CAPÍTULO 7 #5
Durante toda la comida, Helena se mostró encantadora y no preguntó nada sobre su discusión con Drake la noche anterior, lo que la hizo sentir aliviada al comprobar que el motivo de la invitación no era ese.
Evie empezaba a verla como una mujer increíble: fuerte, elegante y tan segura de sí misma.
No pudo evitar pensar que, si su relación con él seguía adelante, tener a una mujer como ella de «suegra» no estaría nada mal.
Incluso llegó a sentirse culpable por haber sido tan dura con Drake. Al fin y al cabo, nunca se había comportado así. Solo había tenido una mala noche provocada por el alcohol, los recuerdos del trauma de su infancia y, para colmo, la supuesta pérdida del amuleto.
Después de comer, pasearon por el jardín y Helena ordenó que les sirvieran el café junto a la piscina.
Durante el paseo, le confesó cuánto le gustaría ver a su nieto felizmente casado e incluso tener un bisnieto mientras todavía tuviera edad de disfrutarlo.
Evie sonrió, disimulando su agobio. Era la segunda vez que le hablaban de bebés en esa casa en menos de veinticuatro horas, y ya eran dos más de las que necesitaba escuchar.
—Debería marcharme. Mi amiga Marian me espera, le prometí que regresaría pronto para ayudarla con un trabajo de clase… —intentó excusarse.
—Tómate al menos un café conmigo; no puedes irte sin probar mis baklavas . A mi nieto le encantan.
Evie asintió, viéndose acorralada sin remedio. Se sentaron junto a la piscina y Helena despachó rápidamente a la sirvienta, insistiendo en servir el café ella misma.
Señaló unas flores al fondo del jardín, logrando que Evie se diera la vuelta para observarlas.
Con un movimiento rápido y entrenado, sacó de su bolsillo el frasquito que Ares Vykros le había entregado.
Desprendió un alfiler con forma de libélula de su solapa y sumergió la punta en el frasco.
Mientras recitaba con naturalidad los nombres de las flores, dejó caer una gota minúscula de aquel líquido rojo en la taza de Evie, chupó el líquido restante de la aguja y lo guardó todo antes de que ella volviera a girarse.
Le acercó el café con una sonrisa encantadora. Evie echó dos cucharaditas de azúcar y le dio el primer sorbo, bajo su atenta mirada.
—¿Qué te parece, querida? ¿No es el mejor café que has probado?
—Sin duda, señora Andreatos. Es exquisito —respondió con una pequeña sonrisa.
Durante una milésima de segundo, pudo observar cómo el ojo derecho de Evie pasaba de su verde natural a un gris opaco, para volver al verde al instante siguiente. Fue un destello fugaz, pero inconfundible para ella.
—Ya te dije que me llamaras Helena, tesoro. Al fin y al cabo, ya somos casi familia —replicó, sin poder evitar que una enorme sonrisa de triunfo se reflejara en su rostro.
Aquel comentario incomodó aún más a Evie. Ya no podía aguantar más, de modo que se apresuró a ponerse en pie para salir de aquella situación lo antes posible.
—De verdad, muchas gracias por su invitación, ha sido una velada encantadora, pero ya debo marcharme.
—Gracias a ti por acompañarme. He disfrutado mucho de tu compañía. Ahora entiendo perfectamente por qué mi nieto está tan loco por ti. —Le guiñó un ojo y la despidió con un abrazo.
Evie salió disparada hacia su coche, aguantando las lágrimas.
Nada más sentarse al volante, empezó a sollozar amargamente.
La forma tan cariñosa en la que esa mujer la había tratado y todo lo que había sufrido Drake en su infancia la hicieron sentirse miserable.
Lo había dejado solo la noche anterior. No había contestado a sus llamadas.
Lo había abandonado a la primera de cambio, tal y como hizo su madre.
Detuvo el coche unos kilómetros más adelante para desahogarse. La cabeza le daba vueltas, se sentía mareada y temía sufrir un ataque de ansiedad. Se miró en el retrovisor para secarse las lágrimas y se quedó helada.
Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero había algo más.
Durante un segundo, vio un reflejo oscuro en su ojo derecho.
Soltó un jadeo de sorpresa. Volvió a mirarse fijamente y ocurrió de nuevo: su ojo derecho pasó del verde al negro y después al verde otra vez.
Aquello le recordó la mirada de Drake la noche anterior.
—Dios, ¿qué me está pasando? Estoy volviéndome loca —se dijo, sacudiendo la cabeza para espantar el recuerdo.
