CAPÍTULO 7 #4
Volvió a sentir el mismo escalofrío de la noche anterior cuando su coche enfiló el camino de entrada a la mansión. François salió a recibirla sin darle siquiera tiempo de tocar el timbre; estaba claro que el hombre esperaba su visita.
—Señorita Renoir, qué gusto verla de nuevo por aquí. Acompáñeme, por favor.
Evie tuvo una extraña sensación de déjà vu al entrar en el recibidor.
Parecía mucho más grande que la noche anterior, sin tanta gente caminando de un lado a otro.
François la llevó hasta un enorme salón en el que no había estado durante la fiesta.
Era una estancia de dos pisos, con un entrepiso envolvente y puertas francesas que daban al patio.
A la izquierda descansaba un precioso piano de cola y, en el centro, varios sofás clásicos se agrupaban frente a una mesita de té con patas plateadas, sobre la cual reposaban unas estatuillas de indudable valor.
Tras subir unas escaleras que conducían a la galería superior, llegaron junto a la mesa del comedor, elegantemente servida para dos, desde donde se dominaba la planta inferior.
Evie se sentía abrumada rodeada de tanto lujo, muy consciente de que el dueño de todo aquello era el mismo chico que la noche anterior la había asustado hasta hacerla huir de su lado. Realmente se sentía fuera de lugar.
—La señora Andreatos vendrá enseguida, señorita. ¿Desea algo de beber mientras la espera?
Evie negó con la cabeza y el mayordomo se retiró. Absorta, comenzó a observar la estancia. Su atención se desvió hacia un pasillo lateral, atraída por una fila de cuadros que cubría ambas paredes.
Al acercarse, se quedó paralizada.
Durante unos segundos, miró fijamente a aquellos ojos pintados al óleo que parecían devolverle la mirada.
Era el mismo rostro de la noche anterior.
El hombre de su pequeña pesadilla antes de que Drake la despertara con sus gritos.
Debajo del cuadro había una plaquita con el nombre de Alexander Andreatos.
Definitivamente era el padre de Drake, pero ella nunca había visto ese retrato antes.
¿Cómo era posible que hubiera soñado con él sin conocerlo?
Sus ojos bajaron hacia el colgante que reposaba sobre su pecho en aquel óleo: el mismo amuleto que llevaba Drake.
Dio un par de pasos adelante y comenzó a examinar los cuadros uno a uno.
Todos aquellos rostros compartían una inquietante similitud en sus facciones.
Fue leyendo los nombres que figuraban debajo de los lienzos: Alexandros Andreatos, Antoine, Luther, Arsen, Andreas, Vasil, Helena, Alexander…
Todos los Andreatos, desde el primero hasta el último, la observaban desde aquel pasillo.
De nuevo estaba frente al cuadro del padre de Drake y fue entonces cuando reparó en que, justo a su lado, colgaba el retrato de su novio.
Lo había pasado por alto al estar tan absorta contemplando a sus antepasados.
Era un retrato de una realidad impresionante.
Drake miraba al frente con semblante serio y expresión ausente.
De nuevo, sus ojos se clavaron en el colgante.
Todos los hombres de la familia lo llevaban.
Todos… menos Helena. Ella no lucía ese amuleto en su retrato.
—Interesante, ¿verdad? —susurró Helena tras ella. Llevaba un rato observándola en silencio—. Los herederos Andreatos al completo.
—Muy interesante. Drake está realmente imponente en este cuadro, aunque no menos que… su padre —dijo Evie en un tono dubitativo, señalando el retrato contiguo.
—Sí, mi hijo era un hombre realmente imponente. Era guapo, fuerte, inteligente. Era un gran… —se interrumpió de golpe, tragándose el resto de la frase antes de que su subconsciente la traicionara—. Un gran hombre —concluyó al fin.
—Todos han tenido un colgante igual que el de Drake, por lo que veo. ¿Tiene algún significado familiar?
—No es un colgante «igual», querida —respondió con tristeza, acariciando el amuleto pintado en el cuadro de su hijo—.
Es el mismo. Ha ido pasando por todos los Andreatos, generación tras generación, hasta llegar a mi nieto.
Alexandros fue quien lo creó hace ya muchísimo tiempo —añadió, señalando al hombre del primer cuadro—.
Es un amuleto de protección. Ya sabes, en la antigüedad se creía mucho en esas cosas.
—Pero usted no lleva puesto el amuleto en su cuadro —comentó Evie, intrigada.
—Bueno, nuestra familia siempre ha sido bastante, digamos… ¿misógina? Los hombres Andreatos consideraban que una mujer no era lo suficientemente fuerte o poderosa como para poseer un amuleto forjado de un modo tan… mágico.
—¿Mágico?
—Sí. Verás, el amuleto fue creado en una época en la que se creía en la magia, la nigromancia, los espíritus y todas esas cosas.
En aquel entonces pensaban que solo los hombres tenían la capacidad de heredar esos dones, y que las mujeres solo servíamos para ser curanderas o brujas blancas con habilidades insignificantes.
Esa creencia se ha mantenido arraigada en mi familia durante generaciones.
Al menos, yo tuve la suerte de que mi esposo no creyera en esas antiguas leyendas sobre la debilidad femenina, y me permitiera darle mi apellido a nuestro hijo para perpetuar el linaje Andreatos.
Dime, querida, ¿a ti nunca te han contado nada sobre tus antepasados?
Quién sabe… quizás tú también tengas alguna historia mágica rondando por tu pasado.
—¿Yo? No lo creo. Mis abuelos murieron antes de nacer yo. Mis padres también fallecieron cuando era una niña y fui criada por mi tío. Nunca me habla mucho de la familia, supongo que le resulta doloroso.
—¿Sabes, Evangeline? Me recuerdas muchísimo a alguien que conocí en el pasado. Se llamaba Syrielle… Syrielle de Betancourt —añadió, observándola expectante.
—¿Syrielle? Qué nombre tan bonito —respondió Evie con tristeza.
Aquel nombre despertó una sensación extraña en su interior, un hormigueo en el estómago, un inmenso vacío que se vio reflejado en su mirada. Al verlo, una sonrisa asomó a los labios de Helena.
Evie no pudo evitar acercarse al cuadro de Drake y acarició suavemente el amuleto pintado en el óleo.
—Debe de ser muy importante para él —dijo con apenas un hilo de voz.
—Todos los primogénitos varones han recibido el amuleto como herencia antes de que sus padres murieran. Se les ha explicado el significado de ser un Andreatos; lo que supone formar parte del legado de una familia fuerte, regia y muy, muy antigua. Pero mi hijo no tuvo tiempo.
—Sí, su nieto me contó que su padre murió aquí, frente a él —contestó Evie, y le posó una mano en el brazo a la mujer para consolarla.
—Sufrió un infarto fulminante cuando Drake apenas tenía siete años.
No fue capaz de hablar, ni de pedir ayuda; tan solo tuvo tiempo de quitarse el amuleto del cuello y pasárselo a su hijo.
Mi pobre niño enseguida supo que algo muy malo pasaba, pero cuando mi nuera y yo llegamos, ya era demasiado tarde.
Ella entró en shock después de aquello y, de pronto, un día desapareció con mi nieto. Se marchó sin decir adiós.
Evie se llevó las manos a la boca, conmovida al pensar en lo mucho que debían de haber sufrido ella y su marido, sobre todo después de haber visto cuánto amaban a Drake.
—Buscamos a mi nieto por todo el mundo —continuó, con la mirada fija en su retrato—.
Por suerte, lo encontramos en España dos años después.
Béatrice se había refugiado en su imperio de la moda y mi pobre niño estaba totalmente desatendido.
Mi nuera lo presentó a todo el mundo como Landry; ni siquiera respetó el apellido de nuestra familia.
Me hice cargo de él y nos lo llevamos a Grecia por un tiempo.
Yo lo cuidaba como su madre no supo hacerlo.
Imagínate, después de aquel trauma, el pobre apenas quería recordar a su padre…
Nosotros le ayudamos a comprender la importancia de ser un Andreatos y a quedarse solo con los momentos felices que había vivido con mi hijo.
Sin embargo, con el tiempo, Drake empezó a extrañar a su madre y tuvimos que volver a España.
Pero ella decidió que su carrera era más importante que su propio hijo y regresó a Francia, dejándolo a nuestro cuidado.
Evie escuchaba con el corazón encogido. Ahora empezaba a entender por qué Drake se había vuelto loco la noche anterior al creer que había perdido el amuleto.
—Mi nieto ha sufrido durante muchos años el abandono de su madre; ella solo venía a verlo algunos veranos, y otros, nosotros lo traíamos para que pasaran más tiempo juntos.
Ahora pretende reaparecer en su vida como si nada, acusándome de haberle robado el amor de su hijo, cuando lo único que hice fue cuidarlo para que ella pudiera convertirse en lo que es hoy.
Y para más descaro, anoche vino acompañada de otro hombre, aquí, en el hogar que compartió con mi hijo, y donde sabía que estaba su propio hijo, sin haberle mencionado siquiera que había rehecho su vida.
En fin, no quiero aburrirte con nuestros dramas familiares, querida; tan solo quería que comprendieras por qué me enfadé tanto al verla, y por qué Drake estaba tan descolocado.
No quiero que pienses que soy una abuela sobreprotectora, simplemente adoro a mi nieto, y lo único que deseo es que sea feliz.
Y ¿sabes? Tengo que confesarte que tú me encantas para él.
—Muchas gracias, señora Andreatos —dijo Evie, sintiendo una profunda punzada de culpabilidad. Si Helena supiera que había abandonado a su nieto la noche anterior seguramente no pensaría igual.
—No me des las gracias, tesoro, es la verdad. Ahora, será mejor que pasemos al comedor; he mandado preparar una comida griega exquisita, te va a encantar.