El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Evie estuvo un buen rato conduciendo. Incluso paró a dar un paseo solitario por la playa antes de poner rumbo a la casa que su tío tenía a las afueras. Se sentía agotada física y emocionalmente después de todo lo vivido en las últimas horas.

Eileen la recibió con un abrazo cariñoso nada más abrir la puerta y, en apenas unos segundos, apareció Robert tras ella con una cara algo menos amistosa.

Sin embargo, Evie se lanzó a abrazarlo con fuerza, lo que le hizo relajar el gesto enseguida.

Nada la reconfortaba tanto como cuando Robert la apretaba fuerte contra su pecho, como si tratara de protegerla de todos los males del mundo.

Aquella costumbre era innata desde que ella era una niña pequeña; cuando tenía miedo a la oscuridad, o cuando se caía y se hacía daño, siempre corría a refugiarse en esos mismos brazos.

—Iré a por algo de beber. Vosotros poneos cómodos, que por lo visto tenéis mucho de qué hablar —dijo Eileen, regalándole a Robert una sonrisa dulce antes de marcharse a la cocina y dejarlos solos.

—¿Te ocurre algo, pequeña? —De nuevo era su Robert. Aquel al que ella tenía como un padre, el que la cuidaba y velaba por ella y que, a pesar de estar enfadado o disgustado, siempre estaba dispuesto a defenderla de lo que fuese necesario.

—No es nada, Rob, es solo que he tenido un día de mierda —murmuró ella, refugiándose un poco más en sus brazos.

—Espero no haber influido yo mucho en eso esta mañana —respondió, haciendo una pequeña mueca.

—Pues en cierto modo, sí, tío gruñón.

Eileen apareció de nuevo en ese momento con unos refrescos y se sentó al lado de Robert.

—No puedes aparecer en mi casa a primera hora de la mañana y echarme semejante bronca solo por haber ido a una fiesta. Despierta, troglodita, es algo que toda la gente joven hace.

—¡No! —Robert la interrumpió, visiblemente enfadado de nuevo—.

No se trataba de una fiesta cualquiera, sino de ese ambiente de lujos y falsedad.

Había gente en esa foto a la que no quiero que te acerques.

Y si ese chico pertenece a ese mundo, si tiene algo que ver con ellos, entonces no quiero que tengas ningún tipo de trato con él.

—Pero, Rob, no entiendo por qué te pones así. Además, Eileen también estaba allí, ¿no es cierto? —preguntó, segura de que era ella la mujer a la que había visto en la fiesta, a pesar de que no se giró cuando la llamó.

Eileen casi se atragantó con su refresco al escucharla, pero antes de que pudiese decir una sola palabra, Robert se puso de pie bruscamente.

—¡¿Qué?! ¡¿Conque esa era la cena de negocios tan importante que tenías anoche?! Esa a la que supuestamente no podía acompañarte —le recriminó encendido.

—Yo, bueno… no era una fiesta tan importante en realidad, mi amor. Es solo que… el evento era en honor a una clienta mía. Me invitó personalmente y no pude decir que no, no me interesa perder contactos así. Cariño, no es que no quisiera que me acompañaras, es solo que…

En ese preciso momento, el teléfono de Robert comenzó a sonar. Aunque trató de ignorarlo, finalmente decidió contestar tras mirar la pantalla. Les hizo un gesto a las dos indicándoles que la conversación seguiría en el mismo punto en cuanto regresara, y salió de la sala hacia su despacho.

En cuanto Eileen escuchó cerrarse la puerta, se giró de forma violenta hacia ella con una mirada colérica que la dejó sorprendida.

—Mira, Evangeline —siseó, casi escupiéndole las palabras a la cara, con un tono igual de rabioso que su mirada—.

¿Quién te has creído que eres para venir aquí a meterte en mis asuntos?

Si yo estuve o no anoche en esa fiesta, no es problema tuyo.

Es más, estoy harta de que cada dos por tres aparezcas con cualquier excusa para que Robert te consuele.

Evie la observó, perpleja, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Ya no eres una niña pequeña —continuó Eileen, acercándose un paso más—.

Él no es tu padre, ¿te enteras? Ya sacrificó sus mejores años para criarte.

¿No te da vergüenza seguir siendo una carga para él ahora que eres mayor de edad?

Aprende a ser independiente y deja que pueda vivir de una vez.

Todavía es joven y tiene derecho a disfrutar de la libertad que tú le arrebataste.

Llevo meses queriendo llevármelo de viaje, pero resulta que, según parece, no puede irse a ningún sitio porque tiene que estar pendiente de ti.

Eres un puto lastre en su vida. Déjale respirar de una jodida vez y aprende a resolver tus problemas sola, en lugar de venir a llorar a sus brazos cada vez que se te tuerce un poco el día.

—Cómo… ¿cómo te atreves a hablarme así? —La voz de Evie sonó tan llena de sorpresa y dolor que apenas fue un susurro.

—¿Ocurre algo? —preguntó Robert entrando de nuevo en la habitación.

Eileen corrió inmediatamente a refugiarse en su hombro, bajando la mirada y llevándose una mano al pecho como si estuviera conteniendo un sollozo. Su rostro, antes implacable y colérico, se transformó en una máscara de absoluta desolación.

Ella ni siquiera supo cómo reaccionar. Durante una milésima de segundo, pensó en contarle la verdad, pero al ver cómo su tío la rodeaba con un brazo protector, la impotencia la hizo callar.

Y lo que era peor: las palabras de la mujer habían calado profundamente en su corazón.

Quizás Robert sí se había desahogado con ella sobre lo difícil que fue criar a una huérfana.

Tal vez, después de todo, era ella realmente la intrusa en esa casa.

—No, nada, tío —respondió tragando saliva, sintiendo que el nudo de su garganta la asfixiaba.

Miró a Eileen y, mientras esta se acurrucaba más contra su hombro, captó un destello de sonrisa en su rostro.

Fue apenas un segundo, un gesto de victoria dedicado solo a ella mientras Robert la consolaba.

En ese momento, algo se rompió definitivamente en su interior—.

¿Sabes qué, Eileen? ¡Que te jodan! —dijo al fin, clavando sus ojos en la mujer, sin poder evitar que las lágrimas afloraran de pura rabia—.

Voy a hacer hasta lo imposible para que mi tío se dé cuenta de quién eres en realidad.

Esto no se acaba aquí, no pienses que has ganado.

—¡Evangeline Renoir, pero se puede saber qué mosca te ha picado! —Robert la sujetó por el brazo, horrorizado por el odio en su voz, pero Evie se apartó con violencia.

—¡Suéltame, no me toques! —le espetó, con la voz rota—. Ella tiene razón, Robert, ya no soy una cría a la que tengas que cuidar. Así que, a partir de hoy, se acabó, ¿me oyes? Olvídate de mí y vive tu puñetera vida sin el lastre de tu «hija».

Dio media vuelta y se dispuso a marcharse a grandes pasos. Robert corrió tras ella, tratando de pararla, angustiado por entender qué le había hecho ponerse así de repente.

—¡Evie, espera! ¡Vuelve aquí, Evangeline, te estoy hablando!

Pero ella estaba tan desesperada por salir de aquella casa que ni siquiera se detuvo.

En lugar de gritar o girarse, simplemente lo miró por encima del hombro con una expresión tan fría y decepcionada que congeló a Robert en el sitio.

Nunca en todos estos años lo había mirado de esa forma, nunca había visto ese dolor tan profundo en sus ojos.

Segundos después, salió dando un portazo que hizo temblar los cristales.

Él se giró inmediatamente hacia Eileen, todavía perplejo por lo que acababa de pasar.

—Pero, mi amor, ¿me puedes explicar qué narices ha pasado? Mi sobrina nunca se había comportado así conmigo. Nunca ha perdido los papeles de esa forma con nadie, y mucho menos contigo… ¡pero si ella te adora! —le preguntó, tratando de averiguar qué era lo que la había enfurecido hasta ese extremo.

Pero ella se derrumbó en el sofá, tapándose la cara con las manos y sollozando sonoramente.

—No lo sé, cariño, te lo juro. No sé por qué de repente se ha puesto así. Yo solo le he dicho que debería hacerte más caso, que últimamente te tiene muy abandonado, pero se ha puesto hecha una furia, gritándome que no me metiera en su vida… ha sido horrible.

A Robert le partía el corazón ver a Eileen llorar de aquella manera.

Al fin y al cabo, Evie siempre había tenido mucho carácter, pero esta vez tenía claro que se había pasado de la raya.

Estaba colado hasta los huesos por Eileen, y si ella le dejaba por aquel desplante de su sobrina, no sería capaz de perdonárselo nunca.

—Tranquila, mi amor. Siempre ha sido una chica muy responsable y razonable, algo ha debido molestarla profundamente.

Siento que hayas tenido que llevarte este disgusto.

Estoy seguro de que recapacitará y vendrá a pedirte disculpas.

—El amor de Robert por ella lo cegaba por completo, tanto como para dudar de la única familia que le quedaba en el mundo.

—Robert, vámonos a hacer ese viaje que llevo tanto tiempo pidiéndote. Necesito salir de aquí, escapar de esta rutina… por favor.

—Está bien, como desees. Voy a tratar de arreglarlo todo en el bufete para poder marcharnos un par de semanas fuera. Tal vez a ella también le venga bien ese tiempo para pensar y que podáis charlar tranquilamente cuando volvamos.

—Gracias, te amo tanto —dijo ella, abrazándolo y ocultando una sonrisa triunfal contra su pecho.

Evie salió corriendo de aquella casa como alma que lleva el diablo.

No podía creer que su tío le diese credibilidad y autoridad a una mujer así; no podía creer que ella misma se hubiese dejado engañar por su falsa amabilidad.

Se sentía triste, defraudada y enfadada a la vez, pero lo peor era el sentimiento de soledad absoluta que se le vino encima.

El único ser que le quedaba en el mundo con su misma sangre, su mayor apoyo, le había fallado.

Subió al coche y cerró de un portazo, repitiéndose a sí misma que no iba a llorar. Pero en cuanto encendió el motor y la voz de James Arthur empezó a sonar por los altavoces, las lágrimas rodaron de nuevo por sus mejillas a borbotones.