Arrancó de nuevo y puso rumbo a la casa de su tío Robert. Después de ver cómo los Andreatos se mantenían unidos a través de los siglos, pasándose aquel legado de padres a hijos, necesitaba sentir el calor de su única familia.
En cuanto Evie se marchó, Helena fue directa a su despacho. Néstor la buscó por toda la casa hasta encontrarla allí, hablando acaloradamente por teléfono.
—¡No! —gritó ella de repente—. Lo quiero fuera de su vida, ¿entiendes? Quiero a ese estúpido lejos de la chica, antes de que averigüe algo. Me ha costado mucho encontrarla y no voy a permitir por nada del mundo que nadie los separe. Haz tu trabajo, consigue que se peleen o lo que sea, me da igual.
Néstor observó cómo colgaba el teléfono con violencia.
—¿Y bien? —preguntó, entrando en el despacho.
—Es ella, Néstor. Estoy casi segura de que es ella. ¡Es increíble!
—Por Dios, Helena. Esto me parece horrible, casi siniestro. Incluso para ti.
—¿Siniestro? Me importa muy poco tu opinión en esto, querido.
No pienso permitir que mi nieto se case con alguna pelandrusca cualquiera que se vuelva loca si él alguna vez le muestra lo que es.
La quiero a ella. Los hijos de Drake y Evangeline serán grandiosos, brujos puros de nacimiento.
Ellos serán los que logren al fin nuestra venganza contra esos malditos chupasangres…
y quién sabe, puede que hasta logren lo que tanto hemos buscado: nuestra inmortalidad. Podríamos aplastarlos como a parásitos.
—Eso es lo que tú deseas, no yo —replicó Néstor, mirándola con cansancio—. Yo no deseo la inmortalidad. Me gusta ser humano, y que la muerte me lleve cuando me tenga que llevar. Además, todo esto es mucho especular. Ni siquiera sabes si acabarán casándose o si sus hijos serán tan poderosos.
Ella rodeó la mesa, se colocó a su lado y le apretó el brazo mirándolo con una intensidad febril.
—No quiero pasar por todo este dolor otra vez.
Quiero ser yo misma la que aplaste a ese malnacido que lleva torturándome desde incluso antes de nacer.
Si Drake, o los hijos que tenga con ella, se convierten en los nigromantes de nuestro linaje capaces de cruzar el velo…
¡Imagínatelo, mi amor, podríamos traer a Alexander de vuelta!
Él estuvo a punto de conseguirlo, y estoy segura de que Drake también habría podido si esa estúpida de Béatrice no lo hubiera estropeado; si tan solo le hubiéramos podido contar todo a tiempo, si ella no hubiera apagado su don con esa maldita magia blanca que tanto se empeñó en inculcarle, todo habría sido muy diferente.
Pero ahora está preparado, lo sé, lo veo en sus ojos, nuestro nieto podrá conseguir lo que se proponga, y además ahora la tenemos a ella.
Néstor sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca.
No podía negar sus propias ganas de vengar la muerte de su hijo.
En el fondo de su cabeza, una vocecita le gritaba que Alexander jamás habría abusado de la magia oscura si aquel monstruo no lo hubiera llevado al límite.
Pero la ambición ciega de su esposa le aterraba.
—Está bien, mi vida. Dejemos que el destino siga su curso y, si seguimos aquí para verlo, decidiremos cómo actuar. ¿De acuerdo?
Ella asintió levemente y le arregló la solapa de la chaqueta, depositando un suave beso en su mejilla.
—Mi vuelo a Atenas sale en unas horas. La crisis en la naviera está empeorando por momentos y tengo que encargarme de todo personalmente —añadió Néstor tratando de desviar el tema.
—Ve tranquilo, mi amor. La junta necesita que uno de nosotros esté allí para solucionar este contratiempo.
Yo me ocuparé de que todo siga en orden por aquí.
Le diré a Andrea que tenga el coche listo.
Quiero ir contigo al aeropuerto para despedirte.
No tienes de qué preocuparte, lo digo en serio, mi vida. Yo cuidaré muy bien de Drake.
Néstor le dio un beso en la frente y salió del despacho, agradecido en el fondo por tener una obligación terrenal que lo alejara de aquella atmósfera tan asfixiante.
Helena sonrió levemente mientras lo observaba salir. En su interior, tenía demasiado claro que, si el destino no se ponía de su lado, ella misma lo doblegaría al precio que fuese. Y para eso necesitaba alejar a su marido; no podía dejar que sus absurdos escrúpulos interfirieran en sus planes.