintiera que el mundo se caía a sus pies.
—Dios, nena… ¿estás bien? Me tenías muy preocupado. Llevo horas esperándote, te he llamado, pero no me saltaba el buzón. Necesito hablar contigo, por favor, solo escúchame y después, si quieres, yo…
Pero ella no le dejó acabar la frase. Se lanzó a sus brazos, refugiándose en su pecho, rompiendo a llorar de nuevo. Buscaba en él el consuelo y el calor que no había encontrado en su propio tío apenas unas horas atrás.
—Apriétame fuerte, por favor. No me sueltes —sollozó contra su camiseta—. Ahora mismo eres lo único parecido a una familia que tengo en el mundo. No tengo nada, no tengo a nadie. Estoy sola, completamente sola.
Lloraba tan desconsoladamente que ya no sabía qué hacer para tranquilizarla. Notaba cómo el cuerpo de ella temblaba contra el suyo, y solo deseaba arroparla, esconderla y protegerla de cualquier daño.
—Tranquila, mi vida. Estoy aquí, a mí siempre me vas a tener.
—Sácame de aquí, por favor. Antes de que Marian vuelva y me vea así, no quiero tener que darle explicaciones a nadie.
—Sí, claro. Podemos ir a mi casa. Bueno, aunque… si temes algo, yo… puedo llevarte a cualquier otro sitio si lo prefieres —murmuró, todavía aterrado por el recuerdo de su propia pérdida de control la noche anterior.
—No, tranquilo. Llévame contigo. No tengo miedo de ti, si eso es lo que estás pensando.
Él agachó la cabeza, aliviado de escuchar precisamente lo que más necesitaba oír.
En cuanto llegaron a su apartamento, le preparó un té caliente para ayudarla a templar los nervios.
Durante el trayecto, había permanecido llorando en silencio en el asiento del copiloto, y él tan solo se había limitado a sujetarle la mano para mostrarle su apoyo, a pesar de estar profundamente preocupado al ver a su chica tan triste y derrotada.
Se sentó a su lado en el sofá, mirándola de reojo tímidamente mientras ella daba un sorbo a su taza.
Drake trataba de infundirse valor para hablar de lo ocurrido, pero Evie se le adelantó contándole la amarga experiencia que acababa de vivir en casa de su tío.
Estaba tan dolida y rota por la traición, que su pelea de la noche anterior había quedado relegada a un segundo plano.
La escuchó en silencio, explicándole después que no daba crédito a la situación, ya que él mismo conocía a Eileen y no imaginaba que fuera esa clase de mujer.
Sin embargo, en el fondo, seguía más preocupado por lo que había pasado entre ellos dos.
Sabía que ella todavía le guardaba algo de recelo, de miedo quizás; podía percibirlo en su mirada.
—Evie, yo… sé que estás así también, en parte, por lo que pasó anoche entre nosotros. Necesito explicarte algunas cosas.
—Tranquilo, en realidad ahora lo entiendo. Hoy he estado con tu abuela. Me invitó a comer a la mansión y hemos estado hablando largo y tendido. Me ha contado cosas de tu familia y de la importancia de ese amuleto que lleva generaciones con vosotros.
—¿Mi abuela? Dios mío, esta mujer está loca de verdad. Lo siento, te juro que no le conté nada de nuestra discusión ni le pedí que te invitase.
—No pasa nada, lo sé. La verdad es que, en parte, entiendo que te asustaras de ese modo al pensar que habías perdido tu reliquia familiar, pero…
Drake… No vuelvas a ponerte así conmigo, ¿vale?
No quiero que vuelvas a beber hasta perder el control de esa manera, y no quiero ver esa violencia en tus ojos nunca más.
La miró fijamente. Tragó saliva y se puso en pie bruscamente.
—No… no es violencia lo que viste en mis ojos. Verás, Evie, hay algo que necesito contarte. Por favor, necesito que me mires y me escuches atentamente, y si después de lo que vas a ver quieres marcharte por esa puerta y no volver a saber nada más de mí, te juro que lo entenderé.
Le tendió la mano. Ella simplemente la aceptó, caminando tras él.
—Pero… qué… No entiendo nada, Drake.
Entraron en la amplia sala del gimnasio.
Se paró frente a ella, sujetándole las manos y colocándola exactamente en el centro de la habitación.
Cogió un bote y trazó un círculo perfecto a su alrededor con un polvo blanco que, por un momento, a ella le pareció azúcar, o tal vez sal.
Ante la mirada expectante de Evie, se detuvo unos segundos para dibujar unos extraños símbolos sobre la línea, marcando cuidadosamente cada uno de los cuatro puntos cardinales.
—Solo te pido una cosa: veas lo que veas, no salgas de este círculo hasta que haya terminado, por favor.
La mirada preocupada de Drake le produjo tanta ternura que se le encogió el corazón.
El chico fuerte y decidido que conocía ahora no parecía más que un niño asustado.
No pudo evitar fijarse en sus marcadas ojeras y, en cierto modo, se sintió culpable por haberle abandonado.
Lo miraba expectante, sin entender nada de lo que pretendía, cuando de repente contuvo el aliento.
Sus ojos volvían a ponerse negros. Completamente negros, insondables, como la noche anterior. Solo que esta vez él no apartaba la vista; la miraba fijamente, dejando caer sus barreras y sin tratar de ocultar su verdadera naturaleza.
Una corriente de aire frío y denso comenzó a circular por toda la habitación, arremolinándose en el suelo, y cerró la pesada puerta del gimnasio de golpe. Evie no pudo evitar dar un pequeño salto del susto y casi estuvo a punto de salirse del círculo de sal.
—No te muevas, por favor —susurró. Su voz sonó profunda y oscura. Tan profunda y oscura como los abismos que la miraban desde sus ojos.
En cierto modo, lo que veía la asustaba muchísimo. Aquella oscuridad que había en su mirada era algo antinatural. De pronto, Drake levantó una mano con la palma hacia arriba y, de la nada, una pequeña bola de fuego cobró vida sobre su piel.
Dio un paso atrás, aterrada. Apenas daba crédito a lo que veían sus ojos. El fuego no quemaba su carne, simplemente bailaba sobre ella.
—Esto es lo que soy, Evangeline. Así soy yo en realidad.
Soy un brujo, como lo fue mi padre, y su padre antes que él, como lo fueron todos mis antepasados.
Puedo dominar la magia y los cuatro elementos a mi antojo.
Fuego —dijo, señalando con la otra mano la pequeña esfera llameante, hasta que cerró el puño y la extinguió en el aire.
—Tierra.
Continuó su exhibición poniendo la mano sobre el suelo de madera.
Ella pudo notar cómo los cimientos temblaban ligeramente bajo la suela de sus botas.
Estuvo tentada de salir corriendo, pensando que lo que estaba viviendo no era real, que todo era producto de su imaginación o de la tristeza, pero, como si leyera sus pensamientos, Drake se levantó de nuevo.
—Agua.
Esta vez, señaló hacia la pequeña fuente que había en la esquina de la sala.
Entonces, el agua comenzó a fluir hacia arriba, desafiando la gravedad.
Siguió un camino sereno y directo por el aire hacia ellos, como si danzara bajo sus órdenes silenciosas.
Al llegar a su altura, cerró el puño de golpe y la pequeña corriente de agua que levitaba estalló, convirtiéndose en una fina lluvia que los empapó ligeramente a los dos.
—Y aire